Stalin y la
guerra de España
Los libros de historia y los autores de testimonios
críticos han avanzado presunciones diversas sobre los
orígenes y las causas de nuestra guerra civil. Sin
descartar otros motivos e intereses de indudable
presencia en la trágica contienda, puede decirse que
aquella guerra fue real y esencialmente cosa de Stalin;
mucho más que de cualesquiera otras pasiones o
estrategias. No puede desconocerse el antecedente de un
viejo proyecto leninista de acción exterior que data de
los años 1920-1921. Moscú deseaba empujar a Alemania
hacia el enfrentamiento con Inglaterra y Francia. Era una
constante de la política internacional de los soviets,
en medio de todos sus rodeos y sus quiebras, sin
menoscabo de su tenacidad y de su continuidad a prueba de
escándalos mundiales y de contradicciones de principios.
Recordemos que Marx justificaba esa línea geopolítica
en tiempo de los zares: «Los rusos estarían perdidos si
no logran lanzar a Alemania contra Francia».
Cuando Lenin llega a Petrogrado en marzo de 1917, primero
a bordo de un tren del Kaiser, y luego saltando desde
Suecia, su programa -según dice- es paz. Sostiene que
Rusia debe romper su compromiso de guerra con los aliados
occidentales y firmar inmediatamente la paz con Alemania.
Esa tesis de seducción y engaño incluye la profecía de
que el ejemplo de Rusia va a despertar el sentimiento
pacifista de los pueblos, y que éstos se levantarán
contra sus respectivos gobiernos. Es una ley del
marxismo: la guerra imperialista transformada en una
sucesión de guerras civiles, interiores, pero a la vez
generando un proceso internacional, o sea, la revolución
socialista en toda Europa.
La profecía no se cumple, pero la paz entre Rusia y
Alemania alcanza otro resultado, también previsto en la
doctrina de Lenin. Los ejércitos del Kaiser ya no tienen
un frente a sus espaldas y pueden concentrarse en una
sola dirección, contra Inglaterra y Francia. Por
consiguiente, la llamada guerra imperialista no se
extingue; al contrario, se intensifica. Otra ley del
marxismo: acentuar las contradicciones, agravar los
conflictos, enfrentar destructivamente a las potencias
del «mundo burgués». El acuerdo de paz entre Lenin y
el Kaiser fue el primer pacto germano-soviético de la
historia.
El segundo se suscribió algunos años más tarde (1922)
en una pequeña localidad italiana llamada Rapallo.
Delegados rusos y alemanes llegan a un compromiso cuya
finalidad era el rearme de Alemania con la cooperación
de la URSS. Moscú ofrece a Berlín la posibilidad de
organizar el nuevo Ejército (prohibido por el tratado de
Versalles), instalando los alemanes en territorio
soviético sus propios centros de instructores, sus
talleres de aviación y sus laboratorios químicos. Fue
un experimento de enorme audacia, que incluso continuó
después de la entrada de Hitler en la Cancillería de
Berlín (por lo menos hasta octubre de 1933). Hubo luego,
entre una diversidad de complicaciones, el llamado
«Pacto Anti-Komintern», estrategia defensiva del
nazismo, intermedio que únicamente logró aplazar por
unos años la bomba de tiempo preparada por el Kremlin:
el estallido de la segunda guerra mundial.
España aparece por primera vez en 1930 como uno de los
puntos geográficos previstos por la Internacional Roja
para la deseada y premeditada explosión. El XI Pleno de
la Ejecutiva del Komintern celebrado en abril del
indicado año, mencionaba a España (dato curiosísimo)
entre «los cinco lugares del mundo donde la Revolución
estaba en marcha». Era un decir, pero la expresión
valía como el anuncio de que un movimiento subversivo
podía producirse, quizás no en todos esos lugares a la
vez, pero sí en alguno o algunos de ellos. El triunfo de
la República española justo un año después, iluminó
las perspectivas mundiales de Moscú y, sin duda,
favoreció -dentro de España- el desarrollo de
provocaciones y de maniobras confusionistas por una
parte, y de errores, debilidades y disparates desde
diversos ángulos. La trepidante ruptura del régimen
republicano español en 1933-34 hizo posible que Moscú
pensara y proyectara -lo que casi nadie quiso creer- su
propia estrategia de amplia dimensión europea y
universal. El plan se hizo presente en un calculado y
atroz ensayo general preparatorio, que estremeció a
España en octubre de 1934, sin que se adivinara el
engendro escondido en aquella anticipación. La
estrategia soviética se «perfeccionó» finalmente con
alardes bolcheviques y quintos regimientos en julio de
1936.
