El neoizquierdismo intelectual norteamericano. Por R. H. Bork.

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El neoizquierdismo intelectual norteamericano. nº 88

Por R. H. Bork.

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El neoizquierdismo intelectual norteamericano

Cuando se examina la progresión de las nociones de libertad e igualdad hasta su corrupto estado presente de anarquía moral e igualitarismo despótico, no puede dejar de notarse la influencia de la clase "intelectual". El entrecomillado del término intelectual responde aquí al hecho de que en tal clase los más no tienen una actividad mental seria. Son críticos, si no abiertamente hostiles a la sociedad y a la cultura . Son, además, susceptibles de veleidades utópicas. El premio Nobel de economía Hayeck ha hecho notar que el tono de los líderes intelectuales occidentales se ha caracterizado durante tiempo por la desilusión hacia sus principios, menosprecio de sus logros, y preocupación obsesiva por la creación de "mundos mejores".

El economista Joseph Schumpeter definió a la clase intelectual y describió en ella cualidades que podrían explicar tanto su hostilidad como sus fantasías: «Los intelectuales son gentes que controlan la palabra hablada y escrita; y uno de los rasgos que les distinguen de otros que hacen lo mismo es la ausencia de responsabilidad directa en las cuestiones prácticas. Este rasgo tiende a explicar otro: la ausencia de un conocimiento de primera mano que sólo puede dar la experiencia». La cáustica visión schumpeteriana del intelectual es fácilmente comprensible: fue profesor de Harvard. De ahí el común término "la clase charlatana (chattering class)" referido a los intelectuales en el sentido de Schumpeter. Se trata de gente que dedica su tiempo y generalmente se gana la vida, mediante la producción y distribución de ideas y símbolos, ya a granel, ya como minoristas. No necesitan ser, y a menudo no son, muy sagaces en el manejo de las ideas. Ni siquiera es menester que sean inteligentes o razonables.

Consecuentemente, esa clase intelectual se compone de personas cuyo estado de ánimo se asemeja considerablemente al de los estudiantes radicales de los años sesenta: la hostilidad a esta cultura y sociedad, y sueños milenaristas. Aquellos estudiantes, como los intelectuales de Schumpeter, no tenían ni responsabilidad directa en cuestiones prácticas, ni conocimiento de primera mano sobre el funcionamiento del mundo. Eran, pues, libres de exigir que la realidad fuese distinta de lo que era o pudiera ser. Las mentes configuradas de tal guisa son, en las circunstancias actuales, necesariamente de izquierdas.

Estos intelectuales podrán ser intelectualmente insignificantes; pero son, no obstante, una importante fuerza cultural. Puesto que controlan la palabra y los símbolos, sus valores e ideas se transmiten a través de la prensa, el cine, las universidades, la enseñanza primaria y secundaria, los libros, las revistas, las actividades filantrópicas, las fundaciones, y numerosas iglesias. Los intelectuales tienen, pues, una influencia desproporcionada a su número. Lo que es peor, bien pudiera ser que sus actitudes políticas fuesen permanentes e impenetrables a la argumentación racional. Max Weber sugiere esta sombría idea en sus análisis sobre la psicología de los intelectuales, que concuerda bien con la realidad observable en los intelectuales motores del neoizquierdismo (modern liberalism)*.

La salvación que persigue el intelectual surge siempre de una necesidad interior y está, por tanto, más alejada de la vida, es más teórica y más sistemática que la salvación anhelada por las clases no privilegiadas, generalmente motivadas por una agresión exterior. El intelectual persigue diversas metas como el imbuir a su vida de una significación penetrante para así hallar la unidad consigo mismo, con sus congéneres y con el cosmos… Hay, por lo tanto, una necesidad creciente de que el mundo y los esquemas vitales globales se sometan a un orden relevante y con sentido.

La religión satisfizo la necesidad interior de significado profundo durante la mayor parte de la historia de la civilización occidental. Pero, a medida que la religión inicia la retirada, balbuceante a partir del siglo XVIII, y a buen paso en el XIX y el XX, el ansia de significación no decayó, sino que se mantuvo apremiante; pero ahora, la significación había que buscarla en un sistema secular de creencias.

