LIBROS: El hombre en desazón
pag. principal Razón Española

LIBROS: El hombre en desazón

Comentarios de Alfonso López Quintás al libro de Gonzalo Fernández de la Mora

artículo anterior indice siguiente artículo

LIBROS: El hombre en desazón

Fernández de la Mora, Gonzalo: El hombre en desazón, Ed. Nobel, Oviedo, 1998, 377 págs.

Después de haber escrito cerca de nueve mil páginas en forma de libros, artículos y recensiones, el autor sobrevuela sus inmensos conocimientos de todo orden para ver en bloque lo que es el hombre, su situación en la actualidad y sus posibilidades de mejorar en el futuro. Se propone ser realista, evitar toda exaltación precipitada de lo humano y mostrar el camino de un real avance en el proceso de hominización.

Frente a la "embriagadora autoapoteosis" del hombre actual, Fernádez de la Mora comienza afirmando que "en la edad contemporánea, los avances de la ciencia y de la técnica, la revitalización del viejo hedonismo, las declaraciones de derechos sin deberes y, sobre todo, la radicalización de los individualismos están reconstruyendo una especie de laica mitificación del hombre, que puede desacelerar el proceso de hominización porque no hay terapéutica eficaz sin diagnóstico exacto" (p. 11).

Para superar este riesgo debemos hacernos cargo de que el hombre, pese a su innegable grandeza, "padece desazón", debido a sus notables precariedades. "Hay motivos para que el hombre se asombre ante sí mismo porque es el más capaz de los seres terrenales" (p. 11); pero su condición es ambivalente, y cada cualidad suya presenta una vertiente desazonante.

El ser humano carece de los instintos "seguros" del animal, instintos que aseguran la conservación de la especie al estar "regulados" por ella. Esta regulación evita el riesgo que implica el haber de elegir, pero ciega las fuentes de la libertad y la creatividad. El hombre tiene el privilegio de poder tomar distancia de la realidad en torno y dar diversas respuestas a un mismo estímulo. Su actividad no se reduce a una mera reacción a un estímulo; es una respuesta a la apelación que dirige una realidad exterior. Esta apertura activa a la realidad supone un salto cualitativo por encima del plano de la vida animal, pero implica, según el autor, una fuente de "alienaciones". Cuando uno se abre al exterior, se pierde y enajena. Eso sucede en la experiencia amorosa (71-75), literaria y artística (91-92), religiosa (96), lúdica (97), artesanal. Las distintas formas de diversión significan una huida de sí mismo, un intento de olvidar la precariedad de la propia existencia: "O la angustia ante la indigencia de la vida, o la evasión a través de los pasatiempos" (100).

También la elevación a ciertos ideales y determinados proyectos de vida suele estar impulsada por el afán de escapar a "la angustia existencial". La labor educativa aliena a los educandos en cuanto los lleva a adecuar su conducta a normas externas, a usos sociales, y no fomenta debidamente "la realización personal de cada individuo" (121). "…La pedagogía altera al educando para que se parezca lo más posible al arquetipo social dominante. Ese paradigma es de otros, viene dado, propuesto e inculcado desde el exterior. La mismidad va siendo encaminada hacia la alteridad", por tanto hacia la despersonalización y la alienación (119-120).

Ser locuente es un distintivo eminente del hombre, pero la lengua le viene dada a éste por la sociedad y sólo muy pocas personas logran elevarse en alguna medida por encima del elenco de términos y conceptos comunes. La mayoría se ven condicionadas por el lenguaje recibido, y en la misma medida alienadas, faltas de auténtica originalidad.

Estas y otras muchas formas de alienación, que el autor reseña sin miedo a parecer pesimista, desazonan al hombre. Pero lo hace en grado superior la conciencia de tener una forma de identidad personal bastante indefinida. Nos inquieta el no saber a punto cierto qué y quiénes somos (138) tanto en nuestra dotación genética como en el desarrollo personal que llevamos a cabo merced a las posibilidades recibidas del entorno (150). Somos mucho menos libres de lo que pensamos, desde el hecho mismo de nacer hasta el deber de afrontar la muerte, pasando por falta de elección de la mayoría de las circunstancias que nos afectan durante la vida (163, 191, 193-200).

