López Rubio en
la otra orilla
El 4 de
marzo de 1996 falleció José López Rubio. Muy pocas
fechas
después se publicaron (Abc 7 y 8 -III), dos artículos
de Julián Marías y Fernando Lázaro Carreter, quienes,
apoyados en un conocimiento personal antiguo, dejaron
puntual constancia de la pérdida que significaba la
desaparición del gran autor, renombrado por sus éxitos
teatrales, celebrado siempre por su ingenio.
Marías recordó su larga amistad y puso de relieve el
refinamiento de su espíritu, que le hacía ser un
ejemplo eminente de escritor civilizado, en el que la
cortesía brillaba, no como delicadeza, sino como virtud.
Muy sociable y cordial, hizo culto de la amistad, y
estuvo muy vinculado a los que con él formaron un grupo
que, por sutileza, inteligencia y fina gracia, acertó
con los resortes que abrían un modo de creación
literario nuevo, anunciado por Gomez de la Serna, pero
que en los escenarios descubrió todo su alcance por el
impulso que supieron darle Jardiel Poncela, Edgard
Neville y el propio López Rubio. Supo detectar Marías
algo esencial: que era en el fondo un solitario. «Vivía
muy retraído», dice, aludiendo al decaimiento de su
salud. Trataba así de explicarse su reclusión de los
últimos años, que causaba extrañeza entre sus amigos.
Se refirió a ella como a un aislamiento que podía
parecer «excesivo», y recordó una idea que puede
encontrarse en otros escritos suyos: ante condiciones
dificiles o en momentos decisivos de la vida, las
personas reaccionana según lo que es «su núcleo
último» que nos era antes desconocido y que aparece
ahora predominando sobre la fisonomía que fue habitual
para identificarlas.
Si López Rubio volvía a una soledad a la que se sentía
inclinado, conociéndole tan cordial y gozosamente
comunicativo, algo nos induce a preguntarnos por la clave
de su voluntaria retracción al silencio. En unas
extensas confidencias que hizo en 1952 a Carlos
Fernández Cuenca, y que éste publicó, cuenta que
cuando se sentía acuciado por la agitación que le
ro-deaba y le entorpecía su labor de creación, escapaba
de Madrid, se retiraba, se ocultaba en lugares muy
distintos, donde no tuviera visitas ni llamadas
telefónicas. El mismo nos dice que buscaba la soledad.
Algo muy natural en un hombre que vivía entregado a la
creación literaria. La idea de una comedia, relataba
allí, puede surgir en cualquier sitio y rechazaba lo que
pudiera perturbarle. Pero ahora se advertía algo
distinto y con más persistencia.
El diálogo que se sospecha en su interior nos hace
intuir sólo una íntima conversación con Dios. Se
conocía su hondura humana, que había sido la levadura
de la que nacieron algunas de las criaturas a las que
hizo vivir en la escena, pero ¿se sospechaba siquiera la
riqueza espiritual y la inquietud religiosa que albergaba
su alma? Parece que no, por lo menos para muchos que
creían conocerlo.
Sin embargo, poco más de un mes despues de su muerte, el
7 de abril de hace tres años, y en las páginas del
mismo periódico que un día le abriera la posibilidad de
conquistar el mundo del teatro, un carmelita, el padre
Matilla Rengel dió a conocer la que llamó «vida oculta
monástica de López Rubio». No se trataba ya de
adelantar una intuición. Teníamos indicadores muy
seguros para calibrar el tesoro espiritual que había
guardado en lo más profundo de su alma, al que se
volvía año tras año, como fuente de consuelo y
esperanza, a medida que se acercaba el final de su
existencia. Algo que no podía pasar inadvertido, pero
mucho menos para quien tenía que volverse hacia él con
un cuidado superior a lo meramene ocasional.
En la liturgia académica española, en la de nuestras
Reales Academias, el discurso protocolario de ingreso
dedica una parte inicial, a diferencia de lo que ocurre
en la Academia francesa, que lo es en su totalidad, a la
personalidad, obra y aspectos de la vida de aquel que
ocupaba el sillón que va a ser del recipiendario.
He de confesar que esperaba con interes el discurso
académico que debía pronunciar Luis María Ansón en
cuanto supe el sillón que se le tenía destinado: la
«Ñ», que había sido el del dramaturgo granadido de
quien hablamos. Aunque desconocía, naturalmente, el tema
concreto sobre el que iba a tratar el día 8 de febrero
en su discurso, era indudable que tenía que referirse al
hombre, aquel que, habiendo tenido una vida tan
interesante y variada, había sabido conducirla hasta un
final insospechado, según la información que era de
público conocimiento desde hacía varios años.
Aunque sólo fuese un bosquejo de la vida, ¿se
detendría acerca de ese punto que se había levemente
intuido? ¿Arrojaría algo de luz sobre ese período
último de su vivir terreno, pero que conoció una larga
preparación, según sabíamos por un testimonio directo,
de tan gran fuerza y cercanía que no podía ignorarse?
Mi atención espectante ha sido rota con una decepción
que me ha llenado de tristeza y de desagradable sorpresa.
Porque me ha confirmado lo que antes decía: no se ha
sospechado siquiera la riqueza que habitaba su alma,
incluso ahora, sabiendo lo que sabemos. Que incluso ahora
se quiere negar.
