La descomposición neoizquierdista en E.E. U.U.. Por J.L. Fernández de la Mora.

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La descomposición neoizquierdista en E.E. U.U.. nº 88

Por J.L. Fernández de la Mora.

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La descomposición neoizquierdista en E.E. U.U.

El libro. El juez Robert H. Bork es un brillante intelectual cuyo talante conservador sin complejos no le hace simpático a la izquierda norteamericana. Esto se manifestó de manera particularmente dramática en el veto del Senado a su nombramiento como miembro del Tribunal Constitucional de los EE.UU., para el que había sido propuesto por el Presidente Reagan. Ha servido al Estado en altas funciones de la judicatura, ha sido profesor de la facultad de derecho de Yale, y es autor del "best seller" The tempting of America: The political seduction of the law. Sus claros análisis críticos de la usurpación por los jueces de la función legislativa norteamericana han influido considerablemente en el movimiento intelectual actual contra tal proceso.

Su nueva obra es posiblemente el documento más completo y profundo que se ha escrito sobre la crisis moral e intelectual que, en opinión de su autor, amenaza con minar la sociedad norteamericana. Aunque el estudio se circunscribe a ese país, el agudo análisis de sus raíces, su diagnóstico, y diversos aspectos del tratamiento propuesto, son a menudo extrapolables a Europa. La publicación de esta obra en español sería muy útil, pues gran parte de la fenomenología social que aborda está estrechamente conectada con ideas que ahora se debaten en nuestro país. Todos los partidos españoles se beneficiarían considerablemente si tomasen nota de la extensa y negativa experimentación social llevada a cabo en Norteamérica desde finales de los años sesenta.

El retorno a la barbarie. La tesis de Bork es que los EE.UU. se encuentran ante una crisis de magnitud comparable a la que desencadenó la caída del imperio romano. El peligro que prevé es el de un colapso social y político. Aunque los adversarios no son ahora exteriores sino interiores, el resultado sería un cierto retorno a la barbarie. Varios síntomas de tal proceso han sido analizados previamente por otros autores, principalmente en relación con el grave deterioro de la familia, de la moral, del orden público, de los sistemas judicial y educativo, etc. Tal situación es descrita nuevamente aquí con un extenso y reciente aparato bibliográfico y documental. Pero hay, además, un notable esfuerzo sintético para extraer de tantos datos la compleja trama del origen intelectual del proceso.

Tras una clara introducción, la obra se inicia con una descripción de la rebelión estudiantil de los años sesenta. El autor fue testigo presencial de aquella crisis, que en sus orígenes le pareció inexplicable y que le ha hecho meditar durante decenios. Vio en aquellos jóvenes universitarios rebeldía contra el orden establecido, irracionalidad y ansia de poder, combinados con búsqueda cuasi religiosa de un significado para la existencia humana. Las aguas volvieron a encauzarse, y el movimiento revolucionario pareció disolverse en la nada; pero más bien se escindió en multitud de grupúsculos, que a manera de taifas, fueron ocupando posiciones estratégicas en diversas áreas culturales. A pesar de la falta de coherencia entre las posturas y los objetivos de tales grupos, coinciden en identificar un enemigo común: la sociedad y los valores occidentales tradicionales.

Bork defiende convincentemente la tesis de que la revolución y nihilista de los sesenta se ha implantado como fe laica en la cultura popular, las universidades, y los centros creadores y distribuidores de ideas (Hollywood, la prensa, la televisión, etc.), y ha ido llevando a cabo la labor de zapa de debilitar la cultura tradicional. Bork asigna responsabilidades sin rodeos: la sociedad se descompone por la carcoma de las ideas neoizquierdistas (modern liberalism). Aunque la encapsulación de un complejo movimiento político y cultural en un par de vocablos es peligrosa, el autor se esfuerza por dar precisión: se trataría del estadio presente de la evolución del liberalismo clásico, caracterizado en sus fuentes por la primacía dada a los valores de la igualdad y la libertad atemperados por tendencias contrarias (religión, moral, ley). En cambio, el neoizquierdismo sería lo que queda de aquello cuando los factores moderadores culturales, que tanto encomió Toqueville, se difuminan y quedan en sus formas radicales, y libres de influencias equilibradoras los ideales de libertad e igualdad.

