La entrevista de Hendaya. Por E. Giménez-Arnau

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La entrevista de Hendaya. nº 88

Por E. Giménez-Arnau

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La entrevista de Hendaya

1. PRESENTACION

Me decido a contar lo que sé de la entrevista de Hendaya porque fui testigo de lo sucedido aunque fuera sólo en calidad de mecanógrafo. Ha influido en ello la falta de sentido histórico y lógico de algunos que, sin pruebas, escriben sobre un suceso ocurrido cuando ni siquiera habían nacido.

Yo fui el que copió el memorándum de Ayete, estando frente a frente del Generalísimo Franco, al que conocía desde 1925, cuando vino a dirigir la Academia General Militar de Zaragoza. Otorgó un poder en la notaría de mi padre, con el que había tenido alguna relación.

He procurado no leer los libros que se refieren a las conversaciones de Hendaya porque cuando en 1941 abandoné la política no quise volver a tener contacto alguno con ella. Fui a las elecciones de 1931, cuando vino la República, porque consideré que era un deber patriótico. Era yo muy joven, sólo 22 años. No tenía vocación política. Fui directivo de los Estudiantes Católicos de la Facultad de Derecho. Mi padre era monárquico y había pertenecido al Partido Popular que acaudillaba Angel Osorio hasta que éste, el cobarde ex Gobernador de Barcelona, se hizo republicano. Mi padre siguió fiel a la monarquía. Se alistó en el grupo del duque de Maura y Cambó. Creo que allí se inscribió también Ramón Serrano-Suñer, ya abogado del Estado en Zaragoza.

Al llegar la República se fundó Acción Nacional, luego llamada Acción Popular porque Azaña prohibió el uso de la denominación «nacional». En el primer Comité Directivo participé porque era trabajador y batallador. Fui el que lanzó el nombre de Serrano-Suñer como candidato en las elecciones parciales de 1931, en noviembre, creo que para la vacante que dejó Alcalá Zamora que había obtenido actas por varias provincias en febrero de 1931. Propuse este nombre no por amistad personal, sino porque Serrano había tenido algunos contactos con los sectores aconfesionales de los estudiantes, que hoy llamaríamos de centro izquierda. Allí figuraron Sbert, luego exaltado diputado republicano, y José Antonio Primo de Rivera, que dos años después fundaría Falange Española.

En octubre de 1940, yo era Director General de Prensa y ya no tenía dependencia directa de Serrano, que había pasado a ser ministro de Asuntos Exteriores; pero yo seguía manteniendo relación con él porque, además, actuaba un poco como ministro de la Prensa, aunque el Ministerio de la Gobernación dependía directamente del Subsecretario, que era Pepe Lorente Sanz, abogado del Estado, muy amigo de Serrano y mío, bajo la suprema dirección de Franco, que era el titular de la cartera de Gobernación. Cesé a petición propia, en diciembre de 1941 para hacer oposiciones.

2. LA ENTREVISTA DE HENDAYA

En Madrid, recibí indicaciones de que preparara un ligero equipaje porque teníamos que realizar un breve viaje. No recuerdo si hablé directamente con el ministro o me llegó la orden por conducto de algún subordinado. Ignoraba a dónde íbamos. Lo único que sabía es que debería llevar el uniforme militar. En mi calidad de Registrador había sido habilitado como Capitán del Cuerpo Jurídico, con el título de Oficial Primero Honorífico, y por eso usé el uniforme todo el tiempo que estuve con Serrano en su secretaría particular de Burgos. El Secretariado político, cargo que era mucho más importante que el mío, lo desempeñaba José Finat, conde de Mayalde, una gran persona.

Nunca he entendido muy bien por qué fui designado para aquella misión pues hubiera sido más lógico que lo hubiera sido un alto funcionario de Asuntos Exteriores, o alguien con más relevancia política y en un puesto cercano a Serrano. Desde Madrid fuimos en automóvil hasta Burgos, pernoctamos en el Hotel Condestable y, por la mañana, continuamos a San Sebastián en donde hicimos noche.

