Maurras en
Cataluña
I. EL
NACIONALISMO INTEGRAL
El tradicionalismo ideológico fue transformándose, a lo
largo del siglo XIX, en sus pautas doctrinales, sobre
todo, bajo la influencia del positivismo. En ese sentido,
fue Charles Maurras el ideólogo que con mayor precisión
logró repensar los principios fundamentales del
tradicionalismo en el lenguaje de las corrientes
positivistas, realizando una nueva síntesis que tuvo
indudable impacto, no sólo en Francia, sino en otros
países europeos, incluso en Hispanoamérica 1. Maurras
fue el sintetizador de las dispersas corrientes
doctrinales de la derecha francesa -desde De Maistre
hasta Bonald, pasando por Taine, Renan, Fustel de
Coulanges, e incluso Proudhon- que había brotado a lo
largo del siglo XIX en oposición al significado social y
político de la Revolución de 1789.
Producto del ambiente positivista dominante en su país
en la segunda mitad del siglo XIX, Maurras pretendió dar
un caracter científico a la construcción de su doctrina
política; y en todo momento afirmó haber llegado a sus
conclusiones por medios estrictamente inductivos y
empíricos. Maurras expurgó al positivismo comteano de
todos sus elementos utópicos y progresistas,
convirtiéndolo, desde esa perspectiva, en un armazón
ideológico profundamente conservador. A su entender, la
clave epistemológica del positivismo se encontraba en la
subordinación de la imaginación a la observación, de
la razón a los hechos, mediante la cual quedaba
destruida la dimensión proyectiva del conocimiento. A
partir de tal presupuesto, Maurras articuló un método
de análisis político, que designó con el nombre de
«empirismo organizador», cuyo requisito funcional
prioritario era la necesidad del orden en la sociedad, y
que consistía en descubrir, a través de la sociología,
la biología y la historia, las leyes que dirigen la vida
y la muerte de la sociedad; en interpretar estas leyes
por la psicología; y en obtener, por último, los
principios de acción política a partir de aquellos
datos 2.
Siguiendo a Comte, Maurras asimilaba epistemológicamente
la sociedad a la naturaleza como realidad objetiva,
independiente de la voluntad humana y obediente, por
tanto, a sus propias leyes, que han de descubrise y a las
que ha de plegarse la iniciativa de los individuos y de
la especie. La sociedad es, pues, un «agregado
natural», que se rige por las leyes de jerarquía,
selección, continuidad y herencia 3. Su desarrollo
consiste en la elevación del grado de sociabilidad desde
la familia hasta la nación. La Humanidad, el Gran Ser,
concebido por Comte como el conjunto de los seres
pasados, presentes y futuros que concurren a perfeccionar
el orden universal, se convierte, así, en el sistema
maurrasiano, en la nación, definida como una entidad
viva, orgánica, natural, formada, al mismo tiempo, por
la historia a través de la tradición heredada de las
distintas generaciones y destinada a perpetuarse en el
futuro. Así concebida, la nación era el vínculo social
más sólido que subsistía en el mundo contemporáneo
tras la destrucción del orden católico en el siglo
XVII; era la unidad social por antonomasia, superior a
los individuos y a las clases en que se encontraba
dividida la sociedad 4.
Conscientemente, la crítica maurrasiana va a dirigirse,
en ese sentido, contra toda la corriente ideológica que,
poniendo énfasis en la conciencia individual,
cuestionara las realidades objetivas forjadas por la
naturaleza y por la historia. La obra crítica suponía
remontarse a las fuentes intelectuales que desembocaron
en el individualismo liberal triunfante en la Revolución
de 1789; es decir, al «monstruo de las tres cabezas»:
Reforma-Romanticismo-Revolución, fenómenos históricos
que no eran más que un reflejo del proceso
contemporáneo de la experiencia burguesa de libertad, y
cuyo sustrato podía resumirse en una sola palabra:
individualismo. Al quebrar el monopolio dogmático de la
jerarquía eclesiástica, el luteranismo inauguró el
proceso ideológico que llevaba al liberalismo. La
Revolución de 1789 no haría otra cosa que llevar hasta
sus últimas consecuencias los supuestos del
individualismo protestante a la sociedad francesa. Su
proyecto político tenía por base el empeño antinatural
de instaurar una organización social y política a
contracorriente de las leyes que regían la vida de los
seres organizados 5.
Las tendencias anarquizantes se daban igualmente en el
ámbito de la literatura y el arte. En realