CRONICA: La
diplomacia
Unión
monetaria. Llegar a un acuerdo sobre el cómo y el
cuándo de la puesta en marcha de este colosal proyecto
está siendo muy laborioso. Empezó con gran entusiasmo,
convencidos todos de que sería la panacea que resolviera
los problemas económicos y políticos de Europa. Y
también del mundo porque así se formaría un bloque que
tendría fuerza suficiente para hacer frente al imperio
del dolar, incluso de las potencias emergentes de
Oriente. Pero el proyecto era demasiado ambicioso, sus
cimientos no estaban suficientemente asentados, sus
promotores carecían de intenciones convergentes y, sobre
todo, nadie tenía la seguridad de que, realizado el
proyecto, puediera tener la solidez esperada.
No es este el momento de rehacer la historia de los
últimos años, pero conviene no olvidar que más de un
Estado europeo consideró oportuno salirse del proyecto
cuando aún estaba en fase embrionaria. Otros, cargados
de tradiciones, quisieron obtener sólo beneficios sin
hacer esfuerzo alguno; y otros, después de sus primeros
entusiasmos, se echaron atrás bajo el peso de sus
cargas. No hay para qué entrar en el pormenor de las
razones de cada uno de estos países; pero el hecho es
que hoy están muy lejos las alegrías de Mastrique.
Hasta el punto de que Estados que originalmente reunían
las condiciones para entrar en cabeza en la realización
del proyecto, empiezan a dudar de sus propias fuerzas y,
si hoy tuvieran que firmar su adhesión final, no
po-drían hacerlo por no cumplir las condiciones mínimas
que ellos mismos se impusieron.
Pero no es todo pura mecánica financiera, pues la
política se ha entrometido al cambiar gobiernos, al
surgir sorprendentes cohabitaciones o anunciarse
consultas electorales de incierto resultado. En Alemania,
lastrada con las duras consecuencias de la
reunificación, el euro ya no se ve como culminación del
proyecto de unidad europea, sino como un obstáculo para
alcanzar la ansiada estabilidad social interna. Y, en
estas circunstancias, influyentes políticos proclaman la
conveniencia de aplazar la implantación de la moneda
única. El euroescepticismo, algo desconocido en Alemania
hasta ahora, ha hecho acto de presencia con la fuerza
propia del carácter germánico. En los círculos
políticos, nadie se atreve a impugnar el proyecto
unitario rotundamente, pero su escepticismo está calando
hondo en la población. Y como de dineros se trata, ha
surgido el señuelo de reducir la aportación financiera
alemana, que representa, el 60% del presupuesto de la
Unión Europea. y, como corolario evidente, reducir los
llamados fondos de cohesión que perciben países como
España.
Parece como si España tuviera la culpa de que las cosas
no vayan bien. Un país que está haciendo un colosal
esfuerzo para reunir todas las exigencias que impone el
tratado de Mastrique y que, ahora, cuando lo está
logrando, se arriesga a ser uno de los pocos países
capaces de integrarse con todos los pronunciamientos
favorables. Seria patetico que lo que tanto nos costó se
conviertiera ahora en un impedimento.
Pero la máquina está en marcha y nada, salvo una
catástrofe, será capaz de pararla. Ahora mismo ya se
están dando instrucciones a los ciudadanos para que
vayan haciéndose a la idea de contar en euros. En todo
caso, muchos pueblos e incluso gobiernos, de vuelta de
pasadas ilusiones, piensan que la implantación inmediata
del euro puede provocar daños sociales, financieros y
políticos, y que por eso sería más prudente aplazar su
entrada en vigor y, entre tanto, hacer alguna consulta
popular como parece será el caso de Dinamarca. Síntoma
de euroescepticismo acaban de darlo los pacíficos
vecinos de Amsterdam que abuchearon clamorosamente a los
ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea
cuando se reunieron para retocar el tratado de Mastrique
añadiéndole reformas en materias tan sustanciosas como
las políticas exterior, interior, de defensa y de
justicia. Todo junto a un intento de ponerse de acuerdo
en discrepar a la hora de decidir qué Estados podrán
acceder a la UE y qué condiciones deben reunir.
España, realizado el esfuerzo de alcanzar las
condiciones que se le exigían, no está dispuesta a
someterse a presiones que la conviertan en indigna de
recibir los fondos de cohesión, con los que se realiza
el plan de autovías.
OTAN. La OTAN es algo gracias a la presencia de los
Estados Unidos con su incomparable potencia militar. La
última demostración fue en Yugoslavia. Pero también es
cierto que el cambio de circusntancias mundiales obliga a
su reforma interna. Y ahí aparece España en, al menos,
dos ocasiones llamadas Canarias y Gibraltar.
Con Portugal la solución se ha obtenido con relativa
facilidad a la hora de determinar las esferas de
responsabilidad. España defenderá Canarias y sus aguas
en un radio aproximado de 100 Km. en torno al
Archipiélago.
En el resto del espacio Atlántico, Estados Unidos
-subsidiariamente Portugal- asumen la responsabilidad que
llega a las costas marroquies, algo a lo que España
aspiraba, pero que no ha logrado.