El 11 de ese mes -el lector tomará en cuenta la
proximidad de las fechas- celebraron una importante
reunión en la sede de la embajada soviética en Londres,
el embajador Ivan Maiski y el futuro ministro del
gobierno de la guerra de la República, Julio Alvarez del
Vayo. ¿Qué tenía que hacer ese día en Londres el
escritor con carnet socialista, más cerca del comunismo
que del socialismo, personaje archiconocido como puente o
enlace entre la izquierda española y los jerarcas del
Kremlin? Por cierto que la noticia de aquella
significativa entrevista no nos ha llegado a través de
canales más o menos secretos. Se puede leer en un libro
escrito, con altas dosis de cinismo, por el mencionado
diplomático de Moscú, típico manual de
desinformación, modelo del género, que precisamente se
inicia con estas líneas que he copiado para ser exacto:
«El 11 de julio de 1936 me visitó Julio Alvarez del
Vayo. Se encontraba en Londres
y no quiso regresar
a España sin entrevistarse con el embajador soviético
en Inglaterra». 1
El capítulo inicial del libro ese titula: «Primeras
alarmas». Sin embargo, el camarada Maiski pretende no
haberse alarmado mucho. Escribe: «El sentimiento que
despertó en mí la conversación con Alvarez del Vayo
fue empañándose, hasta disiparse casi por completo
Los acontecimientos de España no tuvieron, en los
primeros momentos, ningún reflejo ni en mi trabajo ni en
mi vida
En cuanto se cerró el Parlamento inglés y
empezó en Londres la temporada de inactividad política,
decidí, como de costumbre, marchar de vacaciones.
Solicité la autorización de Moscú. El Comisariado del
Pueblo de Negocios Extranjeros no se opuso. Y a mediados
de agosto de 1936 abandoné Inglaterra por siete semanas
en compañía de mi esposa».
Parece que el embajador soviético intenta declararse
inocente. Ha hablado con Alvarez del Vayo (el 11 de
julio) y resume: «Una semana más tarde no pensaba ya en
España». Esta frase es un monumento de hipocresía
leninista. ¿Cómo puede Maiski no pensar en España, ni
enterarse de lo que pasaba en nuestro país, de lo que
pasó entre el 11 y el 18 de julio? Cuenta Zugazagoitia
cómo le llegó la noticia del asesinato de Calvo Sotelo.
Visitado de madrugada por uno de los autores del crimen.
«Vengo a decirte que anoche mataron a Calvo Sotelo
"Ese atentado es la guerra", declaré a mi
visitante
Este conocía la historia en sus detalles
y yo tenía la íntima convicción de que había
participado en ella, sin que pudiera suponer en qué
grado
Una sensación de repugnancia y malestar me
ganó el cuerpo. Me interrogaba sobre las coincidencias
que me pudieran correlacionar con quienes se autorizaban
un proceder semejante». Todo el mundo comprendió en
España aquel día que el atentado era la guerra. Una
lógica que sin duda estuvo presente en la conversación
del 11 de julio de 1936 en la capital británica. Pero
Maiski prefiere hacerse el desentendido. Se fue «de
vacaciones», «como de costumbre». Como si el embajador
soviético en Inglaterra pudiera hacerse el tonto con
tanta facilidad.
De aquella conversación sólo sabemos lo que escribe el
diplomático ruso, que es como no saber nada concreto o
como saber exactamente lo que al autor le interesa o le
conviene. Por supuesto, todo lo contrario de la verdad.
Pero ya es algo tener conocimiento de que se reunieron
Maiski y Del Vayo el 11 de julio en la sede de la
embajada soviética en Londres, y saber que hablaron
-Maiski lo dice- de la inminencia de un levantamiento
militar contra la República española. Vayo «pidió
consejo» (dice el libro) y el ruso le respondió lo que
copio literalmente: «Si la República no es capaz de
limpiar de verdad el Ejército en un plazo brevísimo y
de tomarlo fuertemente en sus manos es imposible
responder de nada. Apoderarse del Ejército y armar al
pueblo es hoy la tarea más importante de la democracia
española y, en particular, del Partido Socialista»
Se ha escrito que no fue posible la paz; me resisto a
creerlo. Precisamente los que más interés tienen en
demostrar que la paz no fue posible son los que tuvieron
en sus manos las mayores responsabilidades políticas y
no hicieron lo que debían para evitar que los
acontecimientos se precipitaran. La paz, desde luego, no
era ya posible el 18 de julio. El gobierno formado por
iniciativa de Azaña bajo la presidencia de Martínez
Barrio fue un intento condenado irremediablemente al
fracaso.
