La guerra
internacional de España (1)
1.
MOTIVACIÓN
La lectura de «Maeztu y el Quijote» de Aquilino Duque,
que precedía a mi trabajo sobre «Aragón y su idioma»
(R.E. n.° 84), me llevó a analizar el espíritu de la
guerra de 1936/39, conceptuándola como Internacional y
no Civil. Pero para exponer lo que sucedió hace seis
décadas, es conveniente hacer un repaso retrospectivo.
Parto de la definición que del término «quijote»,
hace la Real Academia de la Lengua. Es quijote «el
hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra
desinteresada y comprometidamente en defensa de la causa
que considera justa, sin conseguirlo». En efecto, cuando
se prefiere el ideal a los intereses personales y se
actúa sin egoísmo material, con ilusión, arriesgando
vida y hacienda, con el peligro de no lograr los fines,
ya tenemos a D. Quijote. Creo que no es requisito el que
no consiga el fin, ya que existe D. Quijote, desde que
inicia su andadura, independientemente del resultado
último.
2. SIGLO XX
La fugaz gesta del general Sanjurjo en 1932 fue propia de
D. Quijote; ya sabía que no tenía probabilidades de
éxito, e incluso fue condenado a muerte, aunque no se
ejcutara la sentencia contra el general de mayor
prestigio entonces. Casi cuatro años más tarde,
continuó su andadura e hizo posible -lo que parecía
irrealizable- el pacto entre carlistas y militares, que
fue clave del Alzamiento
Un político, casi postergado al olvido, existió en los
tiempos de la II República. Me refiero al «jabalí»,
Joaquín Pérez Madrigal, que de pegar dentelladas contra
la Iglesia, cuando era radical socialista y masón, se
convirtió en adalid de la Tradición y admirador de
José Antonio durante más de cuarenta años. Dada su
accidentada y combativa vida política, merece ser
incluido como un quijote, que batallaba por su propia
cuenta.
No existió D. Quijote en los actos del autoadviento de
la II República. No hubo riesgo ni actos heroicos, ni
ideales desinteresados, tanto en los protagonistas
activos, como en la fuga y autoexilio de Alfonso XIII y
de su familia. Se desoyó a La Cierva, único político
que preveía las fatales consecuencias del abandono de la
Corona. El resultado no fue más que una siembra de
futuros conflictos. Los pactos republicanos, que
permanecieron secretos, en nada se relacionaban con el
quijotismo, sino todo lo contrario, por ser fruto del
transfuguismo, la traición, la cobardía, el
oscurantismo y ocultismo.
Años antes, se había producido el golpe del general
Primo de Rivera. Tampoco apareció D. Quijote. La obra de
este insigne militar fue gigantesca, pero individual y
propia de un patriota, la de un hombre de Estado, que no
pidió al pueblo español que se pronunciara con actos
masivos o heroicos. Los políticos profesionales se
quedaron conspirando sigilosamente, sin altura de miras.
3. SIGLO XIX
Hay constantes pronunciamientos, revoluciones, cambios
dinásticos y la guerra carlista. No quiero opinar sobre
si D. Quijote hizo acto de presencia en la última guerra
carlista, dado que fue sumamente compleja. Deseo
rememorar a D. Alfonso Carlos (hermano de Carlos VII)
que, como capitán de los zuavos pontificios, defendió,
personalmente, la Puerta Pía de Roma, sin esperanza de
triunfo, dada la diferencia de fuerzas; pero no es
Historia de España. Tampoco se repitió D. Quijote en el
general Ramón Cabrera, que se anticipó a Maeztu en la
visión de la decadencia, lo que dio lugar a que
reconociera a Alfonso XII, hijo de su combatida Isabel
II. Fue un mal paso, comprensible por su ancianidad
prematura, por su estado fisico y psíquico, por el
abandono de «su» monarca, y quizá también por haber
sucumbido ante el pesimismo. Esta comprensión no implica
aprobación.
Una incógnita me la producía el comportamiento de
Cánovas del Castillo, verdadero artífice del sistema
que duró varias décadas. Me ha dado luz la lectura del
«Pesimismo de Cánovas», debido a G. Fernández de la
Mora («Razón Española» núm. 84. julio 1997, págs.
