Un mensaje del
Kremlin
El plan
estaliniano de retirada de la guerra en España, comenzó
a partir de un mensaje traído desde Moscú por un
representante soviético, el búlgaro Stepanov. El
mensaje, como todo acto de los dirigentes del Kremlin,
era cauteloso, de soslayo, apunte de una finalidad no
confesada, que trata de no descubrir las últimas
intenciones.
Stalin «aconsejaba» simplemente que el partido
comunista se dispusiera a «retirarse del Gobierno».
Después de año y medio de guerra, con tanto ruido de
campanas soviéticas por todo el mundo, los estrategas
del Kremlin se decidían a sacar sus manos de aquella
contienda.
Para asombro de muchos y de mí mismo, que nunca pensé
que los soviéticos se atrevieran a confesarlo algún
día, el mensaje en cuestión se menciona en el libro
Guerra y Revolución en España: 1936-39, editado
oficialmente en Moscú (Editorial Progreso). En su tomo
4.º, página 75, se escribe: «La Internacional
Comunista había propuesto a la dirección del PCE, en
los primeros días de febrero de 1938, que estudiara si
no sería oportuno y conveniente que los ministros
comunistas salieran del Gobierno». En realidad, lo que
parece una confesión es un medio de presentar el aspecto
mínimo de la maniobra como algo que en fin de cuentas no
se cumplió, puesto que el partido comunista siguió
representado en el Gobierno; y también es un medio de
fijar la atención sobre el suceso menor y pasajero,
tratando de hacer olvidar los hechos mayores que forman
la historia del final de la guerra. Pero la verdad del
mensaje está ahí, reconocida y consignada, negro sobre
blanco.
Nadie entendió, en Valencia primero y en Barcelona
después, es decir, en los organismos centrales del
partido comunista, que la «retirada» fuera simplemente
«del gobierno», sino de la lucha, de la guerra, de la
defensa de la República, de las trincheras del
«antifascismo». Consecuencias que se deducían del
primer paso, sin interrupción posible. ¿Adonde se
trataba de llegar? El mensaje tropezó en España con
lectores habituados a interpretar el lenguaje críptico
de los padres del socialismo. La cautela se disipó tan
sólo ante el olfato de algunos escarmentados del
sistema, entre ellos, Jesús Hernández.
Aún recuerdo su apasionada y sobresaltada actitud en un
debate, que nunca fue público por supuesto; pero que en
un momento dado salió desde el recinto privatísimo del
politburó a espacios más abiertos, siempre en el local
del partido. Hernández discutía tranquilamente; pero, a
veces gritaba. Con asombro por mi parte, pude escucharle:
«Retirarnos del Gobierno en este momento sería la
catástrofe, estaríamos conduciendo al pueblo español a
una derrota segura. Si el Gobierno puede continuar la
política de resistencia es tan sólo gracias al apoyo
que le damos nosotros. Al abandonar nuestra
colaboración, el Gobierno caería en manos de los
capituladores».
Los argumentos de Hernández brotaban ante el silencio o
las réplicas desconcertadas de sus compañeros: «Sería
el desastre. ¿Podemos permitir que eso suceda? Y en otro
orden de cosas, ¿cómo podríamos explicar
satisfactoriamente la retirada de nuestra colaboración?
Somos nosotros los que hemos bautizado al Gobierno con el
nombre de Gobierno de la resistencia. ¿Le vamos a decir
al pueblo que nos retiramos porque el Gobierno ha dejado
de ser lo que era? ¿Vamos a pronunciarnos por otro tipo
de Gobierno o simplemente vamos a decir que lo
abandonamos todo? ¡T-o-d-o, repito! Porque nadie se va a
engañar en nuestro país. Retirarnos de la colaboración
gubernamental sólo puede tener esa interpretación para
quienes nos han seguido hasta ahora. El pueblo entenderá
que nuestro propósito es el abandono de la lucha».
