La Razón
creadora
La
mente humana puede sestear, rememorar, o simplemente
imaginar. Puede también asistir a la realización de una
acción movida por un instinto, por una orden exterior,
por un hábito, o por un prejuicio. En ninguno de estos
casos se trata de una conducta plenamente racional, que
es la surgida de una comprobación de los datos, un
cálculo de los efectos y, en suma, de raciocinios
verdaderos y coherentes. Esto es así porque el hombre
tiene unos márgenes de libertad para usar el logos
mucho, poco o casi nada.
La razón, una vez puesta en marcha, responde a rigurosas
leyes, que son las de la lógica; hay una necesidad en
sus conclusiones. Cuando se deduce o se induce cabe
equivocarse; pero no optar caprichosamente. La lógica no
pertenece al área de la arbitrariedad, sino de la
imperatividad, y, por eso, las conclusiones de la razón
tienen una dosis de coactividad universal. No se es libre
de reconocer que existió Carlos V, o que la raiz
cuadrada de nueve es tres, o que el todo es mayor que sus
partes.
La libertad de la razón humana es en cierto modo
extrínseca porque consiste en que su poseedor puede
utilizarla en diverso grado, en ocasiones precisas, y
orientarla hacia objetos y finalidades concretos. En el
uso de la razón por el hombre hay una indeterminación
respecto a la intensidad, al tiempo y a la materia, no al
curso lógico. Y de esa indeterminación subjetiva nace
el carácter creador de la razón humana porque se tiende
a emplearla en la invención de métodos y en la
resolución de incógnitas.
Esos problemas sometidos a la razón pueden ser
personales, o sea, ceñidos a necesidades y
circunstancias de un individuo. Es el logos como
indispensable medio de supervivencia para un animal
insuficientemente dotado de rutinarias pulsiones
instintivas. Sin esa extraordinaria capacidad, nuestra
especie no habría sido viable.
Cuidadas de sus asuntos propios, las gentes realizan, a
veces, hallazgos de interés común, y accidentalmente
aportan contribuciones a la prótesis cultural de la
Humanidad. Pero los grandes progresos los llevan a cabo
investigadores que se plantean problemas irresolutos y
genéricos que no les atañen tanto en cuanto vivientes,
como en cuanto científicos. Es en ese nivel donde la
razón es estrictamente creadora. Y una de las
características de la modernidad es el cultivo
organizado y sistemático de ese genuino «logos
poietikós» por la comunidad académica. Esa minoría,
cada año menos exigua y dispersa, es la vanguardia
dialéctica de nuestra especie, es la encarnación más
auténtica de la hominidad.
Las ciencias ¿son creadoras o simplemente descubridoras
de lo previamente dado? Todos los instrumentos de
investigación y de formulación desde el telescopio
hasta la geometría euclídea o la aritmética decimal
son artificios. Infinidad de productos químicos, como
los fármacos, o de vivientes, como ciertos híbridos,
son fabricaciones. Todas las artes, como la retórica, la
arquitectura, o la cirugía, son manufactureras. Ni
siquiera la geografía es sólo observación porque los
conceptos generales en que se expresa son productos de la
inteligencia. Todas las ciencias crecen porque incorporan
nuevos datos y teoremas; nacen de la experiencia, pero se
concretan en construcciones mentales sistemáticas y
fundadas en la realidad. Y, en fin, el supuesto hallazgo
puro, como el de América por los españoles ¿no fue
recrear el Renacimiento sobre el Neolítico?
El incremento de los conocimientos es zigzagueante y
discontínuo. Todo saber está sometido a
perfeccionamiento. Que lo científico sea falsable no
significa que sea incierto, sino que es susceptible de
ser aquilatado y completado. Ni siquiera se avizora, como
pretendió algún metafísico, la meta definitiva donde
el logos se encuentre sin incógnitas. El dinamismo de la
razón se ejerce sobre una realidad prácticamente
inagotable. Más bien parece que, a pesar de tantas
hazañas desde los griegos hasta hoy, las realizaciones
del logos se encuentran en sus inicios.
Los desequilibros de nuestro tiempo no nacen de que cada
día se sepa más sobre la realidad planetaria y
cósmica, de que se avance en el conocimiento de la
realidad subatómica, cromosómica o estelar. Tampoco de
las aplicaciones técnicas de tales revelaciones
objetivas. El gran problema consiste en que mientras se
adelanta en el análisis objetivo del ser, ahora se
relega mucho del deber a la discreccionalidad subjetiva.
Hubo épocas, como las clásicas y las medievales, en que
la ética ocupaba a los meditadores tanto como la física
o la medicina. Ahora no.
¿Cuál es el motivo del grave desfase entre la razón
práctica y la pura? Es la renuncia de los intelectuales
a la investigación y a la docencia morales hasta incluso
caer en sus opuestos, el situacionismo y la demagogia.
Todo el mundo se alegra cuando se le ofrece la
fotografía de un planeta lejano o una nueva
terapéutica; pero muchos muestran desagrado cuando se
señalan preceptos o se induce a disciplina. Lo
demagógico es ofrecer permisivismo y, a los estratos
inferiores, espectáculos basura y contraejemplos.
Lo que amenaza a la Humanidad actual, especialmente a la
de Occidente, no es la veloz carrera de las ciencias, es
la traición moral de los intelectuales, su abdicación
de la razón práctica creadora.
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