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Los del 98 (2)
3. BENAVENTE
Esta vez don Jacinto Benavente ha vuelto a dar la medida de su espíritu. El hijo de Polichinela no es un éxito como recientemente lo había sido La mariposa que voló sobre el mar. Se comete gran injusticia cuando se equiparan unas con otras las numerosas obras de nuestro dramaturgo. Es posible que el señor Benavente escriba con la misma precipitación todas sus piezas, un poco al modo como los periodistas hilamos los artículos. En todas, esta claro, pone el alma, pero mientras algunas expresan un modo esencial del espíritu benaventino, otras no nos refieren sino ideas que viajaron por su imaginación sin estrechar las amistades con las que la habitan sedentarias. La mariposa es un pájaro del señor Benavente. El hijo de Polichinela, en cambio, pertenece a la tripulación.
Hace ya bastantes años se habló en la prensa de una actriz muy querida del publico parisién, creo que se llamaba la Lantelme, que viajaba por el Rhin en el yate de un protector opulentísimo. La actriz se suicidó, y no se volvió a hablar del asunto. El señor Benavente se inspiró en el suceso para concebir La mariposa, una actriz también mimada, a la que todo el mundo considera muñeca de lujo, hecha expresamente para lucir trajes y joyas. Pero la actriz tiene su alma en su armario. Quiere que su autor escriba para ella un papel serio. No puede conseguirlo. Desea que el hijo de su protector, de quien se enamora, se entere de que le quiere de verdad y esta por él dispuesta a renunciar a todo. Tampoco la cree su hombre. Y la infeliz se mata por no haber entendido que es el destino de toda alma en el mundo el de vivir incomprendida. ¿Por que rezaríamos, si no nos sintiéramos tan solitarios? Sola cum solo.
En El hijo de Polichinela el señor Benavente vuelve sobre sí mismo, que es volver a su España. Polichinela no sabe si ha de desear que el hijo que va a nacerle a su mujer herede o no herede su joroba. Si trae joroba dirán que es suyo, pero será jorobado. Si no la trae se enorgullecerá de ello, pero no estará seguro de que sea suyo. Esto ocurre en el prólogo. En la obra, don Adrián García de los Cobos, un pícaro moderno, tiene dos hijos, a los que quiere mucho. El uno hereda su joroba moral y es un sinvergüenza en cuanto a la manera de ganarse la vida, y duro de corazón, por añadidura, respecto de su propia familia. El otro es espejo de honradez, pero lo sabe y ello le lleva a mirar a su padre de arriba abajo.
El padre vuelve a la casa, sobreseido en un proceso por estafa o falsificación, en que no llega a probarse su delito. Se trata de repartir el producto de lo robado. Lo lleva encima el viejo usurero, que se resiste a dar la parte que pide don Adrián. El hijo malo se apodera de ella a viva fuerza. ¿Qué hará el hijo bueno? En su casa se comete el delito. Si lo denuncia, su padre irá a la cárcel con su hermano y toda la familia quedará deshonrada. Si se calla no cabe duda que el viejo usurero se callará también para que no le empapele la justicia. El hermano malo tendrá dinero para irse de España. También don Adrián se marchará de casa con su mujer. El resto de la familia podrá vivir tranquilamente. Y el buen hijo opta por callar, porque como le dice don Adrián, "en este mundo algunas veces para poder ser bueno hay que dejar de ser honrado". También el mal hijo tiene su rasgo de bondad. porque no se va de la casa sin dar un beso a su hijito al que abandona.
Esta filosofía es la popular española. Por enraizarse en ella es una de las más hondas del teatro benaventino. Se encuentra, que yo recuerde, en La comida de las fieras, en Todos somos unos, en Los intereses creados, en Los malhechores del bien, y es tan netamente española como ese gran tipo de don Adrián García de los Cobos, quizá el mejor carácter de su teatro, pícaro, temerario y bonachón un demonio antes de comer, un ángel de los postres, ingenioso e ignorante, con la plena conciencia de su picardía y de su valer al mismo tiempo. Las circunstancias le hicieron ladrón y la gracia de Dios, generoso. Las circunstancias son las señoras de la vida social. Su hijo, el honrado, debe la honradez a un deseo de reacción contra su padre. Pero la honradez o la picardía no son tanto lo esencial cuanto la caridad, la generosidad en el pensamiento y en la intención.
