Franco y Hitler en Hendaya
pag. principal Razón Española

Franco y Hitler en Hendaya

Por L. Alvarez de Estrada

artículo anterior indice siguiente artículo

Franco y Hitler en Hendaya

Llega el tren que conduce a S.E. el Caudillo a la estación de Hendaya poco después de las tres de la tarde. Hace Su Excelencia el viaje en el break de Obras Públicas acompañado por el Ministro de Asuntos Exteriores Sr. Serrano Suñer, y los Jefes de su Casa Militar y Civil.

A la llegada del tren es recibido en el andén por el Führer, a quien acompaña su Ministro de Negocios Extranjeros Sr. Ribbentrop, Mariscal Keitel y todo su Estado Mayor. Una vez hechas las presentaciones de los séquitos respectivos, invita el Führer a Su Excelencia a pasar a su coche-salón, donde se ha de celebrar la entrevista.

En dicho coche-salón, y en una mesa rectangular para seis personas, toman asiento Su Excelencia el Jefe del Estado, el Führer, el Sr. Serrano Suñer, el Sr. Ribbentrop, un intérprete alemán y el Barón de las Torres que actúa como intérprete por parte española, prohibiéndose el acceso a dicho salón de ninguna otra persona, ya que los Embajadores de Alemania en Madrid Sr. von Sthore y de España en Berlín, General Espinosa de los Monteros, han permanecido con el resto del séquito.

El Führer está sentado en una cabecera, teniendo a su derecha al Caudillo y a su izquierda al Sr. Serrano Suñer; a la derecha del Caudillo está el Sr. Ribbentrop.

Comienza Su Excelencia el Jefe del Estado señalando la satisfacción que le produce encontrarse por vez primera con el Führer, a quien de nuevo reitera las gracias por la ayuda que Alemania prestó a España durante nuestro Glorioso Movimiento Nacional.

El Führer contesta a Su Excelencia diciendo que es también para él muy grato el momento de encontrarse con el Generalísimo, y después de ensalzar la gesta del pueblo español, que ha sabido enfrentarse contra el comunismo a las órdenes de Su Excelencia, señala la importancia que tiene la reunión de ambos Jefes de Estado en este momento crítico de la guerra en Europa, en que acaba de ser derrotada Francia.

Empieza el Führer por hacer una relación bastante minuciosa de todos los acontecimientos ocurridos hace trece meses, y que han dado origen a la guerra mundial, insistiendo que él no quería la guerra, pero que se ha visto obligado a aceptarla con todas sus consecuencias. Pinta la situación de Europa como completamente favorable a las armas alemanas, diciendo textualmente: soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer. Continua el Führer ponderando la eficiencia y dominio de las fuerzas alemanas, asegurando que será cuestión de muy poco tiempo el aniquilamiento de Inglaterra, cuya invasión se está preparando con gran eficacia, y que le interesa tener prevenidos y sujetos todos los puntos neurálgicos que puedan ser de interés para sus enemigos, y por ello es por lo que le ha interesado tener esta conversación con el Caudillo, pues hay varios puntos en los que España está llamada a desempeñar un papel muy importante, y que no duda que velando por sus intereses políticos lo llevará a cabo, ya que si dejara pasar esta oportunidad no se le podría presentar nunca.

A este respecto, dice que le interesan y preocupan tres puntos que son: Gibraltar, Marruecos e Islas Canarias.

Continua diciendo el Führer al pasar a tratar de Gibraltar, que ésta es una cuestión de honor para el pueblo español el volver a reintegrar a la Patria ese pedazo de suelo que está todavía en manos extranjeras, y que por su situación privilegiada en el Estrecho sea el punto de apoyo más importante que para la navegación por el Mediterráneo tienen los aliados, y que, por tanto, hay que ir tomando en consideración la necesidad de que se cierre el Estrecho, ya que entre Ceuta y Gibraltar, en manos españolas, sería imposible la navegación.

