Iglesias nacionalistas y crisis sacerdotal
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Iglesias nacionalistas y crisis sacerdotal

Por Francisco J. Fernández de la Cigoña

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Iglesias nacionalistas y crisis sacerdotal

Todo título de cualquier trabajo es voluntarista y raras veces axiomático. El que hemos elegido cae de lleno en lo primero y nada tiene de lo segundo. Responde a un análisis personal de la situación de la Iglesia española que podrá ser objetado desde otros puntos de vista, muchos de ellos tan respetables como el del autor. Quien, además, quiere comenzar estas líneas con una profesión de fe: de católico, apostólico, romano. Que en el seno de la Iglesia quiere vivir y, por la misericordia de Dios morir, cuando le llegue la hora.

Y, desde el prisma de lo relativo, dos puntualizaciones al título. Las Iglesias nacionalistas de España son, para quien esto escribe, la catalana y la vasca. Sin que ello quiera decir que todos los miembros de esas Iglesias sean nacionalistas. Lo son significadas personas de su jerarquía —decir destacadas, en muchos casos me parece una exageración—, buena parte de su clero —sin que la palabra buena tenga ningún sentido moral sino meramente cuantitativo—, y una minoría, más o menos importante, del pueblo de Dios. Con desigualdad de pesos, en las tres categorías mencionadas, en Cataluña y en las Vascongadas. Galicia, la tercera comunidad histórica, está hasta el momento al margen de esta problemática, salvo casos minoritarios y desacreditados, y por ello puede vivir un tranquilo momento eclesial con notables aspectos de recuperación. No es ajeno a ello el que estuvieran al frente de la archidiócesis compostelana tres pastores de muy distinta fisonomía, física e intelectual, pero los tres substancialmente eclesiales. Y curiosamente los tres fueron distinguidos por los Pontífices correspondientes con la púrpura cardenalicia. Me refiero a Quiroga Palacios, Suquía y Rouco, que ciertamente fueron, con las características peculiares de cada uno, una bendición de Dios para la Iglesia gallega. El actual arzobispo compostelano, Julián Barrio, no parece comparable a sus tres antecesores pero, con una Iglesia pacífica hasta el momento, no se necesitan cualidades excepcionales para pastorearla. Y tampoco, hasta el momento, el actual arzobispo de Santiago se ha embarcado en aventuras arriesgadas, sino que parece continuar una línea acreditada por los resultados.

Una vez manifestado esto, tres afirmaciones puramente sociológicas. La Iglesia de España, exceptuadas las Vascongadas y Cataluña, presenta síntomas evidentes de recuperación tras años verdaderamente negros. La Iglesia catalana agoniza. La Iglesia vasca vive una situación cainita de la que son o fueron responsables, en buena medida, pastores y clérigos. Es como si el nacionalismo llevara una maldición divina que esterilizara los afanes apostólicos. Bien sé que no es así. El catolicismo irlandés, el catolicismo polaco, el catolicismo croata, viven, sobreviven, tras calamidades sin cuento que en casos duraron siglos, gracias a esa unión indisoluble entre patria y religión. ¿Entonces? Posiblemente la diferencia esté en aquel viejo lema de los polacos del siglo XIX: "Amamos la libertad más que cualquier otra cosa en el mundo y a la religión católica más que a la libertad".

No voy a recurrir a viejas tradiciones integristas de nuestra patria tan proclives a negar el catolicismo a quienes no pensaran como ellos. Creo firmemente que se puede ser vasco independentista y católico. O berciano independentista y católico. Será una estupidez pero muchos estúpidos son hijos de la Iglesia. También clérigos. También obispos. Quod natura non dat...

Pero los nacionalistas catalanes, aunque sean presidentes de la Generalidad, aunque sean obispos, aman mucho más a la Cataluña que se han inventado, que nada tiene que ver con la Cataluña histórica y españolísima, que a la religión católica. A la que, además, quieren utilizar al servicio de sus ideas políticas. Y ese es el pecado original que está acabando con la religiosidad de una de las regiones más católicas de España, tal vez la más católica.