Esta filosofía es la popular española, por enraizarse en ella es El Nido de Polichinela tan excelente obra de teatro. Esta vez no ha necesitado Benavente ponerse a razonar para explicar la acción. Ha dejado que los personajes sigan el curso de la fábula y la explicación surge sobre la marcha, en la acción misma, como en las obras buenas de teatro. Esa filosofía constituye a la vez la virtud y el defecto del pueblo español. Su virtud, que es la inmensa caridad con que se apiada de las faltas del prójimo, y en ello no hay nadie que nos gane. Su defecto, al contrario, que es su escasa propensión admirativa, resultado de extremar la caridad.
Los pueblos protestantes suelen pecar del opuesto defecto. Estiman la honradez mas que la bondad, y ello les lleva, cuando se ven honrados, a creerse en segura posesión, hagan lo que hagan, de la gracia divina. La separación entre el cumplimiento de los deberes sociales es en ellos tan absoluta que un William James llega a creer en la pluralidad de los Universos, porque si viviéramos en un mundo unitario no le sería posible tomar partido por el bien en la pelea eterna con el mal.
Para Benavente, en cambio, comprenderlo todo es perdonarlo todo: "Todos somos unos". El cumplimiento de las normas sociales no basta para dar por bueno a un hombre: Los malhechores del bien. Las personas honradas se vuelven caníbales con los caídos: La comida de las fieras. La cordura debiera hacer perdonarnos las faltas y sostenernos unos a otros, ya que pecamos todos: Los intereses creados. Lo que hay de verdad en esta filosofía es que, en un plano superior al social, la intención es mas importante que la acción misma, y que, como sólo Dios lee en los corazones, los hombres, aunque tengamos que juzgar los actos de nuestro prójimo, debemos abstenernos, en cambio, de Juzgar su persona.
El error protestante consiste en creer que por los actos meramente se conoce al hombre. El de Benavente, por el contrario, en anular la importancia de los actos en las intenciones. Es el antiguo error nacional por el que absolvemos con tanta facilidad a los pecadores como condenamos al ostracismo, a la penuria y al olvido a nuestros hombres de más mérito. Pero no vaya a creerse que este error es la doctrina nacional. La doctrina nacional es la buena: juzgar el acto y no el agente; odiar al delito y compadecer al criminal; conocer al arbol por el fruto y dejar a Dios que le vea las raíces. Y así como el error protestante nace del orgullo, el error hispano se debe al exceso de generosidad. La necesidad social de aprovechar los talentos y de apartar de las posiciones de responsabilidad a los incapaces de desempeñarlas nos hará corregirlos y subrayar con toda energía la diferencia que hay entre los honrados y los que no lo son. Pero es de esperar que al condenar los malos actos en sus agentes, guardemos para el pecador la caridad del señor Benavente. (10-VIII-1927)
4. BAROJA
Mi ilustre amigo don Pío Baroja -lo hemos visto estos días- no gusta de Menéndez Pelayo. En particular le desagrada aquella idea suya de que donde no se cultive la herencia del pasado no brotará una idea original y dominadora. A propósito de este concepto observaba don Miguel Artigas que en el se asocian las palabras "original" y "dominadora". Una idea original surgirá donde quiera, pero sólo será dominadora si se enlaza al pasado de un pueblo, y ello porque en el pueblo se conserva, como en difuso sentimiento, la herencia del pasado, y donde no consiga enlazarse una idea a ese sentimiento popular, no podrá ser dominadora, porque le faltara pueblo que la defienda y haga dominar.
