Stalin y la guerra de España. Por F.F. Montiel

pag. principal Razón Española

Stalin y la guerra de España. nº 89

Por F.F. Montiel

artículo anterior indice siguiente artículo

Stalin y la guerra de España



Los libros de historia y los autores de testimonios críticos han avanzado presunciones diversas sobre los orígenes y las causas de nuestra guerra civil. Sin descartar otros motivos e intereses de indudable presencia en la trágica contienda, puede decirse que aquella guerra fue real y esencialmente cosa de Stalin; mucho más que de cualesquiera otras pasiones o estrategias. No puede desconocerse el antecedente de un viejo proyecto leninista de acción exterior que data de los años 1920-1921. Moscú deseaba empujar a Alemania hacia el enfrentamiento con Inglaterra y Francia. Era una constante de la política internacional de los soviets, en medio de todos sus rodeos y sus quiebras, sin menoscabo de su tenacidad y de su continuidad a prueba de escándalos mundiales y de contradicciones de principios. Recordemos que Marx justificaba esa línea geopolítica en tiempo de los zares: «Los rusos estarían perdidos si no logran lanzar a Alemania contra Francia».

Cuando Lenin llega a Petrogrado en marzo de 1917, primero a bordo de un tren del Kaiser, y luego saltando desde Suecia, su programa -según dice- es paz. Sostiene que Rusia debe romper su compromiso de guerra con los aliados occidentales y firmar inmediatamente la paz con Alemania. Esa tesis de seducción y engaño incluye la profecía de que el ejemplo de Rusia va a despertar el sentimiento pacifista de los pueblos, y que éstos se levantarán contra sus respectivos gobiernos. Es una ley del marxismo: la guerra imperialista transformada en una sucesión de guerras civiles, interiores, pero a la vez generando un proceso internacional, o sea, la revolución socialista en toda Europa.

La profecía no se cumple, pero la paz entre Rusia y Alemania alcanza otro resultado, también previsto en la doctrina de Lenin. Los ejércitos del Kaiser ya no tienen un frente a sus espaldas y pueden concentrarse en una sola dirección, contra Inglaterra y Francia. Por consiguiente, la llamada guerra imperialista no se extingue; al contrario, se intensifica. Otra ley del marxismo: acentuar las contradicciones, agravar los conflictos, enfrentar destructivamente a las potencias del «mundo burgués». El acuerdo de paz entre Lenin y el Kaiser fue el primer pacto germano-soviético de la historia.

El segundo se suscribió algunos años más tarde (1922) en una pequeña localidad italiana llamada Rapallo. Delegados rusos y alemanes llegan a un compromiso cuya finalidad era el rearme de Alemania con la cooperación de la URSS. Moscú ofrece a Berlín la posibilidad de organizar el nuevo Ejército (prohibido por el tratado de Versalles), instalando los alemanes en territorio soviético sus propios centros de instructores, sus talleres de aviación y sus laboratorios químicos. Fue un experimento de enorme audacia, que incluso continuó después de la entrada de Hitler en la Cancillería de Berlín (por lo menos hasta octubre de 1933). Hubo luego, entre una diversidad de complicaciones, el llamado «Pacto Anti-Komintern», estrategia defensiva del nazismo, intermedio que únicamente logró aplazar por unos años la bomba de tiempo preparada por el Kremlin: el estallido de la segunda guerra mundial.

España aparece por primera vez en 1930 como uno de los puntos geográficos previstos por la Internacional Roja para la deseada y premeditada explosión. El XI Pleno de la Ejecutiva del Komintern celebrado en abril del indicado año, mencionaba a España (dato curiosísimo) entre «los cinco lugares del mundo donde la Revolución estaba en marcha». Era un decir, pero la expresión valía como el anuncio de que un movimiento subversivo podía producirse, quizás no en todos esos lugares a la vez, pero sí en alguno o algunos de ellos. El triunfo de la República española justo un año después, iluminó las perspectivas mundiales de Moscú y, sin duda, favoreció -dentro de España- el desarrollo de provocaciones y de maniobras confusionistas por una parte, y de errores, debilidades y disparates desde diversos ángulos. La trepidante ruptura del régimen republicano español en 1933-34 hizo posible que Moscú pensara y proyectara -lo que casi nadie quiso creer- su propia estrategia de amplia dimensión europea y universal. El plan se hizo presente en un calculado y atroz ensayo general preparatorio, que estremeció a España en octubre de 1934, sin que se adivinara el engendro escondido en aquella anticipación. La estrategia soviética se «perfeccionó» finalmente con alardes bolcheviques y quintos regimientos en julio de 1936.

