La guerra internacional de España (1). Por R.G. Bayod

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La guerra internacional de España (1). nº 89

Por R.G. Bayod

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La guerra internacional de España (1)

1. MOTIVACIÓN



La lectura de «Maeztu y el Quijote» de Aquilino Duque, que precedía a mi trabajo sobre «Aragón y su idioma» (R.E. n.° 84), me llevó a analizar el espíritu de la guerra de 1936/39, conceptuándola como Internacional y no Civil. Pero para exponer lo que sucedió hace seis décadas, es conveniente hacer un repaso retrospectivo.

Parto de la definición que del término «quijote», hace la Real Academia de la Lengua. Es quijote «el hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de la causa que considera justa, sin conseguirlo». En efecto, cuando se prefiere el ideal a los intereses personales y se actúa sin egoísmo material, con ilusión, arriesgando vida y hacienda, con el peligro de no lograr los fines, ya tenemos a D. Quijote. Creo que no es requisito el que no consiga el fin, ya que existe D. Quijote, desde que inicia su andadura, independientemente del resultado último.

2. SIGLO XX



La fugaz gesta del general Sanjurjo en 1932 fue propia de D. Quijote; ya sabía que no tenía probabilidades de éxito, e incluso fue condenado a muerte, aunque no se ejcutara la sentencia contra el general de mayor prestigio entonces. Casi cuatro años más tarde, continuó su andadura e hizo posible -lo que parecía irrealizable- el pacto entre carlistas y militares, que fue clave del Alzamiento

Un político, casi postergado al olvido, existió en los tiempos de la II República. Me refiero al «jabalí», Joaquín Pérez Madrigal, que de pegar dentelladas contra la Iglesia, cuando era radical socialista y masón, se convirtió en adalid de la Tradición y admirador de José Antonio durante más de cuarenta años. Dada su accidentada y combativa vida política, merece ser incluido como un quijote, que batallaba por su propia cuenta.

No existió D. Quijote en los actos del autoadviento de la II República. No hubo riesgo ni actos heroicos, ni ideales desinteresados, tanto en los protagonistas activos, como en la fuga y autoexilio de Alfonso XIII y de su familia. Se desoyó a La Cierva, único político que preveía las fatales consecuencias del abandono de la Corona. El resultado no fue más que una siembra de futuros conflictos. Los pactos republicanos, que permanecieron secretos, en nada se relacionaban con el quijotismo, sino todo lo contrario, por ser fruto del transfuguismo, la traición, la cobardía, el oscurantismo y ocultismo.

Años antes, se había producido el golpe del general Primo de Rivera. Tampoco apareció D. Quijote. La obra de este insigne militar fue gigantesca, pero individual y propia de un patriota, la de un hombre de Estado, que no pidió al pueblo español que se pronunciara con actos masivos o heroicos. Los políticos profesionales se quedaron conspirando sigilosamente, sin altura de miras.



3. SIGLO XIX



Hay constantes pronunciamientos, revoluciones, cambios dinásticos y la guerra carlista. No quiero opinar sobre si D. Quijote hizo acto de presencia en la última guerra carlista, dado que fue sumamente compleja. Deseo rememorar a D. Alfonso Carlos (hermano de Carlos VII) que, como capitán de los zuavos pontificios, defendió, personalmente, la Puerta Pía de Roma, sin esperanza de triunfo, dada la diferencia de fuerzas; pero no es Historia de España. Tampoco se repitió D. Quijote en el general Ramón Cabrera, que se anticipó a Maeztu en la visión de la decadencia, lo que dio lugar a que reconociera a Alfonso XII, hijo de su combatida Isabel II. Fue un mal paso, comprensible por su ancianidad prematura, por su estado fisico y psíquico, por el abandono de «su» monarca, y quizá también por haber sucumbido ante el pesimismo. Esta comprensión no implica aprobación.

