Prologo a "España rota". Por R. de la Cierva.

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Prologo a "España rota". nº 87

Por R. de la Cierva.

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Prologo a "España rota"

Conocí a José Juan Cano Vera, autor de La España rota, en 1977 y como nos hicimos inmediatamente amigos nuestra amistad cumple ya veinte años. Llegaba yo a Murcia con la intención de presentarme a las primeras elecciones democráticas para un puesto en el Senado. Había ganado poco antes la cátedra de Historia Contemporánea de España e Iberoamérica de la Universidad de Madrid y acababa de entregar a imprenta el segundo tomo de mi Historia del franquismo. No sentía atracción especial por la política; mi auténtica vocación era la Historia, y el primer tomo de esa obra rebasaba ya los ciento veinticinco mil ejemplares que parecían marcar claramente un camino. Pero Rodolfo Martín Villa, gran muñidor de aquellas elecciones, había montado una macroencuesta de prospectiva electoral que calificaba con estrellas, como la guía Michelín, a los diversos candidatos. Me envió a casa la encuesta de Murcia donde mi nombre aparecía completamente estrellado y cedí a la tentación política que por lo visto se llevo en la sangre. Llegué a Murcia en viaje de exploración, reviví viejos recuerdos en las laderas de la Fuensanta, conocí a mis posibles compañeros de candidatura, gente variada y estupenda, pero la verdad es que no terminaba de decidirme. Ocurrieron, sin embargo, tres cosas que provocaron esta decisión. Primera: Santiago Carrillo, cuya vida he resumido en ciento tres mentiras desenmascaradas por ciento cincuenta y seis documentos, daba ya mi nombre por seguro y comentó que la candidatura de UCD por Murcia estaba situada más a la derecha de Alianza Popular. Yo conocía a algunas personas de Alianza Popular en Murcia, y el líder comunista me hizo un gran honor con su frasecita. El segundo suceso fue una campaña de rechazo que se difundió a través del diario «La Verdad», entonces de la Editorial Católica, que me sonó a artificial y surtió el efecto exactamente contrario. Sobre todo cuando Cano Vera, entonces director de «Línea», me abrió las puertas y me encargó una serie de artículos de política y actualidad no partidista, que resultaron fundamentales para introducirme en la opinión pública de la región. Estos tres factores combinados confirmaron mi decisión de quedarme para concurrir a las elecciones. Y las gané, más que por méritos propios, por haber acertado a descubrir en toda la región las huellas de mis dos generaciones anteriores, que seguían muy vivas en la memoria histórica de los murcianos. El reencuentro y el redescubrimiento constituyeron una experiencia personal inolvidable, que marcó el resto de mi vida.

El libro de Cano Vera es un documento histórico excepcional sobre la trayectoria política de la España reciente. Está, además, escrito con precisión y elegancia, entre referencias exactas a la Historia y reflexiones, a veces muy amargas, sobre la degradación de la política española. Al repasar la descripción que nos ofrece sobre la inicua ofensiva montada desde la dirección del Partido Popular en Madrid contra un político tan honrado, inteligente y cabal como Juan Ramón Calero he revivido una historia muy semejante, montada también desde los medios «progresistas» de la UCD en Madrid contra quienes habíamos ganado limpiamente las primeras elecciones democráticas en Murcia sin ayuda de nadie, sin la menor presencia de los líderes nacionales, sin experiencia y sin medios. La triste historia se repetía con las mismas pautas. Dirigentes de segunda o tercera fila dentro de la UCD de Murcia conectaron con los elementos disgregadores de la UCD nacional, dividieron a la UCD murciana, tramaron conjuraciones de campanario… con el resultado final previsto; consiguieron que algunos nos hartáramos de tanta pequeñez y volviéramos a nuestra vocación administrativa o intelectual, donde seguimos siendo los mismos e incluso hemos acrecentado nuestra ejecutoria; mientras los pequeños revoltosos hicieron el ridículo y hoy yacen olvidados en lo más hondo del baúl de los recuerdos.