No voy a remontarme a los siglos godos. Ni siquiera a los de la Reconquista o a nuestra época áurea. No discutiré si Eulalia fue de Barcelona o de Mérida, si existieron Tecla, Cugat o Cucufate, Fructuoso, Augurio y Eulogio de Tarragona o Félix de Gerona. Ni me referiré a Pedro Nolasco, Raimundo de Peñafort, Ramón Nonato o el mucho más reciente José Oriol. Los santos, los innumerables santos de España, canonizados, beatificados o en vísperas de su promoción a los altares, del siglo XIX son en su mayoría catalanes. Y ninguno dudó sobre si era español. Estaban todos absolutamente convencidos de ello. Claret, Vedruna, Ossó, Domingo y Sol, Ráfols, Molas, Mogas, Mañanet, Palau y Quer, Jornet... De ese semillero de santos y congregaciones religiosas se ha pasado a la región con menos vocaciones religiosas, con menos índice de asistencia a misa, con más matrimonios civiles, a la región más secularizada de España. Hasta el punto de que es Cataluña la única región de España en la que la cruz de las declaraciones de Hacienda sobrepasa la puesta en otros fines que la que ponen los católicos catalanes a favor de la Iglesia católica. ¿No es eso una Iglesia agonizante?

Pues hora es ya de decir quiénes son los responsables. Porque tienen nombre y apellidos. Se llaman Jubany, Pont y Gol, Torrella, Guix, Deig, Camprodón, Martí Alanís... Aunque sean cardenales. Aunque sean obispos. No hay empresa mercantil que con tales dirigentes que la han llevado a la bancarrota, los mantenga al frente de lo que va a ser una liquidación por derribo. La Iglesia contingente, no la Iglesia fundación divina, aunque en un momento dado puedan coincidir, los mantiene al frente del desastre.

Los pruritos nacionalistas de los dirigentes de aquella Iglesia han llevado a situaciones también trágicas, aunque de otro tipo. La diócesis de Lérida prácticamente ha desaparecido. Durante siglos vivieron pacífica y cristianamente, bajo su obispo, numerosos fieles aragoneses que estaban sometidos a su jurisdicción. Hasta que la agobiante presión catalanista les hizo imposible aquella convivencia. Y consiguieron de la Santa Sede que fueran disgregados de la mitra ilerdense para ser unidos a la aragonesa de Barbastro. Una diócesis ya casi sin territorio y sin fieles, si descontamos los de la capital, constituye una seria amenaza para la de Solsona que corre evidente riesgo de desaparecer para ser reabsorbida por una futura diócesis de Lérida-Solsona que supondría el hundimiento, incluso económico, de aquella hermosa ciudad catalana que quedaría reducida a lo que hoy es una Coria, un Segorbe, un Mondoñedo o un Tuy. Después de que esas sedes fueran unidas a Cáceres, Castellón, Ferrol o Vigo. Eso tendrían que agradecer los solsoneses a su actual obispo, Deig, una de las cabezas más visibles de ese catalanismo hirsuto y antiespañol que es una negación de las verdaderas esencias de Cataluña.

Y parecido riesgo corre Tortosa. Privada ya de Castellón, que era su principal ciudad, unida ya hace tiempo a Segorbe. De insistir el catalanismo en sus presiones nacionalistas, los arciprestazgos valencianos que están aun bajo la jurisdicción del obispo dertosense, como Vinaroz o Morella, solicitarán su incorporación a Segorbe-Castellón. Con lo que Tortosa quedaría como una diócesis sin apenas territorio y habitantes o sería incorporada a Tarragona.

Exito redondo de estos nacionalistas eclesiales que habrían conseguido, reducir sus históricas ocho diócesis a seis. Urgel perduraría por esa curiosa reliquia medieval que hace que el obispo sea, con el Presidente de la República francesa, copríncipe de Andorra. Y Vich también podría subsistir pues tanto Gerona como Barcelona y Tarragona tienen suficiente territorio y habitantes.

Problema más grave todavía, en esta liquidación, es la falta de sacerdotes que puedan atender a los fieles de las diócesis catalanas.

Acabo de ver la última estadística de seminaristas de este año de 1998. Existen diócesis cuya situación es realmente optimista. Y algo habrá que apuntar de ello en el haber de sus obispos. Me refiero a los datos publicados el 19 de marzo de este año, día del Seminario. Los primeros números que cite se refieren al año 1994-95 y los segundos al 1997-98.