Una incógnita me la producía el comportamiento de Cánovas del Castillo, verdadero artífice del sistema que duró varias décadas. Me ha dado luz la lectura del «Pesimismo de Cánovas», debido a G. Fernández de la Mora («Razón Española» núm. 84. julio 1997, págs. 50 y ss.). Cánovas nada tuvo de quijote. En él no había ideal alguno, sino oportunismo y posibilismo, sin que actuara con espíritu caballeresco. Sólo fueron las circunstancias de cansancio político, las que le proporcionaron triunfos. Además, buscaba un éxito personal y permanente. Lo que produce cierta extrañeza es que en el centenario de su asesinato, en un diario de ámbito nacional se haya escrito que era enemigo de los pronunciamientos militares, cuando su ascensión al poder se debió a un golpe de Estado, en el que colaboró. Posiblemente hubo unas intenciones inconfesables ante los neocatólicos.

Para encontrar a D. Quijote, tenemos que retroceder al general Ortega, en San Carlos de la Rápita. ¡Qué pocas probabilidades de éxito tenía su odisea! Su riesgo, pagado con la muerte, por la brevedad, se asemeja al de Sanjurjo en 1932.

No cabe silenciar el quijotismo del Administrador de Co-rreos de Talavera de la Reina, Manuel García González, que siendo un funcionario civil se arriesgó a declarar la legitimidad de D. Carlos María Isidro contra la de Isabel II. También fue fugaz su aventura, castigada con el fusilamiento. ¿Un administrador de Correos contra un ejército?

Zumalacárregui fue un militar de honor, prestigio y convicciones. Las circunstancias no le convirtieron en D. Quijote, pues tenía competencia y medios, es decir, posibilidades de triunfo.





4. RAMÓN CABRERA



D. Quijote aparece en el Maestrazgo, en la controvertida persona de Ramón Cabrera. Sólo una figura estelar como el ex seminarista logra que le obedezcan jefes y oficiales, e incluso que les reprendiera por su indisciplina. Fue una gallardía insólita. Al ver tanta división, quiere crear su propio ejército, y se aleja con un pobre caballo y un trabuco hacia los Puertos de Baceite (que separan Aragón, Valencia y Cataluña). Pronto se le unen cinco voluntarios, ¡armados con sendos garrotes!, y con ese bagaje, declara la guerra al Gobierno, al Ejército y a la Reina Gobernadora. Va creciendo su voluntariado hasta conseguir situarse ante las puertas de Madrid con veinte mil infantes, miles de jinetes centenares de piezas de artillería y una organizada intendencia. Ese D. Quijote no toma Madrid porque se le ordena la retirada (que jamás comprendió y nunca se ha explicado). Los voluntarios le idolatraban y formaban un todo con el antiguo seminarista convertido en general. No luchaban contra molinos de viento, sino contra verdaderos gigantes. No fue un «tigre», como se le ha acusado, sino más humano que sus oponentes los liberales. Tenía un sentido sin límites de la justicia, del honor, de la verdad y de la nobleza, y no transigía con la traición, con la cobardía y con el robo. Para salvar a uno solo de sus voluntarios hubiera dado la vida. Cuando estaba por Andalucía y supo que la villa de Cantavieja había caído en poder de los liberales, lloró amargamente. Por eso, en esa población turolense, el lema es el de «La bien amada de Cabrera». En todo momento demostró su humanismo y la fidelidad a los suyos.

Ni Cabrera, ni sus voluntarios, ni los generales y ejércitos carlistas del Norte lucharon por restablecer el antiguo régimen, que ya era imitación del de Francia. En cambio, los cristinos, con la capa de liberales, pretendían y lograron mantener un absolutismo centralista.





5. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA



Retrocediendo en el tiempo aparece otra epopeya, propia de un quijote en cada esquina y en cada rincón español. En realidad, la lucha por la independencia era una guerra internacional, dentro de suelo hispano, como veremos que también fue la de 1936/39.

