Mitos del Plan
Marshall
El
presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, y líderes
europeos se reunieron la semana pasada para celebrar el
50 aniversario del Plan Mar-shall, y para decirnos cómo
esta iniciativa facilitó la recuperación económica de
la Europa de la posguerra.
No sólo se le atribuye a este programa de ayuda de
13.000 millones de dólares (alrededor de 87.000 millones
en dólares actuales) la generación de la prosperidad
europea. Aparentemente éste ayudó a promover el
capitalismo, fortaleció la economía de Estados Unidos,
y fue motivado por razones de seguridad y humanitarias.
La última edición de Foreign Affairs conmemora el plan
como «un programa de ayuda gubernamental que funcionó,
para provecho de los donantes al igual que de los
beneficiarios».
El plan ha atraído tanta admiración a través de los
años que no existe casi ningún rincón del mundo -sea
éste Rusia, África, Europa del Este, las barriadas de
América, el sector granjero de Estados Unidos, el Medio
Oriente, o el que usted nombre- para el cual los
políticos no hayan propuesto un Plan Marshall para
resolver problemas. Los programas de ayuda externa pueden
haber producido resultados lamentables por más de cuatro
décadas, pero el Plan Marshall todavía dispone de un
desmedido respeto.
Una mirada más de cerca a los efectos de la ayuda de
EE.UU. a la Europa de la posguerra revela que mucho del
prestigio del Plan Marshall está construido en mitos. Un
estudio del economista de la George Mason (University,
Tyler Cowen), concluyó que el rápido crecimiento
económico en los países ocupados por Alemania durante
la guerra ocurrió «independientemente del momento y del
alcance de la ayuda del Plan Marshall». En Alemania
Occidental -el país citado con mayor frecuencia como un
éxito del plan a causa del posterior milagro alemán-,
la recuperación económica se inició antes de que
comenzara a fluir la ayuda. De hecho, coincidió con la
eliminación, por parte de Ludwing Erhard, de una extensa
cantidad de restricciones que la Comisión de Control de
los Aliados había fijado sobre el comercio, la
producción, los precios, y la distribución.
Prácticamente en todos los países anteriormente
controlados por los nazis, el crecimiento no se reanudó
hasta que estos severos sistemas de control económico
fueron removidos. La llegada de los fondos del Plan
Marshall no se correlaciona con la reanudación del
crecimiento. En un análisis de la economía de Alemania
Occidental de 1945 a 1951, el economista alemán Werner
Abelshauser concluyó que «la ayuda externa no fue
crucial en el comienzo de la recuparación o para que
ésta continuara».
La recuperación económica de Francia, Italia y
Bélgica, según Cowen, es anterior a la ayuda de Estados
Unidos. De hecho, Bélgica, el país que adoptó antes
que ningún otro una política económica de libre
mercado, después de su liberación en 1944, experimentó
así la recuperación más rápida, evitando la severa
escasez de vivienda y de alimentos que sufrió el resto
del continente.
La ayuda de EE.UU., que en total nunca fue más del 5 por
100 del PIB de los países del Plan Marshall, fue además
una cantidad muy pequeña para tener un impacto
financiero significativo y probablemente causó más
daño que beneficio. En Alemania Occidental, por ejemplo,
las políticas de EE.UU. ocasionaron una pérdida neta de
recursos porque las indemnizaciones y el costo de la
ocupación de los aliados alcanzó del 11 por 100 al 15
por 100 del PIB. La ayuda del Plan Marshall permitió a
otros países mantener políticas que de otra manera
serían insostenibles.
Por ejemplo, Austria, Grecia y otros grandes
beneficiarios a nivel per capita de los fondos
estadounidenses comenzaron su recuperación a medida que
la ayuda se cortó. Gran Bretaña, el mayor beneficiario
de la ayuda estadounidense, tuvo la tasa más lenta de
recuperación europea en la era de la posguerra.
La iniciativa de la ayuda no favoreció al libre mercado.
El sesgo intervencionista de los administradores del Plan
Marshall ayudó a arraigar la planificación económica
del gobierno en muchos países europeos -un legado contra
el cual hoy día los europeos todavía luchan-. A los
gobiernos beneficiarios, además, se les pidió
incrementar el gasto público en un dólar por cada
dólar recibido bajo el Plan Marshall, expandiendo así
el sector estatal a costa del sector privado. Los fondos
del programa subsidiaron las exportaciones a Europa de
compañías norteamericanas de petróleo, de tabaco y de
otros bienes en detrimento de otros países, como Grecia
o Argentina, que disfrutaban de ventajas comparativas.
Como podemos ver, las consideraciones de política
doméstica y la beneficiencia corporativa no son
atributos recientes de los programas de ayuda externa.
El Plan permitió a las potencias europeas mantener sus
colonias. Cowen coincide: «casi toda la ayuda del Plan a
Francia en 1949-1950 fue contrarrestada por gastos
militares franceses en territorios extranjeros,
especialmente en Indochina».
El Plan Marshall es todavía el programa de ayuda más
venerado en la historia. Pero Europa se recuperó a pesar
de la ayuda, no a causa de ésta. Afortunadamente para
Europa, el plan duró sólo cuatro años. Su
aplicabilidad a otras partes que tienen diferencias
dramáticas en su economía, su historia jurídica y su
cultura, es en cualquier caso nula. El Plan Marshall y la
tétrica historia de los programas de ayuda de EE.UU. que
lo siguieron destacan el hecho de que la prosperidad
permanente no puede ocurrir sin la libertad económica
-un objetivo generalmente impedido por la ayuda externa-.
Ian Vásquez
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