Cau, amigo de
España
Cuando
falleció Jean Cau (18-VI-93), Robert Schener escribió
en la revista «Le Choc du Mois» que fue «una ironía
del destino: el cáncer ha vencido al que tanto
combatió, con por arma principal un singular talento,
contra el cáncer ideológico, cultural, social y
político, que se ha abatido sobre Occidente, le mina y
desvitaliza». No se equivocaba el columnista galo, Cau
ha sido quizás el último de los intelectuales que se
atrevieron a levantar la pluma para combatir como
anticonformista en medio del pensamiento único que azota
Europa.
Nacido en Bram, en el mediodía de Francia, el 8 de julio
de 1925, autor de más de cuarenta volúmenes (novelas,
ensayos, poesía, discursos políticos, etc.) y
centenares de artículos periodísticos, Jean Cau ocupa
un papel central en las letras europeas. Su itinerario
cultural e ideológico es el del prototipo
anticonformista, quizá el último del círculo de los
intelectuales que iniciaran su andadura con Drieu La
Rochelle y «Nouvel Ordre» en el período de
entreguerras.
Tras la Segunda Guerra mundial participa y se inicia en
el joven grupo de intelectuales que se reunían en el
despacho de «Les Temps Modernes» con André Malraux,
Simone de Beauvoir, y Jean-Paul Sartre. Sus simpatías
eran claramente filocomunistas por aquella época. En
palabras de Herbert Lottman, que ha estudiado este grupo
de intelectuales, «la reunión parecía entonces más
imponente que la Academia francesa» por la gran valía
intelectual de los asistentes que discutían de
política, filosofía y literatura. Allí se convertirá
en el secretario privado de Sartre hasta el año 1956 en
que rompe con su maestro y comienza un peregrinar
solitario en las filas anticonformistas como articulista
en «L'Express», «Figaro Littéraire»,
«France-Observateur» y, después, «París Match».
Escribe en la flor y nata de la prensa respetable de la
época, abandonando sus extremistas posturas anteriores.
La izquierda asimiló mal su conversión a lo que ellos
llamaban la «extrema derecha» y mucho peor la defensa
que hará, en un principio, de la figura del general De
Gaulle. Jean Cau nunca fue de la extrema derecha, ni de
izquierdas desde que comprendió la mentira del
igualitarismo marxista. A mediados de los años sesenta
asume una postura claramente anticomunista, cuatro años
después de haber recibido en 1961 el premio Goncourt, el
máximo galardón de las letras francesas, por su
inmortal La piedad de Dios. Sin embargo, ya entraba en la
marginalidad en que el sistema relega a los que no juegan
con las cartas trucadas (ese mismo año se daba a conocer
en España con Las orejas y el rabo editado por Plaza y
Janés). Sustituirá su producción narrativa (editada
principalmente por la prestigiosa editorial parisina
Gallimard) por obras de ensayo y pensamiento: Un
testament de Staline, Lettre ouverte á tout le monde,
Les écuries de l'Occidente, La grande prostituee,
etcétera.
Poco conocido en España a no ser por la labor de
divulgación que de él hiciera Ramón Bau en febrero de
1982 en una crítica literaria del ensayo de Cau
Reflexiones duras sobre una época decadente, y la
publicación de un breve trabajo suyo (Ediciones Nuevo
Arte Thor, Barcelona 1986) donde aparecerá una de las
obras más comprometidas de este autor: El Caballero, la
Muerte y el Diablo. En esta novela, escrita con tonos
autobiográficos y en un estilo ensayístico, Cau
introduce a los lectores, en fecha temprana pues
recordemos que la edición francesa es de 1975, en el
mundo de las ideas anticonformistas que abrirán paso,
casi una década después, a la llamada «Nueva Derecha»
liderada por Alain de Benoist. Se atreve a escribir que:
«nadie hoy en día se atreve a esculpir a negros como
porteadores, pues sería acusado de racista. Ningún
Balzac osaría escribir su Avaro pues sería tratado de
antisemita. Nunca hemos sido tan poco libres de ser
inocentes. Frente a cada uno de nuestros pensamientos, de
nuestros actos, infinitos jueces nos interrogan e
investigan y, bajo pena de ser culpables, debemos parar
nuestra marcha» (Reflexiones duras sobre una época
decadente).