El asunto de Gibraltar es mucho más espinoso. Las
autoridades del Peñón se encuentran muy atareadas
gestionando de Londres un aumento de su independencia
bajo el amparo de la Corona, pero aboliendo el estatuto
de colonia. Aspiran a disponer de un estatuto
internacional que les permita firmar tratados o
integrarse como Estado independiente en la Unión
Europea. Además, es evidente que les preocupa una
eventual desaparición del mando militar del Estrecho de
la OTAN establecido en Gibraltar. En todo caso, el primer
ministro gibraltareño tratará de hacer valer sus
argumentos durante la presente Asamblea de la ONU en
Nueva York y ya ha abierto una representación en
Bruselas «al estilo de las que tienen algunas autonomias
españolas cerca de la Comunidad», en palabras del
primer ministro, que no ha ocultado su intención de que
la oficina sirva para obstaculizar la actividad de
España en la UE. Gibraltar sigue siendo el obstáculo
mayor a la integración de España en la nueva estructura
de la OTAN. Londres exige como paso previo a cualquier
negociación que Madrid levante las pocas restricciones
que, despues de abierta la verja, aun mantiene ante la
colonia británica. La experiencia demuestra que esta
forma de negociar con el Reino Unido es inútil y hasta
peligrosa.
El pleito sigue, pues, como estaba. Tratándose incluso
de mezclar temas puramente civiles (uso del aeropuerto,
vigilancia del contrabando, lavado de dinero negro) con
los de carácter militar como lo es el mando de la
defensa del Estrecho. Entre tanto, el nuevo comandante
supremo de la OTAN en Europa ha expresado su opinión de
que es imprescindible y urgente que España y el Reino
Unido lleguen a un acuerdo para que pueda lograrse la
nueva estructuración de mandos de la OTAN en una zona de
gran interés militar.
ETA. La banda sigue teniendo apoyo internacional, oficial
o al margen de las estructuras políticas, como puede ser
la Mafia italiana, una conexión de la que día a día se
habla con mayor frecuencia. Suecia, desde los ya lejanos
días del funesto Olaf Palme, ha tenido siempre una
especial predilección por albergar o ayudar de algún
modo a los terroristas. Ahora, como corolario de una
visita a Estocolmo del Sr. Aznar, se le ha prometido la
cesación de tal ayuda, junto con el deseo de aplicar la
decisión del Parlamento Europeo de negar asilo a
terroristas procedentes de países miembros de la UE.
Bélgica ha sido otro Estado cuyo nombre reaparece a la
hora de brindar alguna forma de apoyo a ETA, incluyendo
aprovisionamientos de los terroristas en armas y
explosivos. Francia va cambiando de conducta a la vista
de la propia experiencia teñida de sangre. Sin olvidar a
ciertos Estados hispanoamericanos empeñados en ver
guerrilleros donde sólo hay asesinos.
Claro que no faltan voces incomprensibles como la del
Presidente de la Cruz Roja Internacional, que nos
recordó que hasta 1986 la Cruz Roja prestó ayuda a los
presos etarras detenidos en cárceles españolas, y que a
la vista de ciertas «dificultades» encontradas a partir
de dicha fecha hubo de modificar su conducta. Por cierto
que a estos presos les llama «especiales», lo que
parece un subterfugio para no llamarles presos
políticos. Añadió que quiere entrevistarse con el
ministro de Interior para ver «qué pasa ahora con esos
presos», condenados en virtud de «una confrontación
política».
Embajadas Autonómicas. Según la Constitución, la
política internacional de España es competencia
exclusiva del gobierno nacional que la ejerce a través
de las embajadas ante Estados y en, los organismos
internacionales. Pero han aflorado las representaciones
autonómicas que, con el pretexto de favorecr los
intereses regionales se van convirtiendo, día a día, en
organismos representativos que marginan al Gobierno
nacional atribuyéndose competencias que nadie les ha
otorgado. Consecuentemente, chocan entre sí por
intereses contrapuestos de las propias autonomías.
Madrid reacciona estableciendo cauces de cooperación con
dichas oficinas y las comunidades a que representan,
sobre todo en Bruselas, donde se gestiona todo lo
relacionado con la Unión Europea. En definitiva, no se
trata de poner un límite a la actuación de dichas
embajadas (de hecho), sino de lograr con ellas una unidad
de criterio que evite los enfrentamientos que ahora se
plantean. El Gobierno trata por todos los procedimientos
de poner buena cara al mal tiempo, prometiendo la
intervención efectiva de las comunidades en la
formulación de la voluntad nacional cara al exterior.
La respuesta de la autonomia vasca ha sido contundente:
«El Gobierno ha marginado a las comunidades autónomas y
ha colocado al País Vasco en un estado de
indefensión». De este modo, subrayan los portavoces de
esa Comunidad, «el Gobirno vasco considera que sus
intereses no están bien defendidos por la
representación española». Y amenazan con presentar sus
quejas ante El Tribunal de Luxemburgo.
Infringiendo la normativa vigente, la errónea política
de autono-mías se muestra cada día más como un momento
de la desintegración de España.
El Polisario. Serán sólo 70.000 u 80.000 los saharauis
de cuyos votos puede depender el futuro de un trozo de
desierto. Pero constituyen un grupo humano víctima de
sus vecinos y de las vacilaciones internacionales que
comenzaron a partir de la Marcha Verde. Ahora, es
difícil recular, pero es necesario hacer algo para dar
estabilidad a esa zona. Las Naciones Unidas, los
mediadores internacionales, la propia España, han hecho
algo, más bien poco; pero las partes más interesadas,
Marruecos, Argelia y los saharauis, han sido incapaces de
llegar a un acuerdo. El futuro de esos miles de personas
que llevan decenas de años viviendo en tiendas de
campaña en el desierto, aparece muy incierto. Pero
España no puede ser feliz cruzada de brazos ante lo que
sucede en ese territorio que es la espalda de Canarias.
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