El 98 y la ley del catalán
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El 98 y la ley del catalán

Por J. Carvajal

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El 98 y la ley del catalán

En el desastre del 98, junto a los cascos ineficaces de nuestras escuadras, se hundieron no solo el Imperio, sino también las certezas colectivas que lo habían hecho posible desde los días de su fundación, en los finales de la reconquista granadina, y en el inicio de la unidad de España. Certezas ampliamente compartidas por unos pueblos que hicieron de su gesta la obra más significante, civilizadora y evangelizadora de la cultura española, y por extensión una de las obras más grandiosas de Occidente.

La meditación del Desastre abrió el camino, desde el primer momento, a la generación que lleva su cifra y a todas las actitudes regeneracionistas, por una vía o por otra; colaborando también, en no pequeña medida, a potenciar los insolidarios nacionalismos periféricos. En todo caso, marcando todo el siglo que ahora termina con la dialéctica de las dos España (con problema, o sin él) incidiendo en nuestra más reciente historia, de uno u otro signo, hasta nuestros días.

El recuerdo del Desastre nos ofrece un amplio campo de meditación, ante las palabras y los hechos que dan pie a pensar en otro desastre, tal vez de más graves consecuencias, si no se conjura su posibilidad latente; porque en este caso no se trataría de la pérdida de islas lejanas y entrañables, sino de la propia España.

Que el Imperio, en su último acto, vistiera de gala a los marinos de su Armada, para afrontar el trance supremo de morir por España, tal como dispuso el almirante Cervera, es sin duda un acto de estremecedora grandeza; pero que España se disgregue, desandando todo el caminar de su historia, adormecida por las mezquindades de unos y de otros, entre manipulaciones mediáticas y marrullerías falaces no tiene grandeza alguna.

Desde mi identidad catalana (que nadie se confunda con la rotundidad de mi apellido paterno) puedo afirmar que nunca he tenido dificultad alguna para sentirme catalán y plenamente español, al mismo tiempo. Y lo que puedo decir de mí, lo digo también de mi entorno familiar y afectivo, y quiero decirlo cuando demasiados parecen gozarse en poner brumas, cuando no murallas, entre ambos sentimientos.

Creo poder decir también, desde la memoria colectiva e histórica a la que tengo derecho, por haber vivido de 1936 a 1939 en el terror de la zona republicana en Cataluña que, cuando se han producido en determinadas circunstancias coyunturales, próximas o remotas, desencuentros e incomprensiones, más o menos colectivas, éstas han venido de responsabilidades ampliamente compartidas.

Yo nací y viví en Barcelona, en el seno de una familia radicalmente catalana, la de mi madre, y en mi propio hogar aprendí la básica lección del amor a España, y guardo entre mis recuerdos de niño, sus lágrimas junto a la radio de su cuarto de estar el 6 de octubre de 1934, en la casa que desmantelaría la revolución, llorando su desconsuelo por la proclamación de la separación de Cataluña de España; en ese auténtico prólogo, (junto a la revolución de Asturias), del drama que había de llegar 22 meses más tarde. Porque fue ese día, y no el 18 de julio de 1936, cuando comenzó la guerra que conmovió mi niñez, que contempla aún hoy, desde mi recuerdo, las páginas en blanco de "La Vanguardia", censuradas para ocultar la noticia del asesinato de Calvo Sotelo, y la valoración de esta dramática circunstancia que hoy se silencia.

Por todo ello no he de ser yo quién calle cuando nos sentimos amenazados, millones de españoles, perplejos por no saber cómo reaccionar ante el despojo a que ha sido sometida una región española, y todos quienes en ella habitan, sea cual sea su lengua familiar al arrebatarles el patrimonio de su lengua española.

Porque la Ley del Catalán aprobada por el Parlamento de Cataluña, y nacida de rencores y pactos de una exigua minoría de españoles, no es sino el prólogo de nuevos expolios.

¿Cómo permitir que se deje en la orfandad de la lengua española, una de las más extendidas de la tierra, a todos los que habitan una determinada región de España? Huérfanos de un idioma (que es suyo) creado siglo tras siglo, con los aportes de todos, nacido de una historia labrada, piedra a piedra por el esfuerzo común. Huérfanos en suma de una cultura, que es también cultura de todos.

