Imposturas
intelectuales
Alan
Sokal, profesor de Física en la Universidad de Nueva
York, envió a la revista norteamericana «Social Text»
un extenso artículo titulado Transgresión de fronteras:
hacia una hermenéutica transformativa de la gravitación
cuántica, que fue acogido por el editor con entusiasmo y
publicado en un número especial, el 46-47. Dicho
trabajo, de tres decenas de páginas y 108 notas, se
acompañaba de una bibliografía donde eran citados 218
títulos filosóficos y físico-matemáticos que
incluían, además de Einstein, Bohr, Heisenberg, Gödel,
Russell y otras eminencias, a ensayistas de moda como
Derrida, o Lacan. El trabajo, de muy densa erudición
políglota, estaba ilustrado con textos científicos y
alguna ecuación. La intención era declarar anticuado y
superado el postulado de la existencia de un mundo real
exterior, y afirmar que la realidad es una construcción
lingüística. En consecuencia, el autor sostenía, por
ejemplo, que el número p de Euclides y la constante
gravitatoria de Newton no son universales, sino
simplemente históricos.
Inmediatamente después, Sokal publicó en la
estadounidense revista «Dissent» (núm. 43/4) un
artículo titulado Transgresión de fronteras, un
epílogo en el que confesaba que su anterior trabajo era
una parodia de los pseudocientíficos, y detallaba los
absurdos, contradicciones, logomaquias y falsedades en
que irónicamente había incurrido. Esta palinodia
produjo sensación y dió lugar, entre otras muchas
reacciones, a la glosa de S. Weinberg La broma de Sokal
en la prestigiosa revista «New York review of books»
(núm. 43/15). Como la mayoría de los satirizados eran
gurus franceses, la polémica se extendió a París donde
el autor publicó el artículo Por qué he escrito mi
parodia, pretexto para nuevos debates que aún continuan
entre los devotos de los vapuleados.
Como ampliación de su polémica, Sokal, en colaboración
con Jean Bricmont, profesor de Física en la Universidad
de Lovaina, acaba de publicar el volumen Impostures
intellectuelles (ed. Jacob, noviembre de 1997, París,
278 págs.) en donde presenta una crítica demoledora de
Deleuze, Derrida, Irigaray, Lacan, Latour y Lyotard,
entre otros, cuando para impresionar a sus lectores no
iniciados, se aventuran en apelaciones a las ciencias
exactas.
Los autores se limitan a desmontar textos supuestamente
científicos; sólo muy tangencialmente aluden a
cuestiones sociológicas o filosóficas porque no desean
caer en el mismo intrusismo intelectual que denuncian, ni
abdicar de su autoridad profesional como físicos.
Declaran, en términos muy convincentes, que no les mueve
pasión alguna pues son ajenos a las tensiones de escuela
que sus criticados suscitan a causa de sus adhesiones
ideológicas y políticas. El propósito es, única y
exclusivamente, prevenir a los jóvenes estudiosos contra
imposturas de moda.
En el libro hay dos clases de capítulos, los dedicados a
la crítica y los de vulgarización científica sobre
algunos de los grandes temas aludidos. Los primeros,
aunque correctos, son de extraordinaria dureza y
rotundidad. Los segundos, incrustados de referencias
dialécticas, unen a la claridad el rigor.
Quizás el autor que sale peor parado de esta disección
intelectual sea Jacques Lacan que intentó correlacionar
las matemáticas y el psicoanálisis sin que los
psiquiatras reconocieran valor clínico a sus
especulaciones. Cuando Lacan utiliza expresiones como
topología, conjuntos, campos, inercia, formalización,
etc., el psicoanalista francés cae en el despropósito.
El análisis de las «fórmulas de sexuación»
lacanianas es aniquilador y los críticos concluyen que
tales fórmulas no tienen ningún sentido matemático a
pesar de la compleja apariencia de las ecuaciones
presentadas.
Entre las perlas falsas que los autores encuentran en los
mandarines postmodernistas, figuran: «la finitud
demostrable de los espacios abiertos capaces de recubrir
el espacio limitado, cerrado para la ocasión, del placer
sexual» (Lacan); el masculino «órgano eréctil es
igual a la raíz cuadrada de menos uno» (Lacan); «el
Estado como conjunto de todos los conjuntos es una
ficción que no puede existir» (J. Kristeva); «la
única regla superviviente es que todo vale» (P.
Feyerabend); «la ciencia del mundo occidental no es más
que una en medio de las otras» (Feyerabend); «el amor
es imposible para los que viven según el espíritu
científico» (Feyerabend); «la ciencia manifiesta
ciertas exclusiones y elecciones en función del sexo de
los sabios» (L. Irigaray); «la ecuación de la
relatividad eisnsteniana, E=Mc2, ¿no es una ecuación
sexuada?» (Irigaray); «los combates contra los
privilegiados de la economía o de la física son
literalmente los mismos» (B. Latour); «el espacio de la
guerra se ha convertido definitivamente en no
euclidiano» (J. Baudrillard); «fuera de nuestro punto
de vista particular el Universo no existe» (G. Deleuze);
«el teorema de Gödel está próximo a la situación de
los trabajadores inmigrantes» (A. Badiou); «la ciencia
moderna no produce lo conocido, sino lo desconocido»
(J.F. Lyotard); etc.
Las sentencias de los dos profesores sobre las
excursiones supuestamente científicas de estos
postmodernistas son condenatorias: «no quiere decir nada
desde el punto de vista matemático», «esos enunciados
matemáticos carecen de sentido», «confunde los
números irracionales con los imaginarios», «fantasías
que no desempeñan ninguna función» «analogías de lo
más arbitrario que cabe imaginar», «párrafos
vacíos», «el mensaje del libro es absurdo»,
«conceptos matemáticos improcedentes en el contexto»,
«su propia tesis se autorrefuta»; «sus conocimientos
de lógica matemática son tan superficiales como sobre
física», «errores en el análisis»; «palabras
pseudocientíficas utilizadas al margen de su
significación»; «discurso que oscila entre el dislate
y la trivialidad»; «mitificación de conceptos
matemáticos»; «carece de lógica»; «mezcla de
confusiones monumentales y delirantes fantasías»;
«copia frases que no comprende»; «confunde velocidad y
aceleración»; «salto abrupto de las matemáticas a la
política»; etc. Ninguno de los autores estudiados
escapa a la censura, en ocasiones, de una elementalidad
escolar.
Lo más paradójico de los postmodernistas ahora
revistados es su pretensión de «izquierdismo». Desde
la Ilustración, se venía acusando a la derecha
política de conservatismo y tradicionalismo dogmáticos,
mientras que los autodenominados progresistas (liberales
y otros) decían enarbolar la bandera del racionalismo.
Pero, como demuestran Sokal y Bricmont, el postmodernismo
es un irracionalismo con figuras carismáticas, textos
fundamentalistas, desprecio del método científico,
negación de la universalidad lógica y de la realidad
cognoscible, reivindicación de mitos y culturas
exóticas, e historificación de todo, incluso del
patrimonio esencial de las ciencias. Efectivamente, el
postmodernismo se presenta como una especie de
revelación laica, una cábala con incrustaciones
algorítmicas.
El juego del físico Sokal resulta serio.
Gonzalo Fernández de la Mora
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