El 11 de ese mes -el lector tomará en cuenta la proximidad de las fechas- celebraron una importante reunión en la sede de la embajada soviética en Londres, el embajador Ivan Maiski y el futuro ministro del gobierno de la guerra de la República, Julio Alvarez del Vayo. ¿Qué tenía que hacer ese día en Londres el escritor con carnet socialista, más cerca del comunismo que del socialismo, personaje archiconocido como puente o enlace entre la izquierda española y los jerarcas del Kremlin? Por cierto que la noticia de aquella significativa entrevista no nos ha llegado a través de canales más o menos secretos. Se puede leer en un libro escrito, con altas dosis de cinismo, por el mencionado diplomático de Moscú, típico manual de desinformación, modelo del género, que precisamente se inicia con estas líneas que he copiado para ser exacto: «El 11 de julio de 1936 me visitó Julio Alvarez del Vayo. Se encontraba en Londres… y no quiso regresar a España sin entrevistarse con el embajador soviético en Inglaterra». 1

El capítulo inicial del libro ese titula: «Primeras alarmas». Sin embargo, el camarada Maiski pretende no haberse alarmado mucho. Escribe: «El sentimiento que despertó en mí la conversación con Alvarez del Vayo fue empañándose, hasta disiparse casi por completo… Los acontecimientos de España no tuvieron, en los primeros momentos, ningún reflejo ni en mi trabajo ni en mi vida… En cuanto se cerró el Parlamento inglés y empezó en Londres la temporada de inactividad política, decidí, como de costumbre, marchar de vacaciones. Solicité la autorización de Moscú. El Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros no se opuso. Y a mediados de agosto de 1936 abandoné Inglaterra por siete semanas en compañía de mi esposa».

Parece que el embajador soviético intenta declararse inocente. Ha hablado con Alvarez del Vayo (el 11 de julio) y resume: «Una semana más tarde no pensaba ya en España». Esta frase es un monumento de hipocresía leninista. ¿Cómo puede Maiski no pensar en España, ni enterarse de lo que pasaba en nuestro país, de lo que pasó entre el 11 y el 18 de julio? Cuenta Zugazagoitia cómo le llegó la noticia del asesinato de Calvo Sotelo. Visitado de madrugada por uno de los autores del crimen. «Vengo a decirte que anoche mataron a Calvo Sotelo… "Ese atentado es la guerra", declaré a mi visitante… Este conocía la historia en sus detalles y yo tenía la íntima convicción de que había participado en ella, sin que pudiera suponer en qué grado… Una sensación de repugnancia y malestar me ganó el cuerpo. Me interrogaba sobre las coincidencias que me pudieran correlacionar con quienes se autorizaban un proceder semejante». Todo el mundo comprendió en España aquel día que el atentado era la guerra. Una lógica que sin duda estuvo presente en la conversación del 11 de julio de 1936 en la capital británica. Pero Maiski prefiere hacerse el desentendido. Se fue «de vacaciones», «como de costumbre». Como si el embajador soviético en Inglaterra pudiera hacerse el tonto con tanta facilidad.

De aquella conversación sólo sabemos lo que escribe el diplomático ruso, que es como no saber nada concreto o como saber exactamente lo que al autor le interesa o le conviene. Por supuesto, todo lo contrario de la verdad. Pero ya es algo tener conocimiento de que se reunieron Maiski y Del Vayo el 11 de julio en la sede de la embajada soviética en Londres, y saber que hablaron -Maiski lo dice- de la inminencia de un levantamiento militar contra la República española. Vayo «pidió consejo» (dice el libro) y el ruso le respondió lo que copio literalmente: «Si la República no es capaz de limpiar de verdad el Ejército en un plazo brevísimo y de tomarlo fuertemente en sus manos es imposible responder de nada. Apoderarse del Ejército y armar al pueblo es hoy la tarea más importante de la democracia española y, en particular, del Partido Socialista»…

Se ha escrito que no fue posible la paz; me resisto a creerlo. Precisamente los que más interés tienen en demostrar que la paz no fue posible son los que tuvieron en sus manos las mayores responsabilidades políticas y no hicieron lo que debían para evitar que los acontecimientos se precipitaran. La paz, desde luego, no era ya posible el 18 de julio. El gobierno formado por iniciativa de Azaña bajo la presidencia de Martínez Barrio fue un intento condenado irremediablemente al fracaso.