La entrevista entre Franco y Hitler fue al día siguiente. Llegamos a Hendaya hacia las tres de la tarde en un tren que conducía el teniente coronel (no sé si había sido ya ascendido a coronel) Martínez Maza, que fue profesor de la Academia General militar, amigo mío y que se reunía en Zaragoza casi todos los días en una tertulia del Casino Principal, al atardecer, con Serrano-Suñer, ya diputado, cuando estaba en la ciudad; con Pepe Lorente Sanz; con un carlista muy activo, Marcelino Ulivasrri; con un falangista, José María Aibar; con un Ingeniero de Caminos muy simpático que hizo la carrera de Derecho clandestinamente, pudiéramos decir, porque me pedía prestados los libros de Derecho y yo no sabía para qué; y luego resultó que los necesitaba para examinarse. Fue Gobernador Civil de Bilbao nombrado por Serrano y se llamaba Miguel Ganuza del Reigo.

No sé exactamente a qué se debió el pequeño retraso con que llegamos a Hendaya. Se dice que fue intencionado o que había el temor a un sabotaje en la vía férrea. Yo iba en el «brake» de Obras Públicas, en el mismo vagón que el Caudillo y creo que venía también el Gobernador Civil de San Sebastián, Gerardo Caballero, un teniendo coronel que había intervenido heroicamente en la defensa de Oviedo, donde había perdido un ojo. No recuerdo si Espinosa de los Monteros viajaba también en el vagón o esperaba al otro lado de la frontera.

Llegamos a Hendaya con un sol radiante el 23 de octubre de 1940 y, después del desfile y de pasar revista a las tropas que rendían honores, se reunieron en el vagón de Hitler los personajes principales, que eran el Führer, el Caudillo, Serrano, el Ministro alemán de Asuntos Exteriores, el General Espinosa de los Monteros, Embajador de España en Berlín que hablaba muy bien el alemán, y el intérprete de Hitler, Paul Schmidt (según Serrano-Suñer no fue Schmidt, sino Gross).

Las conversaciones se prolongaron mucho, en varios tramos: el Ministro con el Ministro, el Jefe de Estado con el Jefe de Estado, el Jefe de Estado con los Ministros, con asistencia de Generales o sin ellos. Esperábamos en los andenes de la estación o en un vagón de ferrocarril, donde descansábamos y yo solía charlar con el segundo de a bordo de Goebbels.

Se nos anunció que regresaríamos a San Sebastián al atardecer. Pero, hacia las diecinueve horas, me llamaron para que accediera al vagón del Führer donde se iba a ofrecer una cena, cosa completamente inesperada porque en el programa sólo estaba previsto que tomarán el té los dos Jefes de Estado con sus inmediatos séquitos. En el coche salón se había preparado una mesa a la que nos sentamos diez personas. En las dos presidencias estaban el Führer y el Caudillo y, siguiendo el orden protocolario, yo caí a la izquierda de un mariscal alemán, von Brauchitsch. Al otro lado de la mesa estaba Hitler, a su derecha Serrano-Suñer y a la izquierda el Barón de las Torres. Fueron Espinosa de los Monteros, el Barón de las Torres y Schmidt los que llevaron el peso de traducir los diálogos. La cena fue muy sobria y conservó todavía un ejemplar del menú que se nos sirvió, redactado en alemán.

Terminada la comida, siguieron las conferencias al más alto nivel, y yo volví a pasear por los andenes de la estación charlando con el Gobernador Civil de Guipúzcoa, Gerardo Caballero, con Vicente Gallego, director de la agencia EFE, que también había venido con nosotros a Hendaya, y con Hugo Schmit, Director General de Prensa en Berlín . Hacia las diez y media de la noche, se dieron por terminada las conversaciones. Subimos al vagón del tren español (Franco estuvo a punto de resbalar en la escalerilla) para regresar a San Sebastián. Franco, con gesto distendido, se despidió de su anfitrión desde la portezuela.