En su calidad de convencido europeista, superador de los
nacionalismos, Jean Cau tampoco duda en creer que la
salvación de Europa puede venir del Este y será de los
pioneros de esta concepción, que propagase el también
fallido Jean Thiriart. Dice Cau: «Rusia, única nación
en el Occidente blanco que no siente la vergüenza de
vivir el siglo... orgullosa de ser rusa, fuerte,
mostrándonos, a plena luz y en primer plano, sus
soldados de piel blanca y ojos claros. Rusia, cuya tierra
endurecida por la tiranía habrá protegido la semilla de
los héroes» (El Caballero, la Muerte y el Diablo).
Es antiliberal y aborrece el igualitarismo
pseudodemocrático y, por ello, desenmascara a sus
antiguos compañeros de viaje recordando que la desgracia
de la democracia reside en haber «multiplicado las
cobardías por millones... Los enanos gritan que es
culpable (la raza blanca). Ella se calla. Los enanos han
inventado una nueva lengua de la que han sido expulsadas
las antiguas palabras hasta el punto que el
pensamiento-enano es el único que describe el mundo a
través de las rejas que sobre él aplica». (Ibid.).
Pero Jean Cau en el fondo es optimista, cree en los
valores eternos de nuestros pueblos. Se considera a sí
mismo como introductor de una literatura que busca el
pasado de Europa y muchos de sus personajes son valerosos
caballeros andantes y cruzados de Occidente. Sobre la
infinita capacidad de superación de Europa, opinaba:
«Sin embargo, siempre han quedado rescoldos de fuego
bajo las cenizas y Occidente se ha fortalecido con una
contradicción que ha producido el caballero, el cruzado,
el constructor de catedrales, el conquistador y el
colonizador». (Ibid.).
Otra faceta de este autor galo fue su pasión por
España. Una profunda pasión que se enraiza en la
antigua tradición hispanófila de los intelectuales
franceses desde que Corneille escribiera su inmortal Cid.
Así, mientras que la intelectualidad hispana era
tradicionalmente antifrancesa, nuestros vecinos veían en
España un mundo romántico y atrayente que correspondía
al país de sus sueños. No es una casualidad que autores
tan dispares como Albert Camus, André Malraux, Maurice
Barrés (padre del nacionalismo político francés),
Víctor Hugo, o Drieu La Rochelle buscasen inspiración
en España. Otro enamorado de España, Robert Brasillach,
igualmente reconocía que «era España el país que...
hablaba mejor a sus corazones después de Francia... en
la cuál nunca se sentirían desplazados». La obra
maestra de Cau, La Pitié de Dieu, es precisamente un
relato sobre el ambiente taurino como lo será Vida y
muerte de un toro bravo (1963), Matador (1967) y Toros
(1973). Este tema le apasionó aunque podamos tener
nuestras discrepancias con él sobre la excesiva
práctica reduccionista que identifica lo español con lo
meridional. No le atrajo el mundo de los toros por su
carácter festivo, sino porque representaba la España
que era capaz de despertar sus más íntimas sensaciones.
También Jean Cau había percibido el cambio copernicano
que la sociedad española había sufrido desde la entrada
en la Europa de Bruselas, no porque prefiriese el
régimen anterior, sino porque no podría aceptar que el
progreso significase la destrucción de los valores
tradicionales del pueblo español. Hace algunos años,
Espasa Calpe publicó una de las últimas obras de Cau,
Por sevillanas, (1988), en la que el autor confesaba, al
igual que hiciera Brasillach poco antes de morir, que
«Desde hace muchos años, me paso el tiempo haciendo
declaraciones de amor a España, porque si Francia es la
patria de mis ideas, España es la de mis pasiones».
«Ser andaluz. Como ser español». Estimaba que Sevilla
encarnaba el genuino espíritu de esa España que se
resistía a morir a manos del progreso: «No quiero
volver a verla, porque la he amado todavía para desearla
todavía... nos callaremos si no nos reconocemos».
Con su muerte, España ha perdido uno de los defensores
intelectuales que tenía en Europa, y ésta perdió a uno
de los últimos pensadores anticonformistas. Cau fue de
los que supieron abrir camino a las nuevas generaciones
de intelectuales que se niegan a formar parte del sistema
impuesto; éste es su legado. Es triste comprobar que,
aparte de una breve nota necrológica aparecida en el
periódico «El País» y un digno artículo en «Diario
16» -edición de Andalucía- de la mano de Antonio
Burgos su desaparición pasase inadvertida. Que esta nota
sirva para atenuar el olvido de un verdadero amigo de
España.
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