El primer quijote fue un alcalde de pueblo, el de Móstoles a quien se sumaría la mayoría del pueblo hispánico. Lo característico fue la serie ininterrumpida de actitudes populares que contrastaron con la postura del Gobierno, de la Corona y de los políticos. Estos últimos estaban aliados con Francia y en contra de Inglaterra. El pueblo y el clero prescindieron de tales pactos de Estado e invirtieron los términos. Es verdad que el Gobierno se sumó al pueblo en la lucha, pero manteniéndose en el espíritu afrancesado, instaurando un liberalismo absolutista (¡qué contrastes verídicos!), al que se unen varios prelados, que llegaron a ser protagonistas.

Para el Gobierno y la generalidad de los políticos la guerra internacional, iniciada en 1808, no es más que dinástica para mantener a los Borbones franceses contra los Bonapartes también franceses. Para el pueblo, en cambio, la lucha tenía como fin conservar las tradiciones españolas, ante todo la religión, y evitar las masacres que suponía la Revolución francesa. Lo mismo que en la futura guerra carlista, no se defendía el antiguo régimen, sino una monarquía a la española, respetuosa de los fueros y de las tradiciones de «rey fueres, si bien hicieres y si non, non».

Se organizan guerrillas, encabezadas por alcaldes de pueblo, por artesanos, por militares de poca graduación (salvo excepciones) o por curas. El Dos de Mayo en Madrid había sido el aldabonazo. Le siguen los «tambores del Bruc» con el Somatén en la hispánica Cataluña. Destaca Zaragoza, como en otros tiempos Sagunto y Numancia. Es el pueblo aragonés el que destituye al afrancesado capitán general y designa al general Palafox. En esa gesta intervienen el cura Sas, el padre Boggiero, el agricultor (militar retirado) Cerezo y el también agricultor «tío Jorge». Luchaba David contra Goliat. La situación no era esperanzadora; pero produjeron un desgaste en el ejército napoleónico, que contribuyó a su retroceso hasta el otro lado de los Pirineos. Pasarán a la fama Agustina de Aragón, la madre Ráfols, la condesa de Bureta, etc. Napoleón tuvo que emplear los generales de mayor fama 2. Cada guerrillero era un quijote.

Resultaron ciertas las últimas palabras de la definición de Quijote. Se venció a la dinastía napoleónica y se reinstauró la borbónica, pero como los políticos estaban impregnados del espíritu revolucionario francés, que era absolutista (con vestimenta liberal) y centralista, el quijotismo del pueblo español fue ineficaz, al menos de momento, por cuanto no se consiguió combatir la Revolución 3. Se ganó la guerra, se recuperó la independencia, pero se perdió la paz 4.

Podríamos retroceder a lo largo de toda la Historia de España, y veríamos que esa ha sido siempre su esencia: las batallas de Flandes, el descubrimiento de América, toda la Reconquista, etc.

6. CONCEPTO



Se conocen dos guerras mundiales: la llamada «europea», de la década de 1910, y la verdaderamente mundial, de la década de 1940. Las recientes guerras «del Golfo», de la antigua Yugoslavia y la de Albania, son guerras de «intervención internacional», pero no son guerras internacionales. La verdaderamente guerra internacional fue la contienda habida en España, desde el verano de 1936 a la primavera de 1939, como lo demuestra la existencia y el protagonismo de las brigadas internacionales. Lo normal, actualmente, es llamar a la que fue internacional, guerra civil si bien el bando vencedor prefería llamarla «cruzada» o guerra «de liberación». El autor de este trabajo vivió en las dos zonas, y fue combatiente en ambas, la roja y la nacional. Lo que sigue son vivencias personales.

El libro cuyo aspecto internacional se expone con mayor profundidad y objetividad, es el del historiador Ricardo de la Cierva, recientemente publicado con el título de Brigadas Internacionales.

Aquella guerra para los españoles fue ideológica. Lo expresó muy bien un miliciano anarquista, subido sobre una camioneta y que con un altavoz se dirigía a los sitiados en el Alcázar de Toledo (verano de 1936), gritándoles: «Vosotros por creer en Dios y nosotros por no creer en Él, la que hemos armau» 5.