Don Pío desearía, por lo visto, que las grandes ideas surgieran del porvenir, y no del pasado. Es una idea progresista, que también yo he sentido cuando joven, por aquellos años en que no veía en Menéndez Pelayo más que un triste "coleccionador de naderías muertas", como tuve el desenfado de llamarle. Pero el que vive, aprende, y todo aficionado a la lectura de la historia tiene que darse cuenta de que cuanto se ha hecho de grande y duradero se ha creado ante modelos brindados por el pasado, lo mismo el Sacro Romano Imperio, imitación del Imperio romano; que el Renacimiento de la Antigüedad; que la Reforma, en que se intentó reverdecer los tiempos apostó1icos; que la Contrarreforma, en que se vuelven los ojos al pensamiento del siglo XIII. La misma revolución francesa se hace a ejemplo de las antiguas repúblicas. El imperio ruso quiere resucitar el de Bizancio. El propio Japón no se lanza a sus grandes innovaciones de la era Meiji sino restableciendo el antiguo poder del Micado y aboliendo la modernidad del Yogunato.
Todas las utopías derivan su fuerza del viejo sueño de una primitiva edad de oro o de la relación que se hace en el Génesis del paraíso primoeval. Y en la literatura, en toda la literatura en general, pero en la novela, particularmente, el valor de un héroe depende de la tradición que represente, aunque sea para combatirla. No hay duda de que los héroes de Turguenief y Dostoyevski están concebidos para representar a Rusia, ni de que Tartarín es símbolo de Francia, ni de que Fausto es Alemania, ni de que don Quijote de la Mancha es, en la mente de Cervantes, la encarnación del siglo XVI. Tampoco de que su creador, como lo muestra después en el Persiles, conocía profundamente nuestra tradición y los propósitos generales de nuestra acción en el mundo. El Quijote es la sátira profunda de nuestro siglo XVI; un tiempo, de otra parte, donde siente Cervantes que están todas las raíces de su alma.
¿Qué le falta a nuestro Pío Baroja para ser, de verdad, gran novelista? Lo tiene todo o casi todo: la fuerza lírica, el humor, la compasión, el sueño, la vocación a prueba, porque escribe volúmenes tras volúmenes, sin necesidad de ganarse la vida con la pluma, hasta cuando apenas tiene nada que decir. Dispone también de buen estilo, aunque no falte quien se lo haya discutido. ¿Qué le falta, entonces? Una sola cosa: tradición. Ni sus personajes ni sus temas están emplazados en la tradición española. Su siglo XIX no es una centuria que surja del XVIII y lleve al XX, sino un tiempo sin tiempo, en que los españoles habían perdido la memoria. Los principales personajes barojianos parecen haber caído de la luna. No tiene la menor idea de dónde vienen, ni a dónde van. Al propio Zalacaín lo que le falta precisamente, para ser grande, es conocer la tradición contra la cual combate. Porque es muy cierto que muchos españoles del siglo XIX fueron así, pero esta es, precisamente, la causa de su carencia de valor.
De ellos puede decirse lo que decía de sí mismo, poco antes de matarse, aquel poeta mejicano: "Que ya no se ni dónde se alzaba el porvenir". No saben dónde se alzaba el porvenir; se "alzaba", pretérito; no "se alzará", futuro. El porvenir se alzaba. Esta es la experiencia cotidiana. ¿A dónde vamos? Ibamos a casa; lo recordamos y seguimos andando. El ideal lo encontramos en un recuerdo del pasado. No podemos encontrarlo en el futuro, porque no es para nosotros sino una tabla rasa. El ideal es una herencia del pasado, y cuando perdemos el pasado nos quedamos sin él.
¿Se recuerda don Pío? Cuando ambos éramos jóvenes nos decíamos frecuentemente que nos faltaba el ideal. No nos referíamos a ninguna carencia de ideal personal. Las aspiraciones personales que pudiéramos tener entonces las hemos realizado con creces. Nos sabíamos escritores, queríamos mejorar nuestra labor y lo hemos hecho. De lo que hablábamos es del ideal colectivo, no personalmente de nosotros. Es a España a la que le faltaba el ideal. ¿Y dónde podremos encontrarlo? ¿Puede surgir el ideal de la nada? Es absurdo hasta imaginarlo. De la nada sólo Dios, que lo es todo, puede crear un mundo.
