Introducción a Donoso. por J.L. Comellas

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Introducción a Donoso. nº 87

Por J.L. Comellas.

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Introducción a Donoso

Quienes por razones de oficio —o de afición, que a veces suele redundar en lo mismo— nos dedicamos asiduamente a la lectura de libros de historia, sabemos muy bien que algunos de ellos son obras de rigurosa erudición, fruto de una muy cuidadosa y meticulosa búsqueda de datos, que abruman por su densidad informativa y que, si cabe tal cosa en la ciencia histórica, dejan exhausto el tema que su autor ha escogido. Los más de estos libros dan claro testimonio de una técnica impecable; pero, por su contenido, tratan de objetos de nimia importancia, que en poco o en nada enriquecen nuestro conocimiento útil. Hay otras obras que desde el título nos sugieren una temática importante, que resuelven o tratan de resolver cuestiones de palpitante interés, pero que por su carácter -quizás inevitablemente ensayístico- se prestan a la polémica y difícilmente pueden asentar sus tesis en hechos palpables o en inferencias sin posible recurso en contra. Estos trabajos, y de eso tenemos todos muy amplia experiencia, nos atraen de un modo especial, no se nos caen fácilmente de las manos; pero no nos conducen a conclusiones seguras, y nos plantean tal vez más dudas nuevas que certidumbres nuevas.

En su Vida y obra de Donoso Cortés, Federico Suárez ha conseguido de una forma nada común (sobre todo en nuestro tiempo, tan tendente a la erudición casi inútil o al ensayo tan brillante como poco fiable), aunar el interés palpitante del tema con un tratamiento de aplastante solidez heurística y una copia de información poco común, incluso en un libro de nada menos que 1088 páginas. El tratamiento que Federico Suárez hace de la vida y obra de Donoso Cortés —una vida y una obra que, por otra parte lleva estudiando desde hace cincuenta años— merece con creces la condición de exhaustivo. Cierto que hay aspectos de la personalidad del publicista y pensador Valdegamas que no es posible conocer, por la pérdida de gran parte de la documentación familiar, tras ser saqueada la casa por los seguidores del bando republicano durante nuestra guerra civil. Pero Federico Suárez ha escarbado todo lo posible en doce archivos distintos, en innumerables órganos de prensa, folletos de la época y testimonios de cuantos coetáneos trataron a Donoso y transmitieron sobre él alguna noticia. De todo este cúmulo realmente aplastante de datos ha obtenido Federico Suárez una obra extensa y hoy por hoy inmejorable, que promete seguir siendo inmejorable por mucho tiempo. De ahora en adelante va a resultar enormemente difícil decir algo nuevo sobre Donoso Cortés.

Ahora bien, el cúmulo informativo, aunque exige para su correcta exposición la friolera de 1088 páginas, no constituye un discurrir tedioso por la vida y la obra de Donoso, porque Federico Suárez sabe en todo caso realizar una inteligente exposición en la que no falta un solo dato, pero no sobra una sola palabra. La concisión extrema, la densidad informativa contrastan —es curioso observarlo— con la frondosidad formal, propia de un gran orador romántico, como es la del biografiado. Y es esta concisión buscada adrede la que confiere a la obra una densidad y una riqueza por página, si cabe tal expresión, como hoy no es fácil encontrar, y que permite obtener de cada fragmento de la lectura el máximo fruto.

Ahora bien, y este es el segundo aspecto que hace al libro en alto grado alimenticio, la figura y la obra de Donoso estaban necesitando, pidiendo a gritos, un estudio tan completo. Comprendido, como advierte de entrada el autor, más por los alemanes (Schmitt, Schramm, Juretschke, Westemeyer), que por los españoles, había sufrido, desde su tiempo hasta los nuestros, de una mala prensa o de una ignorancia supina, que para los efectos es casi lo mismo, y que habían constituido un obstáculo para la comprensión y valoración de su genio y de su obra. Cierto que el propio Federico Suárez había anticipado más de una docena de trabajos —entre ellos la sabrosa Introducción a Donoso Cortés (1964)—; pero no por ello un libro como el que acaba de salir estaba haciendo menos falta. Esto es así, porque la figura de Donoso Cortés es clave en el marco de la época isabelina, porque suyas son muchas de las ideas que informaron el doctrinarismo de nuestros liberales decimonónicos, y porque, con posterioridad a su «conversión» de 1847-48, su obra como pensador católico y profeta de nuevos tiempos fue conocida y admirada en Europa, e influyó mucho más de lo que hasta ahora se había pensado. Donoso estaba necesitando una reivindicación hecha de la mejor manera que puede realizarse una obra así: esto es, no una defensa militante e interesada de su obra y de su doctrina, sino una exposición clara y razonada de lo que pensó y escribió. Los hechos —y las palabras, las propias palabras de Donoso— bastan para valorarle y dejarle en el lugar que le corresponde. En suma, el libro de Federico Suárez es de una erudición extrema sobre un tema de extraordinario interés. Por eso no puede caerse de las manos de ningún lector inteligente.

El autor estudia con detalle la vida de su biografiado, desde su ascendencia y su nacimiento, deshaciendo versiones erróneas, y estableciendo una cronología precisa de sus andanzas por Extremadura, Salamanca y Sevilla, y analizando los factores que contribuyeron a su formación intelectual. No parece que fueran los cursos en las Universidades, sino los veranos transcurridos en compañía de Manuel José Quintana, los que fueron conformando su vocación política; sin que Quintana mismo dejara de influir en sus aficiones literarias, que convirtieron a Donoso, desde adolescente, en un escritor y poeta, que supo constituir en Sevilla, ya antes de cumplir los veinte años, una sociedad literaria.

Entre la literatura y la política basculó durante los primeros años de su establecimiento definitivo en Madrid, a partir de 1832. Pero en un momento en que la inquietud política, despertada de súbito por el tránsito al liberalismo, llenaba la vida de toda persona inquieta —y Donoso lo era en grado extremo— que residiera en la Corte, la inclinación por los problemas públicos se hizo ya irrefrenable. Donoso fue, por formación, un liberal. Nunca fue, como algunos afirman, progresista (su posterior colaboración con Mendizábal se limitó a la pacificación de Extremadura), y el doctrinarismo moderado trasluce ya en su «Memoria sobre la Monarquía», exposición a María Cristina en 1832, en que defiende ya la idea de que la monarquía debe apoyarse en las clases medias (vid. pág. 158). Las ideas doctrinarias de Donoso se muestran ya mucho más claras en el folleto «Consideraciones sobre la diplomacia», escrito en la época de Martínez de la Rosa, una obra en que aparecen ya dos rasgos característicos e inseparables del extremeño: la deslumbrante frondosidad de la forma y la tendencia a remontarse hasta los primeros principios, o (lo que no es tan opuesto a lo anterior de lo que parece) escarbar hasta la raíz misma de las cuestiones. Aquí alude ya Donoso a su idea doctrinaria de la soberanía de la inteligencia y a la necesidad de «hermanar la libertad con el orden».

Del mismo corte ideológico es el folleto «Sobre la Ley Electoral», publicado en 1837, y que según algunos fue factor decisivo en la aceptación del principio doctrinario del «voto de los mejores», frente al sufragio universal que defendían en principio los progresistas. Y sobre todo, las brillantísimas (por lo menos en la forma) «Lecciones de Derecho Político», pronunciadas en el Ateneo de Madrid entre noviembre de 1836 y febrero de 1837, catecismo fundamental del pensamiento doctrinario que aceptó nuestro liberalismo histórico durante el reinado de Isabel II, con su idea de la soberanía de la inteligencia (deben gobernar los más inteligentes), y el sufragio restringido a las «aristocracias legítimas», es decir, a aquellas personas que por sus méritos deban asumir las responsabilidades públicas. «El temperamento intelectual de Donoso, o si se prefiere, su tendencia a lo absoluto, su radicalidad [de llegar a la raíz] le hizo con frecuencia escandalizar a intelectuales y políticos de su tiempo.... y del nuestro» (pág. 239). Más escandalizaría a la grey liberal en los tiempos posteriores a su conversión. Donoso fue siempre un hombre polémico, «radical», terminante, nada acomodaticio; pero sus ideas de 1836-37 se compaginaban con las del partido moderado, y este supo muchas veces hacerlas suyas.

Cuando triunfaron los progresistas por medio de la pintoresca «sargentada» de La Granja, Donoso, funda el primero de sus periódicos, El Porvenir, en defensa de los principios moderados, y en contra de órganos tan radicales como «El Eco del Comercio» o «El Patriota». El título del periódico fue utilizado por su autor como símbolo de unas ideas que triunfarán en el mañana, frente a las demodadas de los progresistas, que proceden de los viejos tiempos de las Cortes de Cádiz. Como he destacado en otra ocasión, la época 1835-1845 se caracteriza por la juventud de los moderados y la vejez de los progresistas y sus ideas. Lo moderno es ahora el moderantismo, y con él está el porvenir. En otras palabras, el camino del progreso está contra los progresistas: y así contrapondrá Donoso algo más tarde «los hombres de la revolución» y«los hombres del progreso» (los moderados, vid. pág. 432).

