Pemán,
Tradicionalista
I
José M.ª Pemán, «El más grande orador de las
Españas» según lo calificó Ramiro de Maeztu, es hoy
después de Azorín, nuestro máximo literato de su
época. Como ha escrito Fernández de la Mora, si
Menéndez Pelayo fue nuestro último gran polígrafo,
Pemán bien pudiera ser, nuestro postrero literato
universal.
Nacido el 8 de mayo de 1897 en el seno de un hogar
tradicional de Cádiz, su madre Doña María Pemartín,
era miembro de una ilustre familia jerezana, oriunda de
Francia. Su padre Don Juan Pemán era gaditano, abogado
en ejercicio y varias veces diputado a Cortes por el
partido conservador.
En el Colegio de San Felipe Neri, regido por los
marianistas, cursó con gran brillantez los estudios de
bachillerato, a los que siguió su etapa en la
Universidad de Sevilla donde cursó la carrera de
Derecho. Al terminar la licenciatura hizo el doctorado en
la Universidad Central, única que en esa fecha otorgaba
dicho grado. Su tesis tuvo por tema Las ideas
filosófico-jurídicas de «La República» de Platón,
tema que le sugirió -según dijo- la lectura de la
Historia de las ideas estéticas de Menéndez Pelayo,
sobre todo, los primeros capítulos destinados a exponer
la teoría de lo bello en Platón.
Ya doctor, se incorporó al Colegio de Abogados de Cádiz
como ejerciente, aunque alternando el ejercicio de la
profesión con actividades literarias. En unos Juegos
Florales en el Puerto de Santa María, le premiaron con
accésit una trova en décimas. Poco después, en Baena,
en otros Juegos Florales de los que fue Jurado la insigne
Blanca de los Ríos, le otorgaron otro accésit por un
Canto a Andalucía en endecasílabos, y casi enseguida
obtuvo el primer premio en su ciudad natal, cantando en
su centenario al beato fray Diego de Cádiz. Por estos
méritos, poco después lo eligieron académico de
número de la Real Academia Hispano Americana de Cádiz,
en la que leyó un discurso de ingreso sobre La poesía
hispano-americana.
En los Juegos Florales de Sanlúcar de Barrameda (agosto
de 1922) en los que fue mantenedor el patriarca del
periodismo José Ortega Munilla, obtuvo la «flor
natural» con una composición titulada El Viático,
poema bellísimo, que se hizo muy famoso y con el que
comenzaría su fama de escritor. Y el año siguiente, en
1923, publicó su primer libro de poesías, De la vida
sencilla, que prologó Francisco Rodríguez Marín.
Con ello empezó a alcanzar renombre como poeta, que se
acrecentó como prosista, merced a los artículos
irónicos y los cuentos epigramáticos que comenzó a
publicar en «El Debate», cuya asidua colaboración
mantuvo hasta la desaparición del periódico con motivo
de la guerra. Esos artículos fueron recogidos más tarde
en dos tomos, titulados Cuentos sin importancia y
Volaterías. El primero de éstos, traducido al sueco,
fue utilizado como texto para la enseñanza del español
en varias cátedras universitarias.
II
Cuando Pemán apenas contaba veintitantos años,
concretamente en el período que va de 1918 a 1923, la
situación de España era caótica. El sistema canovista
estaba roto y en trance de hundimiento.
En 1921, el Jefe del Gobierno Eduardo Dato, el «apóstol
de las reformas sociales» como muchos le llamaban, fue
asesinado en Madrid por un grupo de anarquistas en la
Plaza de la Independencia. Poco tiempo después se
produjo en Marruecos el tristemente célebre desastre de
Annual. Los conflictos sociales, consecuencia en gran
medida de la desastrosa situación económica, se
multiplicaban en tal número que en 1920 se había
sobrepasado por primera vez la cifra de mil huelgas en
toda España.
Y junto al fragor de las huelgas revolucionarias, se
produjeron los desórdenes públicos, el terrorismo y su
secuela de atentados, como los que costarían la vida al
cardenal arzobispo de Zaragoza, al gerente de Altos
Hornos de Bilbao, al presidente del Sindicato de Banca y
Bolsa de Valencia y a un exgobernador civil de León. En
Sevilla, escenario de una guerra de pistoleros, fue
asesinado el comerciante Enrique Barris Dalmás, patrón
de los corchotaponeros, y en Cataluña, mientras el
regionalismo se transformaba en un nacionalismo
independentista, en Barcelona en un sólo día, se
practicaron veintiuna autopsias de otras tantas personas
muertas violentamente en la vía pública.
España se descomponía política, social y
territorialmente, de tal suerte que -como dice el
historiador Comellas- un parlamentario inglés llegó a
preguntar «si no había llegado el momento de reducir a
España a un estado colonial».
Ante esta situación no es de extrañar que muchos
sintieran el anhelo de un «cirujano de hierro», como
postuló Costa, que viniera a «restablecer el orden en
las calles, restaurar la autoridad escarnecida, terminar
la guerra de Marruecos, acabar con los abusos de los
partidos políticos y sanear la administración». En
medio de este ambiente, el 13 de septiembre de 1923,
llegó el golpe de Estado del General Primo de Rivera,
del que escribió Pemán que «tan rápidamente como la
sanción real, obtuvo la sanción del país». Un
periódico de tanto abolengo liberal como «El Sol», se
mostraba esperanzado. Los Comités Ejecutivos del PSOE y
de la UGT, en una nota publicada en «El Socialista» de
16 de septiembre, aconsejaron a sus afiliados que
observasen ante el golpe una actitud pasiva. En tales
circunstancias, el rey dio paso a la dictadura que abrió
un período de orden y prosperidad, desde hacía mucho
tiempo desconocido en España.
En las Navidades de 1924, el General concibió la idea de
una gran organización, que denominó la Unión
Patriótica, que diera cabida a «todos los españoles de
buena voluntad, excluidos los extremistas de ambos
sectores», que se definía «de centro, de democracia
templada», que hacía profesión de fé monárquica y
que pretendía sustentar al primer gobierno civil de la
Dictadura.
Posteriormente se creó la Asamblea Nacional, a la que
como señala Santiago Galindo- fueron llamadas personas
de la más variada significación, entre ellas José M.ª
Pemán, que desde el primer momento se venía ocupando de
la organización de la «Juventud de Unión Patriótica»
en la provincia de Cádiz e interviniendo en actos de
propaganda, en los que pronto destacó por su oratoria
inspirada y elocuente. Y es que en Pemán -como escribía
Areilza- concurrían, las tres condiciones que Cicerón
exigía al orador romano: «que instruya, encante y
conmueva al auditorio».
