nº 90 Editorial. Vivir según la razón
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Vivir según la razón

Editorial. nº 90

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Editorial: Vivir según la razón

Desde que, hace más de dos mil millones de años, apareció en nuestro planeta la primera célula procariota, quizás un alga verdiazul, hasta hoy, la vida ha desarrollado un denso complejo trazado arborescente, culminado por el hombre actual. Con nuestra especie se manifestó nítidamente la razón, va para unos treinta mil años. Hasta entonces habían dominado las pulsiones pautadas: tropismos, reflejos, instintos, afinidades. El período racional de la Tierra es una mínima, casi inapreciable fracción de su cronología, mientras que el irracional es sumamente dilatado.

Los maestros clásicos del arte de existir, herederos de remotas sabidurías orientales, prescribían vivir según la naturaleza racional del hombre, es decir, según el logos. Y para ello proponían anular las pasiones, impermeabilizarse a los afectos, la indiferencia sentimental, la impasibilidad absoluta, la apatía. ¿Meta posible o inalcanzable ideal?

Ciertos cálculos matemáticos y deducciones filosóficas ¿son raciocinios sin mezcla alguna de emotividad? Es muy dudoso porque incluso los sublimados objetos puros son producidos por la mente desde la arbitrariedad. Cuando nuestro logos se pone en marcha obligado por una autoridad externa capaz de imponerse, el razonamiento nace tarado por una pura decisión ajena. No es tanto un vicio germinal cuanto un carácter originario: el impulso trasciende al logos y a veces ignora sus razones. Cuando la orden de razonar procede del propio sujeto, no es necesario que las motivaciones sean razonables ni que lo sea el objetivo propuesto. La independencia de la voluntad respecto del logos imprime un sello de arbitrariedad inicial a los procesos razonadores. Es una flaqueza consustancial a un logos impuro y subordinado como el del hombre.

Además, las operaciones más estrictamente lógicas brotan de una estructura sensorial que, sin pausa, tiende hacia la consecución de la felicidad y la eliminación del dolor. Las más alquitaradas abstracciones y las argumentaciones más neutras se producen desde el bienestar o el malestar de un sujeto y arrastran, por leve que sea, un aura congénita de patetismo. La racionalidad humana se asienta sobre un menesteroso e impulsivo tronco de irracionalidad, sobre un protagonista que es animal en acto, y logos en potencia.

El precepto supremo del chipriota Zenón es prácticamente inviable y ha de ser adaptado a la condición corporal, es decir, humanizado. Lo factible es ordenar los sentimientos modulando su intensidad, seleccionando las motivaciones, orientando las conductas y calculando los subjetivos efectos. Además, hay sentimientos magníficos como la misericordia y el amor al prójimo, dignos de ser cultivados y no eliminados. Esta fue la revolucionaria corrección cristiana al primer estoicismo: impasibilidad no, autodominio sí. No todo lo emotivo es lastre.

La disciplina del ánimo, que es la mejor técnica felicitaria, ha fomentado la ascesis salvadora y, acaso sin pretenderlo, también la ciencia, dos frutos aparentemente contrapuestos pero nacidos del mismo autodominio. Ese magno legado griego, llevado a su heterodoxa plenitud por el gran cordobés, constituye el horizonte de la moral, el límite hacia el que sólo cabe tender en aproximación asintótica.

Quizás se pueda pensar sólo según la razón; pero casi nunca se puede vivir según la razón pura. Es una insuperable deficiencia de nuestra especie. La vida humana discurre movida por deseos e inmersa en la emotividad. Siempre se actúa en función de anhelos, y ninguna acción es separable del sentimiento de dicha o desdicha, ni siquiera las meramente reflejas, ni los sueños. Y nunca convivimos más radicalmente que cuando compartimos una emoción. Lo intuyó el príncipe de los poetas modernistas: "¿Quién que es, no es romántico?". Es un hecho y, a la vez, un anhelo: todos aspiramos al estado de ánimo venturoso, donde se anegue la angustia óntica. Si el espacio y el tiempo son categorías "a priori" del conocimiento, la emotividad es un "a priori" de la existencia humana. Vivir, antes que saber, es sentirse mejor o peor.

"¿Cómo estás?" es una cuestión que, a fuerza de repetida, se difumina y puede llegar a ser huera. Pero su plena significación radical es de inmenso contenido antropológico: el hombre no sólo es, sino que siempre está situado en algún punto positivo o negativo de la curva felicitaria; no puede librarse de su condena sentimental, ni siquiera cuando efectúa una medida o resuelve una ecuación.

La predominante tarea existencial no es tanto vivir según el logos cuanto sentir según la razón. No es una paradoja, es el reconocimiento de que, mediante la forja del ánimo, se puede dominar los apetitos y regular la economía de las necesidades y las satisfacciones. Ni la indiferencia y la renuncia absolutas, ni la pasiva entrega a las pasiones. La consigna realista es desear y conmoverse razonablemente.

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