nº 87 Editorial. La unidad racional

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La unidad racional

Editorial. nº 87

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Editorial: La unidad racional

La razón funciona de modo análogo en todas las mentes inteligentes, es decir, según las reglas de la lógica. De las mismas premisas deben ser deducidas conclusiones concordantes. De idénticos datos han de inducirse generalizaciones coherentes. La razón tiende a la sistematización de los conocimientos. Una ley física posee la misma validez en Castilla que en Amazonia. El logos está allende lo parroquial. La razón no es racista, ni nacionalista, ni partidista; es, más que planetaria.

Los irracionalismos son probablemente más antiguos que los racionalismos y no sólo no se han extinguido, sino que en las grandes crisis especulativas y prácticas de la contemporaneidad han reaparecido bajo formas como el fascismo o el llamado postmodernismo. Este clama ahora contra los peligros igualitarios de la razón, contra su presunta acción aniquiladora de las diferencias.

Se dice que el riesgo se ha multiplicado como consecuencia de la globalización de la convivencia. Es obvio que cuanto más aislados se encuentran los grupos humanos menores son los intercambios de información. Los islotes culturales decrecen porque cada vez son más amplias las áreas de intercomunicación y de comercio. Nos acercamos velozmente hacia un foro y un mercado planetarios. Las ideas y las mercancías ya pueden superar rápidamente todas las distancias. La globalización informativa y económica presta a la razón un medio de penetración muy poderoso. Durante siglos, los hallazgos de Aristóteles no rebasaron las fronteras griegas; hoy cualquier moda local, como el existencialismo, se puede mundializar en corto tiempo. A partir de tales indicios, los irracionalistas diagnostican que el logos amenaza con la destrucción de las diferencias que enriquecen a la Humanidad. La razón sería una despótica potencia clónica: todos gemelos. Previsión tan apocalíptica como inexacta.

No hay dos entes reales idénticos, ni siquiera dos gotas de agua: en el Universo sólo hay individuos irrepetibles. La razón puede construir conceptos abstractos equivalentes; pero no cosas iguales, es su impotencia permanente y absoluta. Es falso atribuir al logos no ya una tendencia sino la simple capacidad de emparejar todo lo real, siempre diferente en virtud de lo que los clásicos denominaban el principio de individuación.

La racionalización unifica las ciencias, tiende a formular los conocimientos en enunciados, matemáticos o no, con pretensiones de vigencia perfectible, pero general, independiente de las circunstancias del observador. Esta pretensión no es una amenaza para la individualidad de las personas; es una garantía de veracidad y de eficacia. Para ser uno mismo no ayuda negar los postulados de Euclides o inventarse una críptica lengua propia.

La marcha de la razón es dialéctica: críticas y contrastes van perfeccionando las tesis. Desde diversas perspectivas se completa una descripción. La razón única es ejercitada desde la pluralidad transitoriamente dubitativa u objetante. Porque hay múltiples razonadores el logos no cesa de apoyarse sobre diferencias; mas para superarlas, no para consolidar la contradicción, no para instalar a la Humanidad entre definitivas antinomias.

La racionalización tiende a unificar las normas morales, ya porque las deduce de una intuición del bien, ya porque las induce de la condición específica humana. Esa generalización ética posibilita la convivencia planetaria y libera a los preceptos de la tara de arbitrariedad y variabilidad. El llamado «ius gentium» es una vieja transposición de la necesidad de homologación normativa. Las contradicciones jurídicas legitiman la anarquía y la violencia. ¿Qué son las guerras, internacionales o civiles, el terrorismo o el duelo, sino la consecuencia de discrepancias sobre la definición de lo justo? Respecto a las conductas, la unificación racional instaura seguridad, y sobre todo, paz. En el límite, la afirmación de las diferencias normativas conduce a la lucha de todos contra todos, al supuesto estado de naturaleza.

En su tendencia a unificar los preceptos, la razón induce al cosmopolitismo, es decir, a reducir el número de poderes soberanos empeñados en crear áreas de egoísmo exclusivo y ordenamientos jurídicos incompatibles y mutuamente agresivos. Hasta ahora, han sido leves las aproximaciones a tal ideal de pacífica convivencia planetaria. Las consecuencias de las peculiaridades estatales han sido los horrores de unas guerras cada vez más atroces, el contraste entre el despilfarro de ciertas naciones y la miseria de otras, el imperialismo y el colonialismo.

Ante la dependencia suprema del hombre, la razón es monoteísta. Las confrontaciones religiosas han desencadenado torrentes de sangre: unas divinidades contra otras, plurales ortodoxias contra heterodoxias innumerables. El logos religa todos los individuos y naciones a un sólo Absoluto, es definitivamente ecuménico, fundamento de fraterna solidaridad. Desde la teodicea racional, todos correligionarios.

La razón nunca ha tendido a unificar ni el arte, ni la artesanía, ni el folklore, ni nada de lo que pertenece al área de la emotividad y la proyección personal. La idiosincrasia de los pueblos mediterráneos fue compatible con el codificado derecho romano. El Imperio hispánico ¿aniquiló las diferencias que siguen caracterizando a millares de grupos locales desde Mallorca a Filipinas pasando por el Caribe? Aunando el pluriverso de los reinos germánicos ¿dejaron de ser ellos mismos los bálticos, renanos o bávaros? Es un sofisma confundir la unificación científica o jurídica y la libertad de comercio con la anulación de la variedad y la total homogeneización de los seres y de los grupos humanos.

La razón es una dotación común de la especie y tiende a ser intercomunicativa. La tradición presenta a la torre de Babel como un castigo, y al indoeuropeo o su descendiente el latín como un premio. La razón inventa el lenguaje universal de las matemáticas y promueve el uso de un idioma internacional. La razón permeabiliza las fronteras intelectuales, lingüísticas y comerciales. Los enquistamientos culturales o tibetanización ¿qué progreso han aportado a los abroquelados? La colaboración y la solidaridad son tanto más fecundas cuanto más universales.

La razón no atenta contra ningún valor por localista que sea. Lo irracional es el aldeanismo o folklorización de la ciencia, la moral y la política. La orquesta wagneriana no ha prohibido ni la gaita ni el chistu. El telar mecánico o el troquel han revalorizado el tapiz y el repujado. La producción en serie realza lo manual y dignifica al diseño. ¿Dónde está la incompatibilidad entre la litografía y Velázquez? ¿dónde la oposición entre el disco compacto y Bach? Al contrario, sin la capacidad reproductora de la técnica ¿cuántos valores serían inasequibles o se habrían perdido como sucedió con las literaturas arcaicas y aún clásicas?

¿Retornar al politeísmo, a los saberes mistéricos, a la fragmentación tribal, al inaccesible castro, a la incomunicación babélica, en suma, a la insularidad social y cultural para conservar la diferencia? Los valores de la especie son comunes, y la deseable distinción de unas personas respecto de otras consiste en la intensidad con que se encarnan esos valores. Los genios son universales; de algunos como Colón se ignora donde nacieron; de otros, como Einstein, la nacionalidad es problemática. Si Sócrates, Pablo de Tarso o Séneca fundaran sus méritos en su tipismo local serían mínimos en lugar de máximos; sobresalen por su calidad humana genérica, no por su aferramiento a un dialecto, una costumbre o un terruño.

La globalizadora, progrediente y multiplicadora razón es el supremo instrumento del hombre; fomenta la dialéctica e incluso es permisiva con las manifestaciones locales de pintoresca irracionalidad; pero no con las radicales de la diferencia por la diferencia.

 


 

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