Pero la actividad política de Pemán durante la
Dictadura no se redujo sólo a la propaganda, sino que
trabajó también en
tareas de más hondo calado, sobre todo en la Comisión
constitucional de la Asamblea Nacional, en la que actuó
de secretario y que estaba integrada por Juan de la
Cierva, Antonio Goicoechea, Víctor Pradera, Ramiro de
Maeztu, Gabriel Maura, Víctor Cortezo, Carlos García
Oviedo y cinco o seis señores más a quienes Primo de
Rivera les hizo un encargo total: un «Estado nuevo».
«Yo no sé -escribe Pemán, en su Confesión General- si
la Constitución que allí se elaboró resultó o no la
de la República de Platón o la Utopía de Tomás
Moro», pues aquella constitución quedó nonnata; no
llegó a promulgarse, ni tan siquiera a discutirse.
Desde mediados de 1929, el régimen del 13 de septiembre
tocaba a su fin. La Dictadura que había dado paz al
país y había elevado su nivel económico, comenzó a
perder el apoyo de la opinión. Primo de Rivera,
consciente de ello, se impuso como plazo para liquidar su
etapa de Gobierno hasta el 13 de septiembre de 1930; pero
no lo agotaría. Comprendiendo que se estaba quedando
solo y sin respaldo -incluso le faltó el apoyo del rey-,
después de una espectacular consulta a los Capitanes
Generales, decidió marcharse. En la mañana del martes
28 de enero de 1930, presentaba al rey su dimisión.
Alfonso XIII la aceptó y encargó a Dámaso Berenguer,
conde de Xauen, que formara Gobierno.
Poco después, el 16 de marzo de 1930, «rodeado de
imponente soledad», Primo de Rivera falleció en París,
en el hotel «Pont Royal». En Madrid, en el teatro
Alcázar, se organizó un acto de homenaje a su memoria,
en el que intervinieron el conde de Guadalhorce, Ramiro
de Maeztu y José M.ª Pemán. Era un acto en pugna con
el ambiente de la calle.
Pemán, con razonamientos que eran ya poesía y salían
por sí solos apasionados, habló de la Dictadura y de la
obra de Primo de Rivera. Y cuando terminó evocando el
entierro del General, cobardemente conducido por las
afueras de Madrid, el teatro se vino abajo, y se nevó de
pañuelos cuando terminó de hablar. No obstante, los
oradores tuvieron que salir por la puerta falsa del
teatro.
III
Tras la primera desorientación de los que habían
colaborado con Primo de Rivera, vino su reagrupamiento en
unión Monárquica Nacional bajo la Jefatura del Conde de
Guadalhorce, en la que se integraron Ramiro de Maeztu,
los ex ministros José Calvo Sotelo y Antonio Goicoechea,
José Antonio Primo de Rivera y José M.ª Pemán, entre
otros. Su primer acto político se celebró en la Plaza
de Toros de Madrid con la hostilidad de quienes
Goicoechea definió allí mismo, como «monárquicos que
se han cansado de serlo».
Este triste espectáculo de Madrid, pocos días después
volvió a darse en Sevilla. Los directivos de la Juventud
Monárquica Sevillana invitaron a Pemán para que hablara
en el «mitin monstruo» de afirmación monárquica que
se había de celebrar en un frontón, junto con otros
oradores representativos de todas las fuerzas
oficialmente monárquicas a la sazón.
Pemán se apresuró a aceptar, pero, pocos días antes de
la celebración del mitin, le llegó el rumor de que los
oradores liberales -el albista y el romanonista- se
negaban a concurrir si figuraba entre los oradores
Pemán. Inmediatamente que le llegó esa noticia, Pemán
escribió al Marqués de Esquivel y demás organizadores
del acto, rogándoles que borrasen su nombre de la lista
de oradores, para que el «albista y el romanonista»
pudieran venir.
En la misma carta anunciaba que pensaba asistir al mitin
cosa que hizo- como mero espectador, «para ser uno más
en la masa que va a afirmar la monarquía, y para
aplaudir, sin partidismo, sin personalismo, cuanto se
diga en su defensa: dígalo quien lo diga».
Royo Villanova, uno de los autores del «veto» tuvo unas
palabras de disculpa para el incidente: «¡Las cosas de
la política!». Y el representante romanonista, un joven
marqués, subrayó la disculpa diciendo: «A los
liberales, frente a la creciente presión revolucionaria,
nos convenía apuntarnos ese tanto de repulsa a la
Dictadura
¡Cosas de la política!».
Berenguer, «un hombre civil enfundado en un uniforme
militar» -como alguien dijo-, llegó al poder con el
propósito de devolver al país la «normalidad
constitucional». Para ello comenzó por prescindir de
los hombres que habían servido a la Dictadura y por
deshacer sistemáticamente la obra de ésta. Mas siendo
un producto híbrido, impotente para el bien por cuanto
era incapaz de hacer una afirmación dogmática y para el
mal por cuanto lo era para toda negación rotunda, con
sus dudas y cabildeos la transición se le va de las
manos, y al evidenciar su debilidad, el deterioro de la
vida política se acelera. Así, el 17 de agosto,
republicanos, catalanistas y socialistas, firman en San
Sebastián el Pacto que incluye el plan para la
implantación del que será nuevo régimen. El 15 de
noviembre José Ortega y Gasset publica en El Sol «El
error Berenguer», que termina de forma lapidaria con su
delenda est Monarchia. El 12 de diciembre se produce la
sublevación de Jaca, con fuerzas del regimiento de
guarnición en la plaza, y que se saldó con el
fusilamiento de los rebeldes, los capitanes de tendencia
marxista: Galán, y García Hernández. Se izó la
bandera republicana y se lanzaron proclamas
revolucionarias. El día 15 se produce, y fracasa, una
sublevación en Cuatro Vientos.