7. ANTECEDENTES Y CAUSAS



La Constitución de la II República (1931) no fue redactada por consenso, pero era formalmente democrática por cuanto permitía la alternancia de los partidos políticos. Esta posibilidad dio lugar a que en diciembre de 1933, se produjera un cambio parlamentario y gubernamental, sustituyendo un régimen de centro derecha al de las izquierdas. A los pocos días, los anarquistas se sublevan por casi toda España, y en octubre de 1934, tanto los anarquistas como los comunistas y los socialistas dan un golpe de Estado, mediante la llamada «Revolución de Asturias», para derrocar la II República. Los intentos fracasan, como también la creación de un Estado catalán. En resumen, las izquierdas, blasonando de demócratas, no aceptaban su propia Constitución.

Las izquierdas logran un triunfo electoral en febrero de 1936. Se unen socialistas, comunistas y republicanos de extrema izquierda, y forman un Frente Popular, y es la ocasión para un autogolpe a fin de suprimir la Constitución republicana y crear un Estado satélite de la Rusia Soviética. Los anarquistas se limitan al apoyo al Gobierno y a esperar la hora de la revolución; están y permanecen armados. A España llegan comunistas de todo el mundo, para la hora de lanzarse a la calle. Stalin mueve los hilos.

La juventud de la Falange Española no puede soportar ese negro futuro, la desintegración de España y envenenamiento político y social de los trabajadores. Los jóvenes de Gil Robles (J.A.P.), ante la apatía de su «jefe», son muchos los que se pasan a las filas de la Falange, en cuyo ideario hay poesía. La Comunión Tradicionalista prepara, por su cuenta, el derribo de la II República para restablecer la paz, las instituciones seculares, la libertad de la Iglesia, e impedir la sovietización de España. Un grupo de militares se reagrupa para impedir que llegue a consumarse la revolución del Frente Popular. El general de mayor prestigio, el exiliado Sanjurjo (de ideología carlista), logra aunar a los militares y a los tradicionalistas con sus fuerzas de requetés. Dirigentes monárquicos y carlistas visitan a Mussolini, para pedir ayuda para el futuro alzamiento. El Gobierno del Frente Popular ostenta el poder con todas las consecuencias; por lo que en todo lo anterior existe un espíritu propio de D. Quijote, ya que no parece posible derribar al poder gubernamental organizado y vigilante. La situación se asemejaba a la de octubre de 1833.

Había que ser los primeros. Se hizo famosa aquella frase de un requeté navarro, que ante las indecisiones del pacto con el general Mola, lanzó una frase lacónica: «Yo me lanzaré, con el primero que se eche al campo». ¿No era quijotesca esta pretendida aventura? Así estaban los ánimos. Todos sospechaban de todos. Como escribió Gil Robles, «No fue posible la paz». Las naciones occidentales y Rusia observaban y se interesaban.





8. COMPRENDER LA GUERRA DE ESPAÑA



Un historiador extranjero, en su Prólogo sobre nuestra guerra, advierte que es difícil comprender a los extrajeros. Para ello, narra dos hechos que ponen de manifiesto nuestro modo de entender la vida, a lo D. Quijote, añado yo.

En un restaurante al Sur de Francia se encuentran dos españoles. Sus mesas están distanciadas y el salón lleno de comensales. «¿Qué haces por aquí?» «Estoy de espía» No se concibe en ninguna otra parte del mundo, que un espía lo declare públicamente; el ideal ahogaba al riesgo y al peligro. El otro suceso es el del coronel Moscardó, siguiendo a Guzmán el Bueno. Tanto uno como el otro ejemplo son propios del espíritu característico de los españoles.