Es difícil imaginar algo que para la mayoría de los intelectuales sacie este vacío mejor que la política. Para algunos, el anhelado significado lo puede aportar la entrega a un campo como la investigación científica; para la gran mayoría, para quienes tal nivel de logro es imposible, la respuesta debe darla la política. Pero para tornarse en religión laica, esa política no puede ser la de las pugnas mundanas de intereses y compromisos materiales; debe ser una política de ideología.

En nuestros tiempos, esto implica una política de izquierdas que aporta una visión global del mundo, y una promesa de salvación final en una utopía que la política convencional no puede ofrecer. El impulso religioso implícito en el izquierdismo radical se ha hecho notar a menudo. Weber observó que "fe económica escatológica del socialismo surgió" cuando cierto tipo de intelectuales alemanes se hizo antirreligioso. No sólo el comunismo, sino también el fascismo y el nazismo fueron sistemas de creencias de la izquierda que ofrecieron significados trascendentales a sus seguidores.

Se necesitan circunstancias extraordinarias para que el fascismo o el comunismo alcancen abiertamente el poder como movimientos de masas. Pero un número no desdeñable de devotos de la política radical puede ser altamente dañino, incluso en sociedades relativamente estables. Conviene recordar aquí la comparación hecha por Peter Berger entre la nueva izquierda de los años sesenta y los fascismos europeos. El actual neoizquierdismo, descendiente y heredero espiritual de la llamada Nueva Izquierda, es lo que sería un fascismo que ha ocupado instituciones significativas, principalmente las universidades; pero que ni por la fuerza ni por la amenaza tiene posibilidades de tornarse en un movimiento de masas, o de alzarse con el poder, ya sobre el gobierno, ya sobre la sociedad en general. Debe, pues, perseguir el poder por entregas, y sin direccionalidad. Naturalmente, existen diversos talantes de neoizquierdismo, como los hubo de fascismo. Las variedades más extremas se manifiestan estos días en las universidades o en organizaciones de carácter social. Pero hay muchas más personas que comparten vagamente bastantes presupuestos del neoizquierdismo, y que fortalecen las posiciones extremistas de un modo que estas jamás habrían podido alcanzar en solitario.

Weber llegó a identificar a los grupos más propensos a las ansias de trascendencia que dan lugar a los neoizquierdismos. El comentarista cultural Richard Grenia encapsula su predicción: «Max Weber elaboró la siguiente lista profética de los intelectuales de alcurnia social más anhelantes de significado: profesores de universidad, clero, miembros de la administración pública, ciertos nobles y cortadores de cupones y, más abajo en la escala social, periodistas, maestros de escuela, poetas ambulantes, y proletarios autodidactas. Es notable que esta lista fuera elaborada media centuria antes de que se propagara en América la onda de choque de la política radical a través de aquellas mismas clases sociales»

Por cortadores de cupones, Weber entiende, sin duda, a aquellos que viven de riqueza heredada, un hecho que explica, por ejemplo, que las grandes fundaciones constituidas por adinerados conservadores se tornen de izquierdas cuando llega la segunda o la tercera generación. Lo de poetas ambulantes puede trasladarse hoy día a la clase de los artistas como Robert Redford, Jane Fonda, Gore Vidal, y otros de similar especie. Las cavilaciones de Hillary Clinton acerca de la "política de significación" ofrecen una confirmación casi mágica de las tesis de Weber. Ni ella ni otros que usaron la frase pueden ni empezar a explicar en qué consiste tal política, pero es claramente el talante de tratar la política como religión, el radicalismo estudiantil de los años sesenta. El año 1969, Hillary representó a su clase con estas palabras de inauguración del curso en Wellesley:"durante mucho iempo nuestros líderes han utilizado la política como el arte de lo posible; pero ahora el reto es hacer política como el arte de posibilitar lo que parece imposible...No estamos interesados en la reconstrucción social sino en la humana". Añadió que su clase tenía "el sentimientoo de que se vida social competitiva, adquisitiva y dominante, lo que trágicamente incluye a las universidades, no es una forma de vida para nosostros. Buscamos modelos de vida más inmediatos, estáticos y penetrantes". Habló de disenso y protesta como "desiinhibido intento de forjar una identidad en esta particular época". Aquí están los temas de la Declaración de Port Huron (Michigan, Junio de 1962): política que crea lo imposible (o sea, utopía), remodelación de la naturaleza humana, oposición al capitalismo, huida de lo mundanal, y discrepancia como vía para encontrar una identidad auténtica.