El 9 de febrero se publica en «La Tierra» el manifiesto
de un nuevo movimiento político republicano, la
Agrupación al Servicio de la República, firmado por
José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez
de Ayala, en cuyo texto se formula una crítica al
régimen monárquico, y se hace un llamamiento a los
intelectuales, y en general a la clase dirigente, para
configurar un grupo de presión y de propaganda de la
causa republicana. «El Sol» reproduce dicho manifiesto
el día 11, y el 15 de febrero da cuenta del nombramiento
de Antonio Machado como presidente de la Agrupación. Por
esas mismas fechas, en un célebre mitin en la Plaza de
Toros de Valencia, Niceto Alcalá Zamora anunció a
España el advenimiento de una República de derechas,
«bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados»
dijo, «y con la bendición apostólica del cardenal
arzobispo de Toledo».
Ante estos acontecimientos Berenguer quiso recurrir a la
opinión convocando elecciones generales, pero los
partidos se negaron a colaborar, ya que todos le acusaban
de «ominoso dictador». De esta suerte no le cabía otro
camino que el de la dimisión, que presentó en febrero
de 1931.
Para formar Gobierno fue llamado el almirante Aznar,
hombre totalmente desconocido, de quien se dijo que
«políticamente venía de la luna y geográficamente de
Cartagena»; quien para no exponerse al fracaso de unas
elecciones generales, convocó unas municipales a las que
se fue sin la menor preparación monárquica. Pese a
ello, los monárquicos -según consigna Comellas-
triunfaron en 42 provincias (22.150 puestos) y los
oponentes en las ocho restantes (5.875).
Pero los republicanos porque habían triunfado en las
principales capitales se lanzaron a la calle y pidieron
el poder. El claudicante gobierno cede, ante lo cual
Alfonso XIII, so pretexto de no querer que se derramara
una sola gota de sangre, suspende sus prerrogativas y,
por el Campo del Moro, sale de España camino de
Cartagena donde embarca para el destierro. España que se
había acostado monárquica, se levanta republicana, como
declaró a los periodistas el almirante Aznar.
IV
La «última» República -como llamó Joaquín Calvo
Sotelo a la del 14 de abril- irrumpió en España en un
momento en que nuestro país gozaba del mayor bienestar
material conocido hasta entonces. Venía con el aplauso
de muchas de las más prestigiosas mentes y con el
alborozo de un alto procentaje de escritores y artistas.
Los periódicos hablaban -era frase acuñada- de la
«emoción republicana». Por doquier se celebraban
actos, banquetes y mítines de «emoción republicana».
Aquello, «guste o no, -como dijo Pemán- fue el episodio
más voluminosos de los años treinta». Pero, a su
entender, todavía fue más voluminoso el desengaño.
«La República Española -argüía Pemán- era como un
tren en el que se habían metido juntos republicanos,
socialistas, sindicalistas y comunistas, y cada uno iba a
una estación distinta, y cada uno creía que el tren iba
a parar a la estación a donde él iba, y nadie sabía
dónde iba a parar el tren. Por eso
añadía-, los anatemas que ahora lanzan los mismos
republicanos -el «no es eso» de Ortega y Gasset, el
discurso de Unamuno, las diatribas de Maura, el
descontento de los lerrouxistas- no son más que los
gritos angustiados de unos viajeros que ven que el tren
se les pasa de la estación y sigue su vertiginosa
carrera».
En estas condiciones era natural que el nuevo sistema no
marchara bien. Y cuando caducó la luna de miel y se
quitó el antifaz, se vió en toda su desnudez la
sustancia antinacional de que estaba impregnado. «Nos lo
secuestró todo -decía Pemán-, el himno, la bandera, y
también, y eso fue más serio, el nombre de España»,
lo que unido a otros desmanes, explica que personas tan
poco sospechosas como Salvador de Madariaga pudiesen
exclamar: «¡Qué bella era la República en tiempos de
la Monarquía!.»
Para defenderse, a finales de 1931, el marqués de
Quintanar, Ramiro de Maeztu y Eugenio Vegas, concibieron
la idea de fundar una revista con el nombre de «Acción
Española» y dar vida con el mismo nombre a una
Asociación Cultural que mediante publicaciones,
cursillos y conferencias, fraguara en pensamiento vivo
los ideales de la España tradicional, los del
catolicismo y la monarquía. Fue aquí donde por primera
vez, Pemán leyó su Elegía de la Tradición de España,
en la que cantaba a la tradición como sustancia de la
persona. Uno de los primeros actos celebrados en los
locales de Acción Española, fue una conferencia de
Pemán sobre La traición de los intelectuales.
De conformidad con su tesis, Alfonso XIII fue en buena
parte tan «regeneracionista» como sus más egregios
contemporáneos. «¿Qué otra cosa, cree ver en Don
Miguel Primo de Rivera sino el famoso cirujano de hierro?
¿Qué significa su viaje por las Hurdes, sino ese
redescubrimiento de los tesoros de España a lo Azorín o
a lo Machado? Y ¿qué otra cosa su neutralidad del año
14, y su humanitario servicio de asistencia a heridos y
prisioneros, sino la sintonía exacta de la conciencia
popular del momento, entre los artificios políticos de
una germanofilia que era poco más que marchosería y una
francofilia que era poco menos que snobismo?».
De aquí, la paradoja -añade-, de «la cruel acusación
de los intelectuales», que le llevó al destronamiento.
Después de execrar «el panorama de fantasmas» montado
por Cánovas, le acusan de haber sido infiel a esa
fantasmagoría. Le zahieren por violador de una
Constitución que nunca respetaron ellos. Se ponen al
«servicio de la República», el filósofo de la «nueva
política», bien parecida a la que el rey hubiese
querido; el poeta y el médico que le han visto en las
Hurdes como un excursionistas humanitario al estilo de
Giner, y el novelista que hace decir a un personaje de su
Belarmino: «la disciplina militar es abominable porque
es inculta, pero la cultura moderna es abominable porque
es indisciplinada». Acusaban al rey por la Dictadura
militar, pero suspiraban por el despotismo ilustrado, los
que hubiesen podido «ilustrar» aquella dictadura».
Por estos días, Pemán publica su primera novela larga,
De Madrid a Oviedo pasando por las Azores, la que como
él mismo dice, más que una novela era un arma de
urgencia, el adjetivo que primero se viene a la pluma en
el momento de la indignación.
En esta novela, Pemán, riéndose y haciendo reir, dice
verdades como puños, como aquella de que «ser
republicano o revolucionario en la España de 1930, era
tan delicioso como estar convaleciente»; llama a los
socialistas los aprobados sin plaza en la burguesía; y
delimita con claridad al obrero, al trabajador y al
proletario, este último queda -según dice- «para uso
de la sociología y de los comités».