50 y ss.). Cánovas nada tuvo de quijote. En él no
había ideal alguno, sino oportunismo y posibilismo, sin
que actuara con espíritu caballeresco. Sólo fueron las
circunstancias de cansancio político, las que le
proporcionaron triunfos. Además, buscaba un éxito
personal y permanente. Lo que produce cierta extrañeza
es que en el centenario de su asesinato, en un diario de
ámbito nacional se haya escrito que era enemigo de los
pronunciamientos militares, cuando su ascensión al poder
se debió a un golpe de Estado, en el que colaboró.
Posiblemente hubo unas intenciones inconfesables ante los
neocatólicos.
Para encontrar a D. Quijote, tenemos que retroceder al
general Ortega, en San Carlos de la Rápita. ¡Qué pocas
probabilidades de éxito tenía su odisea! Su riesgo,
pagado con la muerte, por la brevedad, se asemeja al de
Sanjurjo en 1932.
No cabe silenciar el quijotismo del Administrador de
Co-rreos de Talavera de la Reina, Manuel García
González, que siendo un funcionario civil se arriesgó a
declarar la legitimidad de D. Carlos María Isidro contra
la de Isabel II. También fue fugaz su aventura,
castigada con el fusilamiento. ¿Un administrador de
Correos contra un ejército?
Zumalacárregui fue un militar de honor, prestigio y
convicciones. Las circunstancias no le convirtieron en D.
Quijote, pues tenía competencia y medios, es decir,
posibilidades de triunfo.
4. RAMÓN CABRERA
D. Quijote aparece en el Maestrazgo, en la controvertida
persona de Ramón Cabrera. Sólo una figura estelar como
el ex seminarista logra que le obedezcan jefes y
oficiales, e incluso que les reprendiera por su
indisciplina. Fue una gallardía insólita. Al ver tanta
división, quiere crear su propio ejército, y se aleja
con un pobre caballo y un trabuco hacia los Puertos de
Baceite (que separan Aragón, Valencia y Cataluña).
Pronto se le unen cinco voluntarios, ¡armados con sendos
garrotes!, y con ese bagaje, declara la guerra al
Gobierno, al Ejército y a la Reina Gobernadora. Va
creciendo su voluntariado hasta conseguir situarse ante
las puertas de Madrid con veinte mil infantes, miles de
jinetes centenares de piezas de artillería y una
organizada intendencia. Ese D. Quijote no toma Madrid
porque se le ordena la retirada (que jamás comprendió y
nunca se ha explicado). Los voluntarios le idolatraban y
formaban un todo con el antiguo seminarista convertido en
general. No luchaban contra molinos de viento, sino
contra verdaderos gigantes. No fue un «tigre», como se
le ha acusado, sino más humano que sus oponentes los
liberales. Tenía un sentido sin límites de la justicia,
del honor, de la verdad y de la nobleza, y no transigía
con la traición, con la cobardía y con el robo. Para
salvar a uno solo de sus voluntarios hubiera dado la
vida. Cuando estaba por Andalucía y supo que la villa de
Cantavieja había caído en poder de los liberales,
lloró amargamente. Por eso, en esa población turolense,
el lema es el de «La bien amada de Cabrera». En todo
momento demostró su humanismo y la fidelidad a los
suyos.
Ni Cabrera, ni sus voluntarios, ni los generales y
ejércitos carlistas del Norte lucharon por restablecer
el antiguo régimen, que ya era imitación del de
Francia. En cambio, los cristinos, con la capa de
liberales, pretendían y lograron mantener un absolutismo
centralista.
5. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
Retrocediendo en el tiempo aparece otra epopeya, propia
de un quijote en cada esquina y en cada rincón español.
En realidad, la lucha por la independencia era una guerra
internacional, dentro de suelo hispano, como veremos que
también fue la de 1936/39.
