La Constitución natural. Por A. Rosmini

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La Constitución natural. nº 89

Por A. Rosmini

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La Constitución natural

Hay dos clases de Constituciones políticas. Unas se forman trozo a trozo sin diseño previo, incesantemente revisadas y adaptadas según el contraste de las fuerzas sociales, la urgencia de los instintos y las necesidades populares, otras son creadas de un solo trazo, nacen perfectas y completas como una teoría de la mente, como Minerva de la cabeza de Júpiter. Aquellas funcionan antes de ser escritas; estas son escritas antes de aplicarse.

La mayor parte de las Constituciones anteriores a 1789 pertenece al primer grupo, así las de Venecia o Inglaterra. En cambio, la Francia de la revolución, indignada con el pasado, excluye los hechos anteriores y, sobre una hoja en blanco, escribe una Constitución y exige a la nación que la cumpla. Es cierto que la Constitución inglesa le sirvió de modelo; pero los orígenes fueron muy distintos: aquélla fue la obra de la historia y ella misma fue un suceso; pero ésta fue una especulación del pensamiento y un texto positivo.

Querer someter los hechos a la razón y la práctica a la teoría es una idea noble porque nada hay más sublime que una teoría veraz y completa, algo eterno y casi divino. La naturaleza inteligente del hombre y su dignidad inclinan a uniformizar el hecho temporal y humano.

Pero es difícil encontrar la teoría verdadera y cabal. La prueba de la veracidad y de la perfección de una teoría política está en sus consecuencias, en los efectos, en la duradera justicia y en la satisfactoria convivencia de los ciudadanos de una nación. Analicemos los hechos para conocer si cuanto se hizo o se intentó hacer desde 1789 en Europa prueba y confirma la bondad de aquellas Constituciones que se aplicaron a los Estados, todas ellas sustancialmente análogas y fundadas sobre los mismos principios.

Ya han transcurrido sesenta años desde el primer experimento. ¿Qué muestran y prueban esos años? Una sola cosa: la vida de tales Constituciones ha sido frágil y efímera. No sólo no han recibido el respeto de los siglos; sino que ni una sola ha pasado la prueba de unos pocos lustros, ninguna resultó tan fuerte y saludable como para durar lo que la vida de un hombre. Antes de que un recién nacido alcanzase la pubertad todas ha- bían perecido. Aquéllas que no se extinguieron de un mal violento, sufrieron pasajeras transformaciones y, finalmente, sólo dejaron la semilla para otras Constituciones igualmente breves. La historia de las Constituciones francesas, que está bien a la vista, basta para convencer. Y todas las naciones que imitaron a Francia sufrieron las mismas dolencias políticas, análogas vicisitudes dolorosas. Nadie ignora cuantas veces fueron violadas o derogadas o modificadas en el curso de pocos años las Constituciones de España, Bélgica y otros países, sin excepción 1.

A pesar de tan negativas experiencias no ha disminuido en los pueblos su fe en las Constituciones escritas. Todos se han precipitado con ardor y esperanza en el constitucionalismo, y se ha convertido en universal el sentimiento de que una nación civilizada no puede prosperar ni alcanzar su natural y providencial destino si su gobierno no es constitucional. Yo también profeso esta opinión y nadie podrá alejar de mi ánimo esta convicción. La causa es la nobleza de la pretensión intelectual de someter los hechos a la teoría.

Pero me maravilla que los pueblos desilusionados tantas veces en sus expectativas, agitados por crueles discordias, sometidos a radicales experimentos políticos sin haber conseguido las ventajas de un gobierno constitucional estable y firme, no hayan sospechado que en el sistema francés (siempre mantenido en lo sustancial y sólo modificado en lo accesorio) había algún vicio radical y hondo, causa de la fugacidad de las Constituciones fundadas sobre él. Mucho me asombra que estadistas y pensadores no hayan reparado en tal problema y no hayan llegado a descubrir qué letales factores perduran en el seno de todas las Constituciones modernas, las cuales han causado a los pueblos acerbos dolores, crisis violentas y convulsiones sociales. Ni los sabios, ni los pueblos aprovecharon las duras y repetidas lecciones que dieron los sucesos en Europa a partir de la Revolución francesa. Cualquiera que fuese la capacidad inventiva de aquellos ingenios, se imitó lo que no había sido el resultado de un cálculo profundo, una reposada meditación, un sagaz estudio de los siglos, sino más bien la improvisación de mentes audaces e imaginativas, dominadas por teorías demasiado generales e imperfectas.

Las Constituciones de que hablamos eran hijas de una filosofía que quería romper con un pasado del que se sentía cansada, que desdeñaba la historia y las tradiciones, y que confiaba en la individualidad y la independencia. Esas Constituciones brotaron de las pasiones de demagogos, del encarnizamiento entre los partidos, del terror, o del fragor de las armas propias y extranjeras. ¿No era verosímil que una norma fundamental nacida de tales circunstancias y entre tantas tensiones padeciese algún vicio originario? Sin embargo, la Constitución francesa fue abrazada, copiada, reproducida servilmente por casi todos los Estados europeos. En la hora de su regeneración política, los italianos no deben seguir la falsa vía, ni imitar el modelo extranjero sin antes examinarlo y discutirlo, sin tomar precauciones, sin aprobarlo con recto juicio e inteligencia. Los pensadores deben prever que se producen los mismos efectos cuando se ponen las mismas causas.

No desde ayer, sino desde hace más de veinte años, se ha confirmado que las Constituciones dadas a diversos países desde que en 1789 se forjó la francesa, se esconde una profunda dolencia general que no ha cesado de desarrollarse y que, después de haber afectado a gobiernos y a pueblos, trae la necesidad de cambios fundamentales. El año 1827 intenté demostrarlo en mi libro Della naturale Costituzione della società civile, pero la obra no pudo salir a la luz porque, aunque no se había extinguido la inteligencia entre nosotros, sí se había clausurado los labios e impedido la expresión del pensamiento.