Cuando ya tenía bien asentada su fama de orador, de
prosista y de poeta, Pemán se revela como autor
dramático con El Divino Impaciente. Esta obra -como
escribió González Ruiz- iba encaminada a iniciar una
campaña de teatro que llevase al espíritu público la
reacción contra la persecución de la República contra
la Compañía de Jesús, y concitase la simpatía y la
admiración a la orden ignaciana.
El Divino Impaciente -a juicio de Ferrer Horte- vino a
constituir un escenario ante el cual acudían diariamente
a desahogarse muchos de los que reaccionaban contra las
medidas gubernamentales anti-iglesia y contra la
afirmación azañista de que «España había dejado de
ser católica».
A este poema dramático le sigue otro, Cuando las Cortes
de Cádiz, de gran fidelidad histórica y de fuerte
contenido político. Como dice Entrambasaguas, esta obra
va contra el democratismo de las Cortes gaditanas y,
gracias a las cuales, aunque el enemigo francés sea
vencido, se lo mantiene dentro con el liberalismo
masónico. La obra, en virtud de sus cualidades
dramáticas y poéticas, tuvo tan gran éxito, que su
personaje central, Lola «la piconera», mujer de amor y
sacrificio, leal a su patria, ha entrado -como ha escrito
Ramón Solís- por la puerta grande de la historia de
Cádiz, donde la consideran una heroína gaditana, tan
real y no menos heroína que Agustina de Aragón. Muestra
de ello son estos versos finales que puso en labios de
uno de sus personajes estupendos:
«Todo está dicho al revés,
y entretanto, la Nación
dividida y arruinada:
la moral pisoteada,
perdida la religión.
Y por toda solución:
promesas, conceptos
¡nada!»
Ante lo cual Otero se pregunta: «¿Y dió para todo esto
su sangre la Piconera?» A lo que contesta El Rancio:
«¡La Lola murió del mal
de que está muriendo España!»
En las segundas elecciones de la República, Pemán
salió elegido como diputado independiente por la
provincia de Cádiz.
Escribe en su Confesión General que, como apenas le
interesaba el juego artificial del Parlamento para el que
se sentía poco dotado, tardó mucho en hablar en el
mismo. Al fin, después de bastante tiempo de ser
diputado silencioso, se decidió a intervenir cuando se
discutió y aprobó un proyecto de amnistía para los
implicados en el levantamiento del 10 de agosto, a cuyos
muertos ya había dedicado antes un Salmo y había
exaltado el romántico episodio en muchos discursos.
Sin cuidarse ahora del lugar en que estaba, pidió la
palabra y en medio de tempestades de protesta en los
bancos de las izquierdas, defendió lisa y llanamente,
«la rebeldía del 10 de agosto». Indalecio Prieto
calificó a este discurso de «trallazo en la cara del
régimen», y enzarzado en una discusión violentísima
con la minoría monárquica, les arrojó desde su escaño
un vaso de agua, con el que hirió ligeramente en una
mano al Conde de Rodezno.
Tras este episodio y consciente de que sus condiciones
oratorias no eran adecuadas para tal lucha, no volvió a
hablar más en el Congreso, ni casi asistió a sus
sesiones, pero como los torpes ensayos republicanos
habían puesto en juego cosas tan entrañables como la
fé, la patria, la historia y la familia, Pemán,
católico de convicción y extraordinario patriota, se
impone la obligación de acudir en defensa de estos
postulados y siguiendo la recomendación apostólica de
que «la fe entra por los oídos», pronuncia
innumerables discursos en ese sentido, llenos de
autenticidad y de rigor, con vibración muy alta.
En todos estos actos, a Pemán le gustaba aclarar que él
«no era político» y, por ende, no se presentaba en
nombre de ningún partido. «Yo hablo -decía- en nombre
de toda la profundidad de la conciencia de España, que
queda más allá de todos los partidos, de todos los
distritos. Yo hablo en nombre del viento que entra y
sale, como por los ojos vacíos de una calavera, por los
huecos de los paredones de los conventos derruídos y las
iglesias quemadas, y hablo en nombre del silencio
tradicional de la madrugada del Viernes Santo de Sevilla;
yo hablo en nombre de las escuelas sin cruces, de los
cementerios sin capilla, de las verdades profundas de
nuestra tradición».
V
Entre finales de 1932 y 1933 se produjo una aproximación
de los elementos monárquicos de las dos ramas
dinásticas. Oradores de procedencia alfonsina,
integrados en Acción Española, y tradicionalistas
hablaban de unidad en diversos actos. Así en Sevilla,
Lamamié de Clairac, diputado tradicionalista por
Salamanca, en el cine Llorens decía: «Los proscritos de
Viena y Fontainebleau quieren que trabajemos todos juntos
en contra de la revolución». En el cine Pathé,
también de Sevilla, el conde de Vallellano argüía:
«Quien ha mantenido toda su vida un
ideario coincidente en muchos puntos con los
tradicionalistas, tiene ahora que estar con ellos». El
exministro Antonio Goi-coechea, en un mítin celebrado en
el Teatro de la Comedia de Madrid a raíz de la
Constitución de Renovación Española, de la que fue
presidente, decía:«Antes, del tradicionalismo nos
separaba mucho; hoy casi nada, y en el porvenir, nada».
Y Pemán, abundando en esta tesis, en un acto celebrado
en el Monumental Cinema de Madrid el 22 de enero de 1933,
después de hacer el diagnóstico de los males que en
aquel momento afligían a la patria, con «las cárceles
abarrotadas de detenidos gubernativos sin causa, sin
razón y sin proceso; el viento apestoso de la
soplonería, corriendo todos los ámbitos nacionales y
llevando de aquí a allá los olores y los miasmas de las
sentinas masónicas; las cartas, llegando a nuestras
manos, húmedas todavía de la segunda saliva ácida del
intermediario que las desfloraba y las abría; la prensa
del honor, amordazada o suspendida»; propugna como
medida urgente de defensa contra aquello, la unión
circunstancial de todas las derechas, en una zona neutral
y mínima de defensa, como se encuentran en una misma
tabla salvadora los que están a punto de perecer en un
naufragio», y tras ello aboga con insistencia por que se
rinda un homenaje de gratitud y de justicia a los hombres
de la Comunión Tradicionalista, a quienes dice: «En
estos momentos en que, barridos distingos y atenuadas
fronteras, nos unimos todos para la gran batalla, yo os
saludo con un garabato de mi espada de cruzado a
vosotros, los que levantáis sobre el altar de España la
blancura inmaculada de la flor de lis, que aparece que
resume y compendia todas vuestras blancuras: la blancura
de vuestro pasado, que es una historia sin tacha, y la
blancura de vuestro porvenir, que es una blanca página
inédita, donde todavía puede escribirse todo, puesto
que todavía no ha fracasado nada».
