López Rubio en la otra orilla. Por F. Murillo Rubiera

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López Rubio en la otra orilla. nº 89

Por F. Murillo Rubiera

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López Rubio en la otra orilla

El 4 de marzo de 1996 falleció José López Rubio. Muy pocas fechas
después se publicaron (Abc 7 y 8 -III), dos artículos de Julián Marías y Fernando Lázaro Carreter, quienes, apoyados en un conocimiento personal antiguo, dejaron puntual constancia de la pérdida que significaba la desaparición del gran autor, renombrado por sus éxitos teatrales, celebrado siempre por su ingenio.

Marías recordó su larga amistad y puso de relieve el refinamiento de su espíritu, que le hacía ser un ejemplo eminente de escritor civilizado, en el que la cortesía brillaba, no como delicadeza, sino como virtud. Muy sociable y cordial, hizo culto de la amistad, y estuvo muy vinculado a los que con él formaron un grupo que, por sutileza, inteligencia y fina gracia, acertó con los resortes que abrían un modo de creación literario nuevo, anunciado por Gomez de la Serna, pero que en los escenarios descubrió todo su alcance por el impulso que supieron darle Jardiel Poncela, Edgard Neville y el propio López Rubio. Supo detectar Marías algo esencial: que era en el fondo un solitario. «Vivía muy retraído», dice, aludiendo al decaimiento de su salud. Trataba así de explicarse su reclusión de los últimos años, que causaba extrañeza entre sus amigos. Se refirió a ella como a un aislamiento que podía parecer «excesivo», y recordó una idea que puede encontrarse en otros escritos suyos: ante condiciones dificiles o en momentos decisivos de la vida, las personas reaccionana según lo que es «su núcleo último» que nos era antes desconocido y que aparece ahora predominando sobre la fisonomía que fue habitual para identificarlas.

Si López Rubio volvía a una soledad a la que se sentía inclinado, conociéndole tan cordial y gozosamente comunicativo, algo nos induce a preguntarnos por la clave de su voluntaria retracción al silencio. En unas extensas confidencias que hizo en 1952 a Carlos Fernández Cuenca, y que éste publicó, cuenta que cuando se sentía acuciado por la agitación que le ro-deaba y le entorpecía su labor de creación, escapaba de Madrid, se retiraba, se ocultaba en lugares muy distintos, donde no tuviera visitas ni llamadas telefónicas. El mismo nos dice que buscaba la soledad. Algo muy natural en un hombre que vivía entregado a la creación literaria. La idea de una comedia, relataba allí, puede surgir en cualquier sitio y rechazaba lo que pudiera perturbarle. Pero ahora se advertía algo distinto y con más persistencia.

El diálogo que se sospecha en su interior nos hace intuir sólo una íntima conversación con Dios. Se conocía su hondura humana, que había sido la levadura de la que nacieron algunas de las criaturas a las que hizo vivir en la escena, pero ¿se sospechaba siquiera la riqueza espiritual y la inquietud religiosa que albergaba su alma? Parece que no, por lo menos para muchos que creían conocerlo.

Sin embargo, poco más de un mes despues de su muerte, el 7 de abril de hace tres años, y en las páginas del mismo periódico que un día le abriera la posibilidad de conquistar el mundo del teatro, un carmelita, el padre Matilla Rengel dió a conocer la que llamó «vida oculta monástica de López Rubio». No se trataba ya de adelantar una intuición. Teníamos indicadores muy seguros para calibrar el tesoro espiritual que había guardado en lo más profundo de su alma, al que se volvía año tras año, como fuente de consuelo y esperanza, a medida que se acercaba el final de su existencia. Algo que no podía pasar inadvertido, pero mucho menos para quien tenía que volverse hacia él con un cuidado superior a lo meramene ocasional.

En la liturgia académica española, en la de nuestras Reales Academias, el discurso protocolario de ingreso dedica una parte inicial, a diferencia de lo que ocurre en la Academia francesa, que lo es en su totalidad, a la personalidad, obra y aspectos de la vida de aquel que ocupaba el sillón que va a ser del recipiendario.

He de confesar que esperaba con interes el discurso académico que debía pronunciar Luis María Ansón en cuanto supe el sillón que se le tenía destinado: la «Ñ», que había sido el del dramaturgo granadido de quien hablamos. Aunque desconocía, naturalmente, el tema concreto sobre el que iba a tratar el día 8 de febrero en su discurso, era indudable que tenía que referirse al hombre, aquel que, habiendo tenido una vida tan interesante y variada, había sabido conducirla hasta un final insospechado, según la información que era de público conocimiento desde hacía varios años.

Aunque sólo fuese un bosquejo de la vida, ¿se detendría acerca de ese punto que se había levemente intuido? ¿Arrojaría algo de luz sobre ese período último de su vivir terreno, pero que conoció una larga preparación, según sabíamos por un testimonio directo, de tan gran fuerza y cercanía que no podía ignorarse?

Mi atención espectante ha sido rota con una decepción que me ha llenado de tristeza y de desagradable sorpresa. Porque me ha confirmado lo que antes decía: no se ha sospechado siquiera la riqueza que habitaba su alma, incluso ahora, sabiendo lo que sabemos. Que incluso ahora se quiere negar.