Los años 1840-43 fueron para Donoso tiempos de exilio, como consecuencia de la «dictadura progresista» de Espartero, que él combatió en sus escritos. La caída del militar y posterior declaración de mayoría de edad de Isabel II permitieron al pensador extremeño no sólo regresar a España, sino desempeñar importantes cometidos políticos o diplomáticos. &EACUTEl mismo reconoció en varias ocasiones que no reunía las cualidades que habitualmente se requieren para el ejercicio de la política, (Campoamor dijo de él que «tiene ingenio, pero le falta maña»; «sólo sabe ver lo que está lejos», vid. pág. 557) pero no por ello dejó de desempeñar ciertas funciones, y sobre todo de dar ideas.

En marzo de 1844 fue nombrado secretario particular de Isabel II, cargo en el que cesó en octubre de 1845. Esta circunstancia permite a Federico Suárez descubrir algunas cosas, por demás escandalizantes, que hasta ahora no conocíamos o conocíamos mal. Una de ellas es el hecho de que la reina madre, María Cristina, a la que desde los tiempos de Villaurrutia se venía considerando casada secreta, pero canónicamente, con Fernando Muñoz, no lo estaba en realidad, aunque tenía del ex guardia de corps una buena cantidad de hijos. El matrimonio real —secreto, naturalmente— no se verificó hasta el 12 de octubre de 1844 . Más escandalizante todavía aparece el comportamiento de la adolescente Isabel II, que, pésimamente educada durante la regencia de Espartero, aparece rodeada de amores y amoríos desde el momento mismo de su temprana declaración de mayoría de edad. Se explica la prisa de los políticos por casarla cuanto antes. Se explica la prisa, pero no los métodos, porque el episodio del matrimonio de Isabel II es uno de los más vergonzosos de nuestro siglo XIX. La oposición radical de cada partido a consentir el enlace con un príncipe aceptado por su contrario, condujo a una serie de eliminaciones, que terminaron con la equivocadísima elección de don Francisco de Asís. El matrimonio de la reina con su primo, afirma Federico Suárez, «no sólo fue un error, sino también una desgracia» (pág. 574). Una desgracia para los regios esposos, pero también para España y su prestigio. Ya a los pocos meses de la boda, comunica Donoso al duque de Riánsares que la reina quiere divorciarse para casarse con Serrano (pág. 594). Las revelaciones —estas y otras— están ahí, pero Federico Suárez las trata con la mayor delicadeza posible, y procura desembarazarse cuanto antes de ellas.

Un tema muy distinto, y crucial en la vida del biografiado —y hasta en la historia de España y del pensamiento católico— es la «conversión» de Donoso Cortés, que ocurrió entre los años 1847-49. Conversión en el sentido de que el ya marqués de Valdegamas pasó de un catolicismo tibio, aunque siempre sincero, a una vida de piedad intensa y una actitud militante que habría de dictar en adelante sus principales discursos y escritos. Contra la opinión de Schramm, Suárez no cree que la causa principal de esta conversión haya sido el desencadenamiento de las revoluciones europeas de 1848. Fue mayor el influjo que en él ejerció la muerte edificante del más virtuoso de sus hermanos, Pedro, y tuvo que ver en ello también la estrecha amistad de Donoso con Santiago Masarnau fundador en España de las Conferencias de San Vicente de Paul. Lo que ocurre es que las primeras manifestaciones del «nuevo» Donoso tienen relación con la revolución de 1848, cuyas consecuencias, por supuesto, le pusieron en guardia contra los renovados peligros que la situación podía acarrear.

Del 4 de enero de 1849 data el tal vez más famoso discurso parlamentario de Donoso, el conocido, con razón o sin ella, como Discurso sobre la Dictadura. No se trata de una pieza en defensa de la dictadura como tal, sino de su necesidad en ciertas situaciones excepcionales: una idea que gravitaba ya en el viejo derecho romano, y que las convenciones de los tiempos habían olvidado y condenado como perversión absoluta, y en toda circunstancia. El liberalismo había levantado la bandera de «la legalidad ante todo», y contra esta tópica o si se quiere absoluta primacía de la legalidad, Donoso vino a enarbolar la de «la sociedad ante todo»: es decir, el bien común. «Cuando la legalidad basta, la legalidad. Cuando no basta, la dictadura». Palabras que sólo Donoso podía pronunciar en el Congreso sin levantar el más indignado griterío. Al contrario, lo que siguió a aquella tremenda frase fue, según todas las versiones, un silencio «religioso» y la aceptación de la semidictadura de Narváez.