Alcalá de Henares, con un excelente obispo, Ureña, pese a las dificultades que supone levantar una diócesis de nueva creación, pasó de 20 a 37 seminaristas. En Almería, otro obispo tradicional, Alvarez Gastón, de 23 a 27. Córdoba, regida por otro excelente obispo, Javier Martínez, sube de 34 a 39. Lo de Getafe es ya extraordinario: Fernández Golfin, a quien nunca le agradecerá lo suficiente la Iglesia española haber mantenido la antorcha sacerdotal en el seminario de Madrid durante los siniestros días del cardenal Tarancón, hace subir sus seminaristas de 39 a 64. La llegada de Cañizares a Granada también se hace sentir pasando los futuros sacerdotes de 27 a 35. Más mérito tiene, si cabe, la obra del obispo de Guadix, García Santacruz, otro obispo de la nueva hornada wojtiliana, que ve pasar a los aspirantes al sacerdocio de su humilde diócesis de 16 a 38. El nuevo cardenal Rouco, que heredó de Suquía un seminario ya en parte recuperado, mantiene una cifra extraordinaria de 246 seminaristas que, solo ella, valdría la púrpura cardenalicia. Sube notablemente Orense, con obispo nuevo, que pasa de 33 a 43. Y, aunque se trate de un obispo, para quien esto escribe, de los más nefastos que ha padecido la Iglesia española en estos tiempos, Díaz Merchán, hemos de señalar que los seminaristas de Oviedo pasaron de 34 a 41. Sube Plasencia, también con obispo nuevo, Carlos López, de 14 a 18. Santiago, con Julián Barrio, de 46 a 58. Segorbe, con Reig también acabado de nombrar, de 16 a 20. Notable es también el incremento de Sevilla, de 46 a 65. De su arzobispo, Carlos Amigo, hice en alguna ocasión una crítica tal vez desmedida. También aumenta Tenerife, de 41 a 48. Su obispo, Felipe Fernández, fue una de las cabezas del progresismo español pero hay que reconocer que, desde que le "desterraron", se ha mantenido en una línea de encomiable prudencia. Curiosamente solo dos obispos de los considerados "progresistas" figuran en este cuadro de honor de nuestras diócesis.

Esto es lo positivo, que merece constancia. En lo negativo hay también no poco. De Albacete, con obispo recién nombrado, podemos decir sólo que se apunten los descensos a quien hoy pastorea Orihuela-Alicante, a quien no hay que pedir más que no haga descender todavía los que ya hizo bajar el actual arzobispo de Toledo, Alvarez. Tratándose de Oliver no podemos ser optimistas respecto a la diócesis oriolana-alicantina que un buen obispo, Barrachina, mantenía en cifras más que aceptables. Baja Astorga, también con nuevo obispo y con experiencia en ese campo, por lo que cabe esperar que se contenga la caída de 4 seminaristas. Lo mismo cabe decir de Avila que pierde 2. Barbastro, a punto de que le acepten la dimisión a su obispo, pasa de 0 a 2. Burgos cae notablemente pasando de 57 a 41. De su arzobispo, Martínez Acebes, creo que más cabe decir que no sabe a que no quiere. Calahorra, con Búa, desciende mucho. Canarias, con obispo declaradamente progresista, Echarren, se mantiene. Es un punto positivo a su favor. Al igual que Cartagena-Murcia a cuyo obispo le acaban de aceptar la dimisión.

Creo que debemos extendernos algunas líneas con Azagra. Era uno de esos obispos "made in Pablo VI" cuya promoción nadie se explicó. Pero llegó a regir una importante sede. En enero de 1998 cumplió los 75 años y presentó la reglamentaria dimisión. Al mismo tiempo declaraba que encontrándose bien le gustaría proseguir algún tiempo al frente de la diócesis. Pues, abrir la boca y que le aceptaran la dimisión fue todo uno. Salvo error por mi parte, no recuerdo que a ningún otro obispo se la aceptaran con tal premura. Se nombró administrador de la diócesis al arzobispo de Granada, Cañizares. Con lo que Azagra quedaba casi como para hacer suponer que existían graves irregularidades que imponían tan drástica medida. Porque lo normal era que hubiera seguido rigiendo la diócesis hasta que le nombraran sucesor. Creo, salvo informes secretos que tuviera el Vaticano, sobre lo que no puedo pronunciarme, que el hecho pudo deberse a una análoga e injusta medida que se tomó con don José Guerra Campos, aunque con menos celeridad, y que, ante la sorpresa que produjo, quisieran decir en la nunciatura que ese era un procedimiento habitual, de dos, para disimular la arbitrariedad, o la indignidad, cometida con el anterior obispo de Cuenca. Azagra era un obispo progresista, mediocremente progresista porque tampoco daba para mucho más.