No sólo los estudiantes; muchos otros hablaban así entonces. Sería injusto criticarles hoy por haber usado antaño el incoherente lenguaje de la "religiosidad política", típica de aquella generación. Pero en una charla en la Universidad de Texas 24 años después, ya esposa del Presidente de los EEUU, Hillary Rodham Clinton dijo "uno de los gradndes desafíos con los que todos nos enfrentamos , ciertamente en Occidente, es la remodelación de la sociedad" . Habló de alienación, desencanto y falta de esperanza, y afirmó que "estamos en una crisis de significación". Invocó una nueva "política de significado" que daría respuesta a preguntas tales como «¿Qué significan las instituciones de nuestro gobierno? ¿Qué significan nuestras vidas en el mundo de hoy? ¿Qué significan nuestras instituciones? ¿Qué significa educarse? ¿Qué quiere decir ser un periodista? ¿Qué significa en el mundo actual el seguir una vocación, o ser parte de una institución?; ¿En qué consiste eso de ser humano?» Quería "una sociedad que nos vuelva a llenar y que nos haga parte de algo mayor que nosotros mismos . El significado concreto de tal verborrea sigue siendo hoy tan misterioso como en los años sesenta. Pero tenemos alguna idea de a qué se refiere: se trata del propio ser, y del intento de darle un sentido a la vida mediante la búsqueda, vagamente perfilada, de una utopía. El impulso religioso es claramente reconocible; pero es sólo un impulso, un sentimiento religioso sin estructura.

Según el periodista Michael Kelly, la señora Clinton acepta que está a la busca de una "teoría unificada de la vida". Observa que sus discursos de Wellesley y Texas «tienen dos características comunes: ambición desmesurada, adoctrinamiento didáctico, incoherencia intelectual, y la suposición adolescente de que no existe el pasado y de que el presente necesita únicamente tu mano conductora para crear un futuro glorioso» .

Hay en la "política de la justificación", por lo menos según el inventor de la frase, el rabino Michael Lerner, un toque totalitario. Lerner es editor de la revista judía "Tikkum". Siendo estudiante de Berkeley fue presidente de los estudiantes para una Sociedad Democrática, compartió el dormitorio con Jerry Rubin y se incorporó a la organización de jóvenes activistas de la que formaba parte Tom Hayden. Lerner dice ahora cosas tales como: «Para que funcione cualquiera de sus programas, Clinton deberá enfrentarse explícita y conscientemente con la moral egoísta que ha dominado este país en los años ochenta, y habrá que sustituirla por una moral de caridad, de responsabilidad social, de comunidad y de solidaridad. Esta visión del mundo tiene que remplazar a la vieja moral» . La "moral" que describe Lerner es coherente con el radicalismo coactivo de su fase juvenil. Lerner ha propuesto cosas tales como una orden del Ministerio de Trabajo en la que "cada lugar de trabajo" en América "habrá de crear un documento que explique su función, su visión del bien común y su fórmula para alcanzarlo". Las consiguientes sesiones de autocrítica en el lugar de trabajo serán inevitables.

La señora Clinton no es ciertamente única. Se la trae a colación aquí porque fue tan representativa de la generación de los sesenta como lo es hoy de los intelectuales del neoizquierdismo, y porque es una ilustración altamente visible de la tesis de Weber.

La señora Clinton no ha dicho explícitamente si comparte o no otra característica del neoizquierdismo, la hostilidad a la cultura y sociedades burguesas. Pero a menudo la respuesta afirmativa está implícita en sus palabras. El neoizquierdismo constituye lo que Lionel Trilling llamó una "cultura adversaria". Los componentes de tal cultura son, según Stanley Rothman y sus coautores, una alienación del sistema americano e indiferencia ante las amenazas contra tal régimen . «Los igualitaristas radicales tienden a reaccionar más despreocupadamente que los adeptos a otras culturas políticas respecto de los adversarios exteriores y del crimen. No es que tales amenazas les parezcan menos relevantes. Más bien, dada su hostilidad al sistema, esas amenazas no les conciernen» . Posiblemente sean bien recibidas.