3. EL ANIMO DE FRANCO

La situación psicológica del Caudillo durante el viaje de regreso ha sido diversamente interpretada por Serrano y por mí. Mucho tiempo después, ya fallecido Franco, me llamó Serrano. Llevábamos años sin tener ningún contacto ya que nuestra relación personal había sido perturbada porque un exaltado falangista (que en el fondo no era mala persona) nos había ofendido gravemente a los gres hermanos Giménez-Arnau, levantando una calumnia. Serrano le «castigó» a ser el redactor del diario «Arriba» encargado de recibir sus instrucciones para escribir editoriales.

Me preguntó Serrano por qué había ido yo a Hendaya, y le respondí: «Me sorprendes mucho, tú eras el Ministro de Asuntos Exteriores desde hacía pocos días, habías sido mi Ministro en Gobernación, y tú me nombraste Director General de Prensa. Fui porque era eso, el Director General de Prensa, aunque no pinté nada en Hendaya hasta el final».

Serrano sostuvo que el Generalísimo estaba muy preocupado, y yo le dije que mi impresión era la contraria, que incluso recordaba que había contado un chiste estando nosotros en el vagón, cosa que él dudó. Tuvimos una pequeña discusión porque él insistía en que Franco estaba muy apesadumbrado, y rotundamente le dije que nada de eso. A Serrano le fallaba la memoria.

4. EL MEMORANDUM

Llegamos a San Sebastián antes de la una de la madrugada. Desde la estación y en varios automóviles, la comitiva se trasladó al Palacio de Ayete, residencia de Franco, y me ordenaron que me instalara en un despacho donde había una gran mesa y otra pequeña auxiliar. Allí espera solo casi una hora hasta que entró Franco de uniforme, entre grandes paréntesis de silencio, departió conmigo sobre generalidades y recuerdos de mi padre.

Yo conocía a Franco e incluso había tenido un pequeño incidente con él en el Café Lis en Madrid, en tiempos de la República cuando preparaba la oposición de ingreso en Registros. Estábamos en una mesa tomando un aperitivo. A Franco, que entonces era Capitán General de Baleares, para ir luego a Canarias, le acompañaban Fernández Martos y otro ayudante, Luis de Val Pascual, muerto heroicamente después. Dí un cigarrillo a Fernández Martos: un emboquillado que llevaba grabadas dos lanzas con la bandera rojigualda (lo que era muy peligroso durante la República), y le dije: «¡Si supieras lo que te estás fumando no lo fumarías: mira que emblema lleva ese emboquillado!» Y el Generalísimo dijo: «Eso tiene muy poca gracia», muy enfadado. Posteriormente coincidí con él en Las Palmas de Gran Canaria (año 1936) cuando yo hacía oposiciones a notarías.

Charlamos en Ayete. Bueno, charló él; yo no hacía más que contestar a sus preguntas porque siempre he sido muy respetuoso con mis mayores. Comprendí que estaba haciendo tiempo en espera de algo.

Transcurrió un largo rato desde que un ayudante entregó a Franco un documento manuscrito de poca extensión con alguna corrección, de manos para mí desconocidas, que el Generalísimo revisó cuidadosamente y, acto seguido, me lo dió para que lo mecanografiase. Ocupó tres folios que copié en unos veinte minutos y se lo entregué a Franco, que permanecía en el despacho, aunque lo abandonó momentáneamente una o dos veces. Eran las cuatro de la madrugada aproximadamente. Me despedí del Generalísimo, quien me dió las gracias, y me retiré a mi hotel. El había sido el solitario protagonista y yo el único testigo.

En el documento, fechado, pero sin firma ni antefirma, se consignaban las peticiones de España como mínimas condiciones previas, muy generales, para una eventual intervención en el conflicto: suministros de material bélico (era el único punto relativamente detallado); ayuda económica; y garantía de abastecimientos y de artículos básicos, entre ellos combustibles. Además, se reivindicaba Gibraltar y se formulaban reclamaciones territoriales en el Norte de Africa. No era un proyecto de tratado; tampoco incluía compromisos. Parecía un resumen de lo expuesto por Franco a los alemanes. El memorándum apenas tenía puntos de contacto con un borrador ademán de Convenio de Hendaya (supuesta adhesión de España al pacto Tripartito de 27 de Septiembre de 1940), publicado sin firma alguna por los norteamericanos en 1960 e inexistente en el registro de Tratados del Ministerio español de Asuntos Exteriores.