Las posibilidades de paz hay que indagarlas con
anterioridad a los momentos en que ya no se podía
retroceder. El mismo Azaña no quiso retroceder. Y
dígase lo que se quiera sobre su falta de «energía
psíquica», tuvo resistencia bastante para mantener
entre la angustia y la esperanza -Azaña habla de esa
esperanza en sus memorias- la titularidad de una guerra
que no era su guerra y la presidencia de una República
que ya no era su República.
Quizás el presidente «desposeído» -la palabra es
suya- quiso purgar de esa manera el pecado de que puede
acusársele, el error de no haber empleado su prestigio y
su capacidad en la tarea de forjar una paz -o por lo
menos una tregua- que entre febrero y julio de 1936 creo
que habría sido posible.
Azaña conocía la fórmula de la paz. Esa fórmula
obligaba a defender la República frente a la guerra
civil. Para ello hubiera tenido que apartarse de quienes
buscaban, provocaban y desea-ban dicha guerra
colocándose dentro -aparentemente dentro- de la
República. Y acercarse en todas las latitudes de la
sociedad española a quienes estaban dispuestos a hacer
posible un mínimo de estabilidad nacional y una
solución razonable a los problemas sociales más
urgentes. En realidad, Azaña se acercó. Hay testimonios
sueltos, no sistematizados; pero esos testimonios
existen. Están en los mismos escritos del hombre
público. Siendo jefe del gobierno, se encuentra un día
con Giménez Fernández y otros diputados opositores y
les dice: «Están ustedes equivocados; la derecha de la
República soy yo». Hay un discurso suyo ante las
Cortes, también siendo jefe del gobierno, en el que
afirma que a él no lo verá nadie presidiendo una guerra
civil.
Gil Robles recuerda en su libro No fue posible la paz que
en una ocasión -siempre entre febrero y julio- Azaña le
dijo casi como una confidencia: «No sé adónde vamos a
parar. Que sus amigos me den por lo menos un margen de
confianza. Que no me creen complicaciones. Bastantes
problemas tengo por el lado contrario»
El escritor
Juan Marichal, que ha realizado la labor de reunir en
volúmenes los escritos (de toda índole) de Azaña, y
que puede considerarse como un hombre especialmente
preparado para interpretar las ideas y actitudes del ex
Presidente de la República, ofrece este ángulo
interesante de la difícil posición del eminente
político en aquellos meses de prueba: «Muchos lectores
dirán que Azaña fue excesivamente ingenuo al no dar
importancia a los informes que algunos amigos le
facilitaron (sobre militares y grupos de la derecha) en
esa terrible primavera de 1936: mas esos datos no
desempeñaron un papel equiparable al de las acciones y
actitudes de la extrema izquierda en la preocupación
agónica de Manuel Azaña».
Se ve que el gobernante republicano tenía más sentido
de la realidad que el jefe de la CEDA, don José María
Gil Robles, quien en su citado libro No fue posible la
paz extiende un inconcebible certificado de inocencia a
la URSS y al partido comunista, cuando escribe desde el
limbo: «Nunca he creído en la posibilidad de un
alzamiento comunista en aquellos momentos, y mucho menos
con participación directa del Komintern
No parece
probable que el gobierno soviético favoreciera entonces
la actuación en España. Desde 1931, la República
española y la Unión Soviética ni siquiera habían
intercambiado embajadores, aunque estuvieron a punto de
hacerlo antes de las elecciones de 1933».
La guerra hizo ver, por el contrario, hasta dónde había
llegado la influencia de Rusia en los partidos del
gobierno y de la oposición. Todo un desconcierto
desastroso -y provocado- que acabó precisamente en el 18
de julio que Rusia deseaba. Los responsables de la
política española no supieron descubrir a tiempo que
una poderosa energía sumergida, de efectos demoledores,
revolucionaria y extranjera, contaba más que el número
de afiliados o de diputados del partido comunista que se
hacía llamar de España.
Azaña habría tenido que cambiar el juego de las
alianzas en medio de la dramática carrera hacia la
guerra civil que él había previsto. Quiso hacerlo
-demasiado tarde- el mismo 18 de julio. En cambio, se
resignó en el mes de mayo a renunciar a su proyecto
-¿se ha pensado en los alcances que habría tenido ese
proyecto?- que debía comenzar con la formación de un
gobierno de amplia base moderada presidido por Indalecio
Prieto.
Existían condiciones políticas favorables para poner en
marcha el inspirado plan. Es públicamente conocida la
posición de un hombre como el doctor Negrín -amigo
personal de Prieto en aquella etapa republicana- a favor
de esa fórmula incluso al precio de una escisión del
partido socialista. Zugazagoitia, hombre especialmente
calificado para conocer los entretelones del escenario de
su propio partido, nos ofrece este interesante
testimonio: «Negrín defendía con apasionamiento al
rojo blanco la necesidad de que el partido (socialista)
autorizarse a Prieto a formar gobierno y en caso de que
la autorización le fuese negada, nos recomendaba que
tomásemos a nuestro cargo esa responsabilidad, en razón
del inmenso servicio que rendiríamos al país. ¿En qué
noticias fundamentaba Negrín su pasión apremiante e
incluso escisionista?».