Rothman llama "individualismo expresivo" a lo que yo he llamado individualismo radical. El individualismo expresivo se convirtió en los años veinte en la ideología del intelectual americano, que hizo las veces de herramienta para desmontar el status quo. «La libre expresión de los deseos personales y de las pasiones individuales se hizo inherente al concepto de la buena vida en los estratos intelectuales. La raíz de este concepto es la prioridad dada a la expresión desmedida de impulsos, cuya bondad intrínseca se da por supuesta». Mi impresión es que esta actitud se remonta a antes de los tumultuosos años veinte, probablemente al último decenio del siglo pasado, y que su explosión se retrasa hasta los años sesenta como consecuencia de dos guerras mundiales, de la gran depresión, y de las modestas dimensiones de la comunidad académica anterior a la segunda guerra mundial.

Rothman documenta las actitudes que describe con respuestas a cuestionarios, test, y extensas entrevistas. Entre esas actitudes descubre que "los intelectuales americanos se oponen mayoritariamente al sistema americano y las instituciones dominantes que trasmiten sus valores son predominantemente neoizquierdistas y, a menudo, también contrarias. En cualquier caso, los elementos conservadores en tales instituciones constituyen una pequeña minoría» . El odio a América y a Occidente se ve con la máxima claridad en las universidades que, según el sociólogo Paul Johnson, "se ha convertido desde los años sesenta en los recursos y reservas principales de la cultura hostil". Cuando Yale propuso un programa para el estudio de la civilización occidental, un profesor de literatura inglesa increpó: "¿Civilización occidental? ¿Por qué no una cátedra sde colonialismo, esclavitud, imperio y pobreza?. Mientras que un profesor de historia dijo: "la principal exportación de la cultura occidental es la violencia". Su oposición prevaleció *. Para derrotar a los valores tradicionales supérstites en la cultura actual consideran necesario atacar las raíces de estos valores en la historia de la civilización occidental.

Son legión las anécdotas sobre el espíritu antiamericano en las universidades; pero de ningún modo únicamente en las universidades. La misma hostilidad se manifiesta allá donde aparecen los intelectuales del neoizquierdismo: los museos, las galerías de arte, las editoriales, Hollywood, todos los lugares donde se fabrican y manipulan ideas y símbolos. Los intelectuales son conscientes de su afinidad con los colegas. El popular historiador de los años veinte Frederick Lewis Allen se refirió a «un nuevo grupo con conciencia de clase: los intelectuales del país. Aunque eran pocos, sus voces se hacían oír, y su influencia no sólo dominaba la literatura americana, sino que se filtraba hacia abajo llegando a afectar, poco a poco, el pensamiento de toda la nación». Esta filtración vertical no es un proceso mecánico mediante el cual las ideas de los intelectuales meramente alcanzan al público en general. Se trata más bien del esfuerzo consciente por parte de esos intelectuales de modificar la concepción que los americanos tienen del mundo y de sí mismos. Un esfuerzo para, entre otras cosas, debilitar o destruir los lazos afectivos de los americanos con su país y con la civilización occidental. Un arma fundamental utilizada en tal ataque contra nuestra civilización es el invento de supuestas utopías pasadas que habrían sido destruidas por el hombre blanco. De ahí que el mito del noble nativo americano que vivía en paz y en armonía con la naturaleza, pero que fue corrompido y destruido por los europeos, se repite hoy por doquier. (De hecho no existen tales nativos americanos. Los indios son inmigrantes simplemente arribados mucho antes que los europeos. El nombre 2seniors americans" sería más apropiado). Esta forma de utopía puede a veces ser un mero disparate sentimental; con más frecuencia se trata de un arma arrojadiza para el asalto moral contra esta sociedad y sus instituciones.