Las posibilidades de paz hay que indagarlas con anterioridad a los momentos en que ya no se podía retroceder. El mismo Azaña no quiso retroceder. Y dígase lo que se quiera sobre su falta de «energía psíquica», tuvo resistencia bastante para mantener entre la angustia y la esperanza -Azaña habla de esa esperanza en sus memorias- la titularidad de una guerra que no era su guerra y la presidencia de una República que ya no era su República.

Quizás el presidente «desposeído» -la palabra es suya- quiso purgar de esa manera el pecado de que puede acusársele, el error de no haber empleado su prestigio y su capacidad en la tarea de forjar una paz -o por lo menos una tregua- que entre febrero y julio de 1936 creo que habría sido posible.

Azaña conocía la fórmula de la paz. Esa fórmula obligaba a defender la República frente a la guerra civil. Para ello hubiera tenido que apartarse de quienes buscaban, provocaban y desea-ban dicha guerra colocándose dentro -aparentemente dentro- de la República. Y acercarse en todas las latitudes de la sociedad española a quienes estaban dispuestos a hacer posible un mínimo de estabilidad nacional y una solución razonable a los problemas sociales más urgentes. En realidad, Azaña se acercó. Hay testimonios sueltos, no sistematizados; pero esos testimonios existen. Están en los mismos escritos del hombre público. Siendo jefe del gobierno, se encuentra un día con Giménez Fernández y otros diputados opositores y les dice: «Están ustedes equivocados; la derecha de la República soy yo». Hay un discurso suyo ante las Cortes, también siendo jefe del gobierno, en el que afirma que a él no lo verá nadie presidiendo una guerra civil.

Gil Robles recuerda en su libro No fue posible la paz que en una ocasión -siempre entre febrero y julio- Azaña le dijo casi como una confidencia: «No sé adónde vamos a parar. Que sus amigos me den por lo menos un margen de confianza. Que no me creen complicaciones. Bastantes problemas tengo por el lado contrario»… El escritor Juan Marichal, que ha realizado la labor de reunir en volúmenes los escritos (de toda índole) de Azaña, y que puede considerarse como un hombre especialmente preparado para interpretar las ideas y actitudes del ex Presidente de la República, ofrece este ángulo interesante de la difícil posición del eminente político en aquellos meses de prueba: «Muchos lectores dirán que Azaña fue excesivamente ingenuo al no dar importancia a los informes que algunos amigos le facilitaron (sobre militares y grupos de la derecha) en esa terrible primavera de 1936: mas esos datos no desempeñaron un papel equiparable al de las acciones y actitudes de la extrema izquierda en la preocupación agónica de Manuel Azaña».

Se ve que el gobernante republicano tenía más sentido de la realidad que el jefe de la CEDA, don José María Gil Robles, quien en su citado libro No fue posible la paz extiende un inconcebible certificado de inocencia a la URSS y al partido comunista, cuando escribe desde el limbo: «Nunca he creído en la posibilidad de un alzamiento comunista en aquellos momentos, y mucho menos con participación directa del Komintern… No parece probable que el gobierno soviético favoreciera entonces la actuación en España. Desde 1931, la República española y la Unión Soviética ni siquiera habían intercambiado embajadores, aunque estuvieron a punto de hacerlo antes de las elecciones de 1933».

La guerra hizo ver, por el contrario, hasta dónde había llegado la influencia de Rusia en los partidos del gobierno y de la oposición. Todo un desconcierto desastroso -y provocado- que acabó precisamente en el 18 de julio que Rusia deseaba. Los responsables de la política española no supieron descubrir a tiempo que una poderosa energía sumergida, de efectos demoledores, revolucionaria y extranjera, contaba más que el número de afiliados o de diputados del partido comunista que se hacía llamar de España.

Azaña habría tenido que cambiar el juego de las alianzas en medio de la dramática carrera hacia la guerra civil que él había previsto. Quiso hacerlo -demasiado tarde- el mismo 18 de julio. En cambio, se resignó en el mes de mayo a renunciar a su proyecto -¿se ha pensado en los alcances que habría tenido ese proyecto?- que debía comenzar con la formación de un gobierno de amplia base moderada presidido por Indalecio Prieto.

Existían condiciones políticas favorables para poner en marcha el inspirado plan. Es públicamente conocida la posición de un hombre como el doctor Negrín -amigo personal de Prieto en aquella etapa republicana- a favor de esa fórmula incluso al precio de una escisión del partido socialista. Zugazagoitia, hombre especialmente calificado para conocer los entretelones del escenario de su propio partido, nos ofrece este interesante testimonio: «Negrín defendía con apasionamiento al rojo blanco la necesidad de que el partido (socialista) autorizarse a Prieto a formar gobierno y en caso de que la autorización le fuese negada, nos recomendaba que tomásemos a nuestro cargo esa responsabilidad, en razón del inmenso servicio que rendiríamos al país. ¿En qué noticias fundamentaba Negrín su pasión apremiante e incluso escisionista?».