Nuestra apertura al mundo es patente pero limitada y angosta (174). Estamos inacabados biológicamente, pero también racional y existencialmente. Somos capaces de errores y de maldades. Queremos establecer orden en nuestra vida para ser felices, pero sólo lo conseguimos parcialmente (184). Podemos elegir, pero lo hacemos con perplejidad (185), y la responsabilidad que ello entraña supone para nosotros una carga (186). Incluso para las personas poco sensibles a los valores éticos, "la alteridad ética es inevitable: hay que medir las responsabilidades respecto a los otros". "La eticidad es una necesidad de la especie y un poderoso factor coadyuvante al progreso y a la evolución; pero es otro peso que gravita sobre el individuo. La condición humana no es sólo menesterosa, es ardua" (190).

Para tener alguna seguridad en una existencia ambigua, ambivalente, menesterosa y ardua, el hombre necesita dar un fundamento sólido a su comportamiento ético, al modo de configurar y desarrollar su personalidad. Frente al relativismo y al positivismo, el autor ofrece una interpretación "realista", perfectamente verificable, del modo adecuado de realizarse el hombre. Es un hecho originado no por un pacto sino por el ansia de buscar el bien de la propia especie, vista de modo concreto y metaindividual (212). El hombre tiende a conservar la vida preservando la especie. "Para todos los vivientes la moral en sentido lato es el bien de la especie" (213). El hombre regula sus instintos en atención a la conservación de la especie. Están "sus portavoces que son los moralistas, científicos y gobernantes, y su común instrumento para enunciar preceptos es la razón" (215). Para ésta, el imperativo absoluto es: "Sirve a la especie". Y como la especie se realiza en cada hombre, el principio de la ética es autónomo. "No hay, pues, heteronomía en la aceptación del bien de la especie como imperativo categórico para todos y cada uno de los hombres" (216). "Aceptar el imperativo específico no es distinto de obedecer a lo radical de uno mismo" (217).

Esta tesis del "bien de la especie como moral" es perfectamente verificable. "Es fácil verificar que prohibir la reproducción o imperar el homosexualismo no responden al bien de la especie; que la mentira es involutiva; y así sucesivamente. Los deberes quedan así sustraidos al ámbito de las cambiantes voliciones, de uno o de muchos, para inscribirse en la estable naturaleza de la Humanidad" (217, 229-234, 291). "El bien de la especie es objetivo y experimentable. No es una construcción, sino un dato. En tal ser se funda el deber ser del hombre" (222)

Este atenimiento al bien de la especie lo realiza el hombre a cierta distancia, equidistante entre la fusión del animal y el alejamiento que pretenden todas las formas de evasión que el hombre puede llevar a cabo. "Vivir es ir siendo más, aunque biológicamente haya desgaste y aproximación hacia la muerte" (341). Para ser más hay que saber más y trazar proyectos viables, que son en parte subjetivos pero no del todo arbitrarios (342).

Realizarse racionalmente supone dar un sentido a la vida. "En alguna medida, todos los hombres sienten la conveniencia de dar a su vida un sentido que justifique el peso de su existencia y la correspondiente dosis de penalidades. La tensión hacia un ideal es un alivio inmenso. Para transitar menos angustiosamente por el mundo, el hombre precisa creer que su vida vale la pena" (2951. Nadie puede obviar la cuestión del sentido de su vida (296). Tenemos un destino y nos damos un destino (297). Buscar un sentido a la vida es encaminarse, tender a una meta (301). "Esa tensión permanente exige concentrarse sobre el blanco y, si es cercano, permite desentenderse temporalmente de otros cuidados y de la caducidad; si es último, contribuye a aligerar la angustia existencial" (302). En la vejez, hay personas que derivan al pesimismo y otras se orientan hacia lo trascendente y se espiritualizan; mantienen su vocación, su identidad personal y viven una vida coherente y en paz interior. Esa tenaz orientación hacia el ideal supremo ayuda a superar la "deficitaria condición humana" y a colmar —sin anular— "la vasta oquedad intrínseca" que significa la insatisfacción básica del hombre. "Sin un sentido asumido, cada existencia humana es una pasión quizás relativamente útil, pero absurda" (303). De ahí la condición felicitaria de la ascesis, que en el cristianismo lleva a la caridad y la entrega. "Estas conductas son relámpagos de luz sobre un mundo de egoismos sombríos" (351).

