LIBROS: Discursos parlamentarios. Comentarios de A. Landa al libro del Conde de Romanones.

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LIBROS: Discursos parlamentarios. nº 89

Comentarios de A. Landa al libro del Conde de Romanones.

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LIBROS: Discursos parlamentarios

Romanones, Conde de: Discursos parlamentarios, ed. Cortes, Madrid 1997, 855 págs.



Alvaro de Figueroa y Torres (1863-1950) al contraer matrimonio con una hija del ministro M. Alonso Martínez obtuvo el título de conde de Romanones y el acta de Guadalajara, provincia sobre la que ejerció un cacicato vitalicio. Estuvo siempre en el poder salvo durante la Dictadura, y fue miembro de las Cortes orgánicas después de la guerra civil. Autor de unas interesantes memorias y otros libros menores, fue el prototipo del astuto político profesional con poca fe en el sufragio1.

Ahora, G. Cortazar selecciona los discursos parlamentarios que considera significativos. No es una transcripción, sino una reproducción facsímil del «Diario de Sesiones» lo que ha impedido corregir errores. Estas intervenciones, desligadas de su contexto, resultan de difícil lectura. Además, la mayor parte de los problemas abordados ha envejecido o es de interés muy marginal. Es problemático que haya valido la pena exhumar unos textos que los estudiosos pueden encontrar en el citado «Diario».

El discurso del 28 de abril de 1898, diez días después de declarada la guerra con los Estados Unidos, es una prueba más de la inconsciencia de la clase política: se jacta Romanones del envío de 200.000 soldados a Cuba y acusa al diputado republicano Sol y Ortega de ser poco optimista respecto al conflicto.

El 7 de julio de 1910, Pablo Iglesias en nombre del Psoe, amenazó en el Congreso: «hemos llegado al extremo de que, antes que su señoría (Antonio Maura) suba al poder, debemos llegar hasta el atentado personal». Romanones, que presidía, exigió que se retirasen tan delictivas palabras; pero el orador replicó tajantemente: «No las retiro». Romanones no se atrevió a expulsar a Pablo Iglesias del hemiciclo. Dos días después, Maura era víctima de un atentado que le hirió de bala en una pierna y en un brazo.

El discurso generalmente más aludido, aunque poco leído, es el pronunciado el 19 de noviembre de 1931 cuando Romanones fue el único que se opuso a la condena de Alfonso XIII. Fue una intervención de motivación hidalga y agradecida por parte de quien obtuvo su primera y, finalmente, su última cartera en el primero y en el último Gobierno de Alfonso XIII. Pero fue un discurso dialécticamente paupérrimo. Romanones, que en sus memorias había denunciado las inclinaciones absolutistas del monarca, ahora pretendía presentarlo como un demócrata a carta cabal. Su replicante Galarza le mostró la contradicción flagrante. Romanones también intentó probar que el rey se había opuesto a Primo de Rivera desde el principio hasta el final. Era negar la evidencia. También trató de desligar el golpe primoriverista de la inminente discusión en las Cortes del llamado expediente Picasso que implicaba a Alfonso XIII en la catástrofe militar de Annual. Otro intento fallido. En lo que más insistió Romanones fue en que no se confiscaran los bienes del rey; pero a esto ni siquiera le contestó Galarza. Las apelaciones de Romanones al derecho penal ordinario en un proceso excepcional, nacido de una ley especial, era más propio de un leguleyo que de un hombre de Estado. Por añadidura, Romanones, al insistir en su liberalismo, su constitucionalismo y su oposición a la Dictadura, aportó, sin pretenderlo, argumentos a la acusación. Derrotado en el debate, renunció a la réplica.

Romanones, negociador con los republicanos de la entrega del poder en abril de 1931, no era la persona adecuada para hacer la defensa histórica del monarca depuesto. Nadie la hizo en el Parlamento. Fue Franco quien, poco después de iniciado el alzamiento, derogó la legislación republicana contra Alfonso XIII y, finalmente, hizo rey a su nieto Juan Carlos, desde que la alianza franco-inglesa impuso a Felipe V en el trono de Madrid, nadie había hecho tanto por los Borbones en España.

A Romanones, ejemplo del fracaso de la I Restauración, hay que elogiarle por su gratitud a su benefactor Alfonso XIII. La gratitud es la justicia del corazón, la ingratitud es el eco de la ruin iniquidad.



A. Landa



 

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