Carta a un catalán. Por J.L. Calleja.

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Carta a un catalán. nº 88

Por J.L. Calleja.

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Carta a un catalán

Querido Jordi:

No mando esta carta a los vascos también, porque sería como escribir a mis hijos que llevan los apellidos eusqueros de su madre, un montón, más los de su padre; no, tantos, pero sí, los cuatro o cinco que cuelgan en casi todas las genealogías de España.

Te escribo desde el aire. Acabamos de despegar del aeropuerto de Barcelona, pese a un poco de niebla que, según la voz catalana de los micrófonos, no ha impedido que las pistas estuvieran "operativas".

No veo, Jordi, culturas españolas distintas. Me gustaría verlas porque la uniformidad aplana al mundo y a España. y así como la igualdad impuesta me parece forzada injusticia, la monotonía contagiosa y contagiada me parece una plaga para la variedad, la belleza y el interés de la vida. En contra de lo que supones, yo gritaría con gusto un viva a los hechos diferenciales; pero languidecen, aquí y en todas partes. Ya, hasta los indios y los chinos se ponen corbatas, viseras, americanas y democracias; democracias con apellidos, no digo que no; pero siempre de imitación, cuando no de simulación: peor, por más sometido y menos original.

Así ocurre en toda la Tierra bajo el Sol, y no digamos, en esta España bajo la OTAN, la UE, la FIFA, la IATA, la ONU, el euro y demás fajas reductoras. Cuando, en tu coche, íbamos el otro día a Sitges, tuviste la caridad (y, hoy, el valor) de recoger a un desconocido que desde la cuneta levantó el brazo con enhiesto pulgar pidiendo viaje. Tú interpretaste el ademán igual que todos los automovilistas vascos, gallegos, andaluces, montañeses o extremeños; igual que los suecos o los flamencos. ¿Qué habrían entendido Wilfredo el Velloso o el Cid si, al trote por senderos de sus pagos, hubiesen tropezado con esa seña, alzada por algún caminante? Vaya usted a saber. El caso es que ese gesto es hoy universal, no sólo norteamericano, como tantos.

Y es que los españoles de hoy nos parecemos a los anglosajones actuales mucho más, pero mucho más, que a los españoles de las edades pasadas.

Una edición moderna del mapamundi catalán de Cresques Abraham avisa: "Este libro, primera edición en Castellano de El Atlas catalán de 1375, ha sido fotocompuesto con los tipos Garamond,English, Mallar y Univers por Fotocomposición LLovet, S. A." . Esta nota rutinaria habría dejado con la boca abierta a todas las gentes de Cataluña y de Castilla en el siglo XIV porque nada habrían comprendido, ni siquiera el sentido que en la obra tienen las palabras "tipos" y "atlas". Cresques la titula mapamundi y explica en su original que "Mapa Mundi vol dir aytant con imagen del mon, pues "atlas" como colección de cartas geográficas sólo empieza a usarse a finales del siglo XVI. Cuando hubo imprentas en España, nuestros cajistas tardaron en hablar de "tipos" pues, al principio, decían "moldes" lo mismo en Valencia que en Madrid o Barcelona. Ahora, al acabar el siglo XX, se someten al uniforme general de los ordenadores.

En estos tiempos, cuando se habla de culturas salvajes y de contraculturas refinadas, la cultura puede entenderse de modos luminosos, excéntricos y nihilistas. Pero hablemos ahora de la cultura como estilo de vida, de la que consiste en los términos, reflejos, ideas, aficiones, recreos o aprendizajes que necesitamos y compartimos para hablar y vivir como, más o menos, vivimos y hablamos todos o la mayoría; hoy. Seguramente, tú sabes más que yo sobre autores como Fenollar, Farrer, Peguera, Solsona o Martorell; pero la vida que haces no se parece a la de ellos sino a la mía; y las costumbres y los gustos que has absorbido de esa vida son las mismas que he absorbido yo como todos los españoles y, si me aprietas, como los italianos, los belgas, los suecos, los alemanes y como todo europeo viviente. Es el estilo franco-anglosajón de nuestros sistemas políticos, recreativos y amorales; de nuestros idearios, juegos, vicios, ropas y disparates.

