El perdón de
los bárbaros
Quisiera
glosar a la luz del sentido común un tema que aparece
con frecuencia en declaraciones a los medios
informativos: el de proclamar el supuesto deber de pedir
perdón por la colaboración de la Iglesia con el Estado
durante la era de Franco. Es decir, que se debería
solicitar un perdón colectivo por lo que se considera un
pecado colectivo. Al igual que en tantas otras ocasiones,
la falta de un criterio común lleva a una común
confusión, incluso entre las jerarquías eclesiásticas,
y a unos debates irritantes en los que, como ocurre casi
siempre, sale mucho a relucir, excepto la luz misma.
Preguntas como: quién debe pedir tal perdón (si la
Iglesia de España o la Iglesia universal); por quién
debe pedirse (si por todos los obispos españoles, o por
el propio Pontífice); cómo debe pedirse (si en forma de
confesión general o particular); por qué ha de
solicitarse (si por haber acudido a quien los defendió
en toda ocasión -y aún sin ella-, o por no haberse
dejado matar en un mayor número los que integraban
-obispos, sacerdotes, religiosos y fieles- la Iglesia
española durante los años en que matarlos fue una
constante y el jactarse de ello un mérito reconocido);
finalmente, si debe pedirse ese perdón a los mismos
criminales que torturaron y sacrificaron a tantos miles
de personas por el hecho de pertenecer a la Iglesia
Católica, a los Gobiernos republicanos de entonces que
casi nada hicieron para evitar el holocausto y condenar a
los asesinos, a toda España, a los españoles de hoy, o
a los pueblos del mundo.
Nadie responderá a tales preguntas que, en realidad, no
tienen otras contestaciones que las rayanas en el
absurdo.
Ni los mártires ni los héroes acostumbran a pedir
perdón por sus martirios o hazañas, sino que, en todo
caso, son ellos quienes perdonan a sus verdugos.
Precisamente en ese perdón radica buena parte de su
caridad. Y si es así, la Iglesia o la Patria, de la que
son hijos, mártires y héroes, ¿han de pedir perdón en
su nombre, o más bien han de ser quienes perdonen?
Hay una doctrina tradicional muy clara que sintetizo.
Toda actividad humana tiene una dimensión religiosa.
Como subrayó Donoso Cortés, un problema humano es en el
fondo un problema teológico. No es sólo la Iglesia la
que, mediante cauces institucionales, está llamada a
elevar al orden sobrenatural los asuntos temporales, sino
que esa tarea compete también a cada cristiano. No es
misión exclusiva de los laicos contribuir al
establecimiento de un orden social y político cristiano,
pues los clérigos no están exentos de este deber;
aunque, ciertamente, de ordinario, sea conveniente que
los clérigos se abstengan de desarrollar actividades
políticas que puedan ser interpretadas como oficiales de
la Iglesia.
En cuestiones políticas, la responsabilidad general
precede a la correspondiente libertad y, por lo tanto,
los errores y los aciertos que pueda haber en este campo
no han de ser atribuidos a la Iglesia, porque las
decisiones adoptadas no provienen de criterios
religiosos. Por otro lado, en un aspecto meramente social
-no típicamente religioso ni político- la ausencia de
orden, los vacíos de poder, los principios de legítima
defensa, aplicables tanto a los individuos como a la
sociedad en general, pueden legitimar incluso la lucha
armada, la sublevación, y el alzamiento contra un poder
sin orden alguno, sin potestad que respalde. De ahí que
la guerra, como legítima defensa de un pueblo, debe
considerarse lícita en los términos de la moral y del
derecho internacional que es su marco jurídico.
Sentados estos principios, vengamos a la motivación de
una virtud íntima: la de la justicia. En la justicia se
fundamenta la piedad, que nos induce a honrar y a servir
a los padres y a la Patria: «Honra y sirva a Dios;
luego, antes que a tus padres, a tu Patria», dijo San
Agustín. Este amor conduce en ocasiones, al heroísmo; y
éste, a su vez, se fundamenta en la virtud de la
fortaleza, a la cual corresponde superar los peligros que
se oponen a la consecución de un bien. La persona que
está dispuesta a morir por el logro de un bien moral nos
da el mayor ejemplo de fortaleza. Su muerte -la del
mártir por Dios, la del patriota por la Patria; y, en
ocasiones por los dos bienes- es la prueba decisiva de un
amor.
Es oportuno traer a colación estos puntos de una
doctrina tradicional para que a su luz se contemple la
memoria de miles de españoles cuya vida y cuya muerte,
casi siempre heróica, se basaron en su amor a Dios y a
la Patria.
Desde 1936 y durante los casi cuarenta años en los que
Franco gobernó a nuestra Patria, la Iglesia universal y
el Estado español honraron la memoria de sus mártires y
de sus héroes; de los que murieron «por Dios y por
España». En el pontificado de Juan Pablo II, desde el
29 de marzo de 1987 hasta el 1 de octubre de 1995, han
sido elevados a los altares 218 españoles, entre ellos
tres obispos, Monseñor Anselmo Polanco, Obispo de
Teruel, asesinado el 7 de febrero de 1939 junto a Pont de
Molins (Gerona), Monseñor Diego Ventajo, y Monseñor
Manuel Medina, obispos respectivamente de Almería y de
Guadix. Otros procesos martiriales siguen su curso en
Roma.
En una investigación reciente de José Luis Alfaya 1,
donde con una valiosa documentación se muestra la
profunda devastación de que fue objeto la comunidad
diocesana de Madrid-Alcalá en los años 1936 a 1939 (435
sacerdotes asesinados y el 61% de los templos totalmente
destruidos), se dice: «El presente estudio vuelve a
ofrecer la posibilidad de que se reactiven las diversas
causas de tantos mártires (madrileños) postradas
injustamente en el olvido. No es un grito de revancha.
Es, sencillamente, una luz de ejemplo y entereza ante las
nuevas generaciones que están olvidando lo que significa
dar la vida por un ideal, sobre todo, por un ideal de
altura sobrenatural. No obstante, en el horizonte de la
Historia, aún se vislumbran las llamaradas de aquel río
de fuego. ¿Servirán para iluminar los corazones de
futuras generaciones? Sí, nunca más».
Si para conseguir ese «nunca más» habría que
solicitar el perdón a los asesinos y a sus cómplices
¿no deberían estos, antes que nadie, pedir perdón por
sus criménes?
Javier Nagore Yárnoz
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