Identidad Iberoamericana. Por A. Buela

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Identidad Iberoamericana. nº 87

Por A. Buela.

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Identidad Iberoamericana

1. EL DESARROLLO DE LA MODERNIDAD

Si tuviéramos que establecer emblemáticamente las diferentes etapas del despliegue de la modernidad podríamos decir que nace con el descubrimiento de América (1492), sigue con la Revolución Francesa (1789), luego viene la Primera Guerra Mundial (1914) y concluye con la caída del Muro (1989) que daría nacimiento a la etapa actual o postmoderna.

En la primera fase el hombre europeo deja de referenciarse religiosamente, con exclusividad, en la Iglesia católica y políticamente en la Cristiandad. Se quiebra esta última con el surgimiento de los Estados nacionales, y con la Reforma (1516) surge el protestantismo (subjetivismo interpretativo) y con él, el desmembramiento de parte de la Iglesia. La secularización está en marcha.

La segunda etapa de la modernidad se va a caracterizar por el cuestionamiento de la monarquía como institución política y el surgimiento del parlamentarismo democrático. Se producen las revoluciones políticas y las revoluciones industriales. Junto con las repúblicas aparecen los suburbios obreros.

En la tercera etapa se produce la última revolución industrial, la técnica en su simbiosis con la ciencia se transforma en tecnología. Los Estados nacionales buscan por todos los medios su industrialización. Porque la posesión de tecnología representa poder político real.

En la última etapa conocida como postmoderna se pone en marcha el proyecto del «one world», los Estados nacionales ceden soberanía a las megaempresas, la homogeneización cultural mundial corre de la mano de la revolución ciberno-informática y de los medias transnacionales, el dinero electro-financiero supera 50 veces al dinero comercial. Quiebran los grandes relatos de la modernidad: la idea del progreso, la democracia como forma de vida, la confianza en la razón. Se produce el gran desencanto. El hombre al verse privado de lo que esperaba, está desencantado; nada le importa. Hace su aparición el nihilismo en todos los ámbitos.

2. LA MODERNIDAD EN IBEROAMERICA

La América criolla se fue construyendo a lo largo de tres siglos (de 1492 a 1800) a través de la simbiosis de dos mundos; el autóctono americano y el hispano-lusitano, pre-moderno o bajo medieval.

Nuestra América tomó desde el inicio, desde el siglo XVI, un camino diferente al resto de Occidente dado que su mundo de valores no pertenecía a la época moderna. No sólo éramos el «extremo Occidente» que nos alejaba de las rutas comerciales del Atlántico norte, sino que éramos además ese extraño mundo «morocho» donde todo estaba por descubrir. Claro está, los españoles no nos habían investigado, ellos habían «convivido», habían vivido junto a nosotros, ellos formaban parte. De modo tal que la conciencia europea —inglesa y centro europea principalmente— no nos reconoció hasta que escuchó los relatos de sus propios piratas, aventureros y viajeros. Luego, a comienzos del siglo XIX, nos envió sus soldados y detrás sus comerciantes que son los que nos introducen en la modernidad. Así, no sólo, nos inculcan sus ideas: libre cambio, libre navegación, parlamentarismo republicano, secularización, etc., sino que como consecuencia de ellas comienza la despiadada expoliación de nuestras riquezas que ya lleva dos siglos (de 1800 al 2000).

En realidad el occidente empieza, especialmente Inglaterra y Francia, a transportar la modernidad a Iberoamérica a comienzos del siglo XIX. En una palabra, la nuestra es una tardo-modernidad. Y como consecuencia de ello nosotros somos forzados a abandonar un mundo de valores que nos había conformado en lo que éramos: gauchos en Argentina, charros en México, gauchos en Brasil del sur, sertaos en el Noreste, huasos en Chile, boringueños en Puerto Rico, llaneros en Venezuela, etc, etc, para pasar a ser todos «gentlemen» u «honnête homme», cuando no «condottieri». Esta tensión entre la defensa del principio «serás lo que eres» enunciado ya por Píndaro y la imposición de los valores de la tardomodernidad explica el desgarramiento interior de nuestras repúblicas durante todo el siglo XIX y lo que va del XX. La explicación de por qué Hegel sostuvo que esta parte de América puede ser caracterizada como una sucesión de erupciones llamadas revolución, estriba en la impostura moderna que las élites criollas adoptaron como propia y que nuestros pueblos nunca aceptaron como expresión genuina, sea de su representación política sea, menos aún, de su identidad cultural. En una palabra, las revoluciones surgen porque el proyecto moderno, y Hegel es un producto del mismo, no cuaja por la índole de los pueblos indoibéricos1.