El primer quijote fue un alcalde de pueblo, el de
Móstoles a quien se sumaría la mayoría del pueblo
hispánico. Lo característico fue la serie
ininterrumpida de actitudes populares que contrastaron
con la postura del Gobierno, de la Corona y de los
políticos. Estos últimos estaban aliados con Francia y
en contra de Inglaterra. El pueblo y el clero
prescindieron de tales pactos de Estado e invirtieron los
términos. Es verdad que el Gobierno se sumó al pueblo
en la lucha, pero manteniéndose en el espíritu
afrancesado, instaurando un liberalismo absolutista
(¡qué contrastes verídicos!), al que se unen varios
prelados, que llegaron a ser protagonistas.
Para el Gobierno y la generalidad de los políticos la
guerra internacional, iniciada en 1808, no es más que
dinástica para mantener a los Borbones franceses contra
los Bonapartes también franceses. Para el pueblo, en
cambio, la lucha tenía como fin conservar las
tradiciones españolas, ante todo la religión, y evitar
las masacres que suponía la Revolución francesa. Lo
mismo que en la futura guerra carlista, no se defendía
el antiguo régimen, sino una monarquía a la española,
respetuosa de los fueros y de las tradiciones de «rey
fueres, si bien hicieres y si non, non».
Se organizan guerrillas, encabezadas por alcaldes de
pueblo, por artesanos, por militares de poca graduación
(salvo excepciones) o por curas. El Dos de Mayo en Madrid
había sido el aldabonazo. Le siguen los «tambores del
Bruc» con el Somatén en la hispánica Cataluña.
Destaca Zaragoza, como en otros tiempos Sagunto y
Numancia. Es el pueblo aragonés el que destituye al
afrancesado capitán general y designa al general
Palafox. En esa gesta intervienen el cura Sas, el padre
Boggiero, el agricultor (militar retirado) Cerezo y el
también agricultor «tío Jorge». Luchaba David contra
Goliat. La situación no era esperanzadora; pero
produjeron un desgaste en el ejército napoleónico, que
contribuyó a su retroceso hasta el otro lado de los
Pirineos. Pasarán a la fama Agustina de Aragón, la
madre Ráfols, la condesa de Bureta, etc. Napoleón tuvo
que emplear los generales de mayor fama 2. Cada
guerrillero era un quijote.
Resultaron ciertas las últimas palabras de la
definición de Quijote. Se venció a la dinastía
napoleónica y se reinstauró la borbónica, pero como
los políticos estaban impregnados del espíritu
revolucionario francés, que era absolutista (con
vestimenta liberal) y centralista, el quijotismo del
pueblo español fue ineficaz, al menos de momento, por
cuanto no se consiguió combatir la Revolución 3. Se
ganó la guerra, se recuperó la independencia, pero se
perdió la paz 4.
Podríamos retroceder a lo largo de toda la Historia de
España, y veríamos que esa ha sido siempre su esencia:
las batallas de Flandes, el descubrimiento de América,
toda la Reconquista, etc.
6. CONCEPTO
Se conocen dos guerras mundiales: la llamada «europea»,
de la década de 1910, y la verdaderamente mundial, de la
década de 1940. Las recientes guerras «del Golfo», de
la antigua Yugoslavia y la de Albania, son guerras de
«intervención internacional», pero no son guerras
internacionales. La verdaderamente guerra internacional
fue la contienda habida en España, desde el verano de
1936 a la primavera de 1939, como lo demuestra la
existencia y el protagonismo de las brigadas
internacionales. Lo normal, actualmente, es llamar a la
que fue internacional, guerra civil si bien el bando
vencedor prefería llamarla «cruzada» o guerra «de
liberación». El autor de este trabajo vivió en las dos
zonas, y fue combatiente en ambas, la roja y la nacional.
Lo que sigue son vivencias personales.
El libro cuyo aspecto internacional se expone con mayor
profundidad y objetividad, es el del historiador Ricardo
de la Cierva, recientemente publicado con el título de
Brigadas Internacionales.
Aquella guerra para los españoles fue ideológica. Lo
expresó muy bien un miliciano anarquista, subido sobre
una camioneta y que con un altavoz se dirigía a los
sitiados en el Alcázar de Toledo (verano de 1936),
gritándoles: «Vosotros por creer en Dios y nosotros por
no creer en Él, la que hemos armau» 5.
7. ANTECEDENTES Y CAUSAS
La Constitución de la II República (1931) no fue
redactada por consenso, pero era formalmente democrática
por cuanto permitía la alternancia de los partidos
políticos. Esta posibilidad dio lugar a que en diciembre
de 1933, se produjera un cambio parlamentario y
gubernamental, sustituyendo un régimen de centro derecha
al de las izquierdas. A los pocos días, los anarquistas
se sublevan por casi toda España, y en octubre de 1934,
tanto los anarquistas como los comunistas y los
socialistas dan un golpe de Estado, mediante la llamada
«Revolución de Asturias», para derrocar la II
República. Los intentos fracasan, como también la
creación de un Estado catalán. En resumen, las
izquierdas, blasonando de demócratas, no aceptaban su
propia Constitución.
Las izquierdas logran un triunfo electoral en febrero de
1936. Se unen socialistas, comunistas y republicanos de
extrema izquierda, y forman un Frente Popular, y es la
ocasión para un autogolpe a fin de suprimir la
Constitución republicana y crear un Estado satélite de
la Rusia Soviética. Los anarquistas se limitan al apoyo
al Gobierno y a esperar la hora de la revolución; están
y permanecen armados. A España llegan comunistas de todo
el mundo, para la hora de lanzarse a la calle. Stalin
mueve los hilos.
La juventud de la Falange Española no puede soportar ese
negro futuro, la desintegración de España y
envenenamiento político y social de los trabajadores.
Los jóvenes de Gil Robles (J.A.P.), ante la apatía de
su «jefe», son muchos los que se pasan a las filas de
la Falange, en cuyo ideario hay poesía. La Comunión
Tradicionalista prepara, por su cuenta, el derribo de la
II República para restablecer la paz, las instituciones
seculares, la libertad de la Iglesia, e impedir la
sovietización de España. Un grupo de militares se
reagrupa para impedir que llegue a consumarse la
revolución del Frente Popular. El general de mayor
prestigio, el exiliado Sanjurjo (de ideología carlista),
logra aunar a los militares y a los tradicionalistas con
sus fuerzas de requetés. Dirigentes monárquicos y
carlistas visitan a Mussolini, para pedir ayuda para el
futuro alzamiento. El Gobierno del Frente Popular ostenta
el poder con todas las consecuencias; por lo que en todo
lo anterior existe un espíritu propio de D. Quijote, ya
que no parece posible derribar al poder gubernamental
organizado y vigilante. La situación se asemejaba a la
de octubre de 1833.
Había que ser los primeros. Se hizo famosa aquella frase
de un requeté navarro, que ante las indecisiones del
pacto con el general Mola, lanzó una frase lacónica:
«Yo me lanzaré, con el primero que se eche al campo».
¿No era quijotesca esta pretendida aventura? Así
estaban los ánimos. Todos sospechaban de todos. Como
escribió Gil Robles, «No fue posible la paz». Las
naciones occidentales y Rusia observaban y se
interesaban.
8. COMPRENDER LA GUERRA DE ESPAÑA
Un historiador extranjero, en su Prólogo sobre nuestra
guerra, advierte que es difícil comprender a los
extrajeros. Para ello, narra dos hechos que ponen de
manifiesto nuestro modo de entender la vida, a lo D.
Quijote, añado yo.
En un restaurante al Sur de Francia se encuentran dos
españoles. Sus mesas están distanciadas y el salón
lleno de comensales. «¿Qué haces por aquí?» «Estoy
de espía» No se concibe en ninguna otra parte del
mundo, que un espía lo declare públicamente; el ideal
ahogaba al riesgo y al peligro. El otro suceso es el del
coronel Moscardó, siguiendo a Guzmán el Bueno. Tanto
uno como el otro ejemplo son propios del espíritu
característico de los españoles.
Por mi parte, narraré dos anécdotas de entre muchas que
son inéditas. Era el 4 de septiembre de 1937. Algunos de
los defensores del Seminario de Belchite que no estaban
heridos cayeron prisioneros, y en aquella noche trágica
se les tomó declaración en el puesto de mando de las
brigadas internacionales. Un comunista español es el que
interroga a los prisioneros. -«Si blasfemas, se te
perdonará la vida». El prisionero que estaba detrás,
se adelanta y con voz firme y mirando cariñosamente al
joven dice: -«Un requeté jamás puede blasfemar».