El hombre se ve menesteroso, pero no se detiene. Es "un deseo de más saber, más poder y, sobre todo, más ser" (357). El hombre se mueve a impulsos de su "desazón creadora", de la que "nacen anhelos de horizonte infinito, ansia de perfecciones remotas, apetito de lo sobrehumano, de lo angélico, de lo divino". Se trata de una maduración siempre inconclusa, deficitaria, extraordinarimanete precaria, pero capaz de inmensos logros (358).

Observamos que el autor dedica casi todo el amplio libro a marcar las deficiencias del ser humano, pero su intención última no es pesimista, ni siquiera reduccionista, sino abiertamente constructiva. Los llamados "filósofos de la sospecha" y muchos otros se esforzaron en mostrar que la grandeza no es más que el resultado de falsas sublimaciones. Fernández de la Mora tiende por temperamento a un pensamiento sobrio, comedido, atenido a las realidades verificables, constatables con un método empírico. Pero está dispuesto, por lo mismo, a no sacrificar ni una sola de las posibilidades de ese ser que tiene razones para estar orgulloso de su situación privilegiada en el concierto de los seres. Por eso abre al final de su trabajo todo el amplio horizonte que tiene ante sí el hombre que se pregunta por el sentido de su vida. La necesidad de tal apertura es un dato constatable en la existencia diaria, no es fruto de una especulación arbitraria. Tanto más expresivo resulta verlo expuesto y resaltado en una obra tan poco dada a evasiones intelectuales como ésta.

Se trata de un libro escrito de un trazo, con el vigor necesario para exponer la idea conductora de modo coherente. De su lectura se desprende una lección clara: es preciso operar con suma cautela al determinar lo que es el ser humano y cuáles son sus posibilidades de desarrollo.