Es decir, nos vimos obligados a cambiar de paradigma, pero no por la aparición de un cúmulo de excepciones al viejo modelo bajomedieval como sucedió en Europa con la multiplicación de los descubrimientos de todo tipo, desde el reloj mecánico en el siglo XIV a la imprenta en el XV, sino que nuestro modelo quebró por la colonización cultural de las élites americanas pro-modernas que compraron la receta de la modernidad a la masonería anglo-francesa. La modernidad llega tarde a Hispanoamérica, pero llega sólo a los aparatos del poder político. Llega al Estado y su organización, pero no penetra en la comunidad. El comunitarismo hispano-indiano se resiste al ideario moderno. Incluso se adaptan «secundum quid»; pero no del todo. Porque las instituciones que en Nuestra América proporcionan orientación y sentido, que transmiten patrones de comportamiento, pertenecen, aún hoy, a la comunidad: la familia, iglesias, asociaciones, sindicatos etc. El Estado «sub specie democratica» sólo ha actuado como instancia reguladora a través de un mundo de leyes y no ofrece, al indiano, ningún orden compartido. Esto es un escándalo para la razón ilustrada y para la ética discursiva y comunicativa de los Habermas y los Apel pues indica una perezosa renuncia a proseguir el proyecto de la modernidad.

Es interesante notar que esta resistencia comunitaria y esta relativa adaptación institucional se lleva a cabo como manifestación de un modo de ser: el modo iberoamericano de ser en el mundo.

La expresión institucional de este modo de ser ha hecho incomprensible a la mentalidad moderno-mundialista algunos de nuestros regímenes políticos, en las raras ocasiones que tuvieron representatividad genuina de nuestros pueblos. Así, Arnulfo Arias en Panamá; Pedro Albizú Campos en Puerto Rico; Jacobo Arbenz en Guatemala; Eliécer Gaitán en Colombia; Perón en Argentina; Gabriel García Moreno en Ecuador; Natalicio González en Paraguay; Getulio Vargas en Brasil; Sandino en Nicaragua; Madero en México; Balmaceda en Chile; Villaroel en Bolivia, etc. Todos ellos fueron a la vez incomprendidos y condenados por los centros de poder mundial, dado que incorporaban «secundum quid», dentro de sus planteamientos políticos y sociales improntas típicamente americanas.

3. ANALISIS DE PROSPECTIVA

¿Qué nos está permitido esperar ante un mundo cada día más globalizado?

Pareciera ser que el modelo liberal de mercado impone su proyecto de sociedad de consumo en todo el orbe, donde, aparentemente, sociedades subdesarrolladas como las de nuestra América participan en pie de igualdad con sociedades opulentas de los beneficios de dicho modelo. Pero decimos, aparentemente, dado que en las nuestras sólo una pequeña élite accede a los mentados beneficios, el resto, como decían los abuelos: «ajo y agua».

El modelo neoliberal de exaltación del mercado ya ha creado en nuestros países sociedades de dos velocidades, «los pocos ricos y los muchos pobres». En Argentina, particularmente, va desapareciendo esa inmensa clase media trabajadora que se había creado a partir de la primera industrialización y de difusión de la propiedad rural desde 1945.

Los planes de privatización de las empresas públicas han dejado Estados nacionales sin resortes de poder. Los políticos cuando acceden a los cargos encuentran a los aparatos del Estado vaciados de contenido y no pueden ejecutar las medidas propuestas porque carecen «de facto» de los medios de ejecución. Por su parte los partidos políticos triunfantes, lejos de representar los intereses genuinos del pueblo que los votó, se encuentran limitados sólo a legitimar y legalizar los paquetes de medidas económicas que vienen dispuestos desde los centros de poder y los mercados de capitales. Los partidos políticos no sólo enfrentan una «crisis de representatividad» magníficamente expuesta en su época tanto por Giuseppe Maranini (Governo parlamentare e partitocracia de 1949), como por Gonzalo Fernández de la Mora (La Partitocracia de 1977), sino que ahora debe sumársele una «crisis de finalidad».