El mayor peligro, para Donoso, radicaba, no en la dictadura, sino en la revolución, que no nace de los pueblos oprimidos, sino de personas bien situadas y ambiciosas que saben excitar a las masas. De ahí la perversidad intrínseca de la demagogia: como diría el mismo orador más tarde, «la demagogia no es un mal, es el mal por excelencia; no es un error, es el error absoluto» (pág. 703). Fue en la prolongación a su discurso —solicitada hasta por sus enemigos, más admirados que airados— cuando Donoso Cortés expuso su famosa parábola de «los dos termómetros»: cuanto más bajo es el nivel de religiosidad, más necesaria es la represión, y por consiguiente un poder fuerte; cuando la religiosidad es elevada, el Estado puede permitirse el lujo de ser débil.

«Puede decirse —comenta Federico Suárez— que con este discurso Donoso entró en Europa». En efecto, la idea de la dictadura necesaria tuvo una fuerte penetración en la Europa convulsionada por la revolución de 1848, y tanto el nombre como las palabras de su autor sonaron abundantemente en la publicística política y en las cancillerías. Máxime que a comienzos de 1849 Donoso fue nombrado ministro plenipotenciario en Berlín, donde se le recibió con aprecio y admiración. Y fue curiosamente por aquella época cuando se cruzaron las mejores cartas de la rica correspondencia entre Donoso y el conde Raczinski, embajador de Prusia en Madrid. En una de aquellas cartas hizo el plenipotenciario español una de sus más famosas profecías: «Se cree generalmente que el socialismo no ha penetrado en España: error, error profundo; el día en que sean rotos los diques, veréis aquí [en España] más socialistas que en Madrid» (pág. 726). Y también una observación por lo menos digna de ser meditada: «En España, toda novedad es admitida al instante, y todo lo que [de nuevo y del extranjero] penetra en España, luego al punto llega a los últimos límites de la exageración» (ibid).

En enero de 1850, durante uno de sus periodos de residencia española, Donoso pronunció el no menos célebre «Discurso sobre Europa», que terminó de consagrarle en los círculos conservadores del continente. Fue con motivo de un tormentoso debate parlamentario —tan tormentoso que terminó en un duelo a pistola entre González Bravo y Ríos Rosas—, en que el orador extremeño quiso volar por encima de las trivialidades y remontarse a los grandes principios . Planteó de nuevo la disyuntiva entre el espíritu religioso y el desorden, y explicó cómo, por la carencia del primero, «las sociedades de Europa vacilan». E hizo una profecía sobre Rusia, que solo cien años más tarde sería recordada, y que por entonces causó sensación en Viena, Berlín y París. Donoso no alababa precisamente al régimen absoluto, pero reconocía que tenía por lo menos una ventaja: era barato; en tanto que los gobiernos liberales «son carísimos» (pág. 738). Metternich, ya exiliado por la revolución, comparó la elocuencia de Donoso con la de Demóstenes y Cicerón: «no tiene rivales más que en los oradores de la antigüedad» (pág. 754).

Y aún faltaba el «Discurso sobre España» (diciembre de 1850), la última intervención parlamentaria de Donoso, aunque ni éste ni nadie podían adivinarlo. El tema fue la corrupción, «esa corrupción espantosa», que «está en todas partes, nos entra por todos los poros, está en la atmósfera que nos envuelve, en el aire que respiramos». Falla lo religioso, y al fallar, falla lo ético, y todos los valores de derrumban en aras del bien egoísta e inmediato. El régimen liberal de mediados del siglo XIX podía tener todos los defectos que Donoso denunciaba en él, pero no puede negársele al menos una virtud hoy inimaginable: la sensibilidad ante la crítica. El «Discurso sobre España» (muy bueno, eso hay que reconocerlo) provocó la dimisión inmediata de todo el ministerio. En un borrador que no llegó a utilizar —también entonces era necesaria una dosis de prudencia— está este interesante apunte: «sólo los partidos tienen libertad; los españoles no la tienen» (págs. 780-781.)