A finales de 1935 aparecieron sus famosas Cartas a un
escéptico en materia de formas de gobierno, en las que
con abundancia de documentación histórica y doctrinal
hace una defensa de la monarquía tradicional, es decir,
de la forma de gobierno que con sus instrumentos de
unidad y continuidad había construido a España, al
tiempo que reprueba tanto a la llamada monarquía liberal
y parlamentaria -la que se le antoja ser una «monarquía
disfrazada de república, como los hombres y mujeres en
una orgía de carnaval»-, como al accidentalismo, cuyos
portavoces llama «gubernamentales de Nerón», pues no
concibe que las formas de gobierno puedan ser
accidentales; porque frente a la política, que es
precisamente el arte de las formas mejores para organizar
a un pueblo; frente a la política, que es un arte de
formas, las formas no pueden ser accidentales, y tienen
que pasar a ser sustanciales, puesto que ellas son la
sustancia de que la política se ocupa y sobre la cual la
política elabora sus tesis y sus construcciones.
Y, como colofón, advierte al «escéptico» que en sus
cartas no se ha propuesto agotar el tema, ni elaborar una
monografía, porque «para suministrar razones relativas
a lo que la monarquía ha sido en nuestra Historia y de
lo que la república es en la actualidad, no le hubiera
escrito estas ocho cartas. Para lo primero basta
cualquier manual, para lo segundo bastan los telegramas
de prensa de cada mañana».
Con ocasión de la boda en Roma de Don Juan de Borbón y
Battenberg con Doña María Mercedes de Borbón y
Orleans, princesa de las Dos Sicilias, Acción Española
de la que entonces era presidente Pemán, en un saloncito
privado del Gran Hotel, organizó un almuerzo íntimo en
honor del novio. Mas como éste, a causa de una gripe
benigna no pudiera asistir, dirigió a Pemán una carta a
la que se dió lectura después de los discursos de
rigor, en la que decía: «En la visión de aquella otra
España que inspira vuestra obra, y que surge cada vez
con más vigor en vuestras páginas, en ellas he hallado
siempre un noble estímulo y hasta he creído hallar un
tácito mensaje de afecto. Maeztu, Pemán, Pradera, Sainz
Rodríguez, Rodezno, Goicoechea, Solana, Riber, Calvo
Sotelo, Lozoya, Villada, Giménez Caballero, Montes, y
cuantos habéis puesto lo mejor de vuestras actividades
bajo el signo de la Cruz de Santiago, habéis mostrado
cómo la sagrada tradición de España, se coordina con
las más modernas doctrinas». Y añadía: «Por cuanto
habéis contribuído a mi formación intelectual y moral,
aceptad mi reconocimiento, llevad mi saludo afectuoso a
todos los asociados a vuestra cruzada y aseguradles que
en el amor a España, en el culto a sus tradiciones, en
ideas y sentimientos se halla siempre entre vosotros,
Juan».
En esta carta en la que -según Fernández de la Mora-
«don Juan hizo su primera declaración política», el
Conde de Barcelona que aún no había sido proclamado
heredero, se adhería a la monarquía tradicional,
antipartitocrática y con representación orgánica que
defendía Acción Española, en frontal oposición a la
monarquía canovista, caída en 1931». Y treinta y cinco
años después, Pemán refiriéndose a este evento en sus
Almuerzos con gente importante, insistía en que esta
enumeración de nombres que se hace en la misma, tenía
mucha importancia porque «proclamaba un aprendizaje
doctrinal totalmente tradicionalista, y destacaba como
maestros a jerarcas carlistas, que proclamaban la unión
de las dos ramas, en la persona de Don Juan».
VI
Desde el mismo instante en que tuvo noticias de haberse
iniciado el Alzamiento Nacional, Pemán puso al servicio
del mismo su voz y su palabra, escribiendo poemas, como
el Romancero Carlista (publicadas en álbum con el
título de Por Dios, por la patria y el rey, con
ilustraciones de Carlos Sainz de Tejada), crónicas de
guerra, la mayor parte de las cuales se reunieron en un
volumen con el título de Arengas y crónicas de guerra,
hablando regularmente en los micrófonos de Radio Sevilla
y, enardeciendo con sus palabras a la gente de tal forma
que -como señala Eugenio Vegas- llegó a convertirse en
el «portavoz del elemento patriótico del Alzamiento».
Incluso llegó a establecerse más tarde por orden del
Generalísimo -añade Vegas-, a las puertas mismas de
Madrid, cuando parecía inminente la entrada en la
capital, para que se apresurara a saludar al pueblo
madrileño en nombre del ejército. Esta narración de la
entrada en Madrid de las Fuerzas Nacionales la recogió
en tres artículos que se publicaron en una cadena de
diarios de España y América y fueron luego reunidos en
un folleto titulado Historia de tres días.
Esta actividad, no significó, una interrupción de su
quehacer literario. Según expresa en la Confesión
General, la obra literaria de más aliento o de más
ambición que le inspiró aquella hora de guerra fue el
Poema de la Bestia y el Angel, que ha sido considerado
«el poema épico de la cruzada» En el largo prólogo,
Pemán afirma:
«Durante las primeras veinticuatro horas del Movimiento
Nacional, pudo alguno dejarse llevar por la idea fácil
del «golpe militar». Luego, durante unos meses,
todavía se pudo uno confundir con la idea simple de la
«guerra civil»: una marcha rápida sobre la capital, el
asalto a los centros ministeriales
y un pleito
español ventilado. Pero no: de pronto, allí, ante
Madrid, en el centro de España, con el fondo velazqueño
de los crepúsculos de noviembre, la contienda perdió
todos sus disimulos y se la vio toda su estatura
universal e histórica. Frente a nosotros estaban,
recién llegadas, las brigadas internacionales. Aullaban
durante los combates mil acentos varios en las líneas
enemigas. Una mañana la Casa de Campo amaneció regada
de cadáveres cosmopolitas: había rusos, franceses,
belgas, senegaleses, argelinos. Por los jardines reales y
dieciochescos desagüaban todas las madronas morales de
Europa y sus colonias. Yo ví en el suelo el inmenso
cráneo rapado de aquel ruso y la oreja de aquel negro
con una argolla de oro
Mientras que, frente a
ésto, nuestras tropas recibían allí en aquellos días,
la noticia del reconocimiento de la España nueva, por
Italia y Alemania. Roma y Germania, los dos componentes
integrantes de Europa, tornaban a fundirse en el crisol
de España. Sonreían Alfonso el Sabio y el Emperador don
Carlos, soñadores del Sacro Romano Imperio Germánico.
