nº 88 Editorial. Fundamentalismo y razón

pag. principal Razón Española

Fundamentalismo y razón

Editorial. nº 88

artículo anterior indice siguiente artículo

Editorial: Fundamentalismo y razón

La noción de fundamentalismo procede del ámbito religioso; pero es una radicalización que se da en multitud de áreas como la filosofía, o la política. No es sólo una adhesión inquebrantable a un libro o a un autor —timeo hominem unius libri— es la convicción de que respecto a una cuestión opinable se está en posesión de la verdad sin mezcla de error alguno y de que cuanto se oponga es definitivamente condenable. Si la materia es una concepción del mundo, por ejemplo el marxismo, el fundamentalismo incide sobre múltiples aspectos del comportamiento humano. Cuando la materia se circunscribe a un campo restringido, por ejemplo una corriente estética, el fundamentalismo tiene efectos locales, incluso puntuales.

El origen y la analogía religiosa no son azarosos puesto que los fundamentalismos —los mayores y los menores— son, en cierto modo, la sacralización de una convicción sobre la que no cabría objeción, ni debate. El tema es situado en un plano de tal imperatividad que suele desembocar en la violencia verbal y aún física. Esta consecuencia puede ser trivial cuando se trata de estilos artísticos o deportivos; pero no cuando se trata de concepciones de la sociedad. Los fundamentalismos han provocado las guerras ideológicas y ríos de sangre.

La razón sólo es fundamentalista en su raíz, el principio lógico de no contradicción; cuanto lo contradiga se anula y es desechable. La razón exige que los juicios y las ecuaciones constituyan un sistema coherente, lo antinómico es ajeno al ámbito de la racionalidad. Pero, además, la razón es dialéctica y reclama constantemente la crítica ajena y la duda propia.

La duda es una situación personal de incertidumbre: siempre es un quién el que duda. Sin la subjetividad de uno o varios seres inteligentes la duda carece de sentido. En un asteroide muerto podríamos localizar ciertos elementos físicos, pero no dudas, por inexistencia del dubitativo. Limitados a nuestra experiencia planetaria, la duda es una exclusividad humana.

Hay dos géneros de duda, la teórica que se refiere al ser de las cosas y la práctica que se refiere al obrar. Una nace de la cuestión ¿qué es?, y la otra de ¿qué hacer? Esta última frecuentemente se reduce a la primera puesto que las voliciones suponen un previo conocimiento; pero la libertad excluye la necesaria coincidencia entre conocimiento del deber y acción ("video meliora, deteriora sequor"). La completa suspensión del juicio especulativo es posible; en cambio, la suspensión de toda acción no es factible en un ser que, como el hombre, es actividad mientras permanece vivo; lo que cabe es sustituir ciertas acciones problemáticas por otras que lo son menos.

La duda teórica puede plantearse acerca de un objeto real—por ejemplo ¿qué es el agua?— o un ente de razón —por ejemplo, ¿qué es una categoría?—. Los filósofos son los que temáticamente se ocupan de los llamados objetos puros, aquellos que sólo existen en la mente, aunque tengan fundamento en la realidad. El naturalista, en cambio, inquiere acerca de cosas localizadas en el mundo exterior. En ambos supuestos, el avance del logos es inseparable de situaciones dubitativas, más o menos transitorias. En la absoluta certeza, el logos se inmoviliza. El progreso humano es hermano siamés de la curiosidad y de la duda. El Dios de la teodicea es el ser no dubitativo por excelencia, certidumbre plena e insuperable. Este es uno de los inconmensurables contrastes que existen entre lo Absoluto y el hombre.

La duda es el supremo estímulo intelectual, aunque conlleve las dosis de angustia inherentes a la perplejidad, tanto mayores cuanto más atañe a nuestra existencia la interrogación planteada. La razón no exige ni el escepticismo radical, ni siquiera suspensiones sectoriales del juicio como, por ejemplo, acerca de la religiosidad; pero sí excluye la certeza global y definitiva, la que convertiría la vida humana en pautada y de una estabilidad casi mecánica. El precio del logos es un margen de inseguridad. El fundamentalista es el que encorseta su razón y no duda jamás ni siquiera en lo opinable.

La consecuencia natural de la duda es la investigación, y consideración de varias hipótesis, el contraste con los datos, y la admisión de áreas temporales de tolerancia. El razonador es mesurado, prudente, respetuoso y cortés.

El fundamentalismo teórico suele suscitar el espíritu de escuela, incluso sectario. La historia de la filosofía ofrece no pocas muestras de fanatismo metafísico. El fundamentalismo práctico cuando se limita al comportamiento propio induce, en ciertos casos, al rigor y a la ascesis. Pero cuando ese fundamentalismo práctico se refiere a la organización de la convivencia, tiende a la violencia. Este efecto coactivo no es exclusivo de los llamados totalitarismos, como el socialismo real, sino de todos los fundamentalismos políticos, incluso el demoliberal que la Revolución francesa llevó hasta el "terror"

El establecimiento de coyunturales denominadores comunes entre fundamentalismos parcialmente divergentes da lugar a los llamados "consensos" que implican una "damnatio" de lo que se queda al margen , una proscripción civil de intensa agresividad moral. El discrepante del consenso fundamentalista —por ejemplo, la partitocracia en la Italia de la segunda postguerra mundial— era merecedor del ostracismo o punitiva exclusión del círculo de la civilidad o del arco de la legitimidad, una especie de paria. Todos los fundamentalismos políticos, que por definición afectan a materias opinables, sea cual fuere su signo ideológico implican violencia moral y destierros implacables; es siempre muy pesada su carga de irracionalidad.

Razón Española


 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.