Aquella información nos permitió conocer con detalle lo
que había sido de la vida religiosa de López Rubio
desde 1967, casi treinta años antes de su muerte. Lo
relata el propio padre carmelita que lo recibió y
admitió en el Desierto de San José de Batuecas. Algo
que no es admisible dejar en silencio al detenerse, con
afan de conocimiento, ante el hombre que fue José López
Rubio.
A aquel lugar retirado acudía tres o cuatro veces al
año, siempre en Navidades y diez días en Semana Santa
y, sin falta, diez o quince días de agosto, aniversario
de su primera estancia, sin faltar uno, durante
veintitres años. Sólo en los tres últimos no pudo
hacerlo por su enfermedad final, pero se mantuvo en
contacto por teléfono. Nadie lo sabía. Sólo estaba en
conocimiento de su fiel sirvienta, los carmelitas que
vivían en el Desierto, y algún padre agustino de El
Escorial, a los que fue siempre muy fiel, sin duda por
afecto al colegio de su niñez en el que brotó su
vocación teatral.
Lo que era su vida, no solamente de retiro, oración y
estudio, sino de verdadera penitencia, únicamente se
descubrió cuando consideró que podía hacerla pública
el padre Matilla, que guarda el, sin duda, sensacional
epistolario que le tenía por corresponsal.
«Llegó en agosto de 1967 sin previo aviso», y lo
detalla así: «Yo le admití con la sorpresa de quien
recibe a un elegante señor» recomendado por las monjas
carmelitas de Avila a las que le había remitido el
agustino de El Escorial. «Se negó a ser alojado en la
sencilla hospedería del monasterio, porque pretendía a
todo trance vivir la pobreza de la habitación de un
fraile ermitaño y ocuparse en los trabajos más
humildes».
«Así se le concedió, con dificultad, tal excepción».
Se inauguró cumpliendo los trabajos más humildes, como
barrer. «Pero quería mucho más: fregar, limpiar los
servicios». Nada más llegar se descalzaba: con sólo
las sandalias de carmelita, con pie desnudo, sin
calcetines en pleno invierno navideño, sin calefacción,
con tal frío que alguna vez me dijo que no notaba si
tenía pies».
«Era admirable -relata el padre Matilla- ver a un sujeto
de tal categoría, tan pulcro, de modales tan finos, de
palabras tan amables, llevar la vida austera y total
silencio del Desierto».
«A los dos años de llevar este ritmo de vida penitente,
que ya nunca dejó, hizo prolongada confesión general
con el ermitaño padre Valentin de San José, uno de los
carmelitas más eminentes de este siglo en España,
célebre por sus muchos libros espirituales». «Fue
emocionante -agrega con precisión- verle despues de la
confesión postrado en la iglesia con la frente pegada al
suelo largo rato, muy emocionado». Asistía a todos los
actos de comunidad desde las seis de la mañana hasta la
hora común de acostarse, y ayunaba igual que ella.
Cuando ya no pudo acudir, y se agravó su estado se le
llevó el viático a su domicilio en la calle
Mendizábal, y llegada su agonía se le administró la
santa unción «por la diligencia» de la que le había
servido durante más de cuarenta años que, con igual
piadosa diligencia, se ocupó de ponerle el escapulario
del Carmen, a cuya Orden Tercera pertenecía, por
profesión firmada de su puño y letra.
Puede comprenderse la triste sorpresa con que he leído
lo que afirma Ansón en su discurso para recordar al que
sucede en el sillón académico: «Sobre aquel anciano
digno y distante nadie fue capaz de derramar la fe
suficiente para darle la seguridad de que su vida se
prolongaría en el más allá. La angustia de la duda le
acompañó hasta el fin un frío sábado del mes de marzo
de 1996».
De ese hombre, que nos describe quien estaba con él en
la soledad escogida largos años, ¿puede decirse que
estaba sumergido en la duda de que hubiera razones para
creer? ¿que se había abandonado a la incredulidad y al
nihilismo? Hemos de afirmar que es falso, y que causa
daño a la memoria de un hombre muy conocido que dió un
ejemplo con su propósito de vivir su testimonio
cristiano. Precisamente, desmintió con él la imagen que
se cree constante del descreimiento y el nihilismo entre
los hombres de letras.
Los que eran sus amigos y creían conocerlo, observaban
con extrañeza sus repetidas ausencias. Sin fundamento
alguno, Ansón lo imagina leyendo frente a las montañas
de El Escorial versos de desesperanza. Lo cierto es que,
un día, que vemos lejano, anterior al verano de 1967,
descubrió sus inquietudes de fe a un agustino de su
confianza y que éste le puso en el camino que había de
conducirlo al Desierto de Batuecas. Se limitó a seguir
al pie de la letra el consejo evangélico: «Cuando
reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a
tu Padre, que comparte tus secretos, y tu Padre que ve
los secretos, te premiará» (Mt. 6,5). Así demostró
que no dudaba sobre lo que esperaba «en la otra
orilla».
Sorpresa ingrata y triste, la que por ello tiene que
producir el discurso académico que comento.
Y no menos por el silencio inadmisible que, entre tantas
citas oportunas, ha reservado para el gran poeta José
García Nieto, académico, secretario durante varios
años de la Corporación y que pronunció la totalidad de
su discurso de recepción en verso.
Fernando Murillo Rubiera
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