Aquella información nos permitió conocer con detalle lo que había sido de la vida religiosa de López Rubio desde 1967, casi treinta años antes de su muerte. Lo relata el propio padre carmelita que lo recibió y admitió en el Desierto de San José de Batuecas. Algo que no es admisible dejar en silencio al detenerse, con afan de conocimiento, ante el hombre que fue José López Rubio.

A aquel lugar retirado acudía tres o cuatro veces al año, siempre en Navidades y diez días en Semana Santa y, sin falta, diez o quince días de agosto, aniversario de su primera estancia, sin faltar uno, durante veintitres años. Sólo en los tres últimos no pudo hacerlo por su enfermedad final, pero se mantuvo en contacto por teléfono. Nadie lo sabía. Sólo estaba en conocimiento de su fiel sirvienta, los carmelitas que vivían en el Desierto, y algún padre agustino de El Escorial, a los que fue siempre muy fiel, sin duda por afecto al colegio de su niñez en el que brotó su vocación teatral.

Lo que era su vida, no solamente de retiro, oración y estudio, sino de verdadera penitencia, únicamente se descubrió cuando consideró que podía hacerla pública el padre Matilla, que guarda el, sin duda, sensacional epistolario que le tenía por corresponsal.

«Llegó en agosto de 1967 sin previo aviso», y lo detalla así: «Yo le admití con la sorpresa de quien recibe a un elegante señor» recomendado por las monjas carmelitas de Avila a las que le había remitido el agustino de El Escorial. «Se negó a ser alojado en la sencilla hospedería del monasterio, porque pretendía a todo trance vivir la pobreza de la habitación de un fraile ermitaño y ocuparse en los trabajos más humildes».

«Así se le concedió, con dificultad, tal excepción». Se inauguró cumpliendo los trabajos más humildes, como barrer. «Pero quería mucho más: fregar, limpiar los servicios». Nada más llegar se descalzaba: con sólo las sandalias de carmelita, con pie desnudo, sin calcetines en pleno invierno navideño, sin calefacción, con tal frío que alguna vez me dijo que no notaba si tenía pies».

«Era admirable -relata el padre Matilla- ver a un sujeto de tal categoría, tan pulcro, de modales tan finos, de palabras tan amables, llevar la vida austera y total silencio del Desierto».

«A los dos años de llevar este ritmo de vida penitente, que ya nunca dejó, hizo prolongada confesión general con el ermitaño padre Valentin de San José, uno de los carmelitas más eminentes de este siglo en España, célebre por sus muchos libros espirituales». «Fue emocionante -agrega con precisión- verle despues de la confesión postrado en la iglesia con la frente pegada al suelo largo rato, muy emocionado». Asistía a todos los actos de comunidad desde las seis de la mañana hasta la hora común de acostarse, y ayunaba igual que ella.

Cuando ya no pudo acudir, y se agravó su estado se le llevó el viático a su domicilio en la calle Mendizábal, y llegada su agonía se le administró la santa unción «por la diligencia» de la que le había servido durante más de cuarenta años que, con igual piadosa diligencia, se ocupó de ponerle el escapulario del Carmen, a cuya Orden Tercera pertenecía, por profesión firmada de su puño y letra.

Puede comprenderse la triste sorpresa con que he leído lo que afirma Ansón en su discurso para recordar al que sucede en el sillón académico: «Sobre aquel anciano digno y distante nadie fue capaz de derramar la fe suficiente para darle la seguridad de que su vida se prolongaría en el más allá. La angustia de la duda le acompañó hasta el fin un frío sábado del mes de marzo de 1996».

De ese hombre, que nos describe quien estaba con él en la soledad escogida largos años, ¿puede decirse que estaba sumergido en la duda de que hubiera razones para creer? ¿que se había abandonado a la incredulidad y al nihilismo? Hemos de afirmar que es falso, y que causa daño a la memoria de un hombre muy conocido que dió un ejemplo con su propósito de vivir su testimonio cristiano. Precisamente, desmintió con él la imagen que se cree constante del descreimiento y el nihilismo entre los hombres de letras.

Los que eran sus amigos y creían conocerlo, observaban con extrañeza sus repetidas ausencias. Sin fundamento alguno, Ansón lo imagina leyendo frente a las montañas de El Escorial versos de desesperanza. Lo cierto es que, un día, que vemos lejano, anterior al verano de 1967, descubrió sus inquietudes de fe a un agustino de su confianza y que éste le puso en el camino que había de conducirlo al Desierto de Batuecas. Se limitó a seguir al pie de la letra el consejo evangélico: «Cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre, que comparte tus secretos, y tu Padre que ve los secretos, te premiará» (Mt. 6,5). Así demostró que no dudaba sobre lo que esperaba «en la otra orilla».

Sorpresa ingrata y triste, la que por ello tiene que producir el discurso académico que comento.

Y no menos por el silencio inadmisible que, entre tantas citas oportunas, ha reservado para el gran poeta José García Nieto, académico, secretario durante varios años de la Corporación y que pronunció la totalidad de su discurso de recepción en verso.



Fernando Murillo Rubiera



 

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