Una rectificación necesaria
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Una rectificación necesaria

Por A. Ballarín Marcial

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Una rectificación necesaria

Al leer el libro de Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox El desafío de la modernidad (Madrid 1997), encuentro en la p. 301 el siguiente texto: "Por razones ideológicas, el régimen de Franco hizo de la autarquía el objetivo fundamental de su política económica… Como la Dictadura de Primo de Rivera, el régimen de Franco impulsó las obras públicas: saltos de agua, embalses (cerca de treinta)*, centrales eléctricas (unas cuarenta). Restringió las importaciones, fijó cupos de producción de ciertos productos (trigo), estableció rígidos controles sobre salarios y precios de consumo en todo el Estado e inició tímidamente políticas sectoriales agrarias de colonización y repoblación forestal".

He seguido leyendo para ver si esta última afirmación se aclaraba en algún lugar de modo que el lector resultara finalmente informado de lo que habían representado esas políticas de colonización y repoblación forestal y no he encontrado más referencias a las mismas por lo que estimo que una afirmación de ese tipo, en solitario, puede hacer pensar que aquel régimen se limitó a la "iniciación tímida". En cualquier caso, entiendo que no se ilustra suficientemente a los interesados en la historia de nuestro proceso de modernización sobre algo que fue realmente importante. Creo, por lo tanto, que debe hacerse una rectificación en aras de la verdad histórica y estoy personalmente interesado en ello por haber ocupado la presidencia del IRYDA de 1973 a 1975, desde la cual relancé la política de nuevos regadíos.

Es cierto que por esos años —los 40— se iniciaron tales políticas, pero no encuentro ningún motivo para decir que ello se hiciera "tímidamente", adverbio con el que se quiere dar a entender quizá que esa obra fue de poca monta.

Vamos primero a dar algunos datos sobre repoblación forestal. En 1941 se dicta la importante ley sobre el Patrimonio Forestal del Estado iniciándose así una gran política forestal basada en la figura del consorcio que permitía al Estado repoblar los montes de los pueblos; en ese mismo año se dictó una ley para la repoblación de las riberas de los ríos y arroyos y otra de auxilios a la inciativa privada, para llegar pronto, en 1956, a la ley de Montes todavía en vigor; el resultado de esta "tímida" política lo hallamos en el libro de Hellen G. Groome —una autora nada franquista, por cierto— sobre la Historia de la política forestal en España, (Madrid 1990): 2.394.444 has. repobladas y otras 518.938 por los consorcios tripartitos que ligaban a propietarios, Administración e industriales. Para calibrar la timidez de tal política bastará decir que en los años posteriores a 1978 ha bajado la cifra al 10% de aquella, es decir diez veces menos. Veamos lo que dice el profesor de Derecho administrativo y gran especialista en la materia Fernández Espinar: "las repoblaciones en España han disminuido produciéndose un alarmante descenso en estos últimos años, período 1983-1989, en que no se ha superado la cifra de 50.000 has. anuales… a lo que hay que añadir la superficie perdida por incendios que en algunos años llegó a 150.000 has." Es lamentable, añadiría yo ahora, el actual fracaso español en aprovechar los fondos europeos para la reforestación que no han producido ni 200.000 has. repobladas, mientras Francia ha logrado actuar sobre 6 millones de has.

Y vengamos a la colonización. En esos años, en 1946, se dicta la primera ley sobre la trasformación y distribución de la propiedad en las grandes zonas regables. El balance al final de los años 70 era de más de 3 millones de has. de regadío en España, de las que se debían al régimen anterior unos dos millones, gracias a lo cual pudimos llamar con cierta dignidad a las puertas de la CEE ya que en ellas se obtiene el 65% de la PFA siendo su superficie tan sólo el 15% de la total. Lamentablemente también en esta materia se ha producido últimamente un descenso espectacular de las cifras de puestas en riego que quizá no lleguen hoy, aunque es difícil saberlo, a las 25.000 has. anuales. No considero necesarios más datos que serían muy ilustrativos de hasta qué punto fue importante aquella política de regadíos.

Séame permitido hacer una reflexión: cuando doy esas cifras lo hago para defender la verdad histórica que en mi modesta opinión no sale muy bien parada de ese capítulo del libro que he citado al principio; tal vez se diga de contrario que lo hago a fuer de franquista, sin tener en cuenta los beneficios que nos ha traído en cambio la democracia; pero ya advierto que ese tipo de argumentos no sirve en mi caso, puesto que me proclamo demócrata y con toda modestia puedo presumir de haber hecho algo por traerla a España, incluso afirmar en el Consejo Nacional, en 1968, al discutirse el Estatuto de las Asociaciones Políticas, que "era ya hora de basar la convivencia de los españoles en la ley y no en la victoria" cosa que logramos pacíficamente con la transición, a despecho de quienes deseaban la ruptura, hasta ocupar el honroso puesto de Senador elegido por la provincia de Huesca en dos legislaturas.

Como demócrata pienso que debemos decir siempre la verdad histórica, aunque en algunos casos o aspectos resulte beneficiada una persona que no consideramos demócrata; de este modo, al menos podremos obtener la conclusión de que la democracia está fallando en un punto o en varios puntos determinados, como ahora mismo sucede a la nuestra que no debió nunca abandonar el impulso en materia de política forestal, sino superar las cifras de la era de Franco, ya que ahora disponemos de importantes ayudas comunitarias.

El tema de los regadíos es más delicado, puesto que la PAC se muestra reduccionista de las producciones de modo que el tiempo de una gran política de riegos parece pasado. En cualquier caso, tampoco cabe cruzarse de brazos pues la verdad es que llegaremos al abandono de buena parte de los secanos españoles por falta de productividad y lo mismo puede suceder con los regadíos de nuestras antiguas vegas si sus propietarios minifundistas se niegan a mejorarlas con modernos sistemas de riego por aspersión o goteo, única manera de alcanzar el ahorro de agua que exigen las circunstancias actuales. Pienso que nuestra agricultura acabará concentrada en los regadíos modernizados y por ello estimo que debe continuar la obra de creación de nuevas superficies irrigadas, aunque se limite a unas 30.000 has. anuales.

Quienes somos demócratas con sentido crítico podemos aprovechar las buenas cifras del pasado para echárselas a la cara a los gobernantes actuales estimulándoles en su importante labor.

En todo caso, la verdad es siempre la verdad, la diga Agamenón o su porquero.



Alberto Ballarín Marcial




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