CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro
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CRONICA: La diplomacia. nº 89

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

España y Cuba. Todo comenzó con unas declaraciones a la prensa hechas por el Embajador designado para La Habana. El diplomático podía no haber hablado, pero Castro no podía desaprovechar la oportunidad que se le ofrecía para arremeter contra España que aparece como uno de los temas que le obsesionan. Y canceló el placet para el diplomático. Se abría así lo que iba a ser un largo lapso de tiempo sin representación diplomática acreditada en La Habana a nivel de embajador, lo que no era nada nuevo, pues ya había antecedentes que se remontaban a los años sesenta. Y no pasó nada. La Embajada siguió funcionando perfectamente a nivel de Encargado de negocios. Pero luego se armó en Madrid un escandaloso guirigay: "no podíamos estar sin embajador, urgente mandar uno nuevo". La oposición política socialista gritó todo lo que pudo y la mayoría gubernamental se asustó. Resistió durante algún tiempo, pero a la postre, accedió a designar un nuevo diplomático para el puesto cubano.

Me parece bien, pero se ha hecho de un modo que permite a muchos españoles creer que hemos pasado por el aro que nos ha tendido el Sr. Castro, aunque esto no sea cierto pues él ha tenido que aceptar que el nuevo embajador pueda moverse como quiera políticamente hablando. Además de hacer promesas en el terreno de la colaboración en el asunto de los etarras refugiados en la isla caribeña. A cambio, España ha reiterado las necesarias críticas al embargo norteamericano e incrementa las ayudas "humanitarias". No se habla del expolio de ciudadanos españoles despojados de sus bienes y jamás indemnizados adecuadamente.

En todo caso, se abre un nuevo camino en el proceso de las relaciones bilaterales, con un constante viajar a Madrid o La Habana de los ministros de Asuntos Exteriores de los dos países. Es de esperar que sin declaraciones grandilocuentes, ni ofensivas, los dos países pueden encontrar un sendero de contactos beneficiosos para ambas partes, lo cual no supone que esté ya previsto un viaje de SS.MM. a la isla antes de que finalice el año 1998, que sigue siendo el del centenario de su independencia, coincidencia que podría dar lugar a desagradables alusiones que no hay que provocar. No hay que olvidar que el Sr. Castro tiene tendencia a denostar groseramente a España en cuanto la oportunidad se le ofrece, como ocurrió durante la visita de S.S. el Papa. Algo semejante podría traer unas consecuencias catastróficas durante el eventual viaje de los Reyes de España. Y sería una pena que se perdiera lo obtenido por un viaje precipitado.

De olivos. En el pasado, las embajadas se ocupaban con frecuencia de matrimonios regios o principescos, de alianzas por parentesco, de reparto de tierras o colonias. Ahora tienen que poner orden en la venta de zapatos, contingentes de automóviles, financiación de deudas, lucha contra narcotráfico y mafias. Pero sobre todo, aplicarse a defender, vacas, fresas, espárragos, vides u olivos. Todos estamos conformes en que, a cambio de obtener un espectacular ingreso en el entonces Mercado Común, negociamos de mala manera y a la baja por motivos de propaganda interior. Pero pocos podían entonces pensar en las catastróficas consecuencias de tan apresurada "negociación". Ni cabía imaginar que iríamos a chocar con una Sra. Bonino o un Sr. Fischler, muy hostiles a la hora de los calamares o de los olivos.

Debo confesar que no entiendo bien el problema. Todavía en el de la pesca cabe entrever que la Unión Europea parece inclinarse por Marruecos más que por España, aunque no se sepa en virtud de qué razonamiento. Pero no me cabe en la cabeza que la abundantísima producción aceitera, que siempre vivió sin ayudas de nadie, precise ahora ser subvencionada —bien o mal, eso es otra cosa— por la Unión Europea o cualquier otro organismo de los infinitos que se han creado en los últimos cincuenta años y que algo tienen que hacer —o deshacer— para justificar su existencia. Me parece muy bien que nos alcemos indignados en cuanto perjudica a España el plan Fischler, pero no veo la necesidad de organizar manifestaciones, marchas, amenazas y escándalos cuando eso no contribuye a hacer cambiar de opinión a los señores de Bruselas. Unos señores que actúan movidos sólo por altos compromisos internacionales que nada o poco tienen que ver con los menudos problemas de nuestro país. Que parece tener sólo por objeto fastidiar la tranquila complacencia de la burocracia europea, alejada de los problemas diarios de los pueblos que, "veli nolis", integran la Unión. Que los cálculos del comisario se basen en unas cifras que España rechaza no es de extrañar: los años de sequía hubo poco aceite, como dieron mucho los de la climatología favorable. Pero ni unos ni otros justifican las posiciones extremas de ambas partes y sólo por una mutua cesión cabe llegar a un acuerdo. De momento, los demás países aceiteros nos han dejado solos ante el Sr. Fischler que únicamente se ha dignado hacer una pequeña concesión a favor de la aceituna de mesa, esa que para los americanos es una cosa que se encuentra en el fondo de un cocktail martini. Es decir, muy poca cosa.

