Gómez de la Serna y Franco. Por E. de Aguinaga.

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Gómez de la Serna y Franco. nº 87

Por E. de Aguinaga.

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Gómez de la Serna y Franco

En una entrevista de 1935, a la pregunta «¿Qué le ha parecido el congreso de escritores soviéticos?», Ramón responde: «No creo que la literatura deba estar al servicio de ninguna idea. Ni apruebo este congreso ni aquel otro de Italia —al que fui invitado por el embajador italiano y no asistí— porque creo que ni el fascismo ni el comunismo abrirán un nuevo camino a la literatura. Esta vive en la plenitud —lo único que vive— aún muriéndose de hambre»1.

La realidad es, primero, que Ramón huyó de Madrid2 el 29 de agosto de 19363 , huyendo de la que, peyorativamente, llamó revolución4 (La revolución es lo que más se parece a la muerte. Es mucho más crimen que la guerra)5; segundo, que Ramón manifestó de modo inequívoco y reiterado sus adhesiones6; y, tercero, que la apreciación de Ramón ha resultado perjudicada como pago7 de aquellas actitudes y el propio Ramón quedó condenado a la soledad menesterosa, en la que no tuvo el consuelo de la Real Academia8, ni siquiera el Premio Mariano de Cavia9.

En sus apuntes biográficos, Ramón lo registra, impávido: «Al volver de España, en 1949, encerrona del hambre. Todos me esperaban para eso. Estaba combinado el cierre del círculo»10.

Esta nota y otras semejantes, que enseguida mencionaré, están tomadas del fichero de apuntes, frases o ideas, que, en forma de papeletas11, Ramón reúne y clasifica como base de datos para sus escritos. Este fichero se mantiene inédito en la Universidad de Pittsburgh (Pennsylvania), que, con otros efectos literarios, lo adquirió por venta de la viuda del escritor, Luisa Sofovich12.

Los dos mazos de papeletas que he manejado suman seiscientas dieciocho fichas, transcritas y fotocopiadas con garantía suficiente13.

Ramón, condenado

Muchas veces, como advierte el académico Francisco Nieva, la condena de Ramón ha sido tan inclemente como sorda, ninguneo de «el que no piense como yo, no existe»14 Francisco Nieva concreta: «He visto desdeñar mucho a Gómez de la Serna»15. Simultáneamente, Luis Carandell reconoce que «a Ramón no se le ha hecho, en nuestro país, todo el caso que merece»16. Y Octavio Paz se pregunta: «¿Cómo perdonar a los españoles e hispanoamericanos esa obtusa indiferencia ante la obra de Ramón?»17. «Era tan apasionadamente español que algunas fracciones secreta o públicamente antinacionales le borraron de su lista de favoritos», afirma Tomás Borras18.

Así, en 1988, el centenario de Ramón pasó solapadamente para el Ayuntamiento de Madrid, que, en otro tiempo, le había concedido la Medalla de Oro de la Villa19; y se pudo decir, en &QUOTDiario 16&QUOT, que Ramón, es «un escritor olvidado por unos y por otros»20. El Ayuntamiento parecía acatar la sentencia, teñida de stalinismo, de Rafael Alberti, que, en Buenos Aires, negaba el saludo a Ramón «debido a su tonto e innecesario franquismo, que lo alejó de sus más grandes amigos»21.

Ya muerto Ramón, Alberti lo versifica en su Soneto impuntuado que empieza «Por qué franquista tú torpe ramón / elefante ramón payaso harina», para terminar con el inevitable reconocimiento: «ramón timón tampón titiritero / incongruente inverosímil pero / ramón genial ramón sólo ramón»22.

Y, por el mismo motivo, Vicente Aleixandre comenta con José Luis Cano que «en España, a partir de la guerra, se ha sido injusto con Ramón y que en la posguerra se le ignoró totalmente»23.

Ramón no se recata, en efecto, en sus expresiones de solidaridad española, que no manifiesta precisamente en días de bonanza, sino en los más críticos; no por un sentimiento banderizo u oportunista, sino, como él mismo explica, por un profundo patriotismo. Así, Ramón, que según Borrás, «nunca traicionó ni a su propio ser ni al metafísico ser de España»24, escribe en Automoribundia y en su fichero: «Yo soy, ante todo y sobre todo, un patriota. En el fondo de mis adhesiones late este sentimiento25. «España no son algunos españoles ni, muchas veces, toda una generación. España espera y, con sólo esperar, la otra generación vuelve a ser España»26. «La Patria no es un himno sino un rezo, un silencio de paz profunda»27.

En la Navidad de 1946 en pleno aislamiento internacional, al pie de la multitud de la Plaza de Oriente28, Ramón felicita al director de &QUOTArriba&QUOT en estos términos, que el periódico publica: «Tienen ustedes de su parte a Dios, y el Arcángel de la espada flamígera debe echar de ese Paraíso hermético, como sólo lo es el Paraíso, a todos los que no se merezcan estar en él. La más pura de las iniciativas, la de estar solos y sin contagio, les ha sido concedida ¡A disfrutarla!»29.