«¿Quién eres tú para dar órdenes y consejos?»
-«Soy el capellán del Tercio de Requetés». Al padre
Espantaleón Cobeta, lo arrastraron fuera de la chabola y
le dispararon dos tiros. No cabe duda de que el capellán
sabía lo que le iba a suceder con su acto quijotesco a
la par que apostólico.
En la noche de ese mismo día, en Hijar estaba prisionera
Agustina Simón, enfermera de primera línea en el frente
de Belchite. Se le llamó y se le ofreció salvar su
vida. -«Si prometes ser enfermera en nuestros
hospitales, esta noche no te fusilaremos». Contestó
toda resuelta, sin quitarse la boina colorada.
-«Conforme, si me garantizáis por escrito que me
autorizaréis a rezar el Rosario en los hospitales,
juntamente con vuestros enfermos y heridos». Como
contestación se oyeron unas blasfemias. Aquella noche no
fue fusilada Agustina, sino asesinada a bayonetazos, por
la osadía de su propuesta y por sus últimas palabras de
perdón. Son actos heroicos y de martirio; pero también
son un modo de entender la vida como D. Quijote, sin
miedo a las consecuencias sabidas de antemano.
9.- ESTALLA LA GUERRA INTERNACIONAL 6
El general Emilio Mola, en Navarra, era el artífice del
Alzamiento cívico militar, desde un principio. El
General Franco no se decide hasta el último momento de
julio, el Príncipe Regente de los carlistas, desde
Francia, cursa unos telegramas a los principales
militares comprometidos. Ese mismo día se inició en el
África española el Alzamiento. El día 19 cuando casi
nadie sabía qué era lo que estaba sucediendo, los
anarquistas y los comunistas sacan sus escopetas, se
reagrupan y asaltan cuarteles de la Guardia civil, para
acaparar más armas. Nadie -que yo sepa- ha podido
esclarecer, cómo estaban al corriente de los
acontecimientos que vertiginosamente se iban sucediendo,
incluso, anticipándose, en ocasiones a los hechos. El
resto de los españoles ignoraba lo que estaba
sucediendo.
Antes del Alzamiento, el comunismo internacional tenía
grupos de extranjeros preparados para su golpe de Estado,
so pretexto de la Olimpiada. El 21 de julio ya se toman
decisiones en Rusia y en los órganos del comunismo
internacional sobre España. Lo mismo sucede en los
siguientes días. Empezó el reclutamiento urgente de
comunistas, por toda Europa, para apoyar a la República
española. El general Mola (el Director) envió un
emisario a Alemania para contratar el suministro de
armas; pero se encontró que se le había anticipado otro
enviado por el general Franco. No había verdadera
coordinación inicial. También es un punto de guerra
internacional.
El Alzamiento fracasó. Todas las grandes ciudades
(Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao) se mantenían
sumisas al Gobierno republicano. Lo mismo sucede con la
Aviación y la Armada. El Gobierno contaba, además, con
el Banco de España y con la organización gubernamental
y la diplomacia. Ante tal situación el general Mola
pensaba suicidarse. Hasta ese momento merecía el
calificativo de D. Quijote por la preparación compleja
del dificil Alzamiento. Se desesperaba. Así se lo
comunica al Delegado Nacional de Requetés quien le pide
que espere dos o tres días. Al observar el voluntariado
navarro, con sus miles de boinas rojas y de camisas
azules, cambia el pesimismo por el optimismo.
La sorpresa se produjo en Zaragoza, que contaba con la
mayor cantidad de anarquistas, bien pertrechados y
dispuestos a la lucha por la revolución. El General de
la División (Capitanía General) era masón y
republicano por lo que el Gobierno tenía plena
confianza. Se repetía el caso de la destitución del
capitán general al inicio del Primer Sitio de la Guerra
de la Independencia. Como estaba indeciso, el Gobierno le
envía otro general amigo suyo. Ante las presiones que
recibía Cabanellas por parte de ese general también
masón, unos capitanes entran, pistola en mano en el
despacho del general, y detienen al general Nuñez del
Prado. «Ud. mi general, queda detenido» y entregan a
Cabanellas el bando del Estado de guerra con estas
palabras: «Firma o no, mi general». Estampó la firma
sobre el bando. Esta anécdota es inédita; es más, se
ha silenciado la causa por la que el general Mola nombró
presidente de la Junta de Defensa de Burgos a Cabanellas.