Otro obispo semejante a Azagra en su promoción, si bien de alguna más categoría, aunque no es preciso exagerar, Torija, de Ciudad Real, incrementa sus seminaristas de 43 a 49. Y Cuenca, siempre que monseñor Del Hoyo, que parece un buen pastor, no trunque la tendencia, también lleva una buena marcha, pasando de 18 a 38. Aunque estas cifras sean todavía responsabilidad de Guerra Campos. Las dos diócesis merecen figurar, por tanto, en el anterior apartado de seminarios en expansión. Junto con Huelva, que tiene a su frente un pobre obispo, Noguer, y que pasó de 11 a 15.

Huesca tiene un obispo que es seguramente el más progresista de los obispos españoles, Osés. Ha conseguido reducir un seminario, si tal cosa se puede llamar a lo que albergaba a 3 seminaristas, a la cifra mínima de 1. Si lo aloja en el palacio episcopal o en el piso en que viva puede ahorrarse el seminario.

Ibiza se mantiene en 3 y Jaca en 2, cifras que rondan la nada. Jaén tiene una caída notable pasando de 36 a 22. No está al frente de la diócesis un mal obispo por lo que es de esperar una recuperación. Jerez baja un poco. León se mantiene. Lugo, con el más progresista de los obispos gallegos al frente de la diócesis, José Gómez González, baja de 25 a 18. Se mantiene Málaga, 40, diócesis afligida por los últimos nombramientos: Buxarrais, Dorado. Si bien este tiene más categoría que su antecesor. Posiblemente el más extraño de los extraños nombramientos que llevaron a la Iglesia de España a la situación de la que está intentando salir.

Mallorca, con otra de las cabezas —no demos a la palabra un sentido intelectual—, del progresismo a su frente. Ubeda, cae en picado pasando de 27 a 9. Menorca también está al borde de la extinción. Pasa de 6 a 2. Mérida-Badajoz, con Montero de obispo, de quien en otras ocasiones he dicho también casi todo y sin que tenga nada que retractar hasta el momento, baja de 40 a 30. Mondoñedo, con un valiente obispo, Gea, baja de 22 a 16. Palencia disminuye 5, quedando en 20. Tiene al frente de la diócesis a un magnífico prelado, Palmero, formado en la escuela de quien fue la gran figura de nuestro episcopado reciente, el cardenal González Martín, del que fue obispo auxiliar, por lo que conoce bien lo que es un seminario ejemplar. Estamos seguros de que cuando se asiente en la diócesis corregirá esas cifras.

Pamplona sigue bajando. De 24 a 20. Una desgracia eclesial que aquel seminario que contaba sus huéspedes por centenares se vea en esos números. El actual arzobispo, Fernando Sebastián, no parece capaz no ya de lograr las cifras de antaño, sino ni siquiera de conseguir una leve recuperación. Cierto que ha recibido una pésima herencia episcopal pues aquella mitra fue especialmente masacrada por los anteriores nombramientos. Desde que las normas vaticanas impusieron la renuncia de Delgado Gómez, la diócesis fue de mal en peor con Tabera, Méndez Asensio y Cirarda. Si el segundo fue paradigma de debilidad, el tercero lo fue de ese nacionalismo esterilizante del que venimos hablando. Fracasó en todo, afortunadamente en su intento de vasconizar a los navarros, lo que produjo tal cantidad de anticuerpos que en estos momentos Navarra es mucho menos vasca que cuando Cirarda llegó a Pamplona. Pero, al mismo tiempo, dejó la diócesis como un erial.