Como Cano Vera no tiene pelos en la lengua a la hora de dar nombres, yo haré lo mismo: es muy curioso que un personaje como Rafael Arias Salgado, el ángel negro que convenció a Suárez para que se inclinase al centro izquierda, porque a la mayoría de derechas la tenía atada y bien atada, desempeña exactamente la misma función entre los consejeros de José María Aznar, que seguramente, salvo alguna excepción, forman el peor conjunto asesor. En efecto, uno de los grandes criterios políticos de José María Aznar es su convicción de que la derecha española le votará siempre sin remedio porque no tiene otra cosa; por lo que puede inclinarse impunemente hacia el centro izquierda (no es solamente el centro) para disputarle votos al PSOE. Pero con esta estrategia ni un solo voto socialista caerá en las redes del señor Aznar.

Deseo aclarar que desde hace quince años estoy completamente retirado de la vida política y que tengo intención de mantenerme fuera de ella en lo que me quede de vida. Toda mi actividad está concentrada en la Historia y carece por completo de intención política. Han tratado de silenciarme en el mundo editorial, por lo que hube de fundar en 1993 mi propia editorial Fénix, compuesta por dos personas; y sólo en el último mes las cuatro primeras editoriales de España me han pedido que regresara; a buenas horas. La experiencia política me ha resultado muy valiosa en sus aspectos positivos y negativos, precisamente porque con esa experiencia puedo abordar los problemas históricos con mayor comprensión y desde mejores perspectivas. Por eso cuanto escribo en este prólogo que me ha pedido Cano Vera, carece por completo de carácter político y se escribe sólo desde una perspectiva histórica asentada o naciente.

En la serie de Episodios históricos de España, que me ha obligado a escribir un libro cada semana desde octubre pasado, acabo de terminar el episodio 33, último de los que dedico a la segunda República, y que coloca en librerías y quioscos la cifra excepcional de veinticinco mil ejemplares semanales, he reservado para el número 50, el último, el titulado Los pactos de Aznar. Inicialmente iba a publicarlo al final de la historia de la transición, donde creo haber aportado algunos enfoques bastante nuevos, por ejemplo en la trayectoria y lamentable final de don Adolfo Suárez o en el episodio del golpe del 23-F, desprovisto ya de misterio y morbo una vez utilizadas las fuentes que he logrado descubrir. Pero terminé retrasando el episodio hasta el final, para ver si consigo una cierta perspectiva, difícil tarea ante los virajes y revueltas del señor Aznar en su todavía breve biografía política. Pues bien, debo adelantar que el análisis de Cano Vera sobre la actuación de José María Aznar me parece interesantísimo. El lo traza desde una perspectiva histórica. Pero muchos de los hechos y las insinuaciones de Cano Vera son irrebatibles. A José María Aznar no le gusta la crítica. Pero se equivocaría gravemente si prescinde de la lectura de este libro, que podría serle muy útil.

Estoy de acuerdo en muchas críticas de Cano Vera. Otras, seguramente, las matizaré en mi estudio histórico. Pero hay una coincidencia fundamental. Los lectores recordarán, sin duda, el dramático patinazo de las encuestas preelectorales, que daban a Aznar una mayoría casi tan grande como la absurda mayoría que arrastró Felipe González en 1982. La noche del recuento fue angustiosa. Los socialistas se despidieron de su dominio en televisión para manipular aviesamente los resultados y durante un tiempo interminable llegamos a creer que Felipe González volvía a ganar contra todo pronóstico. No ganó, pero rebasó los nueve millones de votos; Aznar le superó por un margen indeciso e insuficiente. ¿Qué había pasado?