Y, en 1947, al pie del Manifiesto de Estoril30, envía un nuevo mensaje, igualmente publicado. En él escribe Ramón: «Ya era hora de que fuese el Cid, consolidado en su poder, el que marcara la pauta al rey, puesto que el rey fue tan injusto con el Cid desterrándole, después de entregarle libertadas las más ubérrimas Valencias. Y, en medio de todo esto, ¡qué gran lección de heroicidad leal cuando decide, cortés y voluntariamente, que es Reino la tierra que gobierna y que ha ganado con su espada y con su fe»31.

Punto culminante de su estancia en Madrid, en 1949, es la audiencia con el Jefe del Estado, el 25 de mayo. Rafael Flórez, bajo el título &QUOTEl protocolo Franco-Ramón&QUOT, ha documentado aquel encuentro a partir de las impresiones que recoge directamente de Ramón, en la entrevista particular que mantiene con el escritor, cinco días después de su visita al palacio de El Pardo32. A la pregunta «¿Qué le pareció Franco?», Ramón le contesta: «Flamígero y augustal. La imagen de la confianza de un Augusto, que sabe lo que quiere y quién le quiere. Posiblemente un Augusto, por ser el último que vamos a tener en Occidente»33.

Ramón, maravillado por su visita a las obras del Valle de los Caídos34, regresa a Buenos Aires, y Juan Ignacio Ramos, consejero de la Embajada de España, informa sobre las secuelas del viaje: «Al llegar aquí y por las declaraciones que hizo sobre Franco y Perón, se encontró con una hostilidad y un vacío enormes en los medios literarios donde él trabajaba». &QUOTLa Nación&QUOT lo borró prácticamente de su cuerpo de colaboradores. La editorial Losada, que se había quedado con su libro sobre el Greco para lanzarlo ya a la venta, le dijo que los obreros habían derretido el plomo y que «no hay posibilidad de editarle más libros»35.

Mientras tanto Ramón apunta dramáticamente en su fichero: «Vuelta. Arruinado. Así como con la fiera se usa el círculo de fuego, con el hombre honrado y sincero se empleó el círculo de hambre»36. «La única iniciativa es suprimirme a mí»37. «En alguna imprenta me habían hecho la jugada que jamás me hicieron en la vida: me habían machacado el plomo de un libro de arte. Todos a mi alrededor cobrando del Estado. Políticos con sueldo y cargos. Y al desinteresado, al que nada movía políticamente con su desinteresada declaración, un sabotaje inmundo y cobarde»38. «El abandono, el &QUOTaquí yace&QUOT en que se me ha metido, clama al cielo»39.

Ramón no ceja, capea como puede las dificultades y, en el cúmulo de notas dedicadas a España y a lo español, en su íntimo fichero de apuntes del viaje, escribe media docena referidas a Franco: «Solo el invicto caudillo, sabio en España»40. «Ese héroe que él solo ha vencido a las fuerzas del mal que van a tardar años en vencer los otros pueblos»41. «Ese heroico Franco de cuya paz heroica todos están abusando para el mal»42. «Salvó a España del caos más repugnante del mundo»43. «Vino a verme un inteligente escritor y le conté la verdad, diciéndole que el único grande hombre que había visto en España había sido Franco»44. «Cuestión española. Conspiradores a favor de una monarquía que no tiene la principal gratitud que tiene que tener a quien la trajo»45.

Ramón tiene conciencia de su soledad y de la gravedad de su testimonio. Merece la pena leer cinco fichas más de su fichero:

«Alguien tiene que decir, pase lo que pase, la verdad independiente, ni de unos ni de otros»46.

«¿Por qué no callo? ¿Por qué tenía que hablar? Porque lo sentía. Porque España merecía ese respeto a su orden readquirido»47

«Volvería a portarme como me porté»48.

«Yo no he fracasado porque he visto triunfar la España que quería que triunfase»49.

«Yo no levanté el puño. Yo, a lo más, elevo las manos al cielo, pidiendo que me dé su perdón y un poco más de paciencia»50.

Ya, en 1939, en carta a Antonio de Obregón, se afirma en sí mismo: «Yo sigo impertérrito, desmintiendo, descalumniando». En la última carta que recibo de Ramón, me felicita la Navidad de 1959 y me escribe: «Sin ver a nadie, y como siempre, sin rogar a nadie, puedo escribir hasta las siete de la mañana todos los días. Sigo a la vista del mundo, acompañándoles desde aquí en ideales y fervores».51

Luego vendría el desgraciado término de su colaboración en el diario &QUOTArriba&QUOT52; pero no el término de sus ideales y fervores.

Enrique de Aguinaga.


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