Años más tarde, en 1952, en una conferencia pronunciada
en Belgrado, Jesús Hernández -ya separado del partido
comunista- recordó aquel momento de nuestra guerra y su
airada protesta de entonces: «Como el consejo del
Kremlin era de sabor tan claramente derrotista, a pesar
de nuestra fe en Moscú, dos miembros del Buró
Político, precisamente los que ahora estamos fuera del
partido (el otro era Martínez Carton) nos opusimos
terminantemente. Togliatti, Stepanov y Codovilla, los
tres consejeros principales, nos pintaron un panorama
internacional tan angustioso que parecía inminente el
desencadenamiento de la guerra mundial, el ataque de las
potencias del Eje a las vacilantes democracias, lo cual
exigía un sacrificio de nuestra parte para impedir la
castástrofe y, sobre todo, cualquier ataque a la URSS so
pretexto del peligro comunista en España por la
influencia que los comunistas teníamos en el Ejército y
en el Gobierno de la República».
Hernández siguió diciendo en Belgrado: «Ante tales
argumentos quizá por primera vez, debo confesarlo,
comprendí que estábamos sacrificando criminalmente los
intereses de nuestro pueblo a las conveniencias de la
Unión Soviética, y quizá también por primera vez
comencé a ver claro que para la URSS la guerra de
España no representaba otra cosa que un peón en el
ajedrez de su política internacional
En los
rincones de mi cuarteada fe anidaban las dudas más
penosas. ¿Es posible que la URSS nos sacrifique y
sacrifique a todo nuestro pueblo por sus razones de
Estado?
Era un trágico conflicto de intereses entre las
conveniencias de la URSS y la defensa de la República.
Había que escoger, y al partido comunista «de España»
(!) se le obligaba a aceptar lo que Moscú quería. Más
tarde, en 1974, el entonces secretario general del PCE se
explayó en una entrevista -en París- con Max Gallo y
Régis Debray, publicada luego en forma de libro: Demain
l'Espagne (1975). A quien era el número uno del partido
en aquella fecha, los entrevistadores le plantean el
problema de «la elección a menudo democrática» entre
los intereses de un país determinado y el interés
«superior» -que pueden ser las razones de Estado- de la
Unión Soviética. El dirigente comunista español
contesta: «Hay que responder en función de la
situación concreta». Y en seguida añade: «Si me
hubieras preguntado en 1938 lo que yo, comunista,
prefería, la victoria de la España republicana al
precio del hundimiento de la Unión Soviética o la
inversa, ya te he dicho que habría escogido la segunda
proposición»
Hay un «sí» condicional, a modo de escapatoria. Pero
no se trataba de una hipótesis, sino de una situación
concrecta, vivida y dramática, y el jefe del partido
comunista confiesa en 1974, que prefería -que prefirió-
el hundimiento de la República. Fue, pues, la línea que
el partido comunista acató, y en la que «trabajó» con
todos y por todos sus medios desde febrero-marzo de 1938
hasta la puñalada final. Pero ¿qué significa decir:
«el hundimiento de la República?» La República no era
un dato abstracto o insignificante: era el régimen que
los propios comunistas identificaron en su propaganda con
«la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva»,
había dicho Stalin. Era esa República, esa causa, la
que el partido comunista se dispuso a destruir. Ante la
suprema conveniencia de Rusia, que se hunda la imagen
glorificada, por la que entregaron su vida miles y miles
de españoles, y se coloque sobre sus tumbas como un
epitafio sarcástico: «Muerto por equivocación».
El «consejo» inicial transmitido desde Moscú -el
proyecto de abandonar el Gobierno- fue modificado, en una
forma que se presentaba como una rectificación, pero que
venía a ser un desarrollo de un engaño mayúsculo. El
partido comunista -leamos la mencionada historia contada
desde Moscú, tomo 4.º, p. 76- «decidió continuar en
el Gobierno, pero a fin de facilitar la solución de la
crisis no opuso ningún inconveniente a reducir su
representación en el Gabinete a un solo ministro». Era
eliminado precisamente Jesús Hernández. Podía ser un
castigo. Y a la vez podía parecer que se aceptaba a
medias la recomendación del Kremlin. En realidad se
pretendía mejorar la propuesta soviética. Trataré de
explicarme.