No me convence ninguna explicación. Algunas, por alambicadas, resultan ridículas. Prefiero adelantar la siguiente, que coincide en lo fundamental con la de Cano Vera. Por supuesto, la campaña de González, que fue alevosa y rompió el consenso constitucional con sus evocaciones de la guerra civil, que fue inhumana hasta el punto de aterrorizar a los mayores con la amenaza de que Aznar les quitaría las pensiones, resultó, por desgracia muy eficaz. A su lado la campaña de Aznar fue lamentable, digna de sus lamentables asesores. Felipe González sacó el no pasarán en Barcelona; pero Aznar evocó la figura de Azaña, por la que siente una auténtica manía, en el mitin de Mestalla. El disparate fue gigantesco. En 1935 Manuel Azaña, en el campo de Mestalla, alzó precisamente la bandera del Frente Popular contra la derecha y el centro, que dice representar el señor Aznar. El discurso de Azaña fue agresivo, beligerante. Iba dirigido contra los padres y los abuelos de los presuntos votantes del señor Aznar. Pero ese enemigo mortal que tiene el señor Aznar como asesor histórico le incluyó la evocación de Azaña en Mestalla, y Aznar la largó. Escribí por entonces que a cada disparate histórico el señor Aznar perdía diez mil votos. En este caso la cifra no sería inferior a cien mil; hay todavía muchos españoles con memoria.

La ejecutoria familiar de don José María Aznar es la viva imagen del franquismo más depurado y más efectivo, y lo digo en honor de su familia. Pero el señor Aznar, en su campaña, leyó otro disparate de su asesor-enemigo y prometió que iba a dejar a los franquistas «a la intemperie». Muchos españoles que ya no son franquistas porque el franquismo murió con Franco, pero que respetan a Franco y reconocen lo que España debe a Franco, decidieron ese día dejar al señor Aznar a la intemperie. Otros cien mil votos menos.

Los ejemplos podrían multiplicarse. La campaña del señor Aznar se cifraba en varios puntos esenciales: la recuperación de España, la lucha efectiva contra el terrorismo. Nueve millones y medio de españoles le creyeron. Luego, la política de pactos le está llevando al borde de considerar la posibilidad de reconocer la autodeterminación y le inspiró aquello de que hablaba catalán en la intimidad, cuando es público y notorio que no sabe una palabra de esa lengua. Se plegó a todo, se humilló ante todo. Prefirió gobernar con orejeras, pero la Moncloa era en su interior una obsesión superior a la de Azaña y se quedó en la Moncloa.

En el episodio final de mi serie estudiaré los aspectos positivos de Aznar. Es una tragedia para España reconocer que sus méritos principales consisten en que él y los suyos no roban ni matan, como hicieron otros, y eso, sin duda, es importante. Pero además, claro que hay aspectos positivos, no se los voy a regatear. Lo que sí quisiera afirmar es que con los ataques impremeditados a lo que él llama la «derecha» no consigue ganar un solo voto de la izquierda y, en cambio, pierde centenares de miles de votos de quienes se sienten insultados. Además, con esa actitud prepotente y absurda ha conseguido convertir en acuciante el vacío que se ha empeñado en cavar a su derecha.

En la vida pública española existen hoy tres vacíos terribles. Primero, el de la misión espiritual de la Iglesia, que durante demasiados años, a partir de 1966 hasta la llegada de Juan Pablo II, se ha dedicado mayoritariamente en España al juego político, con flagrante descuido de su misión espiritual. La situación ha mejorado mucho, y la figura de monseñor Rouco está a cien codos sobre la de su nefasto predecesor el cardenal Enrique y Tarancón. Pero las huellas del desvío siguen muy claras y son las que provocan que muchos católicos se nieguen a colocar la cruz en la casilla de la Renta. ¿Por qué vamos a contribuir a una iglesia que cuenta con personajes como los obispos Setién o Deig? La Conferencia Episcopal, en vez de difundir su campaña coactiva para la recaudación de fondos, debería reflexionar sobre un dilema: o Setién o la casilla. A Setién que le pague Herri Batasuna.

