LIBRO: El fin de la inocencia

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LIBRO: El fin de la inocencia nº86

Comentario de J.L. Calleja al libro de Stephen Koch

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LIBRO: El fin de la inocencia

Koch, Stephen: El fin de la inocencia, ed. Tusquets, Barcelona 1997, 450 páginas.



Cuando el traductor cambia el título en vez de interpretarlo, se expone a desviar el sentido y la promesa del original. En inglés, El fin de la inocencia se llama de modo más inquietante y mejor ajustado al contenido: Vidas dobles. Stalin, Münzenberg y la seducción de los intelectuales. Ahí está el resumen: el generador de las órdenes de alcance mundial, Stalin; el inmenso estratega, Münzenberg; las falsas vidas de elitistas revolucionarios, epicúreos brutales, refinados patibularios e hipócritas de oficio; la seducción, en todas sus formas, empezando por la de las faldas. En cambio, en El fin de la inocencia sólo están las vendas caídas de miopes ojos, no obstante agudos, que tampoco es chica paradoja. Ni secundaria en el libro.

Porque, sobre todo, nos ilustra en el manejo de la opinión pública occidental y los métodos comunistas para influir en la prensa, el arte, la literatura y en lo que se ha llamado intelectualidad libre progresista.

Este formidable encargo al Komintern necesitó de Münzenberg y su organización para influir en prohombres con firmas coreadas en todos los idiomas de gran radio de acción. Prohombres así fueron los inocentes que discurrieron al servicio de la mentira. Hemingway, Malraux, Aragon, Sinclair Lewis, Lytton Strachey, Virginia Woolf, Gollancz, Gropius y muchos más fueron trabajados por distintos modos hasta convertirse, la mayoría, en «mentirosos de la verdad». La gente de Müzenberg casi todo lo cultivaba acercándose a las diversas formas de la inteligencia vanguardista, «desde el psicoanálisis al Dadá, del constructivismo y Dziga Vertov al Piscatorbühne de Gropius, y de Walter Benjamin a Kafka»; logrando hazañas inverosímiles como casar a Romain Rolland con una espía que controló su vida y obras enteras, la princesa María Pavlova Koudachova. También nos sorprende que Máximo Gorki y H.G. Wells, nada menos, compartieran los talentos de otra aristócrata y agente, sin advertir, ni Wells ni Gorki, que el magnetismo de la señora era graduado y dirigido desde muy lejos de las sábanas.

Münzenberg perpetró estas y otras proezas con un sabio del cinismo, Karl Radek, el lugarteniente Otto Katz y expertos en la inoculación izquierdista que, sin embargo, acabaron en las horcas de Stalin con suplicio, autocrítica y palinodia, como tantas cabezas grandes y medianas del partido. (¿Alguien ha matado más comunistas que los comunistas?).

Stephen Koch detalla todo eso y mucho más. Subraya la importancia decisiva que los soviets reconocían a los monitores intelectuales recordando la eficacia de Voltaire en la zapa de la sociedad católica. Por eso empujaron a Gide hacia Moscú, y a Gorki hacia Lenin, sólo un par de ejemplos de los múltiples vínculos entre cultura y poder que anudó Münzenberg, pastor y catequista de triunfadores a través de su organización «no comunista», montada -según explicó al Komintern- para atraer y utilizar a los creadores de opinión de ideas liberales.

Según Koch, los «inocentes» alcanzaron un «sitial de honor en la muchedumbre de grandes embusteros de este siglo», asociados por el imán «más potente, el dinero» que entregaba la organización a celebridades como Brecht, sobre todo, cuando merodeaba en Hollywood. (Así, que el «oro de Moscú» fué más que un cuento para uso de ironías escépticas).

Lo curioso es que el autor parece sensible a la misma propaganda «liberal» que él revela en la propaganda comunista como si barruntara que su denuncia de la trama descomunal del Komintern, e izquierdas afines, podría pintarle de «fascista», y hubiese preferido curarse en salud. Tal vez, arrancan de alguna prudencia por el estilo las hipótesis mal, o nada, probadas sobre sostenidas y largas complicidades entre nazis y moscovitas, que dejan a Stalin tan hitleriano comoHitler; recurso, por cierto, nada original y muy común entre «inocentes» de todas las tallas, hoy día. No hay , ahora, noticia de crímenes o desmanes comunistas en España, los Balcanes o el Congo, que no sean «típicamente fascistas».

Los errores y tendenciosidades en los que Koch incurre al hablar de nuestra guerra del 36, importante en las misiones de Münzenberg, podría explicarse del mismo modo. Ante la figura de Franco, cuidado: curva peligrosa. La guerra no la ganó él. Quiso perderla Stalin. De acuerdo con Hitler, es de suponer.

Este libro, con sus defectos, es una meritoria exhumación de datos en los archivos secretos de la URSS, no del todo abiertos aún. En ellos, sobre todo, encontró el autor la pólvora y los fogonazos que iluminaron a muchos cerebros que creían pensar por su cuenta.

No pocos lo creen todavía. Síntoma de ello: el silencio en torno a El fin de la inocencia.



Juan Luis Calleja



 

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