Historiadores
marxistas
Un
homenaje no es la mejor ocasión para un examen frío del
homenajeado, y hasta ABC ha tributado oficiosos elogios a
Tuñón de Lara; pero cuando el homenaje toma un cariz
ideológicamnete agresivo y descalificatorio, la
cortesía no debe acallar la crítica. Según los
panegiristas de Tuñón, la historiografía española
habría estado subdesarrollada hasta el feliz
advenimiento de su héroe y escuela. Desde Menéndez
Pidal a Vicens Vives (aunque a éste ya le conceden
algún mérito) pasando por Sánchez Albornoz, etc. o, en
los estudios más contemporáneos, Pabón, Palacio Atard,
los hermanos Salas Larrazábal, Ricardo de la Cierva,
Luis Suárez, y tantos otros, todos serían unos
subdesarrollados. ¡Tuñón y los suyos nos sacaron de
tan triste estado, y gracias a ellos la historiografía
española brilla hoy como los chorros del oro!
Este afán exclusivista y denigratorio es connatural al
marxismo, que Tuñón profesaba y que sus seguidores
mantienen, si bien algo vergonzantemente después del
suceso del muro de Berlín. En el marxismo, la
historiografía, adquiere su sentido como lucha
ideológica por desbancar y destruir «lo viejo», lo
«burgués», lo «decadente», etc. La exposición de la
historia es un arma, y muy importante, de la revolución
social. Por tanto los intelectuales marxistas no sólo
hacían sus propias aportaciones, mejores o peores, sino
que desplegaban una inmensa energía para desacreditar
propagandísticamente las interpretaciones ajenas a su
materialismo histórico al cual, con optimismo
inmoderado, tenían por científico. A su nada modesto
juicio, las ideas no marxistas se reducían a
justificaciones de la explotación y la dominación
burguesas; acusaciones que también solían lanzarse
entre sí los diversos grupos marxistas, creyéndose cada
uno posesor de la verdad científica.
Tuñón representó justamente esa doble tendencia. Por
una parte, reducción de la historia a una plúmbea
interpretación según la lucha de clases que deformaba
los datos para acoplarlos a la teoría o prescindía de
ellos sin más cuando no había forma de encajarlos. El
fruto sólo podía ser una profunda desvirtuación o
falsificación del pasado. Y no porque Tuñón y los
demás fueran personalmente deshonestos, sino porque la
teoría y el método que cultivaban, con entusiasmo
perfectamente acrítico, sólo podía mixtificar la
historia. Lo que ya resulta menos honrado era el
orquestado desprestigio (en el que insisten, como vemos)
contra historiadores intelectualmente por encima de
Tuñón. En la época dorada del tuñonismo, lo que
importaba no era la calidad, la fundamentación o la
aproximación de una obra a la verdad. Sino el que ésta
fuera de izquierdas o de derechas, progresista o
reaccionaria. Y así sigue ocurriendo en parte.
Pues el problema real está en la influencia y
peculiaridades del marxismo en España. Hace sólo quince
años, aquí «todo el mundo» era marxista. Luego vino
la caída del muro emblemático, a lo que aquellas
lumbreras asistieron atónitos y sin entender nada. Y
siguen sin entenderlo. Jamás su ciencia les permitió
elaborar un análisis mínimamente serio de un hecho
histórico tan decisivo. Ni lo intentaron. Pero si a eso
vamos, tampoco cuando proclamaban su adhesión a Marx
entendían gran cosa de su doctrina. Un rasgo del
marxismo español ha sido su completa esterilidad. Los
cientos de intelectuales orgánicos del PSOE, del PCE o
aledaños, jamás han producido una mínima aportación
ni una mínima crítica a la teoría en que decían
inspirarse. Propio del marxismo ha sido su esfuerzo
agónico
-que recuerda al de Sísifo- por explicar la realidad
según sus conceptos, y por purificar y clarificar
constantemente esos conceptos; esfuerzo impuesto por la
incoherencia profunda de la teoría. Pero los marxistas
españoles han estado ausentes de todas las polémicas e
investigaciones. Ellos vivían felices con cuatro
tópicos propagandísticos en los que no eran capaces de
distinguir contradicción alguna, y con su destreza para
tratar de desacreditar publicitariamente a los
«reaccionarios», es decir, a quienes pensaban de otra
forma que ellos o, simplemente, pensaban.
Claro está que no todos los marxistas han pasado sin
dejar algún material valioso. Su obsesión por la
economía (o por su peculiar versión de la economía),
les ha permitido algunos estudios y hallazgos de
interés. Pero muchos menos de los que ellos pretenden, y
lastrados decisivamente por sus supersticiones
intelectuales y su agresividad ideológica.
Lástima que el homenaje a Tuñón no haya servido para
hacer un balance de esta etapa, por lo visto aún no
concluida, de la historiografía hispana.
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