Ataca el segundo punto referente a Marruecos, diciendo que España, por su historia y por otros muchos antecedentes, es la llamada a quedar en posesión de todo el Marruecos francés y de Orán y que, desde luego, si España entraba en la guerra al lado del Eje, se le garantizaba el dominio de los territorios antes citados.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias dice que aunque está convencido de que los Estados Unidos no han de entrar en la guerra, pues no tienen intereses de gran envergadura en ella, no así los ingleses, que aunque sufren de una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano podrían hacerse con ellas y sería, desde luego, un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo.

Su Excelencia el Jefe del Estado contesta a los puntos que acaba de mencionar el Führer, diciendo que, aunque es exacto que Gibraltar es un pedazo de tierra española que hace muchos años está en manos ajenas, y que sería de gran satisfacción para el pueblo español que volviera a formar parte de la Patria, hay que comprender que lo que al Führer le parece muy fácil que es tomar la ofensiva para Gibraltar, supone para un pueblo que acaba de pasar por una de las más terribles guerras civiles, un sacrificio excesivo, ya que no tiene aun cerradas las heridas de todo orden que ha sufrido, y que sería una muy pequeña compensación para los estragos y dificultades que la entrada en guerra con Inglaterra supondría.

Por otro lado, continua el Caudillo, por lo que se refiere a Marruecos debe tenerse muy en cuenta al esfuerzo que para una España aun no rehecha de la guerra civil, supone el mantenimiento de los efectivos militares que tiene en su Zona y que obliga a las tropas francesas a mantener ellas mismas unos efectivos importantes inactivos que no pueden acudir a otros sectores. Continua el Caudillo diciendo que agradece mucho los ofrecimientos que para después de la guerra, y en el caso que entrara España en ella se le hacen de la Zona francesa y del Oranesado, que no se le ha ocurrido pedir, pero que estima que para ofrecer las cosas es necesario tenerlas en mano, y que, hasta ahora el Eje no dispone de ellas. Añade el Caudillo que este problema de Marruecos lo ha considerado él vital para España, y comprende que no se le ha hecho justicia a nuestro país y que no se le ha reconocido la situación que por derecho e historia le corresponde; pero que habiendo sido, como lo prueba la Conferencia de Algeciras, problema que siempre suscitó la intervención de todos los países, aun de aquellos que más alejados se encontraban de él, estima que no debe procederse a la ligera, sino por el contrario, sin hacer dejación ninguna de los derechos que le asisten, examinar el problema con toda frialdad.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias, no cree el Caudillo que puedan ser objeto de un ataque, pero, desde luego, reconoce que aun cuando existen en las Islas los efectivos necesarios, los medios de defensa de que disponen las Islas no están a la altura de las circunstancias, pues el armamento no es eficiente.

A esto contesta el Führer diciendo que se enviarían por Alemania las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias, así como los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.

Señala el Caudillo, con referencia al cierre del Estrecho de Gibraltar, que considera de mucha más urgencia e importancia el cierre del canal de Suez, pues el corte de éste traería aparejada la inutilidad del Estrecho de Gibraltar, y pasaría a ser un mar muerto el Mediterráneo.

El Führer se mantiene en su postura de que considera más importante cerrar por Gibraltar, que por Suez.

Insiste el Führer en señalar los grandes beneficios que reportaría a España una intervención al lado del Eje, manifestando que cree llegado el momento en que España tiene que tomar una determinación, pues no puede permanecer indiferente a la realidad de los hechos y de que las tropas alemanas se encuentran en los Pirineos. Y añade que como mañana o pasado tiene concertada una entrevista con el Mariscal Pétain y el Sr. Laval en Montoire, quiere saber a qué atenerse respecto a la actitud de España para obrar en consecuencia con respecto a Francia.

Contesta a esto el Caudillo que no cree que tenga nada que ver la actitud de España en las conversaciones de una Potencia que acaba de ser derrotada por Alemania, y a costa de la cual se le acaban de hacer ofrecimientos, pues una de dos, o estos ofrecimientos no son más que el cebo para una posible entrada de España en la guerra, o no se piensa llevar a cabo, si la actitud de Alemania con el Gobierno de la Francia derrotada no es excesivamente dura.

Esta contestación del Caudillo no parece agradar mucho al Führer, (seguramente porque es verdad) y recalca de una manera un poco vehemente y sin recoger lo dicho por el Generalísimo, que él no puede ir a Montoire a entrevistarse con Pétain sin conocer una actitud definitiva por parte de España.