Fue para alejarlo del mando de armas y tenerle vigilado
7. Aquellos capitanes merecen estar incluidos entre los
quijotes. Lo arriesgaban todo con pocas probabilidades de
éxito. Otro D. Quijote fue Queipo de Llano, con su
atrevida aventura de «encerrar» al general de la
División de Andalucía, que era amigo y compañero de
intentos de golpes de Estado.
10. EL VOLUNTARIADO
En la zona «republicana», el voluntariado tuvo un
triple origen. El más numeroso fue el de los
anarco-sindicalistas, seguido por los comunistas. Los
primeros desorganizados, pero los comunistas
disciplinados y jerarquizados. Desde el primer día,
anarquistas y comunistas estuvieron armados. Durante todo
el mes de agosto, se van sumando grupos de voluntarios
marxistas internacionales, hasta que se constituyen
oficialmente las Brigadas Internacionales que serían la
fuerza decisiva en esa zona. No pudieron formarse
unidades de voluntarios que defendieran a la República
en sí misma, es decir, tal como estaba promulgado en la
Constitución de 1931. Los que eran verdaderamente
republicanos permanecieron en sus casas, esperando, a lo
sumo, que se les llamara por los reemplazos de
reclutamiento. Los republicanos moderados e históricos
se evadían al ejército nacional y pasaban a ser
voluntarios contra la República.
En el voluntariado comunista estaba ausente el espíritu
quijotesco, pues se creían seguros del triunfo, por la
ayuda soviética e internacional. Tan solo se aspiraba a
lograr el poder político, con la falsedad de que se
combatía en favor de la República constituida; pero lo
cierto era que, tras su imaginada victoria, se quería
sustituir la Constitución de 1931 por otra de tipo
soviético, es decir, antidemocrática.
El voluntariado de las Brigadas Internacionales estaba
compuesto por comunistas, que generalmente eran
expresidiarios comunes o muertos de hambre, que buscaban
botín.
En la zona nacional destacaron los ya organizados Tercios
de Requetés. Muy rápidamente se constituyeron Banderas
de Falange. Los jóvenes de la democracia cristiana o se
sumaron a las banderas de Falange o bien se incorporaron
al Ejército regular, pues no lograron unidades propias.
La juventud de Renovación Española (tradicionalistas
alfonsinos) sólo consiguieron pequeñas unidades, que
tuvieron que integrarse en los Tercios de Requetés, y lo
mismo sucedió con los «albiñanistas». Los
monárquicos liberales no aparecieron por parte alguna lo
mismo que los verdaderamente republicanos.
Quiero aclarar el error muy generalizado de algunas
estadísticas en las que aparecen muchas más unidades,
llamadas Banderas de Falange, que Tercios de Requetés.
La causa es la siguiente. A medida que el ejército
nacional conquistaba poblaciones o como consecuencia de
los numerosos evadidos de la zona republicana, el
voluntariado crecía y se les invitaba a integrarse en
Banderas de Falange y no en Tercios de Requetés a los
que detestaba el máximo político de la España
nacional, Ramón Serrano Suñer. Así lo puedo afirmar y
suscribir por vivencia propia en el principal campo de
evadidos, en San Gregorio de Zaragoza 8.
Pocos historiadores se han ocupado de la orden que el
General Director, Emilio Mola, dio al Delegado Nacional
de Requetés, José Luis Zamanillo, en el sentido de que,
como no tenía plena confianza en todos los soldados de
reemplazo, muchos requetés no se alistasen en sus
Tercios, sino en unidades regulares del Ejército.
