LIBROS: Acción Española. Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de P.C. González Cuevas.

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LIBROS: Acción Española. nº 89

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de P.C. González Cuevas.

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LIBROS: Acción Española

Gonzalez Cuevas, Pedro Carlos: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España, 1913-1936, ed. Tecnos, Madrid 1998, 412 págs.



El autor, que se ha especializado en la historia de las ideas y los hechos políticos de la España del primer tercio del siglo XX, presenta esta versión resumida de su tesis doctoral, defendida en 1992. A pesar del título, la revista y la sociedad cultural «Acción Española» ocupan un lugar secundario en este libro, que es una narración de los avatares de «la derecha» entre 1913, fecha de la formación del maurismo, hasta las vísperas de la guerra civil de 1936. Dentro de la indefinida y relativista etiqueta de «derecha» se incluye a mauristas, democristianos, albiñanistas, carlistas, alfonsinos, jonsistas y falangistas, aunque, con razón, J.A. Primo de Rivera y R. Ledesma Ramos nunca cejaran en rechazar su adscripción al derechismo. Este cuerpo narrativo de la obra abunda en noticias inéditas y referencias a publicaciones periódicas rara vez aducidas por los cronistas del periodo. Y, a diferencia de otros autores recientes, Cuevas se esfuerza en mantener una neutralidad objetiva, escasa en descalificaciones, aunque, sobre todo al final de su narración, minusvalore el carácter revolucionario del Frente Popular y de su inventor y beneficiario Azaña. Es un mérito académico de Cuevas su no inserción en la línea partidista, cuando no simplemente sectaria, de la historiografía hoy dominante. Eso le permite ofrecer un panorama básicamente realista y, en algún punto, renovador.

La aportación más interesente de Cuevas es la interpretación de Acción Española. Su gran acierto es presentar al movimiento como autóctono y rechazar su inclusión entre los fascismos, concepto sobre el que no hay un mínimo consenso1. Cuando el autor presenta a Hitler como «líder del movimiento fascista de masas» parece englobar al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán, dos movimientos, en mi opinión, separados y aún contrapuestos por múltiples e irreductibles diferencias. Partiendo de esa interpretación genérica del fascismo, Cuevas aduce las reiteradas críticas de Acción Española a los regímenes de Italia y de Alemania y escribe: «identificar al conjunto de la derecha monárquica con el fascismo es difícilmente sostenible»; hubo «animosidad de los miembros de «Acción Española» en relación al nacionalsocialismo». Y añade que el movimiento español «lejos de ser un mero remedo de «Acción Française», tuvo su propia originalidad». Se rechaza, pues, el infundado tópico hostil que pusieron en circulación los comentaristas de inspiración marxista.

La caracterización de Cuevas coincide con lo que vengo formulando desde hace muchos años. La divinización hegeliana del Estado fascista estaba en las antípodas del esquema de los cuerpos intermedios y de la subsidiariedad defendido por Acción Española. El racismo ario del nacionalsocialismo estaba igualmente en las antípodas de la noción de hispanidad, fundada en la igualdad de todos los hombres. Y la confesionalidad católica se oponía al laicismo, consustancial al fascismo y al nacionalsocialismo. Doctrinarios como Maeztu, Pradera, Vegas o Pemán estaban tan lejos de Gentile o de Rosenberg como de Marx. Los intentos de «a posteriori» fascistizar a Acción Española no merecen el calificativo de académicos, sino de mitinescos.

También desde hace décadas reitero que Acción Francesa 2 era positivista, paganizante, determinista y nacionalista, mientras que Acción Española era iusnaturalista, católica, providencialista e hispánica, o sea ecuménica. A Maurras le gustaba lo clásico y a Maeztu el barroco. Ni siquiera coincidían en la monarquía porque la francesa era absolutista, mientras que la española era limitada. En el mimetismo nominal y en ciertas afinidades personales se ha apoyado una falsa interpretación maurrasiana de la corriente española. Cuevas contribuye a desmontar tan erróneo paralelismo.

El autor utiliza como categoría definitoria la schmittiana de «teología política» para caracterizar a la concepción de Acción Española. Pero no hay en la revista ninguna noción teológica distinta de la tomista; es más, la teología dogmática se abordó de modo muy marginal. Tampoco defendió una teocracia. Lo que hizo fue propugnar el Estado confesional y establecer una estrecha ligazón entre catolicidad e hispanidad para explicar el pasado nacional y proyectar el futuro. Es lo mismo que habían hecho los teóricos de la Contrarreforma, los tradicionalistas decimonónicos y Menéndez Pelayo. No creo que tan secular, plural y denso acervo doctrinal pueda definirse como teología política, ni siquiera como política teológica, quizás como política confesional. Y lo que los sectores dominantes de la II República opusieron, sobre todo los del azañista Frente Popular, no fue simplemente el Estado neutro o laico, sino el descristianizador, como se demostró desde la quema de conventos y la discusión de la Constitución de 1931 hasta el holocausto religioso en la zona republicana. Se enfrentaron dos dogmatismos, el católico y el anticatólico, no un fideismo contra un racionalismo.

