Marxismo que mata. nº 87

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Marxismo que mata. nº 87

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

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Marxismo que mata

En Francia, la aparición del Libro Negro del Comunismo ha desencadenado un apasionante debate que, sin duda, se extenderá al resto de Europa. El equipo de historiadores encabezado por Stéphane Courtois y Nicholas Werth ha realizado una tan siniestra como acertada disección de los resultados prácticos de la teoría marxista en manos de personajes como Lenin, Stalin, Pol Pot o Mao, por citar sólo algunos de los más ilustres ejemplos. Su arduo trabajo es en realidad una ingente recopilación y sistematización de hechos y datos dispersos. Ahora bien, nunca está de más recordar que el comunismo ha sido una de las fuerzas más destructivas de la historia de la Humanidad.
Hasta ahora, las estimaciones más bajas (las procedentes de fuentes favorables a los regímenes matarifes), cifraban en 80 millones las personas objeto de asesinatos en masa. Las más altas (Pipes, 1994) sugieren 300 millones de víctimas. Las investigaciones más completas sobre los democidios son las realizadas por un politólogo norteamericano, poco conocido fuera del ámbito académico, Rudolph Rummel, que desde 1960 ha dedicado su vida a estudiar los poderes asesinos. En sus libros Death by Goverment y Power kills (Transaction, 1994 y 1997), Rummel cifra en 170 los millones de personas eliminadas por los gobiernos, en el siglo XX, por causas raciales, étnicas, religiosas o políticas. Si se tiene en cuenta que 38 millones murieron en los campos de batalla a lo largo de la presente centuria, se llega a una terrible conclusión: los sistemas autoritarios y totalitarios han sido más mortíferos que la guerra.
La lista de los grandes matadores del siglo XX aparece encabezada por los comunistas soviéticos que han liquidado del orden de 62 millones de personas dentro y fuera de su país. Sólo Stalin fue responsable de aproximadamente 43 millones de muertes. De ellas, 33 millones fueron consecuencia directa de los trabajos forzados en el Gulag. El comunismo chino ha sido el segundo Gran Exterminador del siglo, alrededor de 35 millones de ciudadanos. Sólo la Revolución Cultural se llevó por delante un millón de vidas humanas. A estas cifras es necesario añadir los 27 millones de chinos fallecidos como consecuencia de las hambrunas provocadas por las políticas económicas de Gran Timonel.
La característica más inquietante del terror comunista, de clara inspiración marxista, fue el principio aplicado al exterminio. Como una derivación de la lucha de clases como motor de la historia, el comunismo abandonó el concepto de culpa individual y adoptó la idea de culpa colectiva para destruir en bloque a las clases contrarrevolucionarias (ver Paul Johnson, A History of the Modern World, 1983). Sobre esa base, tanto en China como en la URSS, el gobierno procedió a liquidar a los ciudadanos por cuotas. Era una forma de aplicar los procedimientos de la planificación central a la lucha de clases. Si había un 5% de contrarrevolucionarios, era necesario liquidar a ese tanto por ciento de la población de la misma manera que los planes quinquenales establecían objetivos de producción de acero, etc. En este marco no existen diferencias morales ni lógicas entre la guerra de clases y la de razas, entre destruir una clase y una raza, entre los campos de la muerte comunistas y los hitlerianos.
Con ese mismo fundamento, Pol Pot masacró a los colectivos contaminados por la cultura burguesa: quienes sabían idiomas, los titulados universitarios, los empleados de empresas extranjeras o con relaciones comerciales con el exterior, etcétera. En términos relativos, el líder de los Jémeres Rojos, exterminador de un tercio de la población camboyana entre 1975 y 1979, ha sido el mayor criminal de este siglo y quizá de la historia. Millones más de seres humanos fueron suprimidos en Afganistán, Albania, Bulgaria, Cuba, Checoslovaquia, Etiopía, Hungría, Laos, Mongolia, Vietnam, Mozambique, Nicaragua, Polonia, Rumania y Yugoslavia. En total, los regímenes comunistas mataron de forma directa a más de 110 millones de personas. Otros 30 millones murieron durante las guerras y rebeliones provocadas por los sistemas colectivistas.
Las ideas tienen consecuencias y éstas a veces son letales. Nadie ha podido acudir al pensamiento liberal en busca de una justificación del asesinato en masa, lo que sí ha podido hacerse con la obra de Marx cuya conexión intelectual con el Gulag siberiano o con los campos de la muerte camboyanos guarda una lógica implacable. El pensamiento no delinque pero hay ideas que matan



 

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