Deuda universitaria. Por A. Duque.

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Deuda universitaria. nº 87

Por A. Duque.

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Deuda universitaria

De sobra sé que hoy no se lleva reconocer las deudas que se contraen. Como intelectual atípico y extravagante ciudadano, no tengo reparo en reconocer las mías, que son muchas y con muchos compatriotas. Las malas partidas las olvido siempre, pero los favores nunca. Uno de mis acreedores es Carlos Robles Piquer y entre los muchos favores que me ha hecho, quiero destacar ahora el que me permitió trabar conocimiento con Rodrigo Fernández Carvajal. Gracias a los buenos oficios de Robles Piquer, Fernández Carvajal me invitó a dar una conferencia en los cursos de verano de la Universidad de Murcia en el Mar Menor, y así fue como tuve la suerte de recibir las primeras lecciones de uno de los mejores universitarios que he conocido. Fue aquélla la única ocasión que tuve de conversar con él o de oírle alguna de sus magistrales intervenciones; no puedo olvidar el capote que me echó en un coloquio en el que el consabido novillo me tiró un derrote con el pitón izquierdo. Luego, nos hemos carteado algo y nos hemos mandado folletos y libros. Su última carta la recibí en Carolina del Norte la primavera pasada y en ella me daba noticia de estar convaleciente de una operación. Semanas más tarde, en un vuelo entre Viena y Madrid, me llevaba la impresión de su muerte al leer en un periódico la necrología de urgencia que le dedicaba Juan Velarde.

Muchas son las ideas de Fernández Carvajal que me han iluminado el brumoso entendimiento, y entre ellas quiero destacar la de la distinción aristotélica, que otros no han visto o no les conviene ver, entre las nociones de democracia e isonomía. En un acto académico tuve que presentar a un helenista que había tocado esos conceptos identificándolos, según manda la «corrección política», y aproveché la ocasión para puntualizar que una cosa es «el gobierno del pueblo» y otra muy distinta «la igualdad ante la ley». Frente a los saberes filológicos de mi presentado yo sólo me podía apoyar en dos cosas bastante irrefutables: en el peculiar «Estado de Derecho» de nuestra actual democracia y en la sabiduría aristotélica de Fernández Carvajal. El acto público discurrió con toda normalidad, pero cuando las intervenciones fueron reproducidas en el Boletín de la Academia, mi presentado, secretario a la sazón de la corporación, se permitió meter la pluma y enmendarme la plana. La corrección política es el nombre que la censura tiene en la democracia.

Menciono este lance, porque si hay todavía recintos donde haya cierta independencia espiritual, ésos son las Reales Academias, excepción hecha por supuesto de la más insigne de todas, la de la Lengua, que, dócil a las corrientes dominantes, no deja de plegarse a las pautas que imponen los medios de manipulación de masas. En uno de esos recintos había ingresado hacía poco Fernández Carvajal, en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y con ese motivo leyó un discurso en el que reflexionaba sobre los estragos producidos por la masificación en la Universidad contemporánea. La masificación, mala de por sí, no tendría unos efectos tan degradantes de no haber estado seguida de la democratización. La democracia está muy bien como expediente de gobierno en determinadas circunstancias, pero está muy mal si se entromete en sectores de la vida en los que la sabiduría es más importante que el número o, dicho de otro modo, en los que la calidad cuenta más que la cantidad. Ortega lo dijo con la máxima claridad en su Democracia morbosa, y Fernández Carvajal, al recordarlo, proponía a las Academias como reductos del saber libre frente a las Universidades degradadas y rebajadas a los criterios, es un decir, del alumnado y del personal ancilar. También en las Universidades de verano ponía sus esperanzas de recuperación de un cuadrivio de artes liberales, en cuanto que su misión podía ser la de depurar la actual Universidad.

No hay Universidad que, por unos u otros motivos, sea inmune a la entropía, pero hay que decir que la pública o estatal es la más expuesta y vulnerable, al hallarse inevitablemente supeditada al poder político. Notoria era la decadencia de las nuestras cuando los jesuitas sustituyeron a los dominicos y tampoco puede decirse que gozara de buena salud aquella Universidad decimonónica contra la que surgió la Institución Libre de Enseñanza. Cada época tiene sus dogmas y la Universidad suele hacerlos suyos. La Universidad pretende estar siempre a la altura de los tiempos; lo malo es que, a veces, los tiempos están a la altura del betún. Países cuyas Universidades pasaban por modélicas son hoy ejemplos de lo que no debe hacerse. Lo malo es que haya Universidades no estatales que no quieran quedarse atrás en materia de degradación. Pienso en las anglosajonas de ambas orillas del Atlántico, en las que ocurre exactamente lo opuesto a lo que ocurre en el Continente europeo. Es decir, que es allá donde la Universidad privada quiere estar «a la page» y no hay demagogia curricular a la que no abra los brazos, mientras que las estatales, sobre todo en Estados Unidos, son conservadoras hasta el punto de que mantienen planes de estudios tradicionales. No quiero generalizar, pero ésa es mi experiencia.

Las Reales Academias están expuestas a peligros análogos a los que han degradado a las Universidades. La Academia a la que yo pertenezco tiene treinta socios numerarios, de los cuales asisten con cierta regularidad a las sesiones y participan en los trabajos menos de la mitad. Aun así, hay quienes quieren duplicar su número alegando que la ciudad tiene más habitantes hoy que hace dos siglos. El que una ciudad tenga más habitantes sólo quiere decir una cosa; que la proporción de cultos es más baja que cuando la ciudad estaba menos poblada. Lo que pasa con la Española de la Lengua puede que se deba a su dependencia económica de las subvenciones oficiales. Quien paga, manda. La suerte de algunas Academias estaría echada el día que la «comunidad autónoma» correspondiente les adjudicara una subvención de cuantía aproximada a las que destina a conciertos de rock.

El proyecto de instalación en el municipio de Bormujos de la Universidad San Pablo, del CEU, ha provocado la reacción de los consabidos agitadores culturales «progresistas», que denuncian que esa Universidad sería una Universidad «para señoritos». Universidades privadas de este tipo es lo único que puede proteger a la sociedad frente a la cultura del porro.

A lo mejor lo que les pasa a los que quieren hacer abortar esa Universidad es que les huele algo a incienso y poco a marijuana.

El ejemplar que poseo de la obra de Fernández Carvajal Retorno de la Universidad lleva una extensa dedicatoria en la que dice corresponder con él al envío de un libro mío, El cansancio de ser libres, publicado por la Universidad de Sevilla. Precisamente en el ensayo que da título al libro me refería yo a la Universidad española vista y vivida por los hombres de la Institución Libre de Enseñanza. Nadie menos afín ideológicamente a estos hombres que un tomista de tomo y lomo como Rodrigo Fernández-Carvajal; sin embargo, tenía con ellos una cosa en común, aparte el afán por regenerar una Universidad deteriorada, y era el darse cuenta de que esa regeneración no se cifraba en los Presupuestos Generales del Estado, sino en esa economía de medios en la que reside el secreto del buen gusto del arte popular. Y así, pensando en esos lujosos escaparates que son las macrouniversidades de verano, citaba al Ovidio que decía Inopes nos copia fecit, la abundancia nos hizo pobres, y oponía a ese lema el de Divites nos egestas fecit, la pobreza nos hizo ricos. Esa es la riqueza de la que muchos somos deudores a Rodrigo Fernández Carvajal.
Aquilino Duque.


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