Por mi parte, narraré dos anécdotas de entre muchas que son inéditas. Era el 4 de septiembre de 1937. Algunos de los defensores del Seminario de Belchite que no estaban heridos cayeron prisioneros, y en aquella noche trágica se les tomó declaración en el puesto de mando de las brigadas internacionales. Un comunista español es el que interroga a los prisioneros. -«Si blasfemas, se te perdonará la vida». El prisionero que estaba detrás, se adelanta y con voz firme y mirando cariñosamente al joven dice: -«Un requeté jamás puede blasfemar». «¿Quién eres tú para dar órdenes y consejos?» -«Soy el capellán del Tercio de Requetés». Al padre Espantaleón Cobeta, lo arrastraron fuera de la chabola y le dispararon dos tiros. No cabe duda de que el capellán sabía lo que le iba a suceder con su acto quijotesco a la par que apostólico.

En la noche de ese mismo día, en Hijar estaba prisionera Agustina Simón, enfermera de primera línea en el frente de Belchite. Se le llamó y se le ofreció salvar su vida. -«Si prometes ser enfermera en nuestros hospitales, esta noche no te fusilaremos». Contestó toda resuelta, sin quitarse la boina colorada. -«Conforme, si me garantizáis por escrito que me autorizaréis a rezar el Rosario en los hospitales, juntamente con vuestros enfermos y heridos». Como contestación se oyeron unas blasfemias. Aquella noche no fue fusilada Agustina, sino asesinada a bayonetazos, por la osadía de su propuesta y por sus últimas palabras de perdón. Son actos heroicos y de martirio; pero también son un modo de entender la vida como D. Quijote, sin miedo a las consecuencias sabidas de antemano.





9.- ESTALLA LA GUERRA INTERNACIONAL 6



El general Emilio Mola, en Navarra, era el artífice del Alzamiento cívico militar, desde un principio. El General Franco no se decide hasta el último momento de julio, el Príncipe Regente de los carlistas, desde Francia, cursa unos telegramas a los principales militares comprometidos. Ese mismo día se inició en el África española el Alzamiento. El día 19 cuando casi nadie sabía qué era lo que estaba sucediendo, los anarquistas y los comunistas sacan sus escopetas, se reagrupan y asaltan cuarteles de la Guardia civil, para acaparar más armas. Nadie -que yo sepa- ha podido esclarecer, cómo estaban al corriente de los acontecimientos que vertiginosamente se iban sucediendo, incluso, anticipándose, en ocasiones a los hechos. El resto de los españoles ignoraba lo que estaba sucediendo.

Antes del Alzamiento, el comunismo internacional tenía grupos de extranjeros preparados para su golpe de Estado, so pretexto de la Olimpiada. El 21 de julio ya se toman decisiones en Rusia y en los órganos del comunismo internacional sobre España. Lo mismo sucede en los siguientes días. Empezó el reclutamiento urgente de comunistas, por toda Europa, para apoyar a la República española. El general Mola (el Director) envió un emisario a Alemania para contratar el suministro de armas; pero se encontró que se le había anticipado otro enviado por el general Franco. No había verdadera coordinación inicial. También es un punto de guerra internacional.

El Alzamiento fracasó. Todas las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao) se mantenían sumisas al Gobierno republicano. Lo mismo sucede con la Aviación y la Armada. El Gobierno contaba, además, con el Banco de España y con la organización gubernamental y la diplomacia. Ante tal situación el general Mola pensaba suicidarse. Hasta ese momento merecía el calificativo de D. Quijote por la preparación compleja del dificil Alzamiento. Se desesperaba. Así se lo comunica al Delegado Nacional de Requetés quien le pide que espere dos o tres días. Al observar el voluntariado navarro, con sus miles de boinas rojas y de camisas azules, cambia el pesimismo por el optimismo.