Baja Salamanca, de 21 a 15. Se mantiene Santander, que pierde sólo 1. Y se precipita Sigüenza, de 39 a 27. Era este un seminario ejemplar que mantenía unas cifras elevadísimas en días de desmoronamiento general. Había tenido la suerte de ser regida por una sucesión de excelentes obispos: Alonso Muñoyerro, Gúrpide, Bereciartúa, Castán, Pla. Y mérito destacado de este último fue tener, en sus días, un seminario floreciente. Con Sánchez al frente de la diócesis quizás veamos desaparecer el seminario. Y en breve plazo porque, convencidos al parecer los obispos de su inutilidad al frente de la secretaría de la Conferencia episcopal, que le tenía alejado de la diócesis, no le han reelegido con lo que dispondrá de todo su tiempo para dedicarlo a Sigüenza-Guadalajara. ¡Pobre diócesis!

Tarazona pierde 1 y Teruel 2. Más grave en este último caso pues la pérdida supone el 50% de los efectivos. También su obispo, Algora, pasaba por progresista. Toledo, cuyo seminario era la obra más acabada del cardenal González Martín, benemérito por tantas cosas, ha aumentado, desde 1994 en 7 seminaristas. Pero Alvarez, el primer arzobispo toledano que no va ser cardenal por lo menos desde el siglo XVIII, no es González Martín. Ya este año tiene 14 seminaristas menos que el año pasado. No somos optimistas respecto a ese emporio de vocaciones salvo por que el año 2000 Alvarez presentará su renuncia y en dos años que le quedan de ejercicio será imposible que destruya lo que su predecesor consiguió con tanto trabajo, celo pastoral e inteligencia.

También se precipita Tuy-Vigo, que pasa de 36 a 17. Cárguese en el debe de Diéguez Reboredo. Y Valencia, de 92 a 73. Y Valladolid, de 27 a 20. Con mucho mejor arzobispo la levantina, García Gasco, que la castellana, Delicado. Zamora, Uriarte, sube 2, y Zaragoza, Yanes, 1.

Hemos dejado para el final las cifras de las diócesis catalanas y vascas. Barcelona, con el más conservador de los obispos de la región al frente, el cardenal Carles, sube de 71 a 75. Cifras casi equivalentes a Getafe, Sevilla o Valencia, teniendo Barcelona mucha más población. Y a siglos luz de Madrid, 246, o Toledo, 139. Gerona, Camprodón, baja de 8 a 6. Lérida, Malla, de 8 a 4. Solsona, Deig, de 7 a 4. Urgel, Martí Alanís, de 16 a 8. Y Vich, Guix, de 9 a 6. Tarragona y Tortosa, con obispos más distanciados de esa línea ultracatalanista, Martínez Sistach y Salinas, suben de 13 a 14 y de 10 a 14. ¿Es simple coincidencia? Y alguno de aquellos seminarios ha acogido, con toda clase de gastos pagados, a seminaristas hispanoamericanos ante la carencia de vocaciones autóctonas, de los que deben esperar una nueva evangelización de Cataluña. Y así como en el siglo XVI, nuestros misioneros en América tuvieron que aprender quechua, aymará y las demás lenguas de aquel inmenso continente, hoy, los que van a devolver la fe que recibieron de nuestros mayores se habrán llevado la sorpresa, al llegar al Seminario, de tener también que aprender una lengua extraña para ellos, el catalán. Y no porque no les entendieran en la suya nativa, el castellano, sino por imposición de esa Iglesia nacionalista en vías de extinción. Y nos tememos que en el seminario den mayor importancia a la asignatura de catalán que a la misma teología.

En las Vascongadas, otrora rebosantes de seminaristas, la situación es análoga. Bilbao tiene 15 seminaristas, los mismos que en el curso 1994-1995. San Sebastian otros 15, cinco más que hace tres años. Y Vitoria 12, con una disminución de 7, sólo37 seminaristas en todas las Vascongadas, que son los mismos que tiene la diócesis de Alcalá de Henares. y menos que los que hay en Barcelona, Burgos, Cartagena, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Getafe, ¡Guadix!, Madrid, Málaga, Orense, Orihuela, Oviedo, Santiago, Sevilla, Tenerife, Toledo y Valencia. ¡Entre las tres diócesis juntas! Como para pensar que el nacionalismo arrastra una maldición.

No quiero extenderme en la problemática de las Vascongadas que haría interminables estas páginas. Por limitarme sólo a Cataluña quiero concluir con unas líneas de esperanza.