Los rusos se habían equivocado, como a menudo les
ocurría cuando tropezaban con las condiciones y las
circunstancias internas de los países donde actuaban sus
agentes. La retirada del Gobierno era, por lo menos,
confesar cierto desinterés o despego en relación con
una guerra de la que el comunismo, por su intervención
en ella, venía obteniendo dentro y fuera de España
considerables dividendos políticos, un capital que se
iba a desbaratar precipitadamente. El comunismo no podía
aparecer como alejándose o desinteresándose de una
lucha que había despertado la adhesión de muchos
millares de hombres y mujeres de todo el mundo a las
banderas del Komintern. La fórmula -resulta en las
discusiones de Barcelona entre comunistas españoles y
representantes directos del Kremlin- era un cambio
pérfido que «mejoraba» los términos del
planteamiento. Significaba continuar presentándose como
los más abnegados defensores de la República y como los
motores del Gobierno. El comunismo iba a actuar
ocultamente sin dejar traslucir ninguna desafección. Iba
a actuar como una quinta columna desde dentro de la
República, y mejor estando en el Gobierno y con hombres
suyos en los puestos de decisión militar y política. Se
daba a la propuesta soviética un giro más alevoso y
más eficaz. Los comunistas iban a ser, de hecho, los
organizadores de la derrota; pero debían encontrar la
manera de culpar a otros del desastre y seguir
apareciendo como los más consecuentes luchadores, como
los campeones de la resistencia, como los más leales
defensores de la causa republicana. Los comunistas
debían salir de la lucha con sus banderas en alto. Los
traidores serían todos los demás. Hay que reconocer que
la nueva fórmula, más sinuosa, quedaba más centrada en
la naturaleza de disimulo y doble juego propia del
marxismo-leninismo como doctrina y como experiencia
universal.
Puede entenderse -a la vista de los hechos históricos-
que el plan de Stalin no era simplemente la huida frente
a «posibles complicaciones internacionales» -como
dijeron los representantes del Kremlin-, sino algo mucho
más concreto y atrevido: el pacto con Hitler. Este
pacto, consumado en agosto de 1939, debió levantar
sospechas en los que habían seguido con pasión la lucha
por la República, sospechas -digo- sobre la claridad y
la limpieza del «antifascismo» de la URSS y de los
comunistas. Debió hacer reflexionar sobre muchos sucesos
-visibles y resonantes- que fueron multiplicándose en
los últimos meses de la guerra.
He dicho más arriba que la línea del desastre fue una
curva, no una línea recta. Hubiera sido seguramente más
fácil lanzarse al precipicio por la vertical. En la
etapa de la guerra cuyo comienzo coincide con la llegada
al Mediterráneo de las tropas de Franco, incluso desde
antes, casi todos los grupos «antifascistas» están
cansados y desesperados. Casi todos desean que la guerra
termine.
Precipitar el desastre hubiera sido fácil. El comunismo
se hubiera limitado a dar facilidades, no estorbando esa
corriente de derrotismo, y la guerra habría tenido su
punto final en un dos por tres. Pero los hombres de rusia
no deseaban aparecer entre los capituladores. Los
capituladores debían ser «los otros», y ellos gritando
«resistencia» y «luchar hasta el último español
antifranquista». Por otra parte, se presentaba la
posibilidad de una paz lograda con la mediación de los
ingleses. Y una de las condiciones del juego soviético
-en el camino de su acercamiento a Hitler- era impedir
cualquier grado de influencia de Londres en la futura
situación de España. Había que liquidar la guerra,
pero hubo que dar ciertas vueltas y pasar por
determinadas contemplaciones.
Por último, la línea de los sondeos, de los contactos,
de los avances diplomáticos, de la comunicación entre
insinuante y negociadora con la Alemania nazi, no era
tampoco una línea recta. El proceso registraba altos y
bajos, y la amenaza de continuar la guerra como medio de
presión diplomática, frente a Berlín, era en ocasiones
un recurso necesario. En ciertos momentos, se habría lo
posible para desmoralizar y desgastar a los combatientes.
O bien, de pronto, a un ejército desmantelado y casi
desfallecido se le administraba una inesperada inyección
de armas y de espíritu de lucha, suficiente para seguir
un tiempo en la pelea. Era como esos boxeadores al borde
del «k.o.» a quienes se les sacude un balde de agua
estimulante para que puedan aguantar un nuevo round (en
interés de sus empresarios y explotadores).
Quizá se encuentre ahí, por ejemplo, la clave de la
operación militar del cruce del Ebro. Demostración de
fuerza, en medio de una España republicana angustiada y
desamparada donde casi nadie comprendía ese prodigio. Ni
para qué... El resultado fue que el final de la guerra,
casi unánimemente de-seado en la zona se fue postergando
en circunstancias diferentes, con sus altos y bajos,
hasta el hecho de que aquella situación de caos y
desmoronamiento duró todo un año. Cuotas de sangre y
sufrimiento de nuestro pueblo, en artificial y puede
decirse criminal alargamiento, por culpa de una
estrategia de zorras.