Aquellas investigaciones, continuadas en un penoso silencio y confirmadas por los acontecimientos, me demostraron que las consecuencias de las Constituciones forjadas sobre el modelo francés son inevitablemente las siguientes:

a) Se promueve en los ciudadanos una desmesurada ambición de ascender a grados sociales siempre más elevados.

b) Se abre camino a la corrupción en la elección de los diputados y, en el caso de la república, sobre todo al presidente.

c) Se genera un extremismo de los partidos.

d) Se da una tal preponderancia a la cámara de diputados y a su excesivo número que el Estado se pone en peligro.

e) No se garantiza con plenitud suficiente el derecho a la libertad de los ciudadanos.

f) No se garantiza la distribución de la propiedad porque la pequeña tiene una representación igual que la grande.

g) Se abandona la religión a merced de los intereses políticos y se priva a la Iglesia de su libertad, y al pueblo de la suya que es la más preciosa.

Estas son las consecuencias inmediatas e inevitables de tales las Constituciones modernas. Es evidente que esos efectos producen otros como la extensión de la inmoralidad y la impiedad, las disensiones y las discordias, la separación entre el clero y el pueblo, y la radicalización de las pasiones. Con tales simientes de anarquía es imposible que, a la larga, se mantengan el orden y la paz. Al cabo de un tiempo, una parte de la nación se levanta contra la otra y viola la Constitución: la vida de tales leyes fundamentales no puede ser larga. Italia debe meditar porque necesita unidad, estabilidad y paz.

Conviene llevar más lejos el análisis y localizar las causas de tan negativos efectos, encontrar los vicios básicos de las Constituciones y descubrir cómo se deducen tan ruinosas consecuencias las cuales no desembocan sólo en derogación de las Constituciones, sino también en debilidad de las naciones.

Dos son las necesidades de la sociedad, y dos los fines del gobierno: justicia y utilidad. Es perfecto el gobierno que hace justicia a todos y que, al mismo tiempo, promueve la utilidad de todos.

Los derechos de los hombres se reducen a dos grupos, el de los que se reunen bajo la palabra libertad y que consisten en el honesto ejercicio de todas las facultades; y el grupo de los que se refieren a la propiedad 2.

Toda libertad debe ser tutelada y garantizada del mismo modo que toda propiedad debe ser tutelada y garantizada y, además, amparada por leyes que favorezcan el desarrollo de la riqueza nacional. Si el gobierno hace todo esto, o sea, hace justicia a todos y promueve la utilidad de todos, entonces, repito, será perfecto. Las Constituciones modernas fallan en lo uno y en lo otro. No hacen justicia a todos porque contra el poder político las minorías y los individuos no tienen apelación jurídica, carecen de un tribunal al que recurrir en caso de violación. El poder legislativo se supone infalible y es omnipotente ante las minorías cuyos derechos pueden incluso ser violados en la elaboración de las leyes. Por esta causa los derechos y libertades de la Iglesia son sacrificados en las Constituciones tanto si no más que en los regímenes absolutos.

Y tampoco garantizan ni desarrollan suficientemente la propiedad de los ciudadanos cuyo conjunto compone la riqueza de una nación, la cual exige una administración político-económica. En el poder político que se refiere a la utilidad no están representadas proporcionalmente todas las propiedades: aquella propiedad que no está representada es desdeñada y superada por aquella que no sólo obtiene la representación sino que, además, dispone de la capacidad de legislar. En suma, los dos vicios radicales de las Constituciones de tipo francés son que, de hecho, no garantizan la justicia política y no favorecen por igual a todas las especies de propiedad.

A fin de evitar estos dos vicios originarios conviene recurrir a los dos remedios contrarios que son los que propone mi proyecto de Constitución:

a) La creación de un Tribunal de justicia política.

b) El voto proporcional a los impuestos directos que el ciudadano paga al Estado 3.

Estos son los dos ejes sobre los cuales ha de moverse la máquina del Estado; uno tutela al ciudadano contra cualquier injusticia, incluso la cometida por el poder en nombre de una ley; el otro promueve cualquier honesta utilidad a favor de todos equitativa y proporcionalmente.

Esta exposición de motivos, al mismo tiempo que pone a plena luz tal verdad, argumenta la necesidad de reformar y sanear las Constituciones, y demuestra la incoherencia que arrastran en su seno porque prometen mantener la libertad a todos los hombres y, sin embargo, la violan en muchos aspectos, al dar al poder legislativo esa facultad de violarla, y aún lo inclinan y empujan a hacerlo. Ninguna Constitución de tipo francés establece verdadera y plenamente la libertad para todos. Por otro lado, proclaman la inviolabilidad de la propiedad, pero, en general, la violan, la desvían de su natural curso, y dan paso a la legislación agraria socialista con la cual la nación se empobrece si, antes de que tal cosa se cumpla, la naturaleza humana no se rebela contra la Constitución y no la anula para salvarse.

En suma, todas las Constituciones de tipo francés lejos de ser liberales como declaran, esconden el mayor absolutismo. Lejos de fundarse sobre los principios del Derecho, son deducidas de una filosofía utilitarista y sensualista que es un trasunto, siempre muy difuminado, de la utilidad pública, y sacrifica la razón, la honestidad y la justicia. Lejos de ser conformes a la naturaleza del hombre y de la convivencia social, esas Constituciones son dictado y expresión de abstracciones vanas y de teorías inaplicables a la realidad social.



Antonio Rosmini



 

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