La era de Franco. Por L. Lavour.

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La era de Franco. nº 88

Por L. Lavour.

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La era de Franco

En historiografía racional, los inicios de una época, como los contenidos de un siglo, no tienen por qué ajustarse con rigidez a las cronologías al uso. Se las saltó en 1752 limpiamente Voltaire en El siglo de Luis XIV y prescinde de ellas el politólogo marxista Tino Negri, al fijar los comienzos del XIX en las revoluciones de 1830 y 1848, sin repercusión entre nosotros. El Nóbel de Economía, el profesor Paul A. Samuelson de Harvard, por ejemplo, rehusa constreñir la historia política y económica del siglo XX al centenar de años que determinan la centuria y, convincentemente, retarda su comienzo a 1914, con el inicio de la primera Guerra Mundial, al tiempo que adelanta el comienzo del XXI al filo del derrumbe del muro de Berlín y la fulgurante implantación universal de la informática.

Pienso que para España el comienzo pleno del XX, en términos europeos, rompe aguas con retraso. Habida cuenta de que hasta los años treinta, excepto Barcelona y dos o tres capitales más, era España una nación eminentemente agrícola y rural, creo que el siglo tuvo su comienzo efectivo más tarde, en la primavera de 1939, al desembocar en una era de prolongada paz e industrialización acelerada las convulsiones de la guerra civil. Con una diferencia de tres años, tal es la delimitación de la era , bajo el lema de la modernidad, propuesta por Ignacio Sotelo, de la Universidad Libre de Berlín, quien periodiza la época moderna de España en tres etapas: Guerra de Sucesión (Ilustración), Guerra de la Independencia (liberalismo), Guerra Civil (Modernidad), (La era de Franco , Oct. 1987).

Aunque no fuera más que por los 39 años en que rigió los destinos de España, el general Franco adquirirá una categoría auténticamente epocal, carácter con el que figura al frente de muchas de las obras que aparecen sobre su gobierno.

En plena guerra de liberación, hasta la prensa intenacional de izquierdas tendía a informar sobre la España de Franco (Franco’s Spain) como luego el sectario Ramón Garriga en La España de Franco (Buenos Aires 1965). Jamás tropecé en mis pesquisas de hemeroteca con la "España de Azaña" o la "España de Negrín" , aunque sí con la España roja, leal, republicana, antifascista, etc.

Franco es un personaje epónimo, es decir, de los pocos que en justicia son merecedores de nominar una época, de España en su caso. Así lo hace, al titular una obra con clara tendencia a la difamación, el pseudohistoriador Tussell en La España de Franco (1989). La época de Franco (1987) se titula el tomo XIX de la Historia de España de RIALP, como la Historia de época de Franco de J.M. García Escudero (1987) de la misma editorial.

Esta manera de caracterizar un período la utiliza, en una muy reeditada obra, R. Tamames, destacado dirigente ex-comunista —lo era al redactar sus primeras ediciones— quien cree oportuno formular una justificación para titularla La era de Franco (1981). "No existe en toda nuestra historia -escribe Tamames- una época marcada por una figura política individual coomo lo fueron los treinta y seis años del franquismo". Y añade: "Sin dar a esta expresión un sentido hagiográfico ni peyorativo, sino simplemente el carácter de una objetivación histórica".

El tiempo en el ejercicio del poder, además de ser aspiración consustancial a todo gobernante, es factor indispensable para que un personaje nomine una época. Extremo éste bien subrayado en el caso del Caudillo por uno de los historiadores que más admiro: «Aún sin tener en cuenta los años de la guerra —durante los cuales en una parte de España comenzó ya "la época de Franco"— la duración de esta etapa supera los treinta y seis años, y posee por otra parte una homogeneidad evolutiva de un sistema como por la permanencia de un solo hombre al frente de los destinos de España» (José Luis Comellas: Historia de España contemporánea, 1988).

Como dato afirmativo del alcance de esta durabilidad, el profesor Comellas, en una sección de su obra no casualmente titulada, , recurre a un método casi visual: «A poco que reparemos, habremos de reconocer que el general Franco fue Jefe del Estado durante el mismo tiempo que María Cristina de Borbón, Espartero, Isabel II, Serrano, Amadeo I, Figueras, Pi y Margall, Salmerón, Castelar y otra vez Serrano juntos. Fueran cuales fueren las causas de esta perduración, es evidente que nos encontramos ante un caso no común en el ritmo usual de nuestra historia contemporánea».

El permanecer mucho tiempo al mando de un Estado, o de su gobierno, no está al alcance de quien quiere, sino de quien puede. Y máxime si es a gusto de muchos. Y es requisito esencial para quien da nombre a una era haber marcado con su mandato una etapa concluyente y decisoria.

Ganadas la guerra y una paz difícil, Franco desapareció —como él dijo— para "Dar cuenta de sus actos ante Dios y la Historia". Al desaparecer, muchos de nosotros preveíamos —como él mismo en sus tramos postreros— y hasta deseábamos cambios, si bien pausados y meditados, los precisos para, sin revanchismos, adaptar el entramado jurídico el Estado al rey de todos los españoles, sin excluir a los españoles que colaboraron con el general. Pero no fue así, ni siquiera se intentó que lo fuera. Una ley ya de silencio, ya de vituperio, dimanada de muy altas instancias, se extendió como losa oficial sobre la memoria de Franco.

No trataré de comparar la era de nuestro Caudillo con la de Augusto o Carlomagno, tampoco con la de Napoleón, breve y sanguinaria. El signo de la era de Franco, como la de Bismarck, o la de Eisenhower, es más nacional. Y erigida con sobra de méritos y de durabilidad, descollando para más lustre entre dos épocas de disolución. Una época decisiva y positiva de nuestra historia.

Luis Lavaur.


 

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