LIBROS: La
juventud de Marañón
Pérez
Gutiérrez, Francisco: La juventud de Marañon, ed.
Trotta, Madrid 1997, 568 págs.
El título de este volumen sobre una de las
personalidades más eminentes de su tiempo español
podría inducir a error. No se trata de una biografía de
los años jóvenes de Marañón, tema sobre el que existe
bibliografía, como los libros de M. Gómez Santos.
Estamos más bien ante seis extensos ensayos que, salvo
el último, tienen un denominador común: las reacciones
de Marañon ante la obra de intelectuales que
pertenecieron al círculo de su padre (Pereda, Galdós,
Menéndez Pelayo) o al de su estapa universitaria como
Cajal o a la primera madurez como unamuno. Marañon
reconoce una relación discipular con todos ellos,
quizás con don Marcelino más que ningún otro.
Al hilo de cada uno de estos grandes nombres, el autor va
reconstruyendo la actitud marañoniana ante los temas
tratados por ellos. Así en el caso de Menéndez Pelayo,
el autor glosa lo que Marañon pensó acerca de
Cervantes, Carranza, Galileo, Huarte, Servet, Vives,
Erasmo, Luis de León Teresa de Avila, Feijoo, etc.
Con Unamuno al fondo, el autor revela las tentaciones
políticas primeras de Marañon y publica interesantes
fragmentos del inédito epistolario entre el vasco de
Salamanca y el joven médico casi azañista. Son los
años de la Dictadura y en Marañon apuntan sus
ambigüedades, su intento de conciliar su amistad con
Alfonso XIII y su naciente republicanismo.
El último es de un tema muy distinto de los anteriores:
el autor intenta penetrar en la intimidad emotiva del
personaje a través de textos muy dispares, sin excluir
poemas inéditos. La intensa humanidad del médico, que
estuvo a punto de ser psiquiatra, aparece con su
dinámica complejidad.
El acceso a este volumen resulta problemático porque los
materiales no están rigurosamente encadenados ni con
criterio cronológico, ni tampoco temático. Los asuntos
se entreveran y los tiempos se entrecruzan. Pero todo
viene tratado con extraordinaria simpatía hacia el
personaje lo que no excluye algún juicio crítico.
Tangencial y vagamente aparece en este capítulo como en
otros, la faceta religiosa, siempre abordada sin voluntad
definitoria.
El erudito y hermenéutico autor maneja la bibliografía
fundamental y también hemerotecas y archivos de los que
extrae fragmentos de cartas que hacen desear que la
edición de las Obras completas de Marañon se enriquezca
pronto con su epistolario completo, como los discípulos
de Menéndez Pelayo hicieron con su maestro. Sus textos
desvelarán matices y procesos evolutivos de un
intelectual tan polifacético como Marañon.
En España hay nombres que no pueden ser aducidos sin
polémica como Felipe II o Franco, Las Casas o Menéndez
Pelayo. Sobre tales figuras se precipitan los apologistas
y también los carroñeros. No es el caso del suave y
cordial Marañón que apenas sufrió hostilidades tenaces
porque trató de comprender a todo el mundo desde un
constante y benemérito ánimo liberal que tenía poco
que ver con el liberalismo como ideología.
A. Landa
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