No hace mucho que la Smithsonian Institution montó una impresionante exposición de pinturas y esculturas representando la expansión de América hacia el oeste. El título contenía un aviso: "El Oeste como América: una reinterpretación de las imágenes de la frontera 1820-1920. Los textos que acompañaban a estas obras eran una extensa diatriba sobre la avaricia y la maldad del hombre blanco. Por ejemplo, el lienzo (The fight for the Water Hole) de Frederic Remington que representa a cinco cowboys defendiendo un abrevadero contra los indios, se reinterpreta según el mundo de los que compraron tales pinturas, «ricos industriales incómodos con el cambio social en las ciudades del Este. La era industrial que habían creado requería la importación de mano de obra extranjera, la cual a menudo desafiaba a los dueños de las industrias en respuesta a sus miserables condiciones de vida. Substitúyase inmigrante o trabajador por indio en la lucha por el abrevadero y se desvelará una frontera muy distinta de la que se pensó que tales pinturas representaban». La denigración del hombre blanco, del capitalismo y de la historia de América fue tan sañuda que el historiador y antiguo bibliotecario del congreso Daniel J. Boorstin escribió en el libro de invitados: "una exposición destructiva, perversa e historicamente perversa. No honra a la Esmithsonian". Los comentarios fueron tan adversos que el museo organizó un debate sobre la exposición. La gran mayoría de los participantes fueron historiadores del arte procedentes de universidades, lo cual es como pedirle a Damon un juicio sobre Pythias. Su opinión fue que el comentario estaba justificado. uno de ellos dijo: "Esto ha sido una guerra entre dos culturas, y la cultura inferior ha salido victoriosa".

La "correccióon política" es ciertamente desenfrenada en la Smithsonian. Esta proyectó celebrar el cincuentenario del bombardeo atómico de Hiroshima que concluyó la guerra en el Pacífico, exhibiendo el avión que lanzó la bomba, el "Enola Gay" . Pero el comentario que le acompañaba decía: "Para la mayoría de loos americanos ...se trataba de una guerra de venganza. Para la mayoría de los japoneses era una guerra de defensa de su original cultura contra el imperialismo occidental" . Ninguna duda que explicara para satisfacción de los historiadores por qué Japón había emprendido una guerra sangrienta contra China años antes de su ataque por sorpresa el 7 de diciembre de 1941 contra la base naval americana de Pearl Harbor. No se mencionaban las atrocidades japonesas en China, Filipinas y demás lugares. El comentario acabó en el cesto de los papeles cuando se programó su discusión en el Congreso. pero los dos episodios revelaron el grado en que la corrupción de las universidades se ha propagado a otras instituciones dominadas por intelectuales.

La guerra del Golfo puso a la vista el antiamericanismo de los intelectuales clérigos. Muchos líderes religiosos y sus organizaciones se opusieron al uso de tropas americanas para expulsar a Irak de Kuwait y, no casualmente, impedir que Sadam Husein controlara una buena parte del petróleo mundial. Algo de esto pudiera atribuirse al pacifismo religioso, pero no acaba de explicarse el silencio de tantos líderes religiosos sobre la violencia irakí para conquistar a otra nación, mientras condenaban el uso de la fuerza en la respuesta de los Estados Unidos. la desconfianza respecto del poder y las intenciones de los Estados Unidos se muestra también en frecuentes peticiones de que nuestras fuerzas armadas se pongan bajo el mando de las Naciones Unidas en vez del americano. La preferencia por las Naciones Unidas sobre los Estados Unidos es característica de los neoizquierdistas. Se trata probablemente de una manifestación actual de la fe de los años sesenta en la superioridad del tercer mundo.

Las principales Iglesias hacen gala, a menudo, de dobles raseros. Paul Hollander ha hecho notar que la preocupación de las Iglesias por el supuesto daño o amenazas de los estados Unidos contra grupos o naciones del tercer mundo debe ser contrastado con «la relativa indiferencia que estas Iglesias activistas y con preocupaciones globales han demostrado hacia Afganistán y el sufrimiento de sus gentes, acaso porque no cabía responsabilizar a los Estados Unidos, a Occidente, al capitalismo, o las corporaciones multinacionales de tales desdichas» .