Los eurócratas sin patria, los contables del euro y los políticos apresurados o petulantes están llevándonos a situaciones sin retorno que pueden ahondar aún más las reticencias anticomunitarias. La gente, perjudicada en sus intereses inmediatos, verá una especie de dictadura financiera impuesta a espaldas de gobiernos y parlamentos nacionales y sin consideración a las esperanzas que los pueblos pusieron en esa construcción —llamada Europa— que cada día se parece más a un supermercado donde no figuran para nada los problemas particulares de cada pueblo. Y todo será frío, sin espíritu, sin entusiasmo. A base de concesiones y renuncias mal se podrá construir la prometida patria europea, que necesita más entusiasmos que estadísticas.

La presidencia británica de la Comisión está en su fase final. La sustituirá Austria, que, de momento, parece mostrarse más flexible que el austriaco Sr. Fischler hacia nuestros problemas. El próximo semestre lo dirá.

Más de Gibraltar. Recién salido de un amago de infarto, el Ministro de Asuntos Exteriores está atravesando una fase de intensa actividad diplomática. A diferentes visitas internacionales con miles de kilómetros de avión se suman los quebraderos de cabeza de Cuba o Bruselas. Y, por añadidura, reaparece el contencioso de la espina gibraltareña. La iniciativa ha partido esta vez del propio Ministro español, en un gesto de audacia política.

Su iniciativa comprende, entre otros puntos, los siguientes: concesión a Gibraltar de un estatuto autonómico similar a aquellos de que gozan las autonomías españolas, tanto en materias económicas como políticas; extensión a la plaza de los derechos y libertades reconocidos por la Constitución española; establecimiento de competencias de las autoridades locales; incluyendo libertad para los residentes de elegir nacionalidad española o inglesa, con posibilidad de simultanear ambas. Para remate se fijaría un prolongado periodo transitorio de soberanía compartida al final del cual Gibraltar revertiría a soberanía española.

La oferta debe considerarse generosa por parte de España. Y muy digna de ser tomada en consideración por el gobierno inglés, aunque es de prever que encontrará resistencia por parte de los mandos coloniales de Gibraltar. La incógnita consiste en cómo va a reaccionar Londres ante "el plan Matutes" y si aceptará, cuando menos, utilizarlo como base de estudio para intentar llegar a un acuerdo que permita poner fin a una situación injusta e irritante.

Puede que el gobierno inglés lo rechace formalmente, pero en tal caso caben medidas de retorsión entre las que figura el cierre de la verja tan malhadadamente reabierta durante la transición.

Transcurridos tres meses desde la presentación del plan a los ingleses, éstos han pedido aclaraciones, lo que puede estimarse como un síntoma favorable, máxime cuando en Gibraltar el referido plan ha levantado una extensa polémica.

Ahora habrá que esperar, al menos hasta que terminen los seis meses de presidencia británica de la Unión Europea. El otoño habrá de traer indudablemente novedades en tan espinoso asunto.

Las Autonomías ante la Unión Europea. Cada vez con mayor insistencia reclaman ciertas autonomías —aunque no todas— participar directamente en las reuniones de la UE en que se discutan temas que afecten a sus intereses. Si la presencia fuera meramente testimonial la cosa podría pasar; pero no es eso lo que persiguen los patrocinadores de tal iniciativa, empeñados en lograr un protagonismo cuya primera consecuencia sería la aparición ante el organismo internacional de divergencias entre las propias autonomías y, por supuesto, de estas con el gobierno central. Daríamos públicas pruebas de nuestras disonancias en medio de un guirigay cacofónico.

El Gobierno de Madrid ha puesto de relieve la inconstitucionalidad de semejante iniciativa puesto que el texto de la propia Constitución deposita en el Gobierno la única y exclusiva representación de la voz del país, que aparecería dividida y fragmentada si el plan de los gobiernos de las Comunidades prosperase. Y es que el Gobierno central tiene la competencia exclusiva de representar a todos los españoles, incluidos los de las autonomías.

El proyecto, que ha pasado por la Comisión Cortes-Senado, significaría tanto como romper la unidad nacional. No caben soberanías compartidas que sólo servirían para resquebrajar ante Europa esa entidad llamada España, acosada ya por tantos lados.