Comparto esta invitación a la sobriedad y mesura intelectuales, pero entiendo que el autor en ciertos momentos la lleva incluso más allá de lo que hubiera sido necesario. Con frecuencia interpreta como "alienantes" ciertas actividades humanas que no siempre lo son. "En las dos grandes clases de hedonismo hay alienación, es decir, el hombre sale de sí mismo y se evade merced al vino, al opio, al beso, al arte, a la ecuación, a la invocación. Todos los hedonismos son diversiones, no ensimismamientos" (p. 95). El autor considera conjuntamente como diversiones, evasiones y por tanto alienaciones actividades humanas que son formas de salir de sí polarmente opuestas. La drogadicción implica una salida de sí en falso; no exige nada en principio, lo promete todo y lo quita todo al final. Es la definición del proceso de vértigo. La contemplación artística y la religiosa también sacan al hombre de sí, pero no para perderlo sino para elevarlo a lo mejor de sí mismo. Esta elevación constituye el núcleo de las experiencias de éxtasis, entendidas en el sentido luminoso que les dieron Platón, Plotino, San Agustín y toda la tradición mística cristiana. Para entender cabalmente la distinción de ambas formas de salir de sí, es indispensable advertir que la calidad de esta salida viene determinada por el sentido que adquiere para cada persona y en cada contexto el exterior. Al saludar a una persona, salgo de mi interioridad para encontrarme con una realidad que está fuera de mí, en un reducto exterior a mí. Si esa persona es auténtica amiga mía, porque entre ambos hemos creado una relación de encuentro en sentido riguroso, no se halla fuera de mí, no me externa ni extraña ni ajena, sino intima. La intimidad significa hallarse dentro de un campo de juego en el cual se da una peculiar interacción de actitudes, sentimientos y finalidades, de modo que todos estamos dentro de un dinamismo creador que aúna nuestros impulsos y nos convierten un modo altísimo de unidad, sin restar un ápice nuestra identidad personal propia, antes acrecentándola al máximo. En consecuencia, al abrirme con toda el alma a una obra de arte, a una institución, a una persona…, no salgo de mí en el sentido negativo de perderme o alienarme; cobro mi auténtica identidad personal porque le doy a mi yo toda la envergadura que le corresponde: el yo pleno del hombre se constituye en tal al relacionarse positivamente con el tú, como subraya enérgicamente la Filosofía dialógica o personalista. Por mi parte, agregaría que el yo adquiere su verdadera dimensión cuando crea relaciones de convivencia con cualquier realidad que tenga condición de "ámbito", por constituir una fuente de iniciativa, ofrecer al hombre diversas posibilidades y ser capaz de recibir las que el hombre le ofrece. Cuanto más rica de posibilidades es dicha realidad, más elevado es el encuentro y más entrañable la intimidad que éste funda entre las realidades que le dan origen. Por eso en la experiencia religiosa más alta, que es la mística, Dios llega a ser "más íntimo al alma que su misma intimidad", según la expresión agustiniana.

Siempre que trata el tema de la relación entre el hombre y su entorno o circunstancia, el autor vertebra su pensamiento conforme al esquema orteguiano "ensimismamiento-alteración", que —como mostré en mi libro El pensamiento filosófico de D’Ors y Ortega— resulta insuficiente si no se tiene en cuenta que las relaciones entre el "interior" y el "exterior", el "dentro" y "fuera" dejan de significar escisión para indicar complementariedad cuando la actitud del hombre es creativa, como sucede en el encuentro. Por eso las distintas formas de juego no alienan al hombre que las entiende y las vive con talante creador. Si se reduce el jugar a mero di-vertirse, en el sentido pascaliano de entrar a una actividad superficial que no exige sino mero desgaste de energías, los juegos presentan un neto carácter alienante y pueden ser tachados de "útiles escapatorias a la angustia existencial" (p. 97).

Algo semejante cabe decir de la producción y utilización de objetos (104), la conversación reducida a mera "cháchara" insustancial, falta de vibración personal (113), del conocimiento como versión intencional hacia algo distinto del sujeto. "Todas las actividades psíquicas entrañan un movimiento hacia lo otro. De este hecho radical podría deducirse que la condición intelectual del hombre es constitutivamente alienante puesto que entraña extroversión, y en cierto modo entrega al objeto de nuestra curiosidad, de nuestras ansias o de nuestras emociones" (305). A partir del pensamiento existencial, sabemos que cuando el objeto-de-conocimiento no se reduce a mero objeto, no queda puesto en frente del sujeto; más bien entra en una relación intensa de colaboración con él, que funda un ámbito de intimidad, en el cual se supera la escisión entre el "dentro" y el "fuera".