Por donde quiera que se mirase todo estaba lleno de
enormes perspectivas y dilatadas trascendencias. Todo
estaba listo para grandes cosas. Nos tocaba sufrir otra
vez gloriosamente. Teníamos otra vez medio mundo detrás
y medio delante. Estaban, otra vez, frente a frente, como
Apolo y Vulcano en la fragua velazqueña, las dos únicas
fuerzas del mundo: la Bestia y el Angel. Los aires
estremecidos de fuego, se habían llenado de una terrible
Anunciación. Y España, por quinta vez en la Historia,
aceptaba su destino y derribaba la cabeza para decir: He
aquí la esclava del Señor
Y yo creí entender cuál tenía que ser mi parte de
esclavitud y de responsabilidad. Había pasado la hora de
las crónicas ligeras y de los romances cortos. Yo creí
entender que había llegado la hora de intentar un poema
épico
»
A pesar de su aversión por los cargos públicos, durante
la guerra fue nombrado vocal de la Comisión de Cultura y
Enseñanza de la Junta Nacional de Burgos, que equivalía
a ser ministro de Educación, cargo que desempeñó hasta
que, constituido más adelante un Gobierno formal, al fin
le hicieron caso y la cartera pasó a Pedro Sainz
Rodríguez. Como Presidente de Acción Española, quedó
integrado en F.E.T. de las Jons y nombrado miembro del
Consejo Nacional.
Desde 1939 a 1940, desempeñó interinamente la
presidencia de la Real Academia Española, y desde 1940 a
1942 ostentó dicho cargo por elección efectuada en
forma reglamentaria, pero en esta última fecha, ocurrió
un incidente que había de influir decisivamente en las
futuras relaciones con las jerar-quías del régimen. En
la primavera de 1942, la Academia de Jurisprudencia y
Legislación rindió homenaje a su Presidente perpetuo,
José Calvo Sotelo, mediante un ciclo de conferencias en
el que intervinieron entre otros su hermano Joaquín
Calvo Sotelo, Eduardo Aunós, Luis Jordana de Pozas,
Recaredo Fernández de Velasco, José Yanguas Messía,
Antonio Goicoechea, Eugenio Vegas Latapié y José María
Pemán que clausuró el ciclo.
La conferencia de Pemán, a la sazón Director de la Real
Academia Española, se celebró el 13 de julio, y versó
sobre «Calvo Sotelo, precursor del Movimiento
Nacional». La presidencia la ocupaban algunos ministros.
Terminado el acto se marchó a Cádiz, donde recibió una
llamada en la que le pedían que pasase inmediatamente
por Madrid pues su intervención en la Academia hablando
de Calvo Sotelo no había gustado a las autoridades, a
las que les llegó la versión, desaforada y pintoresca,
que maliciosamente se hizo correr, de que había
aminorado o preterido la figura de José Antonio.
Con el acaloramiento del primer momento, Miguel Primo de
Rivera le dirigió una carta durísima, en la que le
anunciaba su propósito de «ofenderle de obra», y le
imputaba que «no solamente era enemigo del régimen
encarnado en la persona del Caudillo, sino que además
detestaba a José Antonio y a su santo recuerdo».
Este incidente, -según nos dice él mismo en la
Confesión General- quedó solventado rápidamente «como
correspondía de manera lógica, a mi buena fé y a la
hidalguía de los que se llaman como el General y como el
mártir». En cambio, no lo entendió así don José
Ibáñez Martín, a la sazón Ministro de Educación
Nacional, quien ante la extrañeza de todos los
asistentes al acto, por Orden publicada en el Boletín
Oficial de 24 de julio cesaba a José María Pemán del
cargo de director de la Real Academia, nombrando en su
lugar a Francisco Rodríguez Marín. Esta sanción fue
paradójica pues se dio el caso que siendo Consejero
Nacional del Movimiento, no sólo no fuera destituido del
mismo, sino que ni fue amonestado. De ahí, que un amigo
con el que comentara el cese, le dijera con ironía: «si
hubieras dicho haiga o en denantes en un discurso te
hubieran quitado del Consejo Nacional; como tu falta se
pretende que ha sido política, te han quitado de la
dirección de la Academia de la Lengua».
El cese en el cargo al dejarlo más libre le permitió
aceptar para la primavera de 1943 un ciclo de
conferencias, que desde hacía tiempo le venían pidiendo
con insistencia diversos países de América. Cuando al
cabo de más de dos meses regresó de su periplo
ultramarino, decidió llevar a las tablas la figura
complicada, firme y cauta del príncipe Metternich,
alternando con el teatro sus versos, de lo que es muestra
su libro Las flores del bien, que está considerado como
la cumbre de su poesía; sus colaboraciones
periodísticas y sus tareas de conferenciante y orador,
en cuya materia es de destacar el discurso sobre el Padre
Claret, que con ocasión de su canonización pronunció
en la Universidad Gregoriana de Roma y el discurso de
clausura que en el Palacio Nacional de Montjuich y
retransmitido al mundo, pronunció en el magno Congreso
Eucarístico de Barcelona.
VII
El pragmatismo de la política exterior del Ministerio de
Estado, veía la conveniencia de una restauración
monárquica en España que resolviera los problemas que
se plantearían después de la muerte de Franco. El mismo
pragmatismo diseñaba con claridad que para conseguirlo,
la estrategia a seguir por los monárquicos no debía ser
otra que la de lograr un entendimiento con el General, y
no una política de hostilidad declarada, ya que en
aquellas circunstancias, era él, el único que podía
instaurar la monarquía.
Este criterio no dejó de ser percibido por Don Juan en
un viaje que hizo a Inglaterra y a Estados Unidos por
estas fechas, el cual se vio compartido por la Comisión
Ejecutiva Permanente de su Consejo Privado (Pemán,
Valdecasas, Yanguas, Fernández de la Mora, Gamazo y
Pérez Embid), si bien éstos entendieron que, como
medida previa, convendría llegar a un entendimiento con
el sector tradicionalista, dada la vinculación y lealtad
de éste al espíritu del 18 de julio.
