Editorial:
Razonar y modernizar
En el
latín postclásico aparece el adjetivo modernus, que es
un compuesto de modus y de hodiernus, o sea, al modo de
hoy. De la lengua de Roma pasó a las romances y se
incorporó al español a finales del siglo XV. Su
significación académica es consecuente con la
etimológica: lo que existe desde hace poco tiempo.
Modernizar es dar aspecto nuevo a cosas antiguas.
En nuestros días, se ha dotado de un contenido valioso a
la acción de modernizar hasta casi convertirla en
sinónimo de perfeccionar. Pero tal trasmutación
semántica es engañosa puesto que hay cosas de antaño
que son mejores que las actuales, y hay objetos cuya
modernización casi equivale a destrucción.
Modernizar es adaptar al gusto de hoy; pero no hay
garantías de que tal transformación suponga incremento
de valor. Por ejemplo, se ha adaptado el teatro romano de
Sagunto, desde la escena hasta la última grada, para
comodidad de espectadores contemporáneos, y se ha
perdido una ruina monumental para ganar casi nada. Las
modernizaciones de objetos artísticos suelen ser
asesinas. Por ejemplo, repintar las velazqueñas meninas
con pinceladas abstractas de vanguardia. Lo peor que se
le puede reprochar a un museo arqueológico es que sus
piezas sean modernas, es decir, reproducciones o
imitaciones. No menos problemáticas son las
actualizaciones en el campo de ciertas tecnologías. Las
viejas centrales hidráulicas dan paso a las nucleares.
Tan evidente modernización ¿es absolutamente positiva?
Los entornos de las ciudades han perdido su vegetación
para ser ocupadas por cinturones de asfalto. La
urbanización de las costas deteriora las playas y el
mar. Una grabación electrónica remplaza a las
broncíneas campanas parroquiales. Los supermercados
están saturados de modernos sustitutivos de arcaicos
productos, desde las angulas artificiales, hasta las
bebidas químicas. Partituras clásicas son sometidas a
una electrónica adaptación rokera. ¿Quién puede
afirmar que modernizar es siempre perfeccionar?
Los maestros de obras se han aficionado a la
modernización. Menos mal cuando son obligados a
conservar las fachadas; pero cuando todo es puesto al
día se desfigura la fisionomía de aldeas, villas y
ciudades, se rompe el equilibrio estructural, modular y
aún cromático de calles y plazas. La personalidad
urbana es herida o deformada, no se perfecciona.
Pero los más entusiastas de la modernización son los
políticos. Cualquier reforma legal se presenta como
modernización de los procedimientos, los tribunales o
las instituciones. Pero la profusión y movilidad
legislativas crean inseguridad jurídica e inoperancia de
los actores, tanto jueces como abogados. Todos los
expertos saben que, por ejemplo, sustituir la antigua ley
de régimen jurídico de la Administración ha sido un
dislate; tal modernización incluso tuvo que ser
parcialmente suspendida después de promulgada. No se
cesa de modernizar el derecho de familia para dar
satisfacción a ciertas minorías; pero la institución
se deteriora. Hay modernizaciones jurídicas de efectos
perversos.
Además, cada partido tiene una idea diferente de la
modernización: para unos es el despido flexible y el
empleo privado, para otros es el contrato indisoluble y
el incremento de la burocracia oficial; para unos es
privatizar y liberalizar, y para otros es estatizar y
reglamentar; para aquellos es la disciplina de los
instintos, para éstos es el permisivismo moral; para
unos es desgravar y para otros incrementar la presión
fiscal. En política, modernizar es un verbo comodín que
pretende legitimar cualquier iniciativa; incluso las hay
internamente contradictorias como propugnar la
superación del Estado tradicional en uniones
continentales y, al mismo tiempo, la disolución de tal
Estado en soberanías locales.
Y para unos modernismo es anatema, mientras que para
otros es ideal. Pero esta cuestión requeriría un
análisis monográfico.
En suma, modernización o es una palabra sospechosa de
incluir contravalores, o es un vocablo vacío de
significación. Se ha llegado a tal situación como
consecuencia de querer imponer un aura necesariamente
estimable u óptima a un vocablo de sentido
intrínsecamente relativo. Adaptar una cosa a lo que
alguien considera el gusto de hoy modus
hodiernus es subjetivismo circunstancial, y se cae
en una aberración lógica si se intenta absolutizar
axiológicamente tal acción.
Cuando esta maniobra nominalista se ha extendido a la
Historia en su conjunto, las antinomias se han
multiplicado. La llamada Edad Moderna ya es,
paradójicamente, un vestigio. El estilo modernista no es
el de aquella edad, sino el de principios del siglo XX,
sólo cotizado por los anticuarios. Al período siguiente
sus protagonistas lo denominaron Edad Contemporánea
porque lo era de ellos; pero ya no lo es de nosotros. Y
surge la nueva etiqueta Edad Postmoderna. ¿Por qué no
postcontemporánea, que sería menos absurdo? ¿Por qué
no Edad Modernísima que sería algo más consecuente?
Difícil se les deja el bautismo de las épocas a los que
vengan detrás de la postmodernidad (vago y pomposo
rótulo semipublicitario sobre cuyo contenido no hay ni
un mínimo consenso).
Lo razonable es recluir la modernización en el ámbito
de ciertas técnicas mecánicas o artes domésticas como
la fontanería, incluso en el de algunas modas
vestimentales. Es confusionario modernizar a Fidias,
Aristóteles, Euclides, Justiniano, y así sucesivamente.
Habría que borrar de los discursos políticos el recurso
a la supuesta modernización en cuyo nombre todo parece
lícito. Háblese de concretos programas propios, y los
resultados demostrarán si han sido perfectivos o
corrosivos, progresivos o regresivos.
Bajo la manipulación de lo moderno late el rancio
postulado ilustrado del progreso indefinido. Si la
Historia avanzara continua y necesariamente hacia lo
mejor, el hoy sería siempre superior al ayer y,
consecuentemente, formular reservas contra lo más actual
sería antiprogresismo reaccionario. Este raciocinio es
falso porque el progreso no es continuo, sino
zigzagueante, y abundan los retrocesos, no ya los
locales, ocasionales y anecdóticos, que son
innumerables, sino los universales, seculares y
categoriales. Ni todo lo pasado, ni todo lo futuro son
siempre mejores, a veces son peores.
Los movimientos políticos que se dicen inspirados en los
postulados ilustrados han pretendido monopolizar el
progresismo. Primero fueron los liberales (ahora tachados
de conservadores), luego los socialistas (ahora
liberalizantes) y, más tarde, los comunistas. Después
de caído el telón de acero, es casi un sarcasmo
recordar que el marxismo-leninismo se arrogó durante
tres cuartos de siglo el monopolio del progresismo
cuando, en realidad, ha protagonizado una de las más
espectaculares regresiones históricas de la que aún no
han salido sus centenares de millones de víctimas.
No hay otro progreso estricto que la racionalización o
incremento de la densidad lógica de la conducta y del
patrimonio humanos. El resto es, por lo menos, sospechoso
de inmovilismo o de regresión. Más logos, he aquí el
primer imperativo de nuestra especie.
Razón
Española
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