La sorpresa se produjo en Zaragoza, que contaba con la mayor cantidad de anarquistas, bien pertrechados y dispuestos a la lucha por la revolución. El General de la División (Capitanía General) era masón y republicano por lo que el Gobierno tenía plena confianza. Se repetía el caso de la destitución del capitán general al inicio del Primer Sitio de la Guerra de la Independencia. Como estaba indeciso, el Gobierno le envía otro general amigo suyo. Ante las presiones que recibía Cabanellas por parte de ese general también masón, unos capitanes entran, pistola en mano en el despacho del general, y detienen al general Nuñez del Prado. «Ud. mi general, queda detenido» y entregan a Cabanellas el bando del Estado de guerra con estas palabras: «Firma o no, mi general». Estampó la firma sobre el bando. Esta anécdota es inédita; es más, se ha silenciado la causa por la que el general Mola nombró presidente de la Junta de Defensa de Burgos a Cabanellas. Fue para alejarlo del mando de armas y tenerle vigilado 7. Aquellos capitanes merecen estar incluidos entre los quijotes. Lo arriesgaban todo con pocas probabilidades de éxito. Otro D. Quijote fue Queipo de Llano, con su atrevida aventura de «encerrar» al general de la División de Andalucía, que era amigo y compañero de intentos de golpes de Estado.





10. EL VOLUNTARIADO



En la zona «republicana», el voluntariado tuvo un triple origen. El más numeroso fue el de los anarco-sindicalistas, seguido por los comunistas. Los primeros desorganizados, pero los comunistas disciplinados y jerarquizados. Desde el primer día, anarquistas y comunistas estuvieron armados. Durante todo el mes de agosto, se van sumando grupos de voluntarios marxistas internacionales, hasta que se constituyen oficialmente las Brigadas Internacionales que serían la fuerza decisiva en esa zona. No pudieron formarse unidades de voluntarios que defendieran a la República en sí misma, es decir, tal como estaba promulgado en la Constitución de 1931. Los que eran verdaderamente republicanos permanecieron en sus casas, esperando, a lo sumo, que se les llamara por los reemplazos de reclutamiento. Los republicanos moderados e históricos se evadían al ejército nacional y pasaban a ser voluntarios contra la República.

En el voluntariado comunista estaba ausente el espíritu quijotesco, pues se creían seguros del triunfo, por la ayuda soviética e internacional. Tan solo se aspiraba a lograr el poder político, con la falsedad de que se combatía en favor de la República constituida; pero lo cierto era que, tras su imaginada victoria, se quería sustituir la Constitución de 1931 por otra de tipo soviético, es decir, antidemocrática.

El voluntariado de las Brigadas Internacionales estaba compuesto por comunistas, que generalmente eran expresidiarios comunes o muertos de hambre, que buscaban botín.

En la zona nacional destacaron los ya organizados Tercios de Requetés. Muy rápidamente se constituyeron Banderas de Falange. Los jóvenes de la democracia cristiana o se sumaron a las banderas de Falange o bien se incorporaron al Ejército regular, pues no lograron unidades propias. La juventud de Renovación Española (tradicionalistas alfonsinos) sólo consiguieron pequeñas unidades, que tuvieron que integrarse en los Tercios de Requetés, y lo mismo sucedió con los «albiñanistas». Los monárquicos liberales no aparecieron por parte alguna lo mismo que los verdaderamente republicanos.

Quiero aclarar el error muy generalizado de algunas estadísticas en las que aparecen muchas más unidades, llamadas Banderas de Falange, que Tercios de Requetés. La causa es la siguiente. A medida que el ejército nacional conquistaba poblaciones o como consecuencia de los numerosos evadidos de la zona republicana, el voluntariado crecía y se les invitaba a integrarse en Banderas de Falange y no en Tercios de Requetés a los que detestaba el máximo político de la España nacional, Ramón Serrano Suñer. Así lo puedo afirmar y suscribir por vivencia propia en el principal campo de evadidos, en San Gregorio de Zaragoza 8.

Pocos historiadores se han ocupado de la orden que el General Director, Emilio Mola, dio al Delegado Nacional de Requetés, José Luis Zamanillo, en el sentido de que, como no tenía plena confianza en todos los soldados de reemplazo, muchos requetés no se alistasen en sus Tercios, sino en unidades regulares del Ejército.

