LIBRO: La historia de una dejación. (La Cruz Laureada de San Fernando en el Escudo de Navarra) Comentarios de Rafel Gambra al libro de Javier Nagore Yárnoz.

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LIBROS: La historia de una dejación. (La Cruz Laureada de San Fernando en el Escudo de Navarra). nº 88

Comentarios de Rafel Gambra al libro de Javier Nagore Yárnoz.

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LIBROS: La historia de una dejación. (La Cruz Laureada de San Fernando en el Escudo de Navarra)

Nagore Yárnoz, Javier: La historia de una dejación. (La Cruz Laureada de San Fernando en el Escudo de Navarra), Madrid, Edcs. Círculo Carlista San Mateo 1997, 54 págs.

Es preciso haberlo vivido para conocer el inmenso prestigio que tuvo Navarra en 1936 y durante toda la guerra de liberación, tanto en la zona nacional como en la roja e incluso en todo el mundo. Las Brigadas de Navarra llevaron el peso de la vanguardia del ejército del Norte. Sobre todo, en las primeras semanas, cuando el alzamiento propiamente fracasa y se convierte en guerra. El voluntariado navarro, no menor de cuarenta mil hombres,"cubrió los frentes de combate, desde Guipúzcoa a Somosierra y de Zaragoza a Huesca y Teruel, salvando la situación. "Un requeté confesado -se decía entonces- es imparable". Para el ambiente general aquelloers algo mítico y heroico".

El número de bajas mortales entre los navarros superó a la media sufrida por la Legión. Además, los navarros aportaron a la guerra, en altísima medida, el entusiasmo religioso, el espíritu de cruzada y, con ellos, la alegría y la fe en la victoria. En reconocimiento a esta ejecutoria el Generalísimo Franco concedió el 9 de noviembre de 1937 a Navarra la Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración militar al valor heroico. Aún quedaba, sin embargo, la segunda y más sangrienta mitad de la guerra hasta alcanzar la victoria. El entusiasmo por aquella concesión pública, en Pamplona, fue indescriptible, con la presencia de la 1ª Brigada navarra, que descansaba en la capital al finalizar la crudelísima campaña del Norte. Desde ese día, la Laureada pasó a formar la ornamentación del escudo de Navarra constituido por las cadenas que los navarros lograron en la gran victoria de las Navas de Tolosa, decisiva en la Reconquista.

¿Puede concebirse que cuarenta y cinco años más tarde, al calor de la llamada "transición", surgieran voces en la propia Navarra pidiendo la supresión en su escudo de tan precioso trofeo? ¿Y que el nuevo Parlamento navarro, aunque por un solo voto de diferencia, acordase la supresión de la Laureada? ¿Y que para mayor escarnio ese voto fuera de un ex requeté en la guerra, renegado de su ejecutoria?

Javier Nagore, eminente jurista navarro que a muy temprana edad hizo toda la guerra como requeté voluntario, acaba de publicar, bellamente editado, un opúsculo, que hace historia de este triste asunto que llegó hasta el Consejo de Estado. Ciertamente Navarra no era ya en los años 80 la que fue en 1936: el Carlismo había ido muy a menos por la falta de solución dinástica; las nuevas generaciones habían oído abundantemente los cantos de sirena del separatismo vasco que en algunos prendió por la supuesta superioridad racial vasca que predican, en otros por su simple anticentralismo o antifranquismo. Navarra había sido también pervertida religiosamente en el postconcilio por muchos de sus propios pastores que tanto contribuyeron a la pérdida de la fe; y, en fin, el ambiente moral había resultado enervado y anestesiado por el más alto nivel de vida y por la emigración generalizada de los pueblos a las ciudades.

Nagore nos relata con extremada veracidad y rigor los trámites y peripecias que condujeron a la eliminación de la Laureada en su uso por la Diputación (hoy Gobierno) de Navarra. Nos hace ver cómo la reacción ante el despojo surgió principalmente en la Navarra periférica, concretamente con la Comisión de Navarros en Madrid, fundada entre la numerosa colonia navarra residente en la capital. En rigor, el despojo era muy vulnerable porque un Decreto de la Jefatura del Estado no podía ser anulado por una simple norma de un Parlamento foral. Sin embargo —y previo Dictamen del Consejo de Estado— se llegó al acuerdo de no exhibirla en sus documentos oficiales. La Laureada quedaba en el escudo grande o solemne de Navarra y podían usarla legalmente cuantos quisieran, pero en la práctica desaparecía.

La Laureada se identificó de tal forma en la silueta heráldica de Navarra durante los más de cuarenta años de su vigencia, que el actual escudo desprovisto de ella resulta desmedrado y raquítico. Esperemos que, al igual que la Corona Real se quitó del escudo en la República y cinco años después se repuso, suceda algo semejante con la Laureada que sólo ha podido eliminarse con escarnio de quienes la ganaron, que, para la mayoría de los navarros, fueron sus propios padres.

Precioso libro este de Javier Nagore que servirá de memoria de lo que gloriosamente fue y tal vez vuelva a ser realidad.

Rafael Gambra.


 

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