Era el pueblo convertido en quijote, por aquella
«poesía que construye», como acertadamente dijo José
Antonio. Aquella gesta es incomprensible en este tiempo
tan materializado y secularizado. Salían unidades de
voluntarios no sólo cantando, sino con la Cruz alzada,
como si se tratase de una procesión. Manuel Fraga, en un
discurso pronunciado en la Cátedra General Palafox, en
1961, fijó la clave de aquel voluntariado nacional: «No
se luchó CON la juventud, sino, en gran parte, POR la
juventud», es decir, fue una reacción de la juventud
que se volcó a la lucha. Todo este voluntariado fue muy
superior al de la zona republicana, por lo que en ésta
se tuvieron que movilizar forzosamente diez reemplazos
más que en la zona nacional. Esto prueba la falsedad de
que el pueblo quiso defender la República.
Al propio tiempo, hay que sumar, en el bando nacional, el
voluntariado de italianos, alemanes, portugueses e
irlandeses que contribuyen a que la guerra fuese
internacional. A estos combatientes internacionales se
les acusó y se les calificó como «mercenarios» por
los comunistas. A los muertos italianos se les
«recompensó», a principios de la década de 1940, con
una capilla y una torre junto a la Basílica de San
Antonio en Zaragoza. El principal contingente fue el del
Cuerpo de Tropas Voluntarias (C.T.V.) con las «camisas
negras italianas», los cuales ni fueron quijotes ni
tampoco cobardes, como les acusó la propaganda roja. La
batalla perdida de Guadalajara fue un error de táctica.
En otras batallas, los italianos tuvieron éxito, e
incluso se otorgaron importantes condecoraciones. Yo
asistí al acto de entrega de una Laureada. Todo el
voluntariado extranjero en la zona nacional no superaría
apenas a la mitad de los internacionales republicanos.
En el voluntariado de la zona roja (calificativo que
aceptaban) había que distinguir tres tipos bien
diferentes. Por una parte, estaban los comunistas, que en
un principio se agruparon en lo que se llamó el Quinto
Regimiento, y luego, entre otras unidades muy combativas,
destacó la División Líster. Su ideal no era el de
redimir la sociedad «desfaciendo entuertos», sino el de
alcanzar el poder, y tras su esperada victoria, sustituir
la Constitución republicana de 1931 por el modelo
soviético. Eran, por tanto, internacionalistas. En
consecuencia, había una farsa impropia de D. Quijote 9.
El otro grupo de voluntarios lo formaban los
anarco-sindicalistas, también conocidos por comunistas
libertarios, anarquistas o ácratas. Su máxima figura
combativa fue Durruti, al que asesinaron los comunistas.
¡Lastima que no haya podido conservar la redacción que
tuve que hacer sobre Durruti, para entregarla a mi
«profesor de Revolución» en la zona roja! Consideraban
a los comunistas stalinianos, como verdaderos enemigos.
Actuaban según el corazón y no con la cabeza.
Pretendían, en primer lugar, hacer la revolución. Por
eso eran ineficaces en la guerra de defensa y ataque.
Oficialmente deseaban una sociedad más justa y
equi-tativa: querían que «cada persona trabajase lo que
pudiera y se le entregaría lo que necesitase». No
comprendieron que esa utopía era irrealizable, y tan
solo alcanzable en los conventos y monasterios, o en el
entorno familiar donde se obedece por amor o por
disciplina voluntariamente adoptada. Coaccionaron el
colectivismo agrario y artesanal. Quisieron borrar todo
lo que oliese a civilización occidental: la propiedad,
la libertad de mercado, el ejercicio de la religión.
Destruyerón templos, asesinaron a quienes se oponían,
quemaron archivos y bibliotecas y catastros porque eran
resultado del capitalismo, secuestraron fincas,
suprimieron la moneda, etc. Con importante botín, los
jefes se exiliaron a Francia antes de finalizar la
guerra. Hay que reconocer que la utopía era propia de D.
Quijote, de aquella inexistente edad de oro, en la que
«no había lo tuyo ni lo mío». El resultado fue
inverso al ideal, por los medios empleados y
especialmente por el método coactivo. No eran
internacionalistas, por propia definición de ni Dios ni
amo 10, 10 bis.
Si los voluntarios republicanos, partidarios de la
Constitución, brillaron por su ausencia, lo mismo puede
afirmarse de los socialistas en general, que tuvieron que
adscribirse a unidades comunistas o filocomunistas.
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(continua
en el siguiente)
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