Zugazagoitia no precisa la respuesta a esa pregunta. Pero
hay desde luego -tanto en la fórmula de «un gobierno de
amplia base moderada» y en la reiterada actitud
conciliadora de Azaña, como en la atrevida propuesta de
una escisión socialista- una fuerte acusación contra la
izquierda bien manejada desde Moscú, comunistas y
«compañeros de viaje» (nunca mejor dicho esto
último). Puede que haga falta añadir que los hombres de
Stalin siempre hablaron del hecho y del carácter de la
guerra, no lamentándose y arrepintiéndose, sino como
quien se enorgullece de haber contribuido a prepararla y
a realizarla.
En su libro Guerra y Revolución en España, editado en
Moscú (tomo I, p. 61) los comunistas españoles
aventuran esta afirmación: «Sin haber pasado por la
prueba de fuego de los combates de octubre de 1934, las
masas obreras y populares no hubiesen estado en
condiciones de realizar la epopeya de la guerra
nacional-revolucionaria de 1936-1939». Octubre del 34,
precursor de julio del 36. También en otro libro
publicado en París por el entonces secretario general
del PCE (Demain l'Espa- gne, p 25) se lee esta frase
redonda: «Sin el Frente Popular, no habría habido
guerra civil en España».
El Kremlin pretendía que la contienda desplegada con
tanto ímpetu sirviera para enredar en golpes
destructivos a Italia y Alemania por un lado, y a Francia
e Inglaterra por otro. Todo estuvo pensado para que no
fallara ese encuentro sobre las rutas de Madrid o de
Andalucía. Pero las llamadas potencias democráticas no
acudieron a la traviesa cita ideada por los soviets, al
menos en la forma y en los términos que estos deseaban.
Las astucias no faltaron ni las provocacions ni las
trampas. Inglaterra y Francia eludieron el desafío, y
fue esa circunstancia uno de los elementos más
determinantes del fracaso de la estrategia comunista en
España. El otro fue desde luego la incapacidad militar
de los quintos regimientos armados por Moscú para hacer
durar la guerra hasta el logro de sus objetivos
internacionales. De modo que cuando llegó el mes de
febrero de 1938 -en los días de la doble batalla de
Teruel- Stalin concluyó que la guerra, «su guerra»,
estaba catastróficamente perdida. Su plan desde entonces
fue romper el esquema, desentenderse de sus compromisos
con el aparato republicano, y reconstruir el antiguo
andamiaje leninista acercándose a Hitler.
En cuanto a la forma de llevar a cabo la retirada, no es
exagerado sospechar que una de las claves de la
operación era impedir a toda costa cualquier maniobra de
Inglaterra para asegurarse algún grado de influencia en
la España de la paz. Los hechos correspondieron con una
impresionante elocuencia histórica a la dirección
supuesta en este último esquema.
Moscú se opuso por todos los medios, sin excluir la
presión material ni el chantaje político, a cualquier
fórmula de arreglo que implicara la mediación de
Inglaterra. No se oponía a la liquidación de la guerra
en sí, pues esa era su propia política, sino a la
posibilidad de que las fuerzas republicanas apoyaran
algún intento británico de intervención. Moscú se
opuso a la política negociadora de Prieto y a la
fórmula de un gobierno presidido por Besteiro, que
Azaña había inspirado. Moscú se alarmó -en el mismo
diapasón diplomático que el propio Hitler- cuando se
produjo el acuerdo de abril de 1938 entre Londres y Roma.
Desde aquel momento, puede decirse que las líneas de
Berlín y de Moscú con respecto a España fueron
paralelas, aunque las respectivas fuerzas militares
aparecieran en frentes adversarios. Las dos líneas
paralelas tenían que encontrarse, y no en el infinito
como dice la geometría, sino en un vértice de acción
común que tomó su forma en agosto de 1939.
Los planes de Rusia en relación con el golpe de Casado
tuvieron un éxito redondo y total. Los comunistas se
sirvieron de ese hecho como coartada para su plan de
retirada, pero al mismo tiempo quitaron el piso a los
organizadores del golpe -es decir, a la intervención
inglesa- dejándoles sin medio alguno de ejercer efectiva
presión para las negociaciones que proyectaban con las
autoridades de Burgos. Como he dicho muchas veces, el
plan comunista era retirarse sigilosamente por el foro y
después hundir el teatro.
Francisco-Félix Montiel
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