¿Dónde queda el hecho diferencial? ¿En el idioma? Vamos a ver: ¿Qué distancia mental hay entre un catalán en "chandal", con un "Chester" en la izquierda y un "Chivas" en la derecha celebrando, en elocuente catalán, el "gol" que un brasileño del "Barsa" metió al portero alemán del Madrid? ¿Qué distancia hay entre ese catalán y un hincha del Atlético mascando chicles, corners, penaltys, golaverages y off-sides o relamiéndose con el recuerdo de sus croatas fusilando con el balón al holandés del Barcelona? Aquellas juveniles masas que, en Lérida, levantaban lluvias de antebrazos ondulantes al brinque-brinco alámbrico de no sé qué grupo eléctrico, ¿no son copia de otras masas destripa-kilowatios-guitarra moviéndose en otras llanuras de España y del mundo? ¿Es que los calambres en catalán dan chispas de otro color? ¿Dónde está el hecho diferencial?

Nuestros juegos son fútbol, rugby, tenis, bridge, basket, hockey, waterpolo, ski, surf, mountainbike, pingpong, etc; bebemos scotch, bourbon, coñac o irishcoffee en pubs, vips, macdonald’s; vestimos smokings, breeches, vaqueros, chandals y todo lo demás para el campo o la ciudad con rock and roll, blues, twists o lo que nos echen desde fuera, con acompañamiento de cualquiera de nuestros idiomas, pasando siempre por el inglés.

Los verdaderos caracteres dominantes se notan a través de los idiomas, se hable uno sólo o se hablen varios. Antes de la inundación anglosajona, los estilos propios y diversos de Europa se traslucían cuando sus pensadores franceses, alemanes, italianos, españoles o ingleses meditaban y escribían, todos, en latín. Así lo observaba Menéndez y Pelayo. Pero los discursos de Bill Clinton en su lengua; los de Pujol en catalán; los de Fraga en ese gallego de Chamberí que se ha inventado; todos se construyen sobre lógicas y estatutos de pedigree franco-anglosajón. No hay más hechos diferenciales auténticos que los respectivos egoísmos de los grupos que representan o encabezan. Y, por qué no sospecharlo, de sus propios egoísmos individuales. Pero, hombre: si hasta nos han quitado los púlpitos de las iglesias; aquellos púlpitos desde donde la inspiración podía abrir y extender las alas para volar y cerner, tal vez inmortalmente. Ahora, el timbre sobrenatural del gran predicador no despega de esos atriles ramplones copiados del patrón luterano, anglosajón; y se queda en el tono del informe, de la comunicación social, de la pedagogía pedestre: santa y muy buena, desde luego; pero pedestre, sosa, ineficaz. Y ocurre lo que, una vez, me dijo un sacerdote de Castilla: que cuando la homilía no mueve pronto los corazones, mueve las posaderas. Y conste que aquel buen presbítero no dijo posaderas .

Según la azafata de este avión, también en el aeropuerto de Barajas tendremos pistas "operativas" a pesar de la niebla. Pues lo mismo que en las del Prat están, o no, éso, en vez de "oberts" o "tancats", tampoco las de aquí se "abren" ni se "cierran" sino que su situación es clasificada con esa adaptación del inglés "operative" que no hacía falta en español ni en catalán. (Y ya sabemos que el catalán es español como el siciliano es italiano; pero sólo el toscano es el italiano y sólo el castellano es el español).

La servidumbre galoanglicista ataca hasta el modo de nombrar calles y empresas. Lo digo porque no pienso dirigirte esta carta a tu casa en Paseo de San Gervasio. Toda la vida, en España, calles, bancos, empresas, apellidos, esposas y viudas han abundado en el genitivo "de": Señora de tal, Viuda de Cual, Calle de Fulano, Caja de Madrid, etc. etc. Pero, como en Francia no hay Rue de Gambetta, ni Crédit de Lyon, ni Mme. de Dupont, placas, tarjetas y rótulos van suprimiendo aquí nuestra típica preposición; y ya me explicarás dónde está la mejora; dónde, el salto adelante; dónde, el fértil y musculoso . Todos estos adelantos hacia la sopa internacional se paladean ya en Madrid, lo mismo que en Barcelona o en Bilbao.

Los matices que distinguieron a nuestras vidas regionales, más vivos en lo común que en lo diverso, apenas sobreviven en otros rasgos que en los otros rasgos que los toros, el mus, los bolos, el frontón, el tinto y las luces que el sol lleva a nuestros cuerpos y almas. Me parece, Jordi, que algunos argumentan el hecho diferencial sin razón, para sacar la cabeza y chupar de apartijos y excepciones.

Juan Luis Calleja.


 

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