¿Final de la edad de oro?. Por C. Muñiz.

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¿Final de la edad de oro?. nº 88

Por C. Muñiz.

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¿Final de la edad de oro?

Crisis. Sucesos como el cierre de la empresa X se vuelven cotidianos y acompañan a las familias en la cena, mientras ven el telediario; llegan noticias de la sobrina que se divorcia, el hijo del amigo íntimo de la familia muere por sobredosis, y el vecino, conductor de profesión, salvó la vida, milagrosamente, tres meses antes en un asalto… Sucesos como estos se hacen cotidianos y acompañan a cualquier familia española, europea o quizás norteamericana, y para la mayoría de la gente, las condiciones de vida empeorarán, y la crisis, primero económica, golpea después todos los demás ámbitos de la vida.

Los fenómenos sociales que aparecen entre nosotros no son ni nuevos, ya que empiezan con la década de los 70, ni aislados —ya que se dan en muchos países—, ni superficiales, ya que reflejan una descomposición profunda, sino que son generalizados, crecientes en intensidad y ya con una cierta historia. Estas manifestaciones de la crisis son el paro (crisis económica), la corrupción y el terrorismo (crisis política), especulación (crisis financiera) y drogas y sectas (crisis psicológica), y reflejan todas ellas el mal funcionamiento de la economía desde principios de los años 70.

Habrá quien argumente que paro, sectas, inflación y terrorismo existían ya en la Alemania de Weimar, y es cierto, pero fue un período histórico breve, localizado en un sólo país y la resolución de aquellos conflictos fue irrepetible. La envergadura de la crisis actual indica mucho más que una crisis coyuntural y pasajera, sino que sería, en el mejor de los casos, un cambio de estructuras, y, en el peor, algo parecido al final del imperio romano.

Los inicios de la caída. En agosto de 1971, Nixon suspende la convertibilidad del dólar y lo deja flotar para librar a la economía norteamericana de las presiones inflacionistas derivadas de la guerra del Vietnam, lo que marca el inicio de la especulación financiera que vendrá después, en un ambiente de contestación política (Panteras Negras etc…) y corrupción política tanto en la presidencia de la nación, como en los niveles intermedios de la administración y los servicios secretos (proceso de Chicago).

Son los sobornos del Wiener Allgemeines Krankenhaus (Hospital General de Viena), los diamantes de Bokassa para Giscard D’Estaing, y el escándalo Lockeed que golpea desde Japón al primer ministro hasta a la reina Juliana de Holanda y al príncipe Bernardo.

Es un momento en que el Club de Roma había anticipado una escasez de materias primas en su primer informe de 1972 y, un año después, el mundo contiene la respiración ante el embargo de petróleo decretado por la OPEP a los aliados de Israel, mientras en Europa se llega a prohibir el tráfico dominical en algunos países. Los sueños de prosperidad sin límites, de la década anterior se han acabado.

El terrorismo como fenómeno global, con características propias en cada país donde actúa arranca, también con desigual intensidad según el momento y el lugar; en España es ETA, en Italia las Brigadas Rojas, en Inglaterra el IRA, en Alemania la RAF, hasta llegar a los casos límite uruguayo o argentino de guerra de guerrillas contra el Estado y su represión militar, además de golpes espectaculares de la OLP en el secuestro de los ministros de la OPEP en Viena, etc…

A todo esto hay que añadir el inicio del paro en Europa Occidental y en USA donde, a partir de 1974 se congelan los salarios reales y se desarrollan las sectas como fenómeno social, ligado quizá al miedo al futuro.

Estos fenómenos revelan problemas profundos, o parafraseando la terminología marxista, son fenómenos de la superestructura que revelan una crisis estructural. Aparecidos en los años setenta, ya no van a desaparecer, sino que permanecen con diferente intensidad según el momento y el lugar, pero con un telón de fondo común: la crisis creciente.

La era del espejismo. El año 1980 se caracteriza por la elección de Ronald Reagan y la puesta en marcha de los reaganomics o , la economías de la oferta basada en los postulados monetaristas de Friedman y la escuela de Chicago y en la obra Wealth and poverty de George Gilder, y supone aparentemente una mejoría en la situación económica, pero en realidad no es así: consolidación del paro, aumento de los déficits públicos que alimentan el consumo, altos tipos de interés que penalizan la adquisición de capital productivo, endeudamiento de particulares empresas y Estado, especulación financiera y, finalmente, estallido de la burbuja financiera en 1987-89.

Se alzan algunos economistas, algunos de ellos de mucho prestigio y llegan a pronosticar un crack financiero, como J.K. Galbraith en El paralelo 1929 o Maurice Allais en La condición monetaria del mercado con lo que se repite la historia: el crack de 1929 fue también pronosticado por Roger Babson y Paul Warburg.

Una generación de jóvenes ambiciosos, provistos de crédito ilimitado bancario, fueron imitados en el mundo entero: eran los , hombres que armados de poco capital propio e instrumentos financieros inverosímiles, compraban empresas para desmenuzarlas y venderlas después por partes. Huelga decir que estos financieros no eran en ningún caso creadores de riqueza, como lo fueron décadas antes Henry Ford, Alfred Sloan o Louis Renault.

El fenómeno terrorista permanece: mientras unos grupos se extinguen —Brigadas Rojas, RAF, Montoneros— surgen otros —Sendero Luminoso, Hezbollah— y otros continúan —IRA, ETA— y es en Colombia donde los jefes de los cárteles productores de cocaína se constituyen en grupo terrorista —los extraditables— para perseguir sus propios fines. Los partidos socialistas de todo el mundo eran protagonistas de escándalos de financiación ilegal (Venezuela, España, Francia, Italia…), cuando no, también, de terrorismo de Estado o de connivencia con el crimen organizado. Y en USA, el presidente Reagan tenía problemas al ser procesados sus subordinados J. Poindexter y O. North por el Irangate.