Cabría objetar que muchos y acaso la mayoría de los profesores universitarios u otras instituciones de la clase intelectual no comparten ni expresan el fanatismo descrito; pero para que el neoizquierdismo cumpla su función y gane sus batallas no es necesario que lo hagan. Las instituciones son generalmente politizadas por minorías internas. La "ley de Morson", formulada por el estudioso de las lenguas eslavas Gary Saul Morson, estima que el porcentaje crítico es inferior al 20 por 100. Los activistas están dispuestos a invertir mucho más tiempo y energía en politizar del que los otros están dispuestos a dedicar a resistirles, y gran parte del profesorado "se aliniará con los activistas por miedo conformista a ser tachado de retrogrado".

La uniformidad del antagonismo de la clase intelectual de los Estados Unidos contra Occidente es tal que requiere una explicación. No hay que olvidar que los intelectuales no han sido siempre hostiles a las sociedades en que han vivido. Este hecho se ha interpretado en ocasiones como indicativo de que la naturaleza de los intelectuales ha cambiado, que la absoluta perversión de los neoizquierdistas debe contrastarse con la saludable integración social de los intelectuales de otras épocas. Pero puede que ésta no sea la interpretación correcta. La condición del intelectual es posiblemente el oponerse; pero la oposición abierta era a menudo peligrosa y ciertamente imprudente con anterioridad a las últimas décadas del siglo XVIII. Schumpeter hace notar que, hasta la Ilustración, los intelectuales eran pocos y dependían del apoyo de la Iglesia o de algún gran mecenas: "El intelectual típico no aspiraba a la hoguera, aún reservada para el hereje . Preferían los honores y la comodidad sólo otorgadas por "los principes temporales y espirituales . Lo que los liberó fue el invento de la imprenta y el desarrollo de la burguesía, que ofreció a los intelectuales un nuevo patrono, el gran público. Schumpeter sitúa la pérdida de importancia del mecenazgo individual en el último cuarto del siglo XVIII . James Gardner, crítico de arte en "National Reviw", afirma que los artistas empezaron a dirigir su furia hacia el Estado burgués tres generaciones después de la revolución francesa . Las actuales universidades, fundaciones, museos, etc. han aportado mecenas a decenas de miles de intelectuales insatisfechos. En definitiva, los intelectuales pudieron haber sido siempre hostiles al orden social en que vivieron, pero se moderaron por el propio interés hasta que el público les liberó de sus mecenas individuales y el Estado burgués perdió la voluntad de moderarlos.

Es notable que el ataque moral e intelectual actual contra el Estado y la cultura burgueses proceda casi en su totalidad de la izquierda. El sociólogo Seymour Martin Lipset afirma que las posiciones políticas y culturales de los intelectuales han cambiado con el tiempo. Gran parte de la crítica intelectual de la última década del siglo XIX se enfrentó con el burdo materialismo y el gusto vulgar de la sociedad democrática. «No obstante, la posición crítica de los intelectuales del siglo XX, primero en las ciencias sociales y posteriormente en las humanidades, se tornó crecientemente en una simpatía hacia posiciones antistablishment e izquierdoliberales… Han apoyado desproporcionadamente causas ateas, pacifistas, de derechos civiles, del partido Demócrata, así como libertades civiles antinaturales, e intereses exóticos».

Tal cambio de actitud admite diversas explicaciones más o menos plausibles. Una es, evidentemente, que el progreso de la pasión igualitaria erosionó lo que originariamente fue un desdén aristocrático hacia esta sociedad, lo que facilitó el ataque de la izquierda contra la burguesía. La igualdad es siempre el grito de la guerra izquierdista. También debió hacerse cada vez más evidente que una actitud aristocrática restaría a los intelectuales la posibilidad de alcanzar influencia y popularidad generalizadas e, indudablemente, reduciría sus emolumentos y ventajas materiales. Un ataque desde una posición igualitaria sería mucho más aceptable.

