El elitismo orteguiano. Por C. Casla Biurrum.

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El elitismo orteguiano. nº 87

Por C. Casla Biurrum.

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El elitismo orteguiano

Hace ya más de medio siglo que Ortega y Gasset publicó en forma de volumen, los trabajos que integran La rebelión de las masas, el más traducido y citado de sus libros. Hay en las páginas de este libro un eje afirmativo en torno al cual giran azarosamente materiales muy diversos. Esa tesis axial es la interpretación elitista de la convivencia.

Según Ortega en toda sociedad hay dos tipos de miembros: el «individuo especialmente cualificado» que constituye las «minorías excelentes» y las «personas no especialmente cualificadas u hombre medio», que componen la «masa». Esta distinción no responde a dos clases sociales, sino a dos géneros de hombres puesto que «dentro de cada clase social hay masa y minoría». «La aristrocracia social no se parece nada a este grupo reducidísimo que pretende asumir para sí íntegro el nombre de sociedad, que se llama a sí mismo la sociedad y que vive simplemente de invitarse o de no invitarse».

Los auténticos aristócratas (en sentido orteguiano) son seres en «esencial servidumbre» porque «no le sabe la vida si no la hace consistir en servicio a algo transcendente». «La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, inscrita en nuestra existencia» (pág. 157).

Estos sujetos en perpetua búsqueda de mayor perfección son los inventores, los que organizan el Estado, aquellos a los que asiste el derecho y el deber de idear y de mandar. Aunque para Ortega, el pensador y el artista son superiores al jefe porque «la política vacía al hombre de soledad e intimidad».

El hombre masa deja en «libre expansión sus deseos vitales» y es «ingrato hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia», o sea, «no le preocupa más que su bienestar y es insolidario de las causas de ese bienestar». Además, no tiene auténticas ideas, sino opiniones que «le vienen de fuera a presión». Es un «novísimo bárbaro», «no atiende a razones, sólo aprende en su propia carne», «afirma el derecho de la vulgaridad y lo impone», le gusta la «acción directa» y cuando actúa por sí mismo, lo hace sólo de una manera, porque no tiene otra: lincha. En fin, «las masas, por definición no deben ni pueden dirigir su propia existencia y menos regentar la sociedad»; sus opiniones son un poder elemental, irreflexivo e irresponsable que ofrece indefensa su inercia al influjo de todas las intrigas «La masa es lo que no actúa por sí mismo. Tal es su misión. ha venido al mundo para ser dirigida, influída, representada, organizada… Necesita referir su vida a la instancia superior constituida por las minorías excelentes». Tal dependencia es «una ley de la física social, mucho más inconmovible que las leyes de la física de Newton». Así llegamos a la conclusión: «la sociedad humana es aristocrática siempre, quiera o no, por su esencia misma, hasta el punto de que es sociedad en la medida en que sea aristocrática, y deja de serlo en la medida en que se desaristocratice».

La obra de Ortega es fidelísimo culto al egregio, e inverecundo menosprecio de la masa. La raíz última de la actitud orteguiana ante la sociedad y ante la historia es un aristocratismo total que políticamente se refleja en un elitismo difícil de articular con ciertas declaraciones marginales de coyuntural democratismo. Y sin embargo, lo más personal de la sociología de Ortega no es la descripción de las «masas» y de la «gente», es la exaltación del hombre superior, la convicción de que la historia la orientan y la aceleran unos pocos, y la certeza de que el pueblo no se gobierna nunca a sí mismo, sino que lo hace siempre una oligarquía. Los orígenes de esta doctrina elitista se remontan a Aristóteles; pero su formulador primero en la sociología contemporánea es Pareto. La teoría paretiana de las minorías expuesta principalmente en su Tratado de sociología general (1916) es el poderoso motor de la interpretación histórica orteguiana.

La decisiva y espectacular participación de Ortega en la liquidación de la monarquía y su catolicismo parece alinearle «prima facie» con un liberalismo izquierdizante; pero Ortega, como revelan los textos de La rebelión de las masas, es un pensador político de signo conservador.

Su influencia en la ideología falangista la proclamó el propio José Antonio Primo de Rivera. Y Ortega reivindicó claramente su influencia en la teoría del caudillaje falangista en su libro Una interpretación de la Historia Universal (1959) que «casi con seguridad tuvo una influencia grande más tarde en un grupo de la juventud española que ha ejercido una intervención muy enérgica en la existencia española». De todas formas, a pesar de la influencia orteguiana, no es lícito afirmar que Ortega y Gasset sea un pensador fascista. Ortega no comulgó nunca con el populismo retórico, ni con el capitalismo de Estado (que tanto le seducía a su discípulo R. Ledesma Ramos), ni con un totalitarismo vital.

En suma, el aristocratismo es un epicentro del pensamiento orteguiano; pero es también la clave personal del autor porque su estilo literario y mental consistía en el refinamiento y la invención. Los humanos se dividen en dos grupos, el de los que crean y el de los que consumen1.

Carlos Casla Biurrun.


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