nº 89 Editorial. Razonar y modernizar.

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Fundamentalismo y razón

Editorial. nº 89

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Editorial: Razonar y modernizar

En el latín postclásico aparece el adjetivo modernus, que es un compuesto de modus y de hodiernus, o sea, al modo de hoy. De la lengua de Roma pasó a las romances y se incorporó al español a finales del siglo XV. Su significación académica es consecuente con la etimológica: lo que existe desde hace poco tiempo. Modernizar es dar aspecto nuevo a cosas antiguas.

En nuestros días, se ha dotado de un contenido valioso a la acción de modernizar hasta casi convertirla en sinónimo de perfeccionar. Pero tal trasmutación semántica es engañosa puesto que hay cosas de antaño que son mejores que las actuales, y hay objetos cuya modernización casi equivale a destrucción.

Modernizar es adaptar al gusto de hoy; pero no hay garantías de que tal transformación suponga incremento de valor. Por ejemplo, se ha adaptado el teatro romano de Sagunto, desde la escena hasta la última grada, para comodidad de espectadores contemporáneos, y se ha perdido una ruina monumental para ganar casi nada. Las modernizaciones de objetos artísticos suelen ser asesinas. Por ejemplo, repintar las velazqueñas meninas con pinceladas abstractas de vanguardia. Lo peor que se le puede reprochar a un museo arqueológico es que sus piezas sean modernas, es decir, reproducciones o imitaciones. No menos problemáticas son las actualizaciones en el campo de ciertas tecnologías. Las viejas centrales hidráulicas dan paso a las nucleares. Tan evidente modernización ¿es absolutamente positiva? Los entornos de las ciudades han perdido su vegetación para ser ocupadas por cinturones de asfalto. La urbanización de las costas deteriora las playas y el mar. Una grabación electrónica remplaza a las broncíneas campanas parroquiales. Los supermercados están saturados de modernos sustitutivos de arcaicos productos, desde las angulas artificiales, hasta las bebidas químicas. Partituras clásicas son sometidas a una electrónica adaptación rokera. ¿Quién puede afirmar que modernizar es siempre perfeccionar?

Los maestros de obras se han aficionado a la modernización. Menos mal cuando son obligados a conservar las fachadas; pero cuando todo es puesto al día se desfigura la fisionomía de aldeas, villas y ciudades, se rompe el equilibrio estructural, modular y aún cromático de calles y plazas. La personalidad urbana es herida o deformada, no se perfecciona.

Pero los más entusiastas de la modernización son los políticos. Cualquier reforma legal se presenta como modernización de los procedimientos, los tribunales o las instituciones. Pero la profusión y movilidad legislativas crean inseguridad jurídica e inoperancia de los actores, tanto jueces como abogados. Todos los expertos saben que, por ejemplo, sustituir la antigua ley de régimen jurídico de la Administración ha sido un dislate; tal modernización incluso tuvo que ser parcialmente suspendida después de promulgada. No se cesa de modernizar el derecho de familia para dar satisfacción a ciertas minorías; pero la institución se deteriora. Hay modernizaciones jurídicas de efectos perversos.

Además, cada partido tiene una idea diferente de la modernización: para unos es el despido flexible y el empleo privado, para otros es el contrato indisoluble y el incremento de la burocracia oficial; para unos es privatizar y liberalizar, y para otros es estatizar y reglamentar; para aquellos es la disciplina de los instintos, para éstos es el permisivismo moral; para unos es desgravar y para otros incrementar la presión fiscal. En política, modernizar es un verbo comodín que pretende legitimar cualquier iniciativa; incluso las hay internamente contradictorias como propugnar la superación del Estado tradicional en uniones continentales y, al mismo tiempo, la disolución de tal Estado en soberanías locales.

Y para unos modernismo es anatema, mientras que para otros es ideal. Pero esta cuestión requeriría un análisis monográfico.

En suma, modernización o es una palabra sospechosa de incluir contravalores, o es un vocablo vacío de significación. Se ha llegado a tal situación como consecuencia de querer imponer un aura necesariamente estimable u óptima a un vocablo de sentido intrínsecamente relativo. Adaptar una cosa a lo que alguien considera el gusto de hoy —modus hodiernus— es subjetivismo circunstancial, y se cae en una aberración lógica si se intenta absolutizar axiológicamente tal acción.
Cuando esta maniobra nominalista se ha extendido a la Historia en su conjunto, las antinomias se han multiplicado. La llamada Edad Moderna ya es, paradójicamente, un vestigio. El estilo modernista no es el de aquella edad, sino el de principios del siglo XX, sólo cotizado por los anticuarios. Al período siguiente sus protagonistas lo denominaron Edad Contemporánea porque lo era de ellos; pero ya no lo es de nosotros. Y surge la nueva etiqueta Edad Postmoderna. ¿Por qué no postcontemporánea, que sería menos absurdo? ¿Por qué no Edad Modernísima que sería algo más consecuente? Difícil se les deja el bautismo de las épocas a los que vengan detrás de la postmodernidad (vago y pomposo rótulo semipublicitario sobre cuyo contenido no hay ni un mínimo consenso).

Lo razonable es recluir la modernización en el ámbito de ciertas técnicas mecánicas o artes domésticas como la fontanería, incluso en el de algunas modas vestimentales. Es confusionario modernizar a Fidias, Aristóteles, Euclides, Justiniano, y así sucesivamente. Habría que borrar de los discursos políticos el recurso a la supuesta modernización en cuyo nombre todo parece lícito. Háblese de concretos programas propios, y los resultados demostrarán si han sido perfectivos o corrosivos, progresivos o regresivos.

Bajo la manipulación de lo moderno late el rancio postulado ilustrado del progreso indefinido. Si la Historia avanzara continua y necesariamente hacia lo mejor, el hoy sería siempre superior al ayer y, consecuentemente, formular reservas contra lo más actual sería antiprogresismo reaccionario. Este raciocinio es falso porque el progreso no es continuo, sino zigzagueante, y abundan los retrocesos, no ya los locales, ocasionales y anecdóticos, que son innumerables, sino los universales, seculares y categoriales. Ni todo lo pasado, ni todo lo futuro son siempre mejores, a veces son peores.

Los movimientos políticos que se dicen inspirados en los postulados ilustrados han pretendido monopolizar el progresismo. Primero fueron los liberales (ahora tachados de conservadores), luego los socialistas (ahora liberalizantes) y, más tarde, los comunistas. Después de caído el telón de acero, es casi un sarcasmo recordar que el marxismo-leninismo se arrogó durante tres cuartos de siglo el monopolio del progresismo cuando, en realidad, ha protagonizado una de las más espectaculares regresiones históricas de la que aún no han salido sus centenares de millones de víctimas.

No hay otro progreso estricto que la racionalización o incremento de la densidad lógica de la conducta y del patrimonio humanos. El resto es, por lo menos, sospechoso de inmovilismo o de regresión. Más logos, he aquí el primer imperativo de nuestra especie.

Razón Española



 

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