Neoizquierdismo sería, pues, una combinación entre igualitarismo radical (la igualdad no de oportunidades sino de resultados) e individualismo radical (la reducción drástica de los tradicionales límites morales a sólo la autogratificación). Ambos principios se refuerzan, por ejemplo, en la negación de que "una cultura o visión moral pueda ser superior a otra" (p. 5). La conocida contradicción entre igualitarismo y libertad individual, presente en el socialismo real, se resuelve en el neoizquierdismo mediante una distribución de sus respectivos campos de acción: «El igualitarismo radical reina en aquellas áreas de la vida social donde los logros superiores son posibles, y darían lugar a beneficios mayores de no haber coerción hacia un estado de igualdad. Las cuotas raciales y las formas más extremas del feminismo serían los ejemplos más obvios… El individualismo radical se exige allí donde no hay riesgo de que el éxito cree desigualdad, y la gente dé rienda suelta en su persecución del placer. Ello se expresa particularmente en las áreas de sexualidad y en el arte popular» (p. 5).

La tesis de la caída hacia la barbarie se apoya en multitud de observaciones, individualmente bien conocidas, pero que vistas en conjunto resultan abrumadoras. La fuerza bruta y escasa proclividad a razonamientos de la revolución estudiantil de los sesenta se ilustra con multitud de anécdotas, muchas vividas directamente por el autor en la facultad de Derecho de Yale. Quema pública de libros; "...disrupción y violencia combinadas con una explosión en el uso de drogas y en la promiscuidad sexual"; implantación de slogans irracionales tales como "hazlo si es placentero", "se prohibe prohibir", "combinación entre relativismo moral y absolutismo político" ; . La anécdota de la reunión organizada por la Asociación de Estudiantes de Derecho Negros es característica de la actitud de los estudiantes radicales, incluidos los blancos (p. 40). Estos convocaron a sus profesores a una reunión, a la que asistieron algo más de la mitad. Una vez instalados en una habitación, varios de los estudiantes más corpulentos se posicionaron en la única salida, mientras otros procedieron a increpar a sus invitados en los términos más groseros y violentos. Tras denegar el derecho de réplica al decano de la facultad, los anfitriones se retiraron cuando ninguno tuvo más ofensas que proferir.

El capítulo 7 (el colapso de la cultura popular) describe otra manifestación dramática del progreso de la barbarie. Se inicia con un contraste entre la letra de canciones muy populares de los años 30 y la de los 90. La actual reza: "para una cura sexual te llamé. De nuevo te llamo. Dámela otra vez. Traeme la loción para que te pueda untar. Adopta la posición para que te pueda fornicar".

Otras, también populares, mezclan la pornografía más grosera con amenazas, pistola en mano, de violación y asesinato. ¿Cabe concebir mayor barbarie oral? Acaso en las "bromas" de los milicianos de las checas madrileñas de nuestra contienda civil. El talante de los ejecutivos de la "polución cultural" se revela en la reunión de Bill Bennet y C. DeLores Tucker con los directores de Time Warner, una de las grandes compañías del ramo. Bennet distribuyó el texto de una de sus canciones, y les pidió que lo leyeran en voz alta. Ninguno quiso caer en tan burdo estilo. Tampoco hubo quien se comprometiera a dar contestación a la pregunta de si habría algo tan bajo que fuera impropio de ser comercializado. Los ejecutivos se defendieron con perlas tales como "es dificil interpretar el arte", "¿qué es el arte?", "¿quién decide que es pornográfico?", "Elvis fue más polémico en su día" ,"es el precio que hay que pagra por la libertad de eexpresión. En definitiva, "la copla es bona si la bolsa sona" y las ambigüedades morales serán bienvenidas si facilitan el enriquecimiento de los poderosos, sean cuales fueren sus repercusiones sociales. El circo romano fue menos interesado.

