Azaña, la charca del rencor. Por A. Maestro.

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Azaña, la charca del rencor. nº 88

A. Maestro.

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Azaña, la charca del rencor

Manuel Azaña, que ahora algunos presentan como un "intelectual", fue sobre todo un orador de mitin y un memorialista. Por eso, su obra publicada está principalmente compuesta de discursos políticos y de recuerdos más o menos autobiográficos. No escribió ni un solo libro de mediana envergadura conceptual. Por separado o insertados en ediciones de Obras ya se habían publicado los diarios de Azaña (iniciados en julio de 1931), excepto tres cuadernos (22-VIII-32 a 10-IX-32; 28-XI-32 a 28-II-33; y 1-VI-33 a 26-VIII-33) que, con otra importante documentación, fueron hábilmente obtenidos por el agente diplomático Antonio Espinosa (los guardaba su cuñado Rivas Cherif con quien Azaña mantenía una amistad muy especial), parcialmente publicados por el historiador Joaquín Arrarás en 1939, y recientemente donados por la hija del Generalísimo Franco al Estado español. Esos tres cuadernos entre los que se intercala otro ya bien conocido (1-III-33 a 30-V-33) son los que ahora ven la luz en una editorial privada.

Estas páginas contienen nimiedades, chismes, cotilleos, habladurías, y politiquería. Brillan por su ausencia una idea grande o una cuestión de Estado. Apenas hay tres o cuatro episodios, como el descalificador de Casas Viejas, que merezcan un hueco en la pequeña historia. Lo revelador es que retratan, una vez más, la pueril vanidad de Azaña y el atroz resentimiento contra casi toda su circunstancia política: el pueblo español y la clase gobernante de la II República.

El lector sonríe cada vez que Azaña reseña sus "éxitos", "ovaciones" , "aplausos" y hasta las "apoteosis" (p. 83) de que se cree objeto. El es quien personalmente ha de reescribir lo que viene mal redactado y resolver todos los problemas. Pero el asombro resulta preocupante cuando Azaña escribe "no temngo ahora sustituto" (P. 39), "soy -según los democristianos- lo único de la república" (p. 50), "¿no habrá otro hombre que me releve?"(p. 355), "Llevocasi dos años afrontando solo todos los debates" (p. 374). El resulta ser el único, a causa de la "mediocridad de la clase social que pugna por preponderar en la República", de la "anemia y poquedad" del espíritu español (p. 348), y del "vendaval de de necedad que sopla en todos los cuadrantes" (p. 85). Persuadido de su autosuficiencia, declara que "en todas partes y en todos los asuntos tropiezo con lo mismo ¿dónde está la gente capaz de hacer bien las cosas? (p. 416). Si la absoluta derrota militar no le hubiera borrado del mapa político ¿hasta qué límite habría llegado lo que su general Casado denominaba "la dictadura" de Azaña? La presunción del personaje se adentraba en lo patológico.

A lo largo de sus diarios, Azaña descalifica a sus opositores: "Obstrucción", "obstruccionismo y "obstruccionistas" son vocablos repetidos hasta la saciedad. Le irrita cualquier discrepancia; impermeable a la crítica, respondía a la objección con la fulminación y el denuesto. Se queja indignado en agosto de 1933: "En el régimen que nos hemos dado y en el actual estado de las pasiones las nueve décimas de la atención, de la energía y del tiempo se gastan en defender el instrumento de gobierno, y para gobernar queda muy poco de todo" (p. 422). Claro que ese instrumento de Gobierno es el suyo, el que preside.

La lista de los improperios que lanza a ministros, diputados y funcionarios es interminable. Por ejemplo, M. Burgos Mazo es un "idiota" y M. Cabanellas es "pueril". Con Alcalá Zamora "no se puede hablar de nada interesante". La "impudicia reporteril" de los colaboradores de El Heraldo. La "traición" y "jesuitismo" de José Ortega y Gasset. Manuel Aznar es un "fascista". De Sáinz Rodríguez y sus colegas monárquicos exclama "¡qué gente!". El "necio" de R. Salazar Alonso, y los "galimatías" de F. Sánchez Román. El lerrouxismo es "una infección". Los periodistas P. Mourlane y V. de la Serna son "reaccionarios", y el general J. Poza es un "bobo que padece artilleritis". La "terquedad" de C. Sánchez Albornoz, "arrepentido de ser republicano".

Así despacha a la administración española del protectorado: "En Marruecos las únicas perrsonas decentes sonlos moros". En Unamuno ve "estupidez o mala acción", también "simplezas". Las Sociedades de Amigos del País son "cosa inservible y algo bufa". Melquiades Alvarez es "lastimoso"; S. de Madariaga "ligero" ; S. Alba es "intrigante, malintencionado y rencoroso" . La policía es "inútil". M. García Morente es "triste y bobo". J.M. Gil Robles es un "danzante". I. Prieto "pasional" y de "acento plebeyo". M. Maura "señorito jaque, provocador, despota". Los "diputados radicales berrean y patean" y su partido es "infecto". J. Besteiro se cree el "ombligo del mundo". A. Albornoz de "fondo innoble". Hay retratos demoledores como el de R. Pérez de Ayala. También es sulfúrico con J. I. Luca de Tena. Pero el personaje contra el que Azaña va revelando un creciente e incontenible rencor es Alcalá Zamora a quien no perdona que se le haya adelantado en la presidencia de la República (al final logró destituirlo y sucederle). Casi nadie se salva en medio del azañista auto de fe.

Todo lo social, oficial y protocolario le aburre. La clase política y los españoles le inspiran profundo desprecio. El ánimo de este personaje es una charca de resentimientos. ¿Cómo pudo sobrevivir a tal tortura interior? El nos lo confiesa: "El desden me sostiene" (p. 393). Pero ¿qué le autorizaba a ser desdeñoso con casi todo? ¿Acaso ser un "escritor sin lectores", como satirizaba Unamuno? Desde luego, no por haber fomentado el Frente Popular que condujo a la guerra civil. Tampoco por su complicidad en el golpe separatista de la Generalidad. No por llegar a ser el Presidente del mayor holocausto cristiano de la Historia, superior a los Diocleciano, Robespierre y Stalin. Tampoco por el irresponsable abandono del Palacio Real durante la guerra civil porque le despertaban el ruido de los disparos contra los derechistas y católicos que por las noches eran asesinados junto al Campo del Moro, según su propia y espeluznante confesión. Tampoco por haber hundido a la economía española que Primo de Rivera dejó en máximos históricos. Tampoco por haber llevado a una muerte inútil a miles de españoles prolongando temeraria y desesperadamente una guerra que tenía perdida desde la batalla del Ebro. Tampoco por su cobarde huida y su fracasado final.

El estilo de estos diarios, salvo alguna fugaz nota paisajística, es oficinesco y plúmbeo, a pesar de que el autor se jacta nada menos que de su "formación de artista" (p. 116). Es una autodescripción que raya en lo cómico.

Este es el libro que acaba de presentar el Presidente del Gobierno.

Por aquello de que puede suponerse que José María Aznar no se ha leído este diario (demoledor de su abuelo, el historiador de la guerra civil, embajador y biógrafo de Franco, Manuel Aznar), verdadero suplicio para cualquier espíritu equilibrado, y sentencia condenatoria contra su repelente autor.

Angel Maestro.


 

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