LIBRO: Masonería y Ejército en la Segunda República. Comentarios de Diego Arnedo al libro de Luis Lavour.

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LIBROS: Masonería y Ejército en la Segunda República. nº 88

Comentarios de Diego Arnedo al libro de Luis Lavour.

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LIBROS: Masonería y Ejército en la Segunda República

Lavaur, Luis: Masonería y Ejército en la segunda República, ed. Lavaur, Madrid 1997, 190 págs.

Como introducción al periodo monográficamente estudiado, el autor entiende que Primo de Rivera contra la masonería, más bien hubo pues los boletines de las logias se publicaban sin dificultad alguna. En tiempos de la Dictadura ya eran masones algunos oficiales que alcanzarían el generalato como E. López Ochoa, M. Cabanella, M. Núñez de Prado, Riquelme o Martínez Monge; también Ramón Franco y Fermín Galán, sublevado en Jaca. En Marruecos había doce logias en las que figuraban militares.

El autor desmonta la patraña recogida por el jesuíta Ferrer Benimelli, de que Francisco Franco había solicitado, sin éxito, en Larache hacia 1926, el ingreso en la masonería. La fuente única del rumor es la declaración de un tal Joaquín Morlanes, de profesión contable, iniciado en Barcelona en 1932, y que en 1936 se integró como miliciano en una brigada roja. Exiliado en Argelia y luego en Francia, lanzó el infundio sin argumentación ni autoridad alguna.

Dolores Gómez Molleda, en su importante libro La masonería en la crisis española del siglo XX (1986) había demostrado que en las elecciones republicanas de 1931 se presentaron 190 candidaturas de masones y fueron elegidos 135, el 35% de la cámara. Esta era el árbitro de las decisiones parlamentarias. Seis masones fueron jefes del Gobierno: Azaña, Casares-Quiroga, Lerroux, Martínez-Barrio, Portela, y Samper. En suma, la II República fue una operación masónica, como la emancipación de Hispanoamérica o las rebeliones de Cuba y Filipinas. Esta penetración en la política ¿fue paralela en las Fuerzas Armadas? Este es el tema de Lavaur.

En las elecciones de noviembre de 1933 fue derrotada la izquierda partidista, y la masonería se dividió en dos corrientes, la moderada que se orientaría hacia los partidos centristas, y la radical que se aproximaría al frentepopulismo. Esta última se manifestó en la desestabilización del ejército de Marruecos y en la revolución de octubre de 1934, auténtico comienzo de la guerra civil.

El 15 de febrero de 1935 un grupo de diputados entre los que figuraban R. de Maeztu, P. Sáinz Rodríguez y J. Calvo Sotelo, presentó al Congreso una proposición en el sentido de que se prohibiese a los militares afiliarse a la masonería; pero el entonces jefe de la oposición J.M. Gil Robles se negó a secundar la iniciativa y logró que fuera retirada. Las logias se envalentonaron y lograron el indulto del cabecilla de la revolución de Octubre, R. González-Peña, a quien un Consejo de guerra había condenado a muerte. Se constituyó la Unión Militar Republicana Antifascista en la que se integraron militares masones, entre otros el comandante A. Ristori y el capitán L. Barceló que adquirirían protagonismo durante la guerra civil.

Notable fue la penetración masónica en la Armada gracias al capitán de corbeta A. Rizo y al radiotelegrafista L. Barceló. Según R. Rubio, 315 miembros de la Armada eran masones, 27 del cuerpo general.

Al estallar la guerra civil, Balboa contribuyó decisivamente a que la mayor parte de la flota no se uniese al alzamiento. El masón capitán Urbano Orad de la Torre fue quien decidió, como artillero, la ocupación del Cuartel de la Montaña. Pero, a medida que se fue radicalizando la zona republicana, también algunos masones fueron asesinados, así Melquiades Alvarez y R. Salazar Alonso.

El libro contiene una serie de anejos entre los que destaca la carta de Ristori a Martínez-Barrios.

Esta obra confirma que los actuales intentos de presentar a la masonería española como una sociedad apolítica no están respaldados por los hechos. Todo lo contrario.

Diego Arnedo.


 

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