La otra categoría hermenéutica de Cuevas es el «nacionalismo autoritario». Es obvio que Acción Española, siguiendo la estela de Costa, era antiparlamentaria y postulaba un cirujano de hierro; pero ¿era nacionalista? No en sentido estricto. El nacionalismo tiene un vector exterior que es el de hegemonía internacional. Pero Acción Española condenó expresamente el imperialismo, y no formuló reivindicaciones territoriales. El vector interno del nacionalismo consiste en la afirmación de una identidad contrapuesta a la de otras nacionalidades. Pero la Hispanidad era la afirmación de afinidades ecuménicas. Como el romano, el imperio español en América no había sido nacionalista, sino cosmopolita. Es equivocado el tópico de que los derechismos son nacionalistas: el nacionalismo fue un invento de la Revolución francesa, llevado a América, a Grecia, a Italia., por el espíritu revolucionario. La primera vez que en una ley española aparece la idea de nación es para titular un capítulo de la liberal Constitución de 1812. La España de los Austrias, ensalzada como modélica por los hombres de Acción Española, no era nacionalista, sino todo lo contrario. Maurras, como Garibaldi, era nacionalista; pero Maeztu y los suyos no.

Cuevas relaciona a Acción Española con la aristocracia y enumera, con exhaustiva minuciosidad, los condes y marqueses que eran suscriptores de la revista o asistían a las cenas de homenaje a escritores. La nobleza de sangre no es sinónimo de nobleza titulada. Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII concedieron títulos a troche y moche, en parte para atraerse a generales, financieros y políticos y, en parte, presionados por la vanidad de cuantos les rodeaban. La inmensa mayoría de los títulos que cita Cuevas eran recién llegados a la Guía oficial. Los dos Alfonsos otorgaron 439 títulos, uno cada cinco semanas. Los benefactores de Acción Española eran un burgués, hecho conde en 1916, y su sobrina, hecha marquesa en 1929, sociológicamente eran clase media, no auténtica aristocracia; y análogo es el caso de casi todos los demás. Entre los colaboradores de Acción Española había muy pocos títulos. Y, por ejemplo, los marqueses de Lozoya, Eliseda, Marismas o Saltillo no escribían como aristócratas, sino como intelectuales. A Pradera y a Maeztu, Franco les concedió «post mortem» dos de los pocos títulos que otorgó a lo largo de cuarenta años; pero sería inexacto calificarlos de aristócratas. No es definitorio, según escribe Cuevas, que «Acción Española puede ser contemplada como el canto del cisne de la aristocracia española». Ese canto del cisne fue la Constitución de 1876, elaborada por un burgués -Cánovas- luego designado duque, cuyo artículo 21 llevaba al Senado a los Grandes con determinadas rentas. Desde mucho antes no eran los títulos los que gobernaban, sino que eran los políticos los que pedían títulos. No encuentro en Acción Española. «ideas aristocratizantes», sino elitistas. Jamás reclamó una función política para los Grandes y, si se opuso a la confiscación de fincas, no fue porque algunas pertenecieran a la antigua nobleza, sino por la iniquidad o la disfuncionalidad económica de ciertas actuaciones administrativas.

A Maeztu, Pradera o Vegas, los Grandes les inspiraban el mismo respeto que el más modesto de los redactores de la revista. En el caso de Acción Española el materialismo histórico no explica nada; afirmaba exactamente lo contrario, que las ideas determinan la Historia.

Creo que Cuevas no presta suficiente atención a la dicotomía política esencial en que se situó Acción Española: Contrarrevolución frente a Revolución. Y para Maeztu y su escuela lo radical de la Revolución no era tanto el liberalismo, cuanto el marxismo. El gran peligro denunciado era el derivado de la Internacional y consolidado en España cuando Azaña se alió con el socialismo real al que, en definitiva, se entregó. El alzamiento de 1936, fomentado por Acción Española, no fue contra la forma republicana de gobierno, tampoco especialmente contra las libertades o el mercado, fue contra el marxismo. La dialéctica hay que establecerla entre la tesis católica y la antítesis marxista. La tensión fue tan virulenta que desde el lado marxista se asesinó a todos los hombres de Acción Española que no pudieron escapar. Cuevas nos da la terrible lista: Maeztu, Victor Pradera, Zacarías García-Villada, Antonio Bermúdez-Cañete, Javier Reina, Alvaro Alcalá Galiano, Federico Santander, García de la Herrán, Manuel Bueno, Pedro Muñoz Seca, etc. No es preciso demostrar que, despues de la caída del telón de acero en 1989, la Historia universal ha dado toda la razón a aquellos antimarxistas.

La concepción católica del mundo que actualizó Acción Española y el modelo que formularon Pradera y Maeztu inspiraron la era de Franco; pero ha ido perdiendo la mayor parte de su vigencia porque la Iglesia católica aceptó el pluralismo exegético, renunció a la confesionalidad de los Estados, y porque, como ya había demostrado la historia contemporánea, la monarquía dinástica puede revestir formas incluso contrapuestas a las que Acción Española suponía intrínsecas a la institución. Permanece la secular doctrina de la representación de intereses o corporativa; tambien una interpretación positiva de la historia de España. Además, la densidad racional de aquel pensamiento, aunque superior al intelectualmente anémico conservatismo español de entonces y de ahora, no alcanzó los niveles del tiempo, salvo en D'Ors que no escribió nunca en la revista. Aquel benemérito esfuerzo ya casi se ha reducido a un dato erudito.

Entre la reciente bibliografía sobre las corrientes contrarrevolucionarias españolas en el primer tercio del siglo XX, este documentado libro de González Cuevas ocupa un lugar destacado.



G. Fernández de la Mora



 

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