En el palacio de Ayete se encontraba Antonio Tovar; pero ignoro si fue él quien efectuó la traducción del memorándum que Espinosa de los Monteros llevó personalmente a las autoridades del Reich. Supe después que en documento fue muy mal acogido por los alemanes y que se trabajó en otro; pero desconozco las variantes respecto del copiado por mí. Ni siquiera puedo asegurar que una nueva versión fuera cursada.

Me sorprendió la ausencia de Serrano en todo cuanto yo viví de la tramitación del memorándum de Ayete.

5. CONCLUSION

Franco había hecho venir a Hitler hasta la frontera española, a la vera de su residencia donostiarra, había resistido la presiones del vencedor de medio continente, y con el impreciso y maximalisma memorándum sólo trataba de ganar tiempo. Así evitó la inclusión de España en el conflicto y el obvio riesgo de invasión y ocupación por el ejército alemán.

España acabada de terminar una guerra de la que había quedado económicamente maltrecha. Apenas teníamos industria. La agricultura estaba mal porque muchos campesinos se habían integrado en el ejército, movilizados o voluntarios. Escaseaba la gasolina. Las comunicaciones muy afectadas. Eran escasas nuestras relaciones económicas con los países europeos, salvo con Alemania e Italia.

Los españoles no teníamos ningún deseo de entrar en la guerra mundial, aunque era evidente que la gran mayoría deseaba la victoria germano-italiana. Lo deseábamos porque nos habían ayudado eficazmente durante nuestra guerra, mientras que los franceses y los británicos hicieron mucho para que la perdiéramos. Es más, creíamos en el triunfo alemán porque su ejercito había ocupado toda la Europa Occidental exceptuando Portugal, España y las islas británicas. Franco, que era muy patriota e inteligente, no quería intervenir en una guerra sin tener elementos y contra la situación y los intereses de su país.

En aquel momento, ni yo, ni los españoles conocíamos la persecución contra los judíos. Por mi cargo tuve mucha relación —constante— con los agregados de prensa franceses e ingleses (uno de ellos, Tomás Burns, contrajo matrimonio con Mabel Marañón, hija de D. Gregorio Marañón; era un británico muy simpático). Pues bien, dichos agregados nunca me aludieron a esas atrocidades, jamás hablaron de ello, nunca. Muy posiblemente tampoco ellos las conocían. Si lo hubiéramos sabido, nuestra postura hubiera sido diferente.

Para mí está fuera de toda duda que España en Hendaya no se comprometió a entrar en la guerra. Si hubiera querido Franco que entráramos, el memorándum que yo copié hubiera sido terminante, y no tan ambiguo como era. Lo que yo transcribí era una declaración de intenciones o, si se quiere, una vaga promesa si se daba una larga serie de condiciones casi imposibles de cumplir. Esa declaración, que como es sabido exasperó a Hitler, fue reputada del todo insuficiente por los alemanes, que exigían un texto concreto que implicara un compromiso firme de España. Por eso rechazaron la traducción al alemán del memorándum que yo había copiado. Carece de todo fundamento y de validez la opinión de que fue el Führer el que no quiso que entráramos en la guerra. Esto me parece o una estupidez o una falacia.

Jamás los aliados, franceses y británicos, han invocado el memorándum de Ayete que, quizás, llegó a sus manos cuando ocuparon Berlín, aunque no se encuentre en los archivos (tampoco está en la Fundación Franco). ¿Por qué no lo invocaron? Pues porque el documento era, en el fondo, una manifestación de la posición antibelicista de Franco, aunque la situación de la maltrecha España, frente a una Alemania victoriosa y ocupante de casi toda Europa, exigiera un lenguaje cauteloso.

El resultado no por evidente, deja de ser admirable: con simples palabras Franco logró detener en el Bidasoa al todavía invicto ejercito del III Reich. Desde Noruega hasta Grecia ningún otro estadista lo consiguió.

Enrique GIMENEZ-ARNAU Y GRAN.


 

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