Pero la música popular es sólo un aspecto puntual del problema. Quedan la televisión, el cine, el Internet, etc. Mediante una multitud de anécdotas, Bork recrea un panorama cultural espeluznante, que le incita a dedicar un capítulo entero a la cuestión de la censura. Distingue claramente el concepto de mercado libre y el de que todo deba ofrecerse en el mercado. También hace suya la frase del crítico de cine Michael Medved "el desconectala si no te gusta la cultura popular", es como un "deja de respirar cuando el ambiente esté contaminado". Decididamente, Bork no demoniza la censura porque no cree en la utopía del hombre bueno. «Hemos aprendido que los inventores del liberalismo se equivocaron. La naturaleza humana libre de frenos tiende a comportamientos degenerados con suficiente frecuencia como para engendrar una sociedad desordenada, hedonista y peligrosa. El neoizquierdismo y la cultura popular están creando esa sociedad».

Los problemas norteamericanos de desintegración de la familia y escalada del crimen se han tratado y seguramente se seguirán tratando en esta revista. Bork les dedica un denso capítulo en el que incluye también la cuestión aneja de la lucha federal contra la pobreza mediante el llamado welfare. El número de nacimientos ilegítimos superó el 5 por 100 por primera vez en 1960, alcanzando el 32 por 100 en 1992. Para la población negra fue del 68 por 100 en 1991. El número de crímenes violentos per capita, que era el 1.9 por 100 en 1960, alcanzó un máximo del 6 por 100 en 1980. La bibliografía contemporánea ha aportado evidencia abrumadora de las causas de este fenómeno. Cada niño ha de ser incorporado trabajosamente a la civilización. Las instituciones principalmente encargadas de hacerlo son la familia y el sistema educativo. Hundida la primera para una fracción considerable de los nuevos nacidos, y desquiciado casi por completo el sistema educativo público (ver RE núm. 59, mayo de 1993, págs. 344 y ss.) el número de seres humanos lanzados al mundo en estado de semibarbarie es ya suficiente como para dificultar gravemente la convivencia. Y el problema se agrava cada día. El papel del welfare en este área ha sido gravemente negativo, y la unanimidad sobre la necesidad de cambiar radicalmente tal sistema es casi completa. En su origen, en la época del presidente Johnson, se lanzó como un plan para acabar con la pobreza; pero las buenas intenciones se descarriaron desde el principio al crearse incentivos perversos. Se desestimuló el trabajo, la responsabilidad y el matrimonio, y se fomentaron los nacimientos ilegítimos y la vagancia. ¿Cómo? Pues simplemente favoreciendo con subvenciones a las madres solteras o a las casadas con maridos en paro. El sistema se convirtió en una gigantesca fuente de bastardos, de haraganes y de delincuentes.

Otro indicador clave de la salud moral de una sociedad es su grado de respeto por la vida. Las cuestiones del aborto (1.5 millones al año en los EE.UU.), el suicidio asistido y la eutanasia reciben cuidadosa atención por parte de Bork. La conclusión se contiene ya en el título del capítulo, (Matar por conveniencia). El barómetro hedonista ha alcanzado ya escalas tales que la mera comodidad reina para muchísimos por encima de ciertas vidas humanas. Los no nacidos, los ancianos, los inválidos se ven más y más como cargas inconvenientes, cuya desaparición rápida prima sobre el principio del respeto a la vida. Tal mentalidad da lugar a sociedades de las que la Cristiandad no tenía experiencia histórica.

Las causas. Nuestro autor atribuye la peligrosa situación descrita, principalmente a las ideas neoizquierdistas. Sus predicadores son miembros de la clase intelectual, cuya dominante influencia se remonta a la revolución estudiantil de los sesenta. Apenas es posible reconstruir en esta nota la trama que conecta una complejísima y perversa fenomenología social con el vago estilo de las ideas neoizquierdistas. Bork lo hace con detalle recogiendo sus propias ideas y las de muchos otros. No obstante, las conexiones claves son obvias. Por ejemplo, el izquierdismo del Tribunal Constitucional de los EE.UU y su injerencia en materias de cultura se demuestra sin lugar a dudas. El radicalismo de tan alta institución es difícil de concebir para un público no inmerso en la vida norteamericana. Por ejemplo, de entre los nueve miembros del Tribunal, siete opinan que es aceptable discriminar contra varones de raza blanca para corregir supuestas discriminaciones previas contra personas de color (p. 106). La noción inicua de que tratar hoy injustamente a Pepe para favorecer a Paco pueda remediar el trato de favor que hace varios decenios pudiese haber beneficiado a Julio en relación con Juan se justifica en nombre de la igualdad de resultados, o sea, el más puro radicalismo igualitario es absolutamente mayoritario en el Tribunal. Otro ejemplo de idéntico signo ideológico se observa en la sentencia "United States versus Virginia. En ella se forzó a la Academia Militar de Virginia, dedicada a formar "soldados ciudadanos", todos ellos varones, a admitir también a mujeres. El Tribunal juzgó que la misión de esta academia había sido inconstitucional durante 157 años, y procedió a su efectiva destrucción. ¿Cabe mayor radicalismo igualitario que la aniquilación de instituciones socialmente valiosísimas en nombre de una supuesta igualdad absoluta entre hombre y mujer? La conexión con la anemia social es inmediata.