El segundo vacío acuciante, al que también se refiere Cano Vera, es el del diario ABC. Ansón, enloquecido con sus obsesiones de imponer a los españoles esa enorme mentira de Juan III, que sólo existió como pretendiente carlista y por cierto estupendo, ha entregado ese nefando y sectario ABC «cultural» a personas del mismo talante que el famoso asesor de Aznar para citas de Azaña. Hace falta un periódico independiente de derechas, lo que había sido ABC, que ahora, en su fase comercial, sigue una trayectoria errática, y a poco se le escapa el centenario de Pemán.

El tercer vacío es el de la política. El actual Partido Popular se transfiguró en democristiano de la noche a la mañana, por la real gana de don Manuel Fraga Iribarne a quién la señora Thatcher propinó en el número 10 de Downing Street un más que merecido desplante por la actitud del líder gallego con motivo del referéndum de la OTAN. Todo el PP obedeció mansamente y se convirtió al democristianismo, algún día tengo que contarlo despacio. Pero Fraga procuraba mantener contra viento y marea su gran lema «España es lo único importante», acaba de repetirlo ahora, cuando ya suena muy a hueco. José María Aznar parecía pensar también así durante la campaña electoral. Pero al adentrarse en los vericuetos de los pactos puso a su idea de España en almoneda. El asesinato político de Aleix Vidal-Quadras ha sido la consecuencia natural de semejante deserción. El resultado ha sido que el señor Aznar ha creado un tremendo vacío a su derecha. Ha renegado de la gran tradición de la derecha española, a la que por lo visto identifica con la «derechona» de don Francisco Pérez Martínez, conocido literariamente como Umbral. Ahora surge, precisamente en Murcia, y para toda España, el PADE que viene a llenar ese vacío.

Por cierto que la anécdota del abogado madrileño que se adelanta para registrar el nombre de Partido Demócrata Español es una nueva prueba de sordidez, merecedora de un esperpento.

El vacío existe. El partido que encabezan Juan Ramón Calero y Fernando Suárez, junto a personas valiosísimas de toda España, existe, se organiza, crece. Ya tiene sus primeras credenciales: la mentira y la calumnia. Que si es el equivalente de Le Pen en España; que si lo ha creado Calero en un almuerzo con el marqués de Almunia (mis lectores seguramente no saben que el señor Almunia es realmente el marqués de Almunia, tengo por aquí su árbol, no lejano del mío). El PADE ya tiene sus primeras credenciales. Como podrán ver en el libro de Cano Vera tiene los líderes, ahí está Fernando Suárez, el gran desaprovechado de la transición, y sobre todo, tiene las ideas. Tiene el vacío, el enorme vacío que ha cavado Aznar. Por lo que veo, el PADE no va contra el Partido Popular, por el momento tiende a recoger los centenares de miles, quizás los millones de votos que ya no van a volver a las urnas de Aznar, que siguen cantando aquella gran verdad de «Pujol, enano, habla castellano» porque creen que Pujol no es Cataluña ni de lejos, sino la caricatura sádica de Cataluña; que se ciscan en esa virgolancia (el término es de Ramiro Ledesma Ramos) de España «nación de naciones», que es una solemne idiotez; que están seguros de que no podemos consentir, al precio que sea, que España entre a pedazos en Europa.

Estoy casi seguro de que el PADE va a encontrarse con una terrible dificultad a la hora de los fondos. El alquiler de ABC tiene que ser carísimo, bien lo sabe el señor Aznar. En la España contemporánea nunca ha cuajado un gran partido sin un importante y penetrante medio de comunicación. Pero por el momento estoy convencido de que con los líderes, las ideas y el vacío se puede y se debe arrancar. Y deseo creerme que todo lo demás, una vez nacida y arraigada la esperanza, vendrá por añadidura.

Ricardo de la Cierva.


 

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