Ninguno de nosotros puede renunciar a sentir como nuestros (y no sólo dentro del marco globalizado de una cultura europea y más aún, planetaria) al Arcipreste de Hita, a Fernando de Rojas, a Cervantes, a Calderón, a Quevedo, a Lope, a Tirso, a Unamuno, a Ortega, a Maeztu. Sin que ello suponga que tengamos que ignorar a Maragall, a Verdaguer, a Balmes, a Plá y a tantos otros. Como tampoco renunciaré, por más admiración que tenga a Reinard des Fonoll por sus obras de Poblet, Santes Creus, Pedralbes o Lérida, a considerar como patrimonio mío las catedrales que alzan sus vitrales en León, en Salamanca o en Toledo. ¿Quién puede pretender, a través de una ruptura sin sentido, arrebatar a las gentes de Cataluña, Santo Domingo de Silos, o las Huelgas de Burgos, por el hecho de que existan Ripoll o San Pedro de Roda? O que se les arrebate, la solemne grandeza de El Escorial, la gracia frágil y bellísima de la Alhambra, o la geométrica reiteración de la Mezquita cordobesa. ¿Cómo se puede renunciar al Obradoiro, a las Platerías, al Hospital de los Reyes Católicos, por haber paseado mil veces, desde pequeño, por el Barrio Gótico de Barcelona?

Triple manipulación cultural la que pretende hurtar a los catalanes el Codicilo de la Reina Católica, las Leyes de Indias, las Ordenanzas de Poblamiento, o la plenitud del Descubrimiento americano; al Gran Capitán, a Juan de Austria, a Pavía y Garellano, al Rey Prudente, al Emperador Carlos, las glorias de Isabel y de Fernando, los Reyes fundadores de una unidad que ahora quiere fracturarse. ¿Por qué los catalanes debemos renunciar a leer, como propios, a San Juan de la Cruz, a Fray Luis, a Teresa de Jesús o a Ignacio de Loyola? O admirar como nuestros a Zurbarán, a Velázquez, a Goya, a Juan de Herrera o Villanueva. ¿Quién ha pretendido hurtar a la admiración de todos los demás españoles las glorias específicas de Cataluña, ya sea el Rey Jaime, la Conquista de Mallorca, Gaudí, o los arquitectos modernistas de Barcelona?

Rusiñol, Clará, Casas, Sert, Berruguete, Zurbarán, Ribera, los Primitivos catalanes, Picaso o Dalí, el Maestro Mateo, Sorolla o Falla, todos forman parte de nuestro inmenso patrimonio cultural. Hayamos nacido, ellos o nosotros, en Sevilla, en Madrid, en Málaga, en Galicia, en Valencia, en Granada, en Mallorca, o Barcelona. Todos españoles, formando parte de una deslumbrante cultura, que, sin fronteras, entre todos hemos creado, pero sin la cual, ellos mismos, no serían ellos y sin la cual, cada uno de nosotros no sabríamos comprendernos, entendernos, ni explicarnos.

Lo que importa es sentirnos solidarios; y agradecer su obra a quienes crearon nuestra inmensa y común herencia. Se trata de no excluir. Se trata de alertar para actuar de mil maneras posibles y en la medida en que cada cual pueda y sepa, de crear una conciencia colectiva eficaz para impedir la ruptura, para evitar el expolio. Para que lo ya actuado se corrija. Para que lo ya comenzado no prosiga. Para que se enderece lo ya actuado en el campo de la reforma de la Enseñanza de las Humanidades y de la Ley del Catalán, para que no aumenten los males y desgarros.

Es preciso alzar, una vez más, en el corazón y en las inteligencias, y tal vez en las calles, el grito solidario frente a quienes atentan contra la unidad cultural e histórica de los españoles, sin la cual cada uno de nosotros, seríamos, sean cuales sean nuestras ideas y el lugar de nacimiento, cada día más míseros, despojados de lo que es nuestro.

Ante cada nuevo desgarro, con nuestro silencio no nos hagamos cómplices de la pérdida de España.

Javier Carvajal




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