Era el pueblo convertido en quijote, por aquella «poesía que construye», como acertadamente dijo José Antonio. Aquella gesta es incomprensible en este tiempo tan materializado y secularizado. Salían unidades de voluntarios no sólo cantando, sino con la Cruz alzada, como si se tratase de una procesión. Manuel Fraga, en un discurso pronunciado en la Cátedra General Palafox, en 1961, fijó la clave de aquel voluntariado nacional: «No se luchó CON la juventud, sino, en gran parte, POR la juventud», es decir, fue una reacción de la juventud que se volcó a la lucha. Todo este voluntariado fue muy superior al de la zona republicana, por lo que en ésta se tuvieron que movilizar forzosamente diez reemplazos más que en la zona nacional. Esto prueba la falsedad de que el pueblo quiso defender la República.

Al propio tiempo, hay que sumar, en el bando nacional, el voluntariado de italianos, alemanes, portugueses e irlandeses que contribuyen a que la guerra fuese internacional. A estos combatientes internacionales se les acusó y se les calificó como «mercenarios» por los comunistas. A los muertos italianos se les «recompensó», a principios de la década de 1940, con una capilla y una torre junto a la Basílica de San Antonio en Zaragoza. El principal contingente fue el del Cuerpo de Tropas Voluntarias (C.T.V.) con las «camisas negras italianas», los cuales ni fueron quijotes ni tampoco cobardes, como les acusó la propaganda roja. La batalla perdida de Guadalajara fue un error de táctica. En otras batallas, los italianos tuvieron éxito, e incluso se otorgaron importantes condecoraciones. Yo asistí al acto de entrega de una Laureada. Todo el voluntariado extranjero en la zona nacional no superaría apenas a la mitad de los internacionales republicanos.

En el voluntariado de la zona roja (calificativo que aceptaban) había que distinguir tres tipos bien diferentes. Por una parte, estaban los comunistas, que en un principio se agruparon en lo que se llamó el Quinto Regimiento, y luego, entre otras unidades muy combativas, destacó la División Líster. Su ideal no era el de redimir la sociedad «desfaciendo entuertos», sino el de alcanzar el poder, y tras su esperada victoria, sustituir la Constitución republicana de 1931 por el modelo soviético. Eran, por tanto, internacionalistas. En consecuencia, había una farsa impropia de D. Quijote 9.

El otro grupo de voluntarios lo formaban los anarco-sindicalistas, también conocidos por comunistas libertarios, anarquistas o ácratas. Su máxima figura combativa fue Durruti, al que asesinaron los comunistas. ¡Lastima que no haya podido conservar la redacción que tuve que hacer sobre Durruti, para entregarla a mi «profesor de Revolución» en la zona roja! Consideraban a los comunistas stalinianos, como verdaderos enemigos. Actuaban según el corazón y no con la cabeza. Pretendían, en primer lugar, hacer la revolución. Por eso eran ineficaces en la guerra de defensa y ataque. Oficialmente deseaban una sociedad más justa y equi-tativa: querían que «cada persona trabajase lo que pudiera y se le entregaría lo que necesitase». No comprendieron que esa utopía era irrealizable, y tan solo alcanzable en los conventos y monasterios, o en el entorno familiar donde se obedece por amor o por disciplina voluntariamente adoptada. Coaccionaron el colectivismo agrario y artesanal. Quisieron borrar todo lo que oliese a civilización occidental: la propiedad, la libertad de mercado, el ejercicio de la religión. Destruyerón templos, asesinaron a quienes se oponían, quemaron archivos y bibliotecas y catastros porque eran resultado del capitalismo, secuestraron fincas, suprimieron la moneda, etc. Con importante botín, los jefes se exiliaron a Francia antes de finalizar la guerra. Hay que reconocer que la utopía era propia de D. Quijote, de aquella inexistente edad de oro, en la que «no había lo tuyo ni lo mío». El resultado fue inverso al ideal, por los medios empleados y especialmente por el método coactivo. No eran internacionalistas, por propia definición de ni Dios ni amo 10, 10 bis.

Si los voluntarios republicanos, partidarios de la Constitución, brillaron por su ausencia, lo mismo puede afirmarse de los socialistas en general, que tuvieron que adscribirse a unidades comunistas o filocomunistas.
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(continua en el siguiente)




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