Insisto en que el pacto con Hitler debió hacer
desconfiar a muchos, comenzando por preguntarse qué
pasó en Teruel, qué pasó en el Ebro, cómo fue posible
que el coronel Casado tuviera éxito con su golpe de
fuerza, rodeado como estaba de bayonetas comunistas por
todas partes; y cómo fue que el poderoso y disciplinado
aparato guerrero dirigido por comunistas acabara
convirtiéndose -en marzo de 1939- en un cuerpo
paralítico.
La investigación de biógrafos e historiadores, apoyada
en documentos de Estado y en informes de los servicios de
inteligencia, demuestra que Moscú no abandonó en
ningún momento su viejo proyecto de entenderse con
Alemania. Se sabe que los sondeos en este sentido, los
avances diplomáticos, las entrevistas, las ofertas,
fueron una línea de acción ininterrumpida de la
política exterior del Kremlin, desde el principio hasta
el fin de nuestra guerra. Los rusos -en el ejercicio
habitual de su doble juego- enviaban tanques a España y
emisarios a Berlín, simultáneamente. la entrega de
armas, con cuentagotas y a menudo a destiempo, no hay
duda de que estuvo condicionada por los altibajos de las
negociaciones con Alemania.
En diciembre de 1936, agentes personales de Stalin
hicieron exploraciones de entendimiento en Berlín, es
decir, en plena guerra española, cuando estaba
desarrollándose la defensa de Madrid con tanques y
aviones rusos y con las brigadas internacionales.
Puede pensarse con toda lógica que los «trabajos» de
la diplomacia moscovita para el acercamiento a Hitler
habían llegado a un punto de madurez o de estimulantes
perspectivas en la fecha del famoso mensaje del Kremlin:
en febrero de 1938 proponiendo un plan para el abandono
en la guerra de España.
He denunciado tal realidad en multitud de ocasiones. En
la revista «Bohemia» de la Habana publiqué el 17 de
julio de 1955 un largo artículo titulado: «Cuando
Stalin entregó la República española a Hitler». El
artículo incluía, entre otros datos, los muy
importantes que doy a continuación. «monsieur
Ristelhueber, ministro de Francia en Bulgaria, escribió
una carta con fecha 16 de diciembre de 1938, dirigida al
Ministerio de Negocios Extranjeros de su país. Refería
en esa carta, de estricta reserva diplomática, una
conversación sostenida horas antes con el jefe del
Gobierno búlgaro, en la que éste le había expresado
sus temores de un posible entendimiento entre la URSS y
la Alemania nazi. La confidencial misiva aparece
publicada en el Libro Amarillo de Francia, de los años
1938-39, página 48.
«Mes y medio más tarde, el 30 de enero (de 1939),
aniversario de su ascenso al Poder, Hitler pronunció un
discurso en el que, apartándose bruscamente de sus temas
habituales, no hizo ningún ataque contra el comunismo ni
contra Rusia. Pocos días antes, el 12 de enero, el
canciller nazi había organizado una recepción
extraordinaria en honor del nuevo embajador soviético
acreditado en Berlín. El día 20 del mismo mes, el bien
informado «News Chronicle» de Londres, se hacía eco de
los pronósticos de un acuerdo entre Hitler y Stalin. Ese
artículo fue reproducido en el diario «Pravda» sin
comentario alguno, lo que quería decir que el alto mando
de Moscú juzgaba útil prepararar de ese modo el terreno
a las noticias que, tarde o temprano, tendrían que
producirse. El 25 de enero, el inglés «Daily Herald»,
órgano laborista, daba cabida a rumores y presagios de
la misma índole. Era el hilo descubierto de una realidad
que se tejía entre bastidores».
«Aún fresca la tinta de todas esas conjeturas e
indagaciones periodísticas, los cables hicieron saber al
mundo que Rusia y Alemania habían suscrito un tratado
comercial y que en adelante la URSS vendería su
petróleo de manera exclusiva a las naciones del Eje. El
10 de marzo (de 1939), Stalin pronunciaba un sensacional
discurso en el que -en vez de atacar a Hitler como era
línea y costumbre de la propaganda soviética- hacía
una violenta acusación contra las democracias
occidentales culpándolas de querer provocar una guerra
entre Alemania y la URSS».