Lo natural sería que expertos autonómicos asesoren en la formulación de lo que debiera ser la postura nacional española, presentada con una sola voz a través del Gobierno nacional ante los organismos internacionales. Claro que esto quitaría protagonismo a más de un político de mentalidad aldeana empeñado en alzarse al proscenio del teatro donde se pavonean los actores de la política internacional.

El asunto no es baladí. Se trata de mantener la unidad de España, minada por la aparición de nada menos que diecisiete autonomías empeñadas en jugar a la alta diplomacia, aunque sea a riesgo de destruir la milenaria cohesión de las tierras de España.

El Euro. ¡Ya llega! Dentro de pocos meses nos lo encontraremos en los bolsillos desplazando a las viejas monedas destinadas a desaparecer. Como lo hizo el maravedí, la libra tornesa o el tálero. Sus ventajas —pregonadas por sus inventores y padrinos— van a ser notables. Y ¿no tendrá algún inconveniente, aunque sea pequeñito? Porque todo este mundo tiene su cara y su cruz, y el euro no tiene por qué ser una excepción. Dejando a un lado la pérdida de soberanías nacionales que la aceptación de la moneda única representa, cabe pensar que va a constituir un coladero para el blanqueo de dinero sin que garantice contra crisis nacionales que si antes limitaban su efecto al país que la padecía, ahora repercutirán en todos los países integrados en la moneda única, convertida en vaso comunicante.

Por lo pronto el Canciller alemán ha advertido que el euro entrañará sacrificios. Algunos Estados deberán renunciar a las ayudas que la Unión Europea les facilita porque es imprencindible echar una mano a paises que padecieron unos regímenes socialistas que les han esquilmado sin piedad. Es decir, Alemania pide sacrificios para poder ayudar a los Estados de su influencia en Centro Europa que van a incorporarse a la Unión Europea y que carecen de las condiciones que la incorporación exige. Esa mejoría de tales Estados benefi-ciará en primer lugar a la propia Alemania, dominadora histórica de aquellos mercados. Habrá, pues, que hacer esfuerzos, aun cuando no se sabe todavía cual será el importe que será preciso pagar. Pero ya se puede imaginar que los Fondos de Cohesión que tanto favorecen a España, se encuentran en la primera línea de la rebaja que se anuncia. La advertencia del Canciller es oportuna y debe abrir los ojos a quienes piensan que la integración y el euro sólo van a aportar beneficios.

Aznar viajero. Los encuentros de Jefes de Estado y de gobierno se presentan como la panacea para resolver todos los problemas internacionales. Pero todo lo más a que pueden llegar es a estampar firmas en acuerdos o tratados previamente elaborados a nivel de profesionales de la diplomacia, siempre siguiendo las pautas e instrucciones de las supremas instancias de cada negociador.

No obstante, bueno es reconocer que esos viajes ayudan a dar la imagen personal del viajero, poniendo a prueba su habilidad para sortear los escollos que van a poner en sus caminos las preguntas de periodistas, que no siempre tienen las mejores intenciones. El interrogatorio en Uruguay y Paraguay tuvo un carácter formal, poco escurridizo y sirvió para subrayar el común hacer del Primer Ministro con los principios que sustentan los políticos de ambos países. En Chile, la cosa iba a ser más difícil, sometido como está el país a un complicado proceso de adaptación a un régimen parlamentario a la salida de otro de carácter autoritario. Pero no se trata de un caso de "buenos" contra "malos", aunque otra cosa insinúen o afirmen los órganos de información. Chile pudo escapar del abismo al que se precipitaba gracias a un gesto que la mayoría de la población exigía, y que dio paso a una recuperación y a un proceso económico sin precedentes en aquellas latitudes. El sistema creó, además, la vía para una solución de tipo democrático. Y no creó problemas mayores a los gobiernos que le sucedieron. Pero eso no ha evitado las demandas de reparaciones, de confesiones de culpabilidad, enrareciendo un clima de paz interna que sólo enturbiaban los empeñados en mirar hacia atrás con ira.

Aznar, sin duda, se acordó del auxilio chileno a españoles emigrados tras nuestra guerra civil, como también se acordaría de la generosa protección que los diplomáticos chilenos brindaron durante la misma guerra a cuantos españoles acudieron a la bandera de Chiles para huir de los asesinos que amenazaban sus vidas. Semejantes recuerdos le inspiraron palabras de moderación, expresando su respeto hacia la transición política del país andino, una transición que abarca desde 1973 hasta nuestros días. "Es justo respetar las particularidades de cada país y las circunstancias en que se producen los cambios".

No mencionó el nombre del general Pinochet, pero hizo algo mejor al decir que "no se puede tratar de escapar hacia el futuro para ovidar el pasado o eludir las dificultades del presente". Y sobre todo que "no se puede estar presos de la historia, mirando siempre para atrás".

E. Beladíez

Embajador de España




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