Volviendo a Cuba. Por J. de Arespacochaga.

pag. principal Razón Española

Volviendo a Cuba. nº 88

J. de Arespacochaga.

artículo anterior indice siguiente artículo

Volviendo a Cuba

Entre las críticas que, en medio de los muchos ditirambos que hoy se le dedican, cabe hacer a Antonio Cánovas, está su actitud hacia nuestras últimas colonias de Filipinas, Cuba y Puerto Rico. Esta actitud se basaba en el desdeño profundo, que expresó varias veces, sobre la poca capacidad de los españoles para extender sus dominios más allá de las fronteras peninsulares y en el abandono en que tuvo a nuestra exigua escuadra. Antes de ser Jefe del Gobierno español, Cánovas fue Ministro de Ultramar, y pocos meses después de su muerte se perdió la guerra de 1898 y, con ella, nuestras últimas posesiones en el Caribe y en el Pacífico.

"Más se perdió en Cuba", fue y aun sigue siendo frase hecha de familiar uso para consolación de pasajeros infortunios. Efectivamente, al concluir el siglo perdimos Cuba y Puerto Rico junto con Guam y Filipinas por el triste Tratado de París, que puso fin a un imperio de cuatro siglos. En las frecuentes rememoraciones actuales de aquel año 98, se insiste bien poco en la aflicción que debe producir hoy, en todo español, el recuerdo de fecha tan aciaga.

¿Qué perdimos en Cuba? Todo un pasado de grandeza y de heroísmo, de dureza y de gloria, de valor y trabajo, de fe y esperanza, que a lo largo del fatídico siglo XIX, había ya quedado reducido prácticamente a nuestras posesiones en las Antillas. Pensando en la fecha y rememorando, a través de una historia familiar propia similar a la de tantos españoles, lo que supuso la desaparición de nuestras últimas tierras de ultramar, no he resistido la tentación sentimental de visitar de nuevo La Habana en la portada del siglo de su pérdida, y allá he viajado con una importante representación de mis nietos mayores porque nuestros políticos han escamoteado a toda su generación la enseñanza veraz de la historia de España, sin duda por temor a más de una añoranza.

Hemos estado en La Habana tres días, bajo el sentimiento oprobioso de la presión de un régimen que, evidentemente en sus postrimerías, no ofrece sino la pobreza absoluta de su población junto a la completa indefensión de su gran mayoría merced a la vigilancia implacable de unas fuerzas de policía que son, con el célebre Salón Tropicana, lo único florido de aquel régimen comunista, que tiene a gala mostrar su poder al ciudadano y al visitante en cualquier ocasión, incluida la compra de un libro viejo o de una caja de puros.

Cuanto se diga de la pobreza de la población resulta corto. El régimen vive hoy una situación imposible de mantener, porque la isla ha quedado reducida a una aglomeración de varios millones de personas prácticamente sin trabajo en una economía cuya principal actividad es la artesana, dado que su excelente y tradicional producción de café, azúcar y tabaco, por mor de la Ley Burton y del bloqueo a que tienen sometida la isla los EE.UU, ha perdido los márgenes económicos que proporcionaban a Cuba divisas en cantidad.

Hoy la isla sobrevive gracias al turismo, un turismo reducido a las playas que bordean su amplia costa, donde disfruta el bañista de una arena de calidad insuperable dentro del propio Caribe, mar en el que la ausencia de mareas ha mantenido en sus playas el nacarado primitivo de las conchas que las produjeron.

Y también el oprobioso turismo sexual.

En cuanto a la ciudad, no queda una sola casa que no se halle en estado de abandono absoluto, en algunos casos prácticamente en ruinas. Así, la gloria de lo que fue el urbanismo de La Habana, que logró su máximo esplendor a mediados del siglo XIX, con cientos de casas de arquitectura colonial construidas con espléndidos materiales y exhibiendo frecuentes y bellos trabajos de artesanía de hierro en las rejas de ventanas y balcones, sólo permite, en su abandono actual, recomponer imaginativamente lo que fue aquella ciudad, con su imponente catedral, de maciza construcción y bella factura, y con lo que fue la sede de su Capitanía General, uno de los edificios más bellos de nuestro Imperio. Y a las viejas fortalezas que impidieron tantas veces la entrada a la isla de filibusteros y de las tropas inglesas, destacando majestuoso entre todas ellas el célebre castillo del Morro que levanta su torre vigía sobre la misma entrada del puerto.

Pero resulta en todo caso fácil rememorar la vieja Habana, con cientos de metros de soportales que, ennobleciendo las casas, permitían recorrerla al resguardo del implacable sol del trópico.

El régimen comunista ha prescindido totalmente del cuidado mínimo de estos edificios que, desafiando al tiempo, son todavía albergue seguro de miles de familias cubanas, que los ocupan con un pago de una mínima renta al Estado, y que llenan, con sus pobres ajuares, las habitaciones y salones que fueron en su día brillante muestra de la prosperidad de la ciudad.

El perfecto adoquinado de sus calles, hecho a veces con tacos de madera durísima procedente de la selva cubana, ofrece hoy en su abandono alguna dificultad para el reducido tránsito rodado de viejos automóviles, pero en su mayor parte mantiene la calidad primitiva aunque, a ambos lados de las calzadas, se alineen los viejos edificios abandonados desde hace más de cincuenta años. Allí está el Gran Teatro, fundado a mediados del siglo XIX y que sobrepasa con mucho nuestros teatros metropolitanos de entonces y aún de ahora. Allí está la Universidad, una más de la docena que creamos en América en detrimento de las que se abrieron más tarde en varias provincias españolas, y allí está, en la margen derecha de la entrada al puerto, el célebre Malecón de paseos y carrozas, el malecón de las canciones gaditanas y habaneras, el malecón de alegres expansiones juveniles, que vio tras la rendición, en sucesivas madrugadas, la salida de los barcos que repatriaban a la península los restos de un ejército abandonados a su suerte, hambrientos, vestidos de harapos y enfermos en su mayor parte que, si sobrevivían a la penosa travesía solo hallarían, al desembarcar en España, la indiferencia cuando no el desprecio, de sus compatriotas peninsulares cuyos gobiernos mantuvieron al país en absoluto engaño a lo largo de la guerra, con una .

Quedaba en Cuba la impresionante obra colonizadora, miles de tumbas españolas bajo sus tierras, y bajo sus aguas una escuadra de la que sólo se acordó el gobierno español cuando la mandó a un cruel e inútil sacrificio al sur de la isla.

La visita a La Habana y los sentimientos que suscita ponen de manifiesto las dimensiones de nuestro hundimiento imperial que no fue obra, ni aquí ni en el resto de América, de reivindicaciones aborígenes, sino obra de personas que, como Martí, para hablar concretamente de Cuba, era hijo de un sargento del Regimiento de Artillería de La Habana que, al igual que su mujer, había nacido en Valencia y pertenecía a una unidad allí destacada como parte de la guarnición que, en tiempo del General Weyler, contaba, sólo en Cuba, con 200.000 hombres. Pero tenían que resultar inútiles para las solapadas ofensivas que alimentaban y azuzaban, desde muy lejos de nuestras posesiones, los intereses anglosajones apoyados en la filosofía enciclopedista, en las logias masónicas y en los gobiernos del liberalismo ilustrado de la restauración canovista.

Y sobre el tablero, la traicionera declaración de guerra por los Estados Unidos junto al completo abandono en que se encontraba nuestra escuadra, desde hacía muchos años, sentenciaba de antemano el destino de Cuba.

Juan de Arespacochaga.


 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.