Esa jerarquía catalana, al parecer eclesialmente inútil o, peor, negativa, es, además, una jerarquía anciana. Uno de ellos, el obispo de Lérida, es ya obispo dimisionario desde el año pasado. Y si aun no le han aceptado la dimisión muy posiblemente sea para dar a su sucesor resuelto el problema del traspaso de las parroquias de la franja oeste del obispado al de Barbastro-Monzón. Ya que el nuevo obispo va a llegar casi sin diócesis, al menos que llegue sin problemas. El año 2001, es decir, dentro solo de tres años, tendrán que presentar la dimisión otros tres de los ocho obispos residenciales de Cataluña. Los titulares de Barcelona, Gerona y Solsona: Carles, Camprodón y Deig. Será una auténtica bendición: El primero por ineficaz y los otros dos por higiene eclesial. El año siguiente 2002, sólo dentro de cuatro, será también venturoso: presentará la dimisión el obispo de Vich, Guix. Y el 2003, dimitirá el de Urgel, Martí Alanís. Solo quedarán Tarragona y Tortosa, que están regidas por los mejores del grupo, Martínez Sistach y Salinas. Y el 2003 y el 2005 se irán también los peores de entre los cinco obispos auxiliares que en estos momentos tiene el cardenal Carles: Pedro Tena y Juan Carrera. Este último, el mentecato (no se me ocurre otro epíteto más benévolo), va exigiendo que se pidan perdones por la conducta de la Iglesia durante la era de Franco. Lejos de mi intención canonizar cualquier régimen político pues esos sistemas no suben a los altares. Pero ese individuo, en 1936 tenía ya 12 años, por lo que pudo enterarse de algunas cosas que ocurrían en la Cataluña catalanista y no española. Como por ejemplo, que fue asesinado su hermano in partibus, el obispo auxiliar de Tarragona, doctor Borrás. Y que asesinaron también al obispo de Lérida, monseñor Huix. Y al obispo de Barcelona, doctor Irurita. Y sin contar a los religiosos, lo que haría aumentar mucho la cifra, ni a las monjas, que la aumentaría también, ni a la infinidad de seglares, no pocos de ellos asesinados solo por ser católicos; en Barcelona, fueron asesinados 279 sacerdotes diocesanos. Y fue una diócesis con suerte, pues solo cayó, en las cunetas de las carreteras o en las afueras de los pueblos, el 22,3% del clero de la diócesis.

En Lérida fueron asesinados 270 sacerdotes, que suponían el 65,8% de los incardinados. Es decir, que de cada tres sacerdotes mataron a dos. Mejor fortuna le cupo a Solsona, que fue la diócesis en la que menos se sufrió aquella masacre. Aun así asesinaron a 60 sacerdotes. Casi nada para lo que aquello fue, el 13,4% de las existencias. Quizá tenga que pedir perdón la diócesis de Solsona porque sólo le hubieran matado a 60 curas. En Tarragona cayeron solamente 131, el 32,4%. De cada tres sólo mataron a uno. Resultó bastante privilegiada. Mucho más que Tortosa, donde asesinaron a 316 sacerdotes, el 61,9% de los que allí había. En Vich asesinaron a 177, el 27,1% del clero diocesano.

Y una monja de la Compañía de santa Teresa. Y dos Franciscanas de la Misericordia asesinadas en San Ginés del Agudells. Y las nueve Mínimas fusiladas en Horta, cuatro de ellas sexagenarias. Y las cinco Hijas de María Reparadora. Y cinco Dominicanas de la Anunciata fusiladas en Vallvidrera. y las atrocidades cometidas en Riudarenas con la Dominicana Lourdes Bosch, pueblo especialmente trágico pues fusilaron también a otras tres religiosas. Y una Carmelita Calzada en Vich. Y dos Misioneras de la Inmaculada Concepción en Barcelona. Y dos Salesianas en Sarriá. Y una Dominicana de Montesión. Y la madre general de las Carmelitas de la Caridad también en Barcelona…

Y los Hermanos de San Juan de Dios de Calafell. Y los monjes de Montserrat. Y los Maristas. Y los Gabrielistas… Para qué seguir.

Los supervivientes, en algunos casos los escasísimos supervivientes, recibieron a los soldados de Franco como una auténtica liberación. ¿Habrá que pedir perdón por ello? Yo creo más bien que la Iglesia de España, y la de Cataluña, debían pedir perdón por tener un obispo como Carrera.



Francisco J. Fernández de la Cigoña




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