El perdón de los bárbaros. Por J. Nagore Yarnoz

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El perdón de los bárbaros. nº 89

Por J. Nagore Yarnoz

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El perdón de los bárbaros

Quisiera glosar a la luz del sentido común un tema que aparece con frecuencia en declaraciones a los medios informativos: el de proclamar el supuesto deber de pedir perdón por la colaboración de la Iglesia con el Estado durante la era de Franco. Es decir, que se debería solicitar un perdón colectivo por lo que se considera un pecado colectivo. Al igual que en tantas otras ocasiones, la falta de un criterio común lleva a una común confusión, incluso entre las jerarquías eclesiásticas, y a unos debates irritantes en los que, como ocurre casi siempre, sale mucho a relucir, excepto la luz misma.

Preguntas como: quién debe pedir tal perdón (si la Iglesia de España o la Iglesia universal); por quién debe pedirse (si por todos los obispos españoles, o por el propio Pontífice); cómo debe pedirse (si en forma de confesión general o particular); por qué ha de solicitarse (si por haber acudido a quien los defendió en toda ocasión -y aún sin ella-, o por no haberse dejado matar en un mayor número los que integraban -obispos, sacerdotes, religiosos y fieles- la Iglesia española durante los años en que matarlos fue una constante y el jactarse de ello un mérito reconocido); finalmente, si debe pedirse ese perdón a los mismos criminales que torturaron y sacrificaron a tantos miles de personas por el hecho de pertenecer a la Iglesia Católica, a los Gobiernos republicanos de entonces que casi nada hicieron para evitar el holocausto y condenar a los asesinos, a toda España, a los españoles de hoy, o a los pueblos del mundo.

Nadie responderá a tales preguntas que, en realidad, no tienen otras contestaciones que las rayanas en el absurdo.

Ni los mártires ni los héroes acostumbran a pedir perdón por sus martirios o hazañas, sino que, en todo caso, son ellos quienes perdonan a sus verdugos. Precisamente en ese perdón radica buena parte de su caridad. Y si es así, la Iglesia o la Patria, de la que son hijos, mártires y héroes, ¿han de pedir perdón en su nombre, o más bien han de ser quienes perdonen?

Hay una doctrina tradicional muy clara que sintetizo. Toda actividad humana tiene una dimensión religiosa. Como subrayó Donoso Cortés, un problema humano es en el fondo un problema teológico. No es sólo la Iglesia la que, mediante cauces institucionales, está llamada a elevar al orden sobrenatural los asuntos temporales, sino que esa tarea compete también a cada cristiano. No es misión exclusiva de los laicos contribuir al establecimiento de un orden social y político cristiano, pues los clérigos no están exentos de este deber; aunque, ciertamente, de ordinario, sea conveniente que los clérigos se abstengan de desarrollar actividades políticas que puedan ser interpretadas como oficiales de la Iglesia.

En cuestiones políticas, la responsabilidad general precede a la correspondiente libertad y, por lo tanto, los errores y los aciertos que pueda haber en este campo no han de ser atribuidos a la Iglesia, porque las decisiones adoptadas no provienen de criterios religiosos. Por otro lado, en un aspecto meramente social -no típicamente religioso ni político- la ausencia de orden, los vacíos de poder, los principios de legítima defensa, aplicables tanto a los individuos como a la sociedad en general, pueden legitimar incluso la lucha armada, la sublevación, y el alzamiento contra un poder sin orden alguno, sin potestad que respalde. De ahí que la guerra, como legítima defensa de un pueblo, debe considerarse lícita en los términos de la moral y del derecho internacional que es su marco jurídico.

Sentados estos principios, vengamos a la motivación de una virtud íntima: la de la justicia. En la justicia se fundamenta la piedad, que nos induce a honrar y a servir a los padres y a la Patria: «Honra y sirva a Dios; luego, antes que a tus padres, a tu Patria», dijo San Agustín. Este amor conduce en ocasiones, al heroísmo; y éste, a su vez, se fundamenta en la virtud de la fortaleza, a la cual corresponde superar los peligros que se oponen a la consecución de un bien. La persona que está dispuesta a morir por el logro de un bien moral nos da el mayor ejemplo de fortaleza. Su muerte -la del mártir por Dios, la del patriota por la Patria; y, en ocasiones por los dos bienes- es la prueba decisiva de un amor.

Es oportuno traer a colación estos puntos de una doctrina tradicional para que a su luz se contemple la memoria de miles de españoles cuya vida y cuya muerte, casi siempre heróica, se basaron en su amor a Dios y a la Patria.

Desde 1936 y durante los casi cuarenta años en los que Franco gobernó a nuestra Patria, la Iglesia universal y el Estado español honraron la memoria de sus mártires y de sus héroes; de los que murieron «por Dios y por España». En el pontificado de Juan Pablo II, desde el 29 de marzo de 1987 hasta el 1 de octubre de 1995, han sido elevados a los altares 218 españoles, entre ellos tres obispos, Monseñor Anselmo Polanco, Obispo de Teruel, asesinado el 7 de febrero de 1939 junto a Pont de Molins (Gerona), Monseñor Diego Ventajo, y Monseñor Manuel Medina, obispos respectivamente de Almería y de Guadix. Otros procesos martiriales siguen su curso en Roma.

En una investigación reciente de José Luis Alfaya 1, donde con una valiosa documentación se muestra la profunda devastación de que fue objeto la comunidad diocesana de Madrid-Alcalá en los años 1936 a 1939 (435 sacerdotes asesinados y el 61% de los templos totalmente destruidos), se dice: «El presente estudio vuelve a ofrecer la posibilidad de que se reactiven las diversas causas de tantos mártires (madrileños) postradas injustamente en el olvido. No es un grito de revancha. Es, sencillamente, una luz de ejemplo y entereza ante las nuevas generaciones que están olvidando lo que significa dar la vida por un ideal, sobre todo, por un ideal de altura sobrenatural. No obstante, en el horizonte de la Historia, aún se vislumbran las llamaradas de aquel río de fuego. ¿Servirán para iluminar los corazones de futuras generaciones? Sí, nunca más».

Si para conseguir ese «nunca más» habría que solicitar el perdón a los asesinos y a sus cómplices ¿no deberían estos, antes que nadie, pedir perdón por sus criménes?



Javier Nagore Yárnoz



 

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