Su última obra importante fue el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851). Si en los discursos parlamentarios de los años anteriores, Donoso es un isabelino que no comulga con las tesis liberales ni siquiera las de sus amigos moderados, el giro copernicano de su pensamiento alcanza su punto final en el Ensayo. Como escribía por entonces al director de El Heraldo, «entre las doctrinas que usted profesa y que profesaba yo cuando tenía pocos años, hay una contradicción radical y una repugnancia invencible» (pág. 986). Para el Donoso del Ensayo, el catolicismo es la única guía a seguir, porque fuera de él todo se hace incierto y falible. Y el liberalismo es una filosofía que pretende fundamentarse en criterios exclusivamente humanos, al margen de toda instancia superior. La escuela liberal «por medio de la discusión confunde todas las cosas y propaga el escepticismo, sabiendo como sabe que un pueblo que oye perpetuamente en boca de sus sofistas el pro y el contra de todo, acaba por no saber a qué atenerse» (pág. 883). El liberalismo se basa en el pretendido axioma de que de la discusión sale la luz, cuando, al no ser infalible ningún discutidor, la dialéctica lo mismo puede acercarse que alejarse de la verdad. El resultado de todo ello es la concesión de los mismos derechos a la verdad que al error, y, en definitiva, la incertidumbre y la duda sistemática. Por ello —escribía al mismo tiempo a Gabino Tejado— «el liberalismo es la primera escuela de pensamiento que no propugna un concepto del bien, porque no cree en él; consecuentemente, tampoco cree en el mal» (pág. 926). Bien entendido —porque en este punto es donde con más frecuencia se ha interpretado erróneamente a Donoso— que lo opuesto al liberalismo no es el absolutismo, y menos la tiranía, sino la aceptación virtuosa de una verdad que nos viene a través de la fe.

El socialismo —Donoso se está refiriendo fundamentalmente al de Proudhon y su escuela, porque Marx apenas empezaba a asomar por entonces su cabeza a la historia—, contrariamente al liberalismo, no tiene nada de escéptico; al contrario, es dogmático e intransigente, pero al erigir un dios falso, «los mismos que han hecho creer a las gentes que la tierra puede ser un paraíso, les han hecho creer más fácilmente que ha de ser un paraíso sin sangre. El mal no está en la ilusión; está en que cabalmente en el punto y hora en que la ilusión llegara a ser creída de todos, la sangre brotaría hasta de las rocas duras, y la tierra se transformaría en un infierno» (pág. 899). Donoso está profetizando de nuevo, tal vez inconscientemente, el paraíso de los «gulags», las purgas y los veinte millones de vidas humanas sacrificadas en el altar del «socialismo real».

Donoso nunca se hizo ilusiones sobre la aceptación que la mayor parte de sus contemporáneos iba a hacer de su Ensayo . No se equivocó. Como no se hubiera equivocado al profetizar que ciento cincuenta años más tarde, el rechazo a su obra por la mayor parte de los lectores potenciales (ya que los lectores reales son muy pocos) iba a ser todavía más acrítico y más dogmáticamente radical.

Federico Suárez termina su libro contando cómo Donoso vivió sus últimos años con una piedad y una caridad —era pródigo en sus limosnas— verdaderamente ejemplares. Su temprana muerte, el 3 de mayo de 1853, cuando aún no había cumplido los 44 años, nos impide saber a qué altura hubiera llegado como pensador de los grandes y trascendentales problemas del hombre. Su legado, aún así, está lleno de un contenido, de una densidad y de una capacidad para elevarse a los más altos confines del pensamiento, que pocos de sus contemporáneos alcanzaron. Aunque su obra no se aviene de ninguna manera con las corrientes que hoy impone con imperativo absoluto la moda de los tiempos, justo era, y precisamente por eso, que alguien nos la diera a conocer con un análisis impecable y con una claridad de ideas digna del más profundo reconocimiento. Hoy sabemos mucho más, y sobre todo, mejor, de Donoso Cortés y de la evolución de su pensamiento. A partir de ahora sería imperdonable ignorarlo. Justo en el momento de la historia en que imperan el relativismo y la ausencia de una clara concepción del bien y del mal, la lectura de Donoso puede resultar más útil que nunca. Sólo es de desear que, después de un estudio tan señero sobre el genio y figura —y sobre todo las ideas— del ilustre extremeño, pueda salir en breve una edición completa de sus obras, cuando, gracias a la búsqueda de Federico Suárez, conocemos de ellas todo lo que ahora mismo es dado conocer.

José Luis Comellas.


 

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