El tartamudeo comunista al que me refiero en la parte que
he reproducido de mi artículo de «Bohemia» es una
peripecia bochornosa que resulta al mismo tiempo
reveladora y ridícula. Sobre todo cuando se trata de la
conducta del partido -inercia, consentimiento,
complicidad- frente al golpe del coronel Casado. Marzo de
1939. Moscú jamás ha explicado nada; los ejecutivos del
PCE, tampoco. Algo después de terminada nuestra guerra,
casi todos los grupos políticos y personalidades
importantes habían publicado textos de cierto interés
como explicación, como crítica o como excusa. Hubo una
avalancha de crónicas, memorias y otros documentos. El
partido comunista callaba. Pasaron los años. En 1947, el
PCE pensó que era conveniente decir algo; y entonces
apareció un libro titulado engañosamente Tres años de
lucha. Su autor, José Díaz, quien todavía figuraba
como secretario general del partido antes de morir en
Moscú defenestrándose en circunstancias terriblemente
dudosas. El libro era una colección de artículos y
discursos, escritos o pronunciados desde junio de 1935
hasta noviembre de 1938. Era una contabilidad de tres
años -que no eran los tres de la guerra- destinada a
confundir. Algunos pensamos -al ver el título- que por
fin los comunistas nos iban a ilustrar sobre la acción
soviética en España. Pues no. El libro se cerraba en
noviembre de 1938. Nos quedábamos sin conocer el
análisis del partido comunista sobre los acontecimientos
finales. Los tres años del título hacían pensar en el
período -completo- de la guerra. Era un truco. Podía
haber la excusa de que José Díaz no escribió ni habló
más desde aquel mes de noviembre, cuando aún faltaba el
derrumbe de Cataluña y todo lo sucedido hasta fines de
marzo de 1939 en la llamada zona Centro-Sur. Pero el
libro incluía curiosamente una cronología que comenzaba
el 14 de abril de 1931, anotando y calificando los hechos
políticos de mayor interés para el comunismo, y
terminaba el 29 de noviembre de 1938. ¿Por qué también
la cronología se detenía en esa fecha? Aquí ya no
cabía ninguna excusa.
En los números de «Mundo Obrero» o en la revista
«Nuestra Bandera» que el PCE estuvo pulicando en
París, jamás se hablaba del comportamiento del partido
en el período de liquidación de nuestra guerra. Muchos
años más tarde, en 1963, Pasionaria entregó lo que
ella quiso en sus memorias, El único camino, pero nada
de nada sobre el tema tabú. El libro es un conjunto de
vaguedades y mentiras, incluyendo llamativamente falsas
disculpas; unas memorias llenas de olvidos. Por último,
empieza a publicarse en Moscú -y en español- algo como
un extenso informe político en varios volúmenes ya
mencionado, Guerra y Revolución en España: 1936-39.
Esta vez eran los tres años completos, pero contando una
historia final, que en parte es un invento y en parte un
enredo de datos reales mezclados con el habitual
confusionismo marxista, de donde, a pesar de todo, se
derivan -por poco que se piense- conclusiones que
confirman la deserción soviética.
No deja de tener interés el hecho de que la URSS y el
partido comunista de España tuvieron que esparar cerca
de treinta años para dar a luz su primer engendro sobre
la guerra (1967 es la fecha del comienzo de la edición).
Pero aún hay más. El último tomo -el que abarca la
etapa de la liquidación- tardó otros diez años en
aparecer: 1977. Cuando conocí la existencia de ese
libro-documento, estuve acechando la salida de los otros
volúmenes hasta llegar al análisis comunista que debía
abordar el período de la huida, o sea, desde
febrero-marzo de 1938. Tuve que esperar diez años más,
porque sólo en el 4.º tomo se llega a la batalla de
Teruel y al mes de febrero de 1938, incluyendo la
cautelosa referencia al mensaje proponiendo «la retirada
del Gobierno». Los que compusieron esta historia
estuvieron pensando bastante tiempo lo que tenían que
decir y, sobre todo, lo que tenían que callar.
|