La calidad de la relación entre el sujeto y el objeto depende del rango que ostente el modo de realidad de éste. Por eso considero arriesgada la tendencia del autor a calificar como "irreal" el modo de peculiar realidad que tienen los "ideales", los "proyectos de vida" (92), a los que califica de "ficciones" (311). "Hay quienes se instalan en lo que se sabe que es mentira, en la ficción literaria". "La literatura de estricta evasión impera en las pantallas de los cines y de la televisión. Este medio ha puesto la alienación literaria al alcance del analfabeto en cualquier momento…" (311-312). El autor describe con trazos magistrales el proceso alienador que sigue el hombre que se abandona a la seducción de las tramas cinematográficas y se convierte en "un flotador arrastrando por la corriente, un acto pasivo de aventuras ajenas, y así no tiene ocasión de ser él mismo" (312). Pero esta alienación no es una condición propia de las obras literarias y cinematográficas cuando éstas presentan la debida calidad, y en el cañamazo del argumento teje un tema valioso. En el plano de los meros hechos y objetos, tales obras son meras ficciones. Tal autor "hace de Macbeth", sin serlo en su vida real. Pero en el plano de los "ámbitos", el proceso de vértigo que constituye el tema profundo de la tragedia homónima de Shakespeare es profundamente real, por eficiente, en la vida de cualquier espectador, por lejano en tiempo y espacio que se halle respecto a este dramaturgo. El espectador que no tome la trama escénica como simple "espectáculo" para contemplar y divertirse, sino que sepa ver en el trasfondo del argumento el tema que quiere proponernos la obra no sólo no se aliena sino que ahonda en lo más profundo de su vida, al advertir las consecuencias destructoras del proceso de vértigo, que también él puede verse tentado a seguir alguna vez en su vida en una u otra forma.

El método empírico de pensamiento es, sin duda, fecundo por su voluntad de plegarse en todo momento a los perfiles de la realidad analizada. Pero no debe olvidarse que existen modos diversos de realidad y la eficacia de nuestro análisis filosófico estriba en la flexibilidad para advertir que todos ellos son legítimos y complementarios.

Si se entiende que un pensamiento es "empírico" cuando considera como modélicamente reales las entidades susceptibles de una forma de verificación y constatación semejantes a las propias del método científico, se corre riesgo de rebajar el rango ontológico de entidades que ostentan un modo de realidad distinto, de ningún modo inferior. Ello explica, posiblemente, que el autor considere la cultura como una prótesis ortopedica. "La cultura es la gran prótesis posibilitadora de avances para la persona y para la especie; pero, secundariamente, tiene individuales efectos constreñidores y alienantes. Es inevitable. Los hombres crean cultura porque están en desazón, y esa cultura, en ocasiones desazona; impulsa y, a la vez, gravita. Sin cultura, la caverna; con ella, zozobra" (227-228). Recuérdese que, para Ortega, la razón no es en principio sino "un aparato ortopédico puesto a un instinto quebrado". "La razón del hombre inicial es mero suplemento al instinto deficiente". "…Para los efectos de la economía vital debe comportarse como un instinto más que vicaría los perdidos" (Obras Completas V, Madrid 1947, p. 304). Las graves consecuencias de esta posición las expuse ampliamente en la Metodología de lo suprasensible (Madrid 1963, págs 142-156).

Estas observaciones no disminuyen un ápice el valor de esta obra que ante todo muestra la ambivalencia y la menesterosidad constitutivas de la vida humana. Las descripciones, breves pero incisivas, que hace de fenómeno como el erotismo o sexualidad sin amor (333), la desinformación malintencionada (332), la utilización evasiva del juego, el arte y la literatura (311-317, 322), la falta de compromiso de ciertas formas de humorismo (326-328), la alienación consumista y coleccionista (317-319), la pérdida de sí en los diversos tipos de adicción (308), el recurso banal a la magia (311), la huida de sí mediante la evasión turística (314) y otros no menos importantes arrojan torrentes de luz sobre una situación sumamente compleja y ambigua. Por ésta y otras razones, este libro hará meditar a todos los lectores, incluso a los que no se identifiquen con todas sus tesis.

Fernández de la Mora hace gala de un lenguaje rico y expresivo. Escribe de forma densa, ejemplarmente precisa, con sentencias bien cortadas y ritmadas, con un sentido muy acusado de la articulación interna de las frases, los párrafos y los capítulos. En todo momento mantiene con firmeza las riendas del discurso, y evita, así, excursus innecesarios y materias de relleno. Todo se halla, en su obra, quintaesenciado y potenciado por un pensamiento que dirige con mano firme la marcha de la argumentación.



Alfonso López Quintás




artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.