El Caudillo vuelve a insistir en lo antes manifestado, y además reitera que España, que acaba de sufrir una gravísima guerra civil, que ha tenido cerca de un millón de muertos por todos conceptos, que está falta de víveres y de armamento, no puede ser llevada sin más ni más a una guerra cuyo alcance no se puede medir, y en la cual no iba a sacar nada.

(Al llegar a este momento se suspende la sesión, que ha durado desde las cuatro menos cuarto a las siete menos veinte. La conversación ha resultado lenta por tener que traducirse del español al alemán y del alemán al español. Una vez terminada la conferencia se traslada el Caudillo a su coche-salón hasta la hora de la comida que ofrece el Führer a Su Excelencia y a su séquito. Se reanuda la conferencia poco después de las diez y media de la noche).

En la segunda parte de la conferencia se nota desde el principio el afán del Führer de hacer ver al Caudillo la conveniencia de entrar al lado de Alemania en la guerra, por estar ésta, como quien dice, virtualmente ganada, y asegurando que tendría España cuanta ayuda pudiera necesitar, tanto en provisiones como en armamentos.

Vuelve el Caudillo a insistir en lo que tantas veces ha repetido durante el curso de la conversación, de que España no está preparada para entrar en ninguna guerra, y que no se le pueden pedir sacrificios inútiles para no obtener nada por ellos, y que considera que ya es buena ayuda la neutralidad española que le permite no tener efectivos en los Pirineos y la distracción de fuertes contingentes franceses por nuestras fuerzas militares en la Zona de Marruecos, aparte de lo que representa el haberse adueñado España de Tanger, evitando que lo hicieran otros.

El Führer a esta contestación, y visiblemente contrariado, manifiesta que aunque eso sea verdad no es lo suficiente ni lo que necesita Alemania.

El Caudillo le vuelve a contestar que él no puede llevar al pueblo español a una guerra que, desde luego, sería impopular, ya que en ella no se podría alegar que iba envuelto el prestigio ni la conveniencia de España.

Después de un forcejeo insistiendo ambos Jefes de Estado en sus puntos de vista, y teniendo en cuenta que quiere llegarse a una solución por parte de Alemania, propone el Führer, de acuerdo con su Ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Ribbentrop, que se firme por parte de España un compromiso en el que se comprometa a entrar en la guerra al lado de Alemania, cuando ésta estime necesario que lo haga más adelante.

El Caudillo vuelve a insistir en los tan repetidos puntos de vista respecto a la imposibilidad de España de entrar en una guerra que no le habría de reportar ningún beneficio, y que, por tanto, aunque fuera un compromiso aplazado él no lo puede aceptar.

Se siguen manteniendo durante más de tres cuartos de hora los respectivos puntos de vista, y pasadas las doce y media, el Führer que ha ido cada vez perdiendo más su control, se dirige en alemán a Ribbentrop y le dice: ya tengo bastante; como no hay nada que hacer nos entenderemos en Montoire.

El Führer, dando muestras de su soberbia o de su mala educación, se levanta de la mesa, y de forma completamente militar y agria se despide de los presentes, acompañado de su Ministro de Asuntos Exteriores.

Poco después, y ya de manera oficial, tiene lugar la despedida en el andén de forma aparentemente cordial.

A la una menos cinco arranca el tren que conduce a Su Excelencia, quien creo ha sacado una impresión del Führer distinta a la que se había imaginado, como aquel señor que cree encontrarse con otro y se lleva un chasco.

Mi impresión, como español, no puede ser mejor, pues conozco a los alemanes y sé sus procedimientos, y teniendo en cuenta la fuerza que tienen hoy en día dominando Europa entera, la actitud del Caudillo ni ha podido ser más viril, ni más patriota, ni más realista, pues se ha mantenido firme ante las presiones, justificadas o no, del Führer, y ha pasado por alto con la mayor dignidad los malos modos, al no ver satisfechos sus deseos, del Führer-Canciller.

Luis Alvarez de Estrada, Barón de las Torres




artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.