Schoeck opina que el izquierdismo intelectual lo motiva el deseo de evitar la envidia *. No sólo se siente envidia, sino que uno se protege del envidioso. Cuanto más ilustre se es, tanto mayores son los motivos para temer ser envidiado, lo cual explicaría el gran número de intelectuales y artistas que no sólo han sido izquierdistas, sino que han tenido devaneos con el comunismo. La función de sustituir a la religión le parece evidente .

Esta explicación de su neoizquierdismo no satisfará a los intelectuales a quienes tampoco gusten las otras explicaciones aquí ofrecidas. Schoeck sugiere que, posiblemente por esa razón, apenas se mencione la envidia en las ciencias sociales en este siglo, especialmente en los Estados Unidos. Cree que este vacío no es accidental, y hace observar el general resentimiento de las ciencias sociales contra esta sociedad. «El denominador común de este descontento, este desasosiego, es el impulso igualitario. Muchos de los problemas experimentados o imaginados por tales mentes se resolverían teóricamente en una sociedad de iguales absolutos. De ahí la constante y curiosamente tenaz preocupación de las ciencias sociales anglosajonas por los modelos y programas para una sociedad de iguales absolutos. No obstante, el deseo utópico de una sociedad igualitaria no puede haberse originado más que en la incapacidad de superar la propia envidia, o en la supuesta envidia de los inferiores».

Naturalmente existen otras posibilidades. Acaso el movimiento izquierdista se debió a una combinación entre la hostilidad de los intelectuales a la sociedad burguesa y su conocida tendencia a admirar el poder e incluso la fuerza bruta. Tendemos a olvidar la simpatía incipiente de los intelectuales por los fascismos, tanto en su variedad italiana como alemana, hasta que la expresión de tal sentimiento se convirtió en peligrosa durante la segunda guerra mundial. La influencia máxima de los intelectuales fue anterior y más duradera. la revolución rusa de 1917 es el arquetipo de un poder brutal que ataca a las sociedades tradicionales y capitalistas desde la izquierda. y al ser el comunismo, por un lado, utópico e igualitario, y por el otro, el único enemigo eficaz de la sociedad burguesa, los intelectuales viraron a la izquierda. El hecho de que muchos de ellos se hicieran no sólo simpatizantes o compañeros de viaje, sino miembros del Partido, algunos incluso espías de la Unión Soviética, atestigua el enorme magnetismo de la retórica y los ideales de la izquierda sobre los intelectuales. Aquella fase ha concluido; pero sobrevive la hostilidad activa de muchos miembros de la clase intelectual hacia la cultura tradicional. Las consecuencias de tal hostilidad las desarrollo parcialmente en otro lugar.

Muchos de los que han descrito la lamentable influencia de ciertas ideas han exonerado a sus defensores de culpa por sus consecuencias. Así James Q. Wilson ha dicho a propósito de la filosofía política que deriva de la Ilustración que 28. Myron Magnet, de y del Instituto Manhattan absuelve a muchos de cosas peores que un equivocado esfuerzo por ayudar. Sin duda algunos de estos desean hacer el bien, tienen excelentes intenciones, pero, también sin duda, otros actúan malévolamente. Parte de nuestras élites —profesores, periodistas, directores de cine y televisión, etc.— disfrutan con el nihilismo y la destrucción tanto como esos que matan indiscriminadamente por placer en nuestras ciudades. Sus armas son simplemente distintas. Quien conozca, por ejemplo, el mundo académico, no habrá dejado de ver a hombres y mujeres que difunden ideas, no porque sus intenciones sean buenas, sino porque desean notoriedad, influencia, poder, o simplemente porque les satisface destruir las estructuras creadas por otros. No hay razón para pensar que las intenciones de algunos que tienen título de doctorado sean mejores que las de otros que no han acabado el bachillerato.

La defensa de los valores tradicionales contra el ataque furioso de la clase intelectual es dificilísima. Los intelectuales no sólo ocupan la cúpula de la cultura y controlan las herramientas con las que se crean y transmiten los valores y las ideas; controlan también las instituciones más ejecutivas del gobierno americano, las jurisdicciones federales y estatales, encabezadas por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Los tribunales han ido acaparando paulatinamente la potestad para zanjar las cuestiones culturales, y no parece que tengamos ningún medio para rectificar tal usurpación.

Robert H. Bork.


 

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