Lo que ni don Pío ni yo sabíamos entonces es que el ideal es tradición y que sólo de su tradición puede sacar un pueblo su ideal. Los jóvenes de mi tiempo nos formamos con las espaldas vueltas a la tradición. Nos figurábamos que el pasado estaba muerto, sólo por ser pasado. No veamos en el una corriente que, por encima de nosotros, apuntaba a los tiempos venideros. No sabíamos contemplar en la historia la case a medio hacer, la sinfonía interrumpida, la flecha caída en mitad del camino, en espera del brazo vigoroso que la vuelva a lanzar. Eramos, realmente, ese personaje barojiano que no sabe lo que hace en el mundo. A todos se nos había perdido la sombra: la sombra y el sol.
Bueno, don Pío. Hemos sido como niños perdidos en el bosque. ¿A dónde vamos? Orientarse es buscar la dirección a donde, desde hacía mil años, se encaminaba nuestra patria. (15-I-1935)
5. VALLE-INCLAN
Había en Valle-Inclan una personalidad, una obra y una influencia que nunca se fundieron, sino que cada una corrió por su camino, sin que el hombre tuviera que ver gran cosa con la obra ni esta con la influencia que ejerció. La persona era, esencialmente, la de un inmenso actor, de gran voluntad y mala traza, a quien el mundo entero servía de escenario. Valle había de ser el amo del minuto en donde se encontrase. Había nacido para decir la ultima palabra, la mas arbitraria de todas las palabras sobre los temas del cielo y de la sierra. Cuando la guerra rusojaponesa, Valle, que era rusófilo por admiración a Tolstoi, aseguraba que los japoneses serían vencidos, "porque eran todos miopes".
Valle era, ante todo, un hombre nacido para que los demás le contemplaran y admirasen. Dotado de ingenio cáustico y despiadado, de valor infinito y de procacidad siempre desbordante, lo que le importaba en cada momento era convertirse en centro de la reunión. Y lo conseguía. Ello no tenía nada que ver esencialmente con su literatura. Valle solía decir de sí mismo que, mas que escritor, era un hidalgo pobre. Cuando llegó a España el Cyrano de Bergerac no produjo entre nosotros gran efecto, porque Valle le superaba en valor, en ingenio y en inverecundia. Es seguro que ni en París, ni en Berlín, ni en Londres, ni en Nueva York se ha visto en los tiempos modernos nada semejante a Valle-Inclan. Con su chistera de alas planas, su melena que le caía a media espalda, sus cuellos de enormes puntas, las barbas y narices militantes y aquella palidez, que hizo decir a un andaluz que le vio por primera vez en el saloncillo de María Guerrero: "Hay que venir a Madrid para oír hablar a las figuras de cera", no ha habido en parte alguna figura mas pintoresca ni más agresiva.
Este hombre no tenía que ver con las letras sino porque los blancos predilectos de sus invectivas solían ser otros escritores y porque en ningún otro medio social hubiera gozado de tanto ámbito, para moverse en plena libertad, como en el de la bohemia literaria. Cuando la tomaba con un escritor, lo asesinaba. Creo que Blasco Ibañez no llegó nunca a asentarse en Madrid por miedo a Valle-Inclan, pero su favorita cabeza de turco fue don José Echegaray. Atrozmente injusto, no se cansó de llamarle "el viejo idiota", y tanto se popularizó el dicterio, que escribió una carta a un amigo suyo que vivía en la calle de Echegaray, puso en el sobre "Calle del Viejo Idiota" y la epístola llegó a su destino.
