Marxismo que
mata
En
Francia, la aparición del Libro Negro del Comunismo ha
desencadenado un apasionante debate que, sin duda, se
extenderá al resto de Europa. El equipo de historiadores
encabezado por Stéphane Courtois y Nicholas Werth ha
realizado una tan siniestra como acertada disección de
los resultados prácticos de la teoría marxista en manos
de personajes como Lenin, Stalin, Pol Pot o Mao, por
citar sólo algunos de los más ilustres ejemplos. Su
arduo trabajo es en realidad una ingente recopilación y
sistematización de hechos y datos dispersos. Ahora bien,
nunca está de más recordar que el comunismo ha sido una
de las fuerzas más destructivas de la historia de la
Humanidad.
Hasta ahora, las estimaciones más bajas (las procedentes
de fuentes favorables a los regímenes matarifes),
cifraban en 80 millones las personas objeto de asesinatos
en masa. Las más altas (Pipes, 1994) sugieren 300
millones de víctimas. Las investigaciones más completas
sobre los democidios son las realizadas por un
politólogo norteamericano, poco conocido fuera del
ámbito académico, Rudolph Rummel, que desde 1960 ha
dedicado su vida a estudiar los poderes asesinos. En sus
libros Death by Goverment y Power kills (Transaction,
1994 y 1997), Rummel cifra en 170 los millones de
personas eliminadas por los gobiernos, en el siglo XX,
por causas raciales, étnicas, religiosas o políticas.
Si se tiene en cuenta que 38 millones murieron en los
campos de batalla a lo largo de la presente centuria, se
llega a una terrible conclusión: los sistemas
autoritarios y totalitarios han sido más mortíferos que
la guerra.
La lista de los grandes matadores del siglo XX aparece
encabezada por los comunistas soviéticos que han
liquidado del orden de 62 millones de personas dentro y
fuera de su país. Sólo Stalin fue responsable de
aproximadamente 43 millones de muertes. De ellas, 33
millones fueron consecuencia directa de los trabajos
forzados en el Gulag. El comunismo chino ha sido el
segundo Gran Exterminador del siglo, alrededor de 35
millones de ciudadanos. Sólo la Revolución Cultural se
llevó por delante un millón de vidas humanas. A estas
cifras es necesario añadir los 27 millones de chinos
fallecidos como consecuencia de las hambrunas provocadas
por las políticas económicas de Gran Timonel.
La característica más inquietante del terror comunista,
de clara inspiración marxista, fue el principio aplicado
al exterminio. Como una derivación de la lucha de clases
como motor de la historia, el comunismo abandonó el
concepto de culpa individual y adoptó la idea de culpa
colectiva para destruir en bloque a las clases
contrarrevolucionarias (ver Paul Johnson, A History of
the Modern World, 1983). Sobre esa base, tanto en China
como en la URSS, el gobierno procedió a liquidar a los
ciudadanos por cuotas. Era una forma de aplicar los
procedimientos de la planificación central a la lucha de
clases. Si había un 5% de contrarrevolucionarios, era
necesario liquidar a ese tanto por ciento de la
población de la misma manera que los planes quinquenales
establecían objetivos de producción de acero, etc. En
este marco no existen diferencias morales ni lógicas
entre la guerra de clases y la de razas, entre destruir
una clase y una raza, entre los campos de la muerte
comunistas y los hitlerianos.
Con ese mismo fundamento, Pol Pot masacró a los
colectivos contaminados por la cultura burguesa: quienes
sabían idiomas, los titulados universitarios, los
empleados de empresas extranjeras o con relaciones
comerciales con el exterior, etcétera. En términos
relativos, el líder de los Jémeres Rojos, exterminador
de un tercio de la población camboyana entre 1975 y
1979, ha sido el mayor criminal de este siglo y quizá de
la historia. Millones más de seres humanos fueron
suprimidos en Afganistán, Albania, Bulgaria, Cuba,
Checoslovaquia, Etiopía, Hungría, Laos, Mongolia,
Vietnam, Mozambique, Nicaragua, Polonia, Rumania y
Yugoslavia. En total, los regímenes comunistas mataron
de forma directa a más de 110 millones de personas.
Otros 30 millones murieron durante las guerras y
rebeliones provocadas por los sistemas colectivistas.
Las ideas tienen consecuencias y éstas a veces son
letales. Nadie ha podido acudir al pensamiento liberal en
busca de una justificación del asesinato en masa, lo que
sí ha podido hacerse con la obra de Marx cuya conexión
intelectual con el Gulag siberiano o con los campos de la
muerte camboyanos guarda una lógica implacable. El
pensamiento no delinque pero hay ideas que matan
|