En otro orden, asistimos a la venta y posterior desguace de las empresas del Estado sin contrapartida. Así las dos megaempresas emblemáticas de los Estados de Brasil y Argentina como la minera Vale do Río Duce y la petrolera Yacimientos Petrolíferos Fiscales fueron vendidas a precio vil a corporaciones internacionales que proceden luego a su desmantelamiento cuya consecuencia es el cierre de puestos de trabajo seguido de lo que Viviane Forrester llamó «el horror económico», la desocupación. Todo esto, la pérdida de un capital genuinamente regional, pone en serio peligro el máximo polo de poder de nuestros pueblos en el presente, esto es la realización del Mercado Común del Sur. Dado que a la falta de capitales propios se suma por parte de los Estados nacionales la enajenación de sus aparatos de ejecución. Así pues, no es nada fácil construir un gran espacio común, un mercado autocentrado, sin capital ni poder y, sobre todo, teniendo en cuenta que existe un proyecto hegemónico contrapuesto, de libre mercado desde Alaska a Tierra del Fuego como es el Nafta lanzado por el presidente George Bush.

Desde el punto de vista filosófico, sólo la preferencia de nosotros mismos nos puede resguardar de la absorción globalizadora. Cuando decimos «nosotros mismos» nos referimos a los pueblos iberoamericanos y no a la Argentina aisladamente, como ha pretendido cierto nacionalismo de fronteras cerradas. Esta preferencia significa que debemos llevar a cabo un sano egoísmo en todos los aspectos: producir y consumir preferentemente nuestros productos. Logrando así que el capital regional arraigue por las ventajas comparativas que le ofrece el consumo de nuestra región.

Esta preferencia de nosotros mismos se debe exaltar en todos los órdenes del obrar humano. Así por ejemplo, en las migraciones preferir las iberoamericanas a las asiáticas; en las artes y la música preferir la nuestra, múltiple y variada, a los bodrios y el «baby talk» de la imbecilización mundializada; en la religión, nuestro catolicismo heterodoxo y mistongo a las sectas salvíficas de yanquilandia; en las ciencias nuestra trabajosa imbricación entre la sapiencia tradicional de nuestros pueblos (medicina, agricultura, ganadería, arquitectura, etc) y ciencia estricta; al especialista de lo mínimo, que dejó de ver su ciencia y el objeto de la misma como un todo.

Esta preferencia de nosotros mismos nace, antes que nada, a partir de una toma de conciencia acerca de lo que somos (cuestión de la identidad), y debería luego alzarse a través de un acto de voluntad como norma a seguir (cuestión del proyecto) que asegure a nuestra ecúmene cultural iberoamericana su lugar propio, junto a las otras ecúmenes culturales que conforman este pluriverso que denominamos mundo.

Así pues, nosotros consideramos que ante el avance evidente de la globalización, sobre todo en los campos de la informática mediática y la economía electrónica, no es cuestión de volver a los toldos ni a los ranchos, sino que esos toldos y ranchos tengan ahí su expresión. Y para ello hay que construir previamente «poder», y este poder será tal si alzamos las banderas de un nacionalismo continental iberoamericano como quería el chileno Alberto Edwards Bello. Así, la campana de resonancia de nuestra voz será lo suficientemente grande para que se escuche y se respete en todo el mundo. Y muy probablemente la consecuencia metapolítica de un estentóreo llamamiento es que tenga un eco multiplicado, como indica Pedro Baquero Lazcano2 en la Comunidad Ibérica de Naciones integrada no sólo por Portugal y España sino también por Filipinas y el Africa hispano-lusitana. Todo lo cual nos daría el poder suficiente para decir ante este mundo homogeneizante y globalizador que busca imponernos desde los centros mundiales de producción de sentido: déjenos ser.

Alberto Buela.


 

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