El momento parecía propicio. Después de varias
reuniones, en provincias, el 1 de diciembre de 1957 tuvo
lugar en Madrid, una Asamblea de personalidades
tradicionalistas de toda España a fin de lograr lo que
Melgar llamaría más tarde «el noble final de la
cuestión dinástica», a cuyo efecto acordaron requerir
a Don Juan para que de manera fehaciente manifestara si
aceptaba o no los principios señalados por Don Alfonso
Carlos como necesarios para la sucesión legítima de su
dinastía.
En cumplimiento de dicho acuerdo, el 20 de diciembre de
dicho año, una representación presidida por Don José
María Arauz de Robles se trasladó a Estoril y se
constituyeron en Villa Giralda, donde en uno de sus
salones fueron recibidos por Don Juan quien tenía a su
derecha a su esposa Doña María y a su izquierda a su
hija la Infanta Pilar.
Luis Arellano, ex diputado a Cortes por Navarra,
voluntario del Requeté en Somosierra y Presidente que
fue de las Juventudes Tradicionalistas de España, leyó
el acta de la reunión de Madrid, y formuló el
requerimiento de aceptación de los cinco principios
fundamentales de la doctrina tradicionalista, a saber:
1.º La Religión Católica Apostólica Romana como la
unidad y consecuencias jurídicas con que fue servida y
amada tradicionalmente en nuestros Reinos.
2.º La Constitución natural y orgánica de los estados
y cuerpos de la Sociedad tradicional.
3.º El reconocimiento de los derechos históricos de las
distintas regiones que, con sus fueros y libertades
integran la unidad sagrada de la Patria.
4.º La auténtica MonarquíaTradicional legítima de
origen y de ejercicio; y
5.º Los principios y espíritu del Derecho Público
cristiano.
Y a más de ellos, los Postulados Sociales que
proclamaron los grandes pensadores tradicionalistas,
siguiendo las enseñanzas de la Iglesia católica y que
inspiraron al Movimiento Nacional.
Don Juan, contestó aceptando solemnemente en dicho acto
los expresados principios, leyendo a tal fin el documento
que contenía la aceptación, que entregó al final
firmado y rubricado en los tres folios en que está
extendido, sellados con el escudo de la Casa Real y
unidos con un lazo bicolor; y tras ello, tocado con una
boina roja de los tradicionalistas, con las insignias de
Capitán General bordadas en oro, recibió el homenaje de
los asistentes y presidió un almuerzo, al final del cual
pronunció unas palabras, que cerró con los tres gritos
de ¡Viva España!, ¡Viva el Requeté!, ¡Viva la
Tradición! Análogo significado -señala Fernández de
la Mora que asistió a dicho acto- tuvo una posterior
reunión de varios miles de tradicionalistas el 5 de
octubre de 1958 en Lourdes, donde incluso la Condesa de
Barcelona y las Infantas Doña Pilar y Doña Margarita
llevaban la boina blanca de los carlistas.
Como consecuencia de lo que antecede y a los fines
expresados, Don Juan reorganizó el Consejo Privado,
incorporando al mismo tradicionalistas destacados, y
nombrando presidente del mismo a José María Pemán,
quien el día de la Epifanía, en presencia de Don Juan y
de centenares de monárquicos españoles que se habían
trasladado a Estoril para cumplir la tradición secular
de rendir en dicho día homenaje a la realeza, pronunció
un discurso memorable en el que entre otras cosas dijo:
«Nuestro rey al aceptar los principios básicos de la
Monarquía Tradicional que le permitían unir en su
persona las dos legitimidades, no aceptaba una táctica o
verbalismo, sino que proclamaba verdades que le rebosaban
ya del corazón cuando, al escribir en Roma una
histórica carta, llamaba sus «maestros», a Pradera,
Rodezno o Maeztu; ni ninguno de nosotros al venir hoy
ante él, se deja a la espalda ninguna salvedad
sustancial».
A continuación, hace unas sutiles reflexiones a tres
sectores distintos, con las palabras siguientes:
«El hombre de la calle no entenderá nunca por qué
cuantos aman el enorme esfuerzo salvador del 18 de julio,
no reciben con júbilo y como cosa propia a la única
doctrina que puede salvar sus esencias, e, incluso la
mayor parte posible de sus realidades: no entenderá
nunca cómo los que aman la libertad no ven en los cauces
orgánicos de esta doctrina, la única posible
relajación tras las coacciones que impuso la hora
excepcional; y no entenderá nunca, cómo los que han
tenido durante tanto tiempo, fervorosamente, en sus
manos, la blancura de una Tradición que es,
precisamente, por inmaculada, como una página en blanco
en la que todavía puede escribirse todo porque todavía
no ha fracasado nada, no comprendan que lo que tienen es
como una forma santa, de la que ellos han sido, hay que
proclamarlo, los más fieles oficiantes, peero que no se
les ha dado para encerrarla en un sagrario, sino para que
sea ofrecida a todos los comulgantes de España».
Y dirigiéndose a los gobernantes les dice:
«Agradecemos la monarquía que se proclama desde las
alturas, pero agradeceríamos también que de verdad, se
monarquizara el país y la juventud. Agradecemos las
promulgaciones especulativas de la institución, pero
agradeceríamos también las leyes concretas que,
institucionalizando al país, le anticipen asiento y
peana».
Y en la reunión del Pleno del Consejo Privado, celebrado
el 4 de noviembre de 1961, bajo la presidencia del Conde
de Barcelona, Pemán en su discurso, reiterando y
desenvolviendo el contenido de lo anterior, en apretada
síntesis, sustancialmente, declaró:
«Hace algún tiempo S.M. el Rey definía aquí mismo, en
esta Villa Giralda, los principios y fundamentos de la
Monarquía Tradicional
». Y añadía: «A nadie se
oculta cuánta amplitud nacional, por cima de todo color
y monopolio, tienen estos principios, abiertos
hospitalariamente a tantos matices y personas. Con
razón, apoyados en ellos, pudo S.M. hacer suyas y
actualizar las palabras de Carlos VII: «Yo no puedo ni
quiero ser rey sino de todos los españoles; a ninguno
rechazo, ni aun a los que se digan mis enemigos».
Como conclusión exhortó a los asistentes a que su
acción incansable alcanzara el grado de calor, la alta
temperatura que requiere la instauración y solidez de la
futura monarquía.