Pero no eran los políticos los únicos con problemas legales en los ochenta: algunos financieros, también estaban pasando por su propio calvario tras el crash de Octubre de 1987, y M. Milken (el rey de los bonos basura) I. Boesky (el rey del arbitraje). B. Jefferies, G. Ronson, A. Nadir, G. Parreti, R. Gardini, M. Conde… por citar unos pocos, pisaron la cárcel en algún momento. Sobra añadir que en los ochenta el sector económico próspero era el sector financiero y la economía productiva se hallaba en declive.

Cuando se produjo el crash de Octubre de 1987 —previsto por los economistas antes citados y además por M. Devries, S. Burns, L. Silk, C. Saint-Etienne y B. Biggs— Wall Street empezó a subir nuevamente hasta el minicrash de octubre de 1989, se mantuvo bajista durante 1990 y volvió a ser alcista en 1991 para seguir subiendo los años siguientes, un comportamiento completamente distinto de 1929, en que tras el crash, empezó una bajada que culminó en 1933, y durante esos años, los lunes, solían ser días de fuertes pérdidas.

El corazón de las tinieblas. El muro de Berlín ha caído bastante inesperadamente, la prensa mundial airea escándalos político-financieros de la década precedente, mientras en la OCDE hay 37 millones de parados y en la Unión Europea 16 millones. Hay unanimidad y se propone el capitalismo como único sistema posible, pero ¿está sano el capitalismo? Están en curso tres procesos que destruyen empleos en Europa y USA, y como consecuencia de ello restan poder adquisitivo al mercado.

La informatización es la lógica consecuencia de la evolución tecnológica, y es una bella coincidencia que la primera ola de informatización, el ordenador coincida con el inicio de las crisis a principios de los años 70. El segundo proceso es la deslocalización, la transferencia de fábricas a países de mano de obra barata: Africa, este de Europa y sudeste asiático. Y el tercero es el o adelgazamiento de los cuadros medios de las empresas resultado, en parte, de la deslocalización y la informatización, pero también de la presión bursátil por los beneficios a corto plazo.

Los grupos terroristas marxistas desaparecen tras la caída del , no así los irlandeses y vascos, y surge el terrorismo integrista musulmán que golpea en Argelia, Egipto y Turquía y también en USA y Europa. En Argelia se libra una auténtica guerra de guerrillas entre los militares apoyados por Europa y los integristas, y cuyo fin último es la conquista del Estado.

Las sectas continúan, también, a la orden del día, con suicidios masivos como , y en Japón que lanzan el gas Sarín en el metro de Tokio. El pensamiento económico alza algunas voces discordantes con el estado de la cuestión R. Batra, B. Connolly, Stephen Roach o Sir James Golsmith critican la gestión de la economía y la cosa pública.

En Europa y USA aparecen fugazmente candidatos populistas y derechistas (Ross Perot, Le Pen, Bossi, Wachmeister, Haider, etc…), posiblemente reflejos de un malestar difuso; pero no se consolida ninguno de ellos como partido de masas o como alternativa de poder.

Conclusión. Galbraith, dijo una vez que los economistas se dividen entre los que no saben y los que no saben que no saben; pero, no obstante, los más clarividentes se dan cuenta de los excesos del ultraliberalismo y alzan su voz contra ellos. Incluso George Soros y Stephen Roach, financieros de élite, ambos critican tales excesos.

La crónica de los últimos veinticinco años es la de una caída, cada vez con mayor velocidad sin encontrar el punto de equilibrio. La economía y la sociología son ciencias jóvenes y cuantitativas que existen desde hace doscientos años y, por tanto, carecen de elementos para identificar el fin de una organización social, como ocurrió con el Imperio Romano o con el feudalismo.

Los fenómenos antes citados —paro, corrupción, terrorismo, sectas— unidos a otros más individuales, pero no menos significativos —divorcio, delincuencia, familias monoparentales— no dejan mucho lugar a la esperanza. En España, Italia, Francia o Japón, las tasas de natalidad ya están muy por debajo de la tasa de reemplazo necesaria para que se mantenga la población; tendencia que se inició en la década de los 70.

La crisis es también crisis de ideas; faltan o son anticuadas en el mejor de los casos, baste, como ejemplo, decir que cuando Renault cerró su planta de Vilvorve (Bruselas), los economistas lo justificaron diciendo que había exceso de capacidad productiva, cuando lo que hay es defecto de capacidad de demanda, a lo que habría que añadir que si un solo fabricante traslada su producto a países de mano de obra barata, obtiene un producto barato, pero si lo hacen todos los fabricantes hunden el mercado, ya que unos despiden a los potenciales compradores de los otros.

Esta crisis intelectual produce obras como La revancha de Dios o El fin del trabajo que son descripciones y nada más que eso. Falta la visión, a largo plazo de las soluciones y el análisis profundo, aunque algunos pensadores: Michael Edwards, Ravi Batra, Paul Martin o James Goldsmith, sí puedan ver más allá.

Cuenta Edwards, cómo en 1986, Inglaterra cambió su definición de desempleo, con lo que, ¡oh milagro!, éste pasó del dieciocho al doce por ciento. Y así los políticos profesionales conseguirán, gracias a los periodistas, que la gente crea lo que necesita creer. No es novedoso porque en Viena, en las fiestas de Navidad de 1940, todos fueron convencidos de que sería una guerra corta, ya que no querían la guerra.

De no emprenderse reformas serias van a sonar las campanas de medianoche.

Carlos Muñiz.


 

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