Zugazagoitia no precisa la respuesta a esa pregunta. Pero hay desde luego -tanto en la fórmula de «un gobierno de amplia base moderada» y en la reiterada actitud conciliadora de Azaña, como en la atrevida propuesta de una escisión socialista- una fuerte acusación contra la izquierda bien manejada desde Moscú, comunistas y «compañeros de viaje» (nunca mejor dicho esto último). Puede que haga falta añadir que los hombres de Stalin siempre hablaron del hecho y del carácter de la guerra, no lamentándose y arrepintiéndose, sino como quien se enorgullece de haber contribuido a prepararla y a realizarla.

En su libro Guerra y Revolución en España, editado en Moscú (tomo I, p. 61) los comunistas españoles aventuran esta afirmación: «Sin haber pasado por la prueba de fuego de los combates de octubre de 1934, las masas obreras y populares no hubiesen estado en condiciones de realizar la epopeya de la guerra nacional-revolucionaria de 1936-1939». Octubre del 34, precursor de julio del 36. También en otro libro publicado en París por el entonces secretario general del PCE (Demain l'Espa- gne, p 25) se lee esta frase redonda: «Sin el Frente Popular, no habría habido guerra civil en España».

El Kremlin pretendía que la contienda desplegada con tanto ímpetu sirviera para enredar en golpes destructivos a Italia y Alemania por un lado, y a Francia e Inglaterra por otro. Todo estuvo pensado para que no fallara ese encuentro sobre las rutas de Madrid o de Andalucía. Pero las llamadas potencias democráticas no acudieron a la traviesa cita ideada por los soviets, al menos en la forma y en los términos que estos deseaban. Las astucias no faltaron ni las provocacions ni las trampas. Inglaterra y Francia eludieron el desafío, y fue esa circunstancia uno de los elementos más determinantes del fracaso de la estrategia comunista en España. El otro fue desde luego la incapacidad militar de los quintos regimientos armados por Moscú para hacer durar la guerra hasta el logro de sus objetivos internacionales. De modo que cuando llegó el mes de febrero de 1938 -en los días de la doble batalla de Teruel- Stalin concluyó que la guerra, «su guerra», estaba catastróficamente perdida. Su plan desde entonces fue romper el esquema, desentenderse de sus compromisos con el aparato republicano, y reconstruir el antiguo andamiaje leninista acercándose a Hitler.

En cuanto a la forma de llevar a cabo la retirada, no es exagerado sospechar que una de las claves de la operación era impedir a toda costa cualquier maniobra de Inglaterra para asegurarse algún grado de influencia en la España de la paz. Los hechos correspondieron con una impresionante elocuencia histórica a la dirección supuesta en este último esquema.

Moscú se opuso por todos los medios, sin excluir la presión material ni el chantaje político, a cualquier fórmula de arreglo que implicara la mediación de Inglaterra. No se oponía a la liquidación de la guerra en sí, pues esa era su propia política, sino a la posibilidad de que las fuerzas republicanas apoyaran algún intento británico de intervención. Moscú se opuso a la política negociadora de Prieto y a la fórmula de un gobierno presidido por Besteiro, que Azaña había inspirado. Moscú se alarmó -en el mismo diapasón diplomático que el propio Hitler- cuando se produjo el acuerdo de abril de 1938 entre Londres y Roma. Desde aquel momento, puede decirse que las líneas de Berlín y de Moscú con respecto a España fueron paralelas, aunque las respectivas fuerzas militares aparecieran en frentes adversarios. Las dos líneas paralelas tenían que encontrarse, y no en el infinito como dice la geometría, sino en un vértice de acción común que tomó su forma en agosto de 1939.

Los planes de Rusia en relación con el golpe de Casado tuvieron un éxito redondo y total. Los comunistas se sirvieron de ese hecho como coartada para su plan de retirada, pero al mismo tiempo quitaron el piso a los organizadores del golpe -es decir, a la intervención inglesa- dejándoles sin medio alguno de ejercer efectiva presión para las negociaciones que proyectaban con las autoridades de Burgos. Como he dicho muchas veces, el plan comunista era retirarse sigilosamente por el foro y después hundir el teatro.



Francisco-Félix Montiel




artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.