Federico Silva
Ha
muerto Federico Silva Muñoz, castellano de 1923, abogado
del Estado, letrado del Consejo de Estado, Ministro de
Obras Públicas, fundador y primer presidente de Alianza
Popular, diputado por Zamora en las Cortes de 1977, que
elaboraron la Constitución vigente, votada negativamente
por él en unión de sólo ocho compañeros de
legislatura, entre los que me contaba. Sus Memorias
políticas (1994) son una importante fuente para conocer
la era de Franco y la liquidación del Estado de las
Leyes Fundamentales.
Conocí a Federico en los años cuarenta con ocasión de
una conferencia en la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas a la que él pertenecía, y desde entonces
nos unió gran amistad. Confesional y políticamente
permaneció siempre leal al ideario de su juventud, el de
la llamada «santa casa». Era, pues, un democristiano,
en la línea tradicional de los que militaron a las
órdenes de Franco en la guerra civil y en la
reconstrucción nacional. La coherencia de su pensamiento
y de su conducta pública le impidieron la reconversión
o abdicación que la II Restauración ha venido exigiendo
para participar en la política. Desde que en 1979 se
alejó de Alianza Popular, luego Partido Popular, vivió
condenado a un exilio interior como tantos otros
españoles que quisieron continuar siendo fieles a sí
mismos y orgullosos de sus servicios a la Patria.
Muy activo en los medios católicos, participó en tareas
tan importantes como el diario «Ya» o el Colegio Mayor
San Pablo, que sería el gérmen de una Universidad de la
Iglesia. Pero la evolución política de la Jerarquía
eclesiástica española fue dilatando las distancias
hasta la total marginación.
En abril de 1970 reiteró su dimisión como ministro de
Obras Públicas y le fue aceptada. Me cupo el honor de
sustituir al amigo y doy directo testimonio de la
eficacia de su gestión y de la impecable honestidad con
que administró los fondos públicos. Esto último era
entonces habitual; pero la corrupción que ha registrado
el Estado de partidos convierte en altamente ejemplares a
gobernantes de tal limpieza. Aquellas eran las décadas
en las que con la menor presión fiscal de Occidente, una
Administración muy austera y muy capaz, apoyada en un
principio de legitimidad y de autoridad, modernizó las
infraestructuras y realizó la revolución industrial y
la reforma social.
Federico Silva figuró en el primer lugar de la terna que
el Consejo del Reino elevó a Juan Carlos I para asumir
la Presidencia del Gobierno después de la destitución
de Carlos Arias; pero el monarca prefirió al último de
los propuestos. Fue una resolución que decidió el rumbo
de la II Restauración hacia una ruptura total con cuanto
la había propiciado. Silva nunca cesaría de mostrar su
disconformidad con la línea impuesta y los hechos no han
cesado de darle la razón, aunque no se lo reconozcan los
oficiosos escribas del momento. Cuando la publicidad
ocasional deje paso a la veraz historia, los anales
harán justicia al discrepante, tan firme como discreto
desde su rotunda oposición moral. Se ha ido de entre
nosotros amando a España cuyo decadente atuendo actual
no le gustaba.
En 1983 se constituyó la Fundación Balmes, apoyada en
la subvención otorgada por la alemana Fundación Hans
Seidel. La principal actividad fue la aparición de la
revista «Razón Española» el 1 de octubre de 1983. Sin
aquel germano impulso inicial, mantenido de forma
decreciente durante una década, nuestra publicación,
que no logró el más mínimo apoyo de la Administración
española, habría sido imposible. El nombre de Federico
Silva está indisolublemente vinculado a esta revista, en
la que colaboró como objetivo y neutral cronista durante
varios años.
Tras los gruesos cristales su mirada era penetrante y
entreverada de buen humor. El ademán cortés, aguda la
palabra, la memoria prodigiosa, y un constante cuidado de
no herir. Su deporte era la interpretación de la Ley, y
su pasión era España.
Con la desaparición de Federico Silva, la nación pierde
a un gran gobernante, la Iglesia católica a un servidor
fiel, y los amigos a un camarada entrañable. En mi
ánimo deja un oscuro vacío.
Gonzalo Fernández de la Mora
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