Si el radicalismo de los jueces supremos actúa como eficaz destructor de las instituciones intermedias que protegen a la sociedad de esos radicalismos, pronto nos encontraremos con el ciudadano solo frente al Estado. Una de tales instituciones es la familia, otra las iglesias, otra el sistema educativo. El neoizquierdismo ha sido poderosamente corrosivo con todas ellas. Los ejemplos son innumerables. El libertinaje sexual se predica como elemento esencial de las libertadas individuales desde las universidades, Hollywood, muchas escuelas públicas, y hasta los tribunales. Su consecuencia más directa es un número desmesurado de bastardos, cuyo potencial desestabilizador ya se ha descrito. El hecho de que casi la mitad de los niños norteamericanos crezcan sin la presencia de un padre es un drama social sin precedentes en el Occidente civilizado. Muchas limitaciones y aun la crítica al derecho de abortar, por ejemplo, se interpretan como anticonstitucionales. Pero si los padres no pueden intervenir sobre la decisión de sus hijas menores a abortar, ¿en qué queda la autoridad familiar? Y si el padre del no nacido no puede intervenir cuando su esposa o su amante decide abortar, los hijos se tornan ante la ley en objetos del patrimonio materno. ¿Cómo podrá esa misma ley imponer la responsabilidad paterna? El radicalismo individualista es directamente destructor de la familia.

El hundimiento del sistema educativo tiene también raíces profundas en la ideología neoizquierdista. La filosofía del Tribunal de comprimir los derechos de la sociedad a expensas de los individuos, especialmente los de criminales y otros grupos marginales, incide no sólo en el orden público sino también en la disciplina de las escuelas públicas. En éstas "la capacidad para castigar ha sido seriamente circunscrita, y la de expulsar ha sido virtualmente amputada" (p. 104). La primacía de los derechos de los niños rebeldes e insociables hace casi imposible el proceso de aprendizaje para los otros. Y puesto que el número de los primeros ha aumentado a causa del libertinaje sexual, ¿cómo no va a deshacerse el sistema? La solución podría ser la subvención de la educación de niños pobres en escuelas religiosas y privadas. Pero a ello se opone frontalmente el fundamentalismo igualitario: mejor todos bárbaros que unos pocos civilizados.

Conclusión. El análisis de los gravísimos problemas que padece Occidente sugiere que es prioritario civilizar a cada generación, que hay que reforzar a la familia, que los valores sociales y la responsabilidad individual son vitales, etc. Pero la ideología neoizquierdista propone recetas que nos alejan drásticamente de la solución. Bork no es muy optimista sobre el futuro. Pero su libro puede alertar sobre la seriedad de lo que se viene encima, y sobre la urgente tarea de abandonar radicalmente una ideología arcaica y destructiva. En España, con todos nuestros problemas, aun estamos algo más sanos de lo que en EE.UU. denuncia nuestro autor. Pero nos movemos hacia su negativa imagen a gran velocidad. Aunque queda aquí más tiempo para cambiar de rumbo que en los EE.UU., las fuerzas desaceleradoras patrias de tal proceso degenerativo son apenas visibles. La reacción intelectual norteamericana es, en cambio, intensísima y de gran nivel, y la obra de Bork es una magnífica muestra de ese renacimiento. ¡Que sea contagioso!

Juan Luis Fernández de la Mora.


 

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