La obra de Valle que yo conozco mejor es la de la primera y la de la última época. La primera, hasta 1905, es la que puede llamarse preciosista y esta contenida en Femeninas, Epitalamio y las Sonatas. La última es la que el autor llamó Esperpentos. Es la peor moralmente; la mejor, en cambio, desde un punto de vista vital. Mientras la obra preciosista no pasa de ser un ensamblaje de ejercicios de estilo, amenizados aquí y allá por el ingenio desgarrado del escritor. La vida irregular, insegura y atroz que llevó el poeta en casi todo el curso de su existencia le fue dando una fisonomía pintoresca y descarada, una Weltanschanung de pícaro, que se daba de puñetazos con el preciosismo y que no encontró expresión sino cuando dio con la fórmula de los Esperpentos, tan abominable como amena.
Es una visión de la vida de los grandes tal como pueden percibirla los ayudas de camera y los pillos de cocina. No es historia, sino lo que llaman los franceses "pequeña" historia y los ingleses "escándalo". Es el aspecto negativo del mundo, el baile visto por un sordo, la religión examinada por un escéptico. Y con todo, a partir de Tirano Banderas, se me figura no equivocarme si digo que en estos Esperpentos es donde queda más parte del alma de Valle. No crea el rector, sin embargo, que el autor ha obrado su gran influencia en las letras españolas por estas obras en las que puso mas pedazos de alma. Aquí ha de verse otro de los grandes disparates de su figura.
La influencia de Valle tiene muy poco que ver con su obra. No estoy seguro de que la ejerciera por sus obras preciosistas, porque lo mismo la generación de 1895 que la de 1900— y no hablemos de la de 1898, porque la ninguna influencia de este año siniestro en el arte de Valle es otra prueba de que no debe ser designado el año de la guerra con los Estados Unidos para fecha de ninguna generación literaria— no tardaron en darse cuenta de que faltaba la verdad esencial a sus Femeninas y Sonatas para que pudieran servir de modelo. Pero lo que influyó decisivamente sobre las nuevas generaciones fue el desdén que Valle mostraba hacia la preocupación por el asunto en la obra literaria, su exclusivismo formalista, su afirmación incansable de que lo esencial en literatura es el estilo y lo importante unir por primera vez un sustantivo a un adjetivo.
Cuando vino Rubén a España, al final de 1898, Valle le convirtió en ejemplo de sus teorías estéticas. En realidad, no se ajustaba Rubén demasiado a la idea de que en el arte es todo la forma, porque las mejores poesías de Rubén son precisamente las más cargadas de contenido emocional e intelectual. Pero no cabe duda de que la influencia de Valle en aquellos años fue decisiva. Recuérdese que Campoamor nos había acostumbrado a unos versos de expresión tan sencilla que parecían prosa, que también el Madrid cómico ponía la sencillez sobre toda otra virtud, salvo el ingenio, y que aunque Galdós y Pereda y Palacio Valdés eran estilistas cuidadosos, no se tomaban el trabajo de salir a la palestra de determinadas escuelas literarias, por todo lo cual el prosaismo mas agarbanzado reinaba entre nosotros.
El hecho es que, a partir de Valle-Inclan, los escritores se cuidan de la manera de escribir más de lo que antes era usual. Y este mérito nadie podrá disputárselo al muerto, que lo pregonó por toda clase de cafés y cervecerías, ilustrándolo con toda suerte de invectivas. En lo positivo, no cabe duda de que Valle tenia razón. En lo que no la tema es en lo que negaba. Su desdén hacia el asunto es, en rigor, imperdonable. Por ese desdén han pasado después tantos años en que no hemos visto el reflejo de nuestra vida en las novelas ni en las obras de teatro. Una literatura reducida a estilística sería insoportable. Y ha sido realmente insoportable en alguno de los valleinclanistas que más esfuerzo han puesto en alcanzar, en efecto, el preciosismo que Valle predicaba.
El desarrollo anormal de la estilística suele verse acompañado de la atrofia imaginativa. Contra la estética preciosista de Valle se podrían emplear los mismos argumentos que aducía don Juan de Jauregui en su Discurso poético contra el culteranismo de los gongorinos. Porque Valle ha sido, para bien y para mal, el Góngora de nuestro tiempo. (8-VII-1936)
Ramiro de MAEZTU
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