La labor de Pemán en los 12 años que estuvo al frente
del Consejo no pudo ser más ejemplar. Con el expresado
carácter, mantuvo varias entrevistas con Franco;
intervino en los preparativos de la segunda entrevista de
Don Juan y Franco en la finca de Las Cabezas
(Extremadura), donde se concretaron los acuerdos sobre
los estudios universitarios del príncipe Juan Carlos,
después de terminar los de las Academias militares; en
la solución -junto con el embajador Luca de Tena, y el
consejero de Embajada Fernández de la Mora- de algunos
problemas que se plantearon en Atenas, con ocasión de la
boda con la princesa Sofía; en su especial empeño para
la organización de la causa monárquica, fomentando para
ello la creación y desarrollo de los Círculos Balmes,
Amigos de Maeztu, Donoso Cortés, y practicando una
política de integración leal y sincera de todos los
monárquicos de diversas procedencias en torno a los
principios asumidos y señalados por el titular de la
dinastía.
Este buen hacer de Pemán, alcanzó su conclusión el
día 16 de julio de 1969, en que el marqués de Mondéjar
entregó a Don Juan una carta de su hijo, y el embajador
en Lisboa otra de Franco en la que le decía: «Tomo la
decisión de proponer a las Cortes mi sucesor en la
Jefatura del Estado, en favor de vuestro hijo Don Juan
Carlos».
Don Juan reaccionó contra dicha designación con unas
declaraciones públicas el 18 de julio, y disolviendo el
mismo día el Consejo Privado y el Secretariado
Político. para Pemán se cerraba con ello, otra página
de su vida.
Ahora, libre de toda traba política, se adentra en la
televisión con la figura del «Séneca» que lleva a la
pequeña pantalla, tras haber publicado sus Meditaciones
sobre el Tradicionalismo, en 1970 sus Almuerzos con gente
importante, y en 1976 su último libro político, Mis
encuentros con Franco.
En el mes de mayo de 1981, Don Juan Carlos I en el
Palacio de Oriente, en presencia de casi toda la familia
real y de la de Pemán en su totalidad, le hizo entrega
del Toisón de Oro y de sus insignias. Con ello realizaba
un acto de justicia, reconociendo así, una vida
consagrada sin reservas al servicio de las letras, de la
Monarquía y de España.
Dos meses después, el domingo 19 de julio, a las dos
menos diez de la tarde, expiró en su Cádiz José M.ª
Pemán. Con él, España perdió a una de sus figuras
más eminentes en el campo de las letras, a un hombre
bondadoso, portavoz del patriotismo de invocaciones
tradicionales, y de un cristianismo profundamente
practicado. De él puede decirse sin hipérbole lo que
aparece escrito en la sepultura de Don Fernando Ruiz de
Castro: «Aquí yace Don José M.ª Pemán: toda la
lealtad de España».
José F. Acedo Castilla
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Editorial Escelicer, 1947, 1948, 1949, 1950, 1953 y 1964.
Confesión General, en Obras Completas, tomos I y V, 1947
y 1953.
De la Vida Sencilla. Prólogo de Francisco Rodríguez
Marín, en Obras Completas, tomo I.
El Viático. Ibidem.
Poema de la Bestia y el Angel. Ibidem, tomo I.
Elegía de la Tradición de España, precedida de un
Prólogo del autor. op. cit., tomo I.
Romancero Carlista publicado en álbum bajo el título
«Por Dios, por la Patria y el Rey», en op. cit., tomo
I.
Las Flores del Bien. op. cit., tomo I.
De Madrid a Oviedo pasando por las Azores. op. cit., tomo
II. Editorial Escelicer, 1948.
Cuentos sin importancia, op. cit., tomo II.
Volatería. Ibidem.
El divino impaciente. op. cit., tomo IV, 1950.
Cuando las Cortes de Cádiz. Ibidem.
Meternich. Ibidem.
Cartas a un escéptico ante la monarquía. Editorial
Rialp, 4ª edición, con una nueva introducción y un
juicio crítico por Ramiro de Maeztu. Madrid, 1956.
Calvo Sotelo, precursor del Movimiento Nacional.
Conferencia pronunciada en Madrid, en la Real Academia de
Jurisprudencia, el 13 de julio de 1942. op. cit., tomo V.
Discurso en el Congreso de los Diputados pronunciado el
20 de abril de 1934, al discutirse la Ley de Amnistía
por los sucesos del 10 de agosto. op. cit., tomo V.
La Vuelta a la Bandera. Discurso pronunciado desde el
micrófono de la Divisón de Sevilla, el 15 de agosto de
1936. op. cit., tomo V.
Historia de tres días. op. cit., tomo V.
Prólogo a «El Conde de Barcelona» de Gutiérrez Ravé.
El Requeté, tomo VI, 1964.
Alfonso XIII, el pueblo y los intelectuales. op. cit.,
tomo VI.
Discurso pronunciado en el Monumental Cinema de Madrid,
el 22 de enero de 1933. Información y texto
taquigráfico publicado en el «Siglo Futuro».
Discurso pronunciado en «Villa Giralda» (Estoril), el
día de la Epifanía de 1959. Recogido taquigráficamente
en «Legitimidad», nº 4. También en El Conde de
Barcelona de Gutiérrez Ravé, obra cit.
Texto íntegro del Discurso pronunciado en la reunión
del Pleno del Consejo Privado el 4 de noviembre de 1961,
reiterando el espíritu y alcance de los principios
aceptados por Don Juan en 1957. En «El Conde de
Barcelona» de Gutiérrez Ravé.
Meditaciones sobre el Tradicionalismo. Publicado en la
Revista «Punta Europa». Madrid, mayo de 1961.
Mis almuerzos con gente importante. Editorial Dopesa.
Barcelona, 1976.
Mis almuerzos con Franco. Editorial Dopesa. Barcelona,
1976.
24. Sainz RodrÍguez, Pedro. Un reinado en la sombra.
Editorial Planeta. Barcelona, 1981.
25. Salazar Alonso, Rafael. Bajo el signo de Caín.
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27. Tejera Quesada, Domingo. Los parásitos del Trono.
Compañía Iberoamericana de Publicaciones. Madrid, 1931.
28. Vegas LatapiÉ, Eugenio. Los caminos del desengaño.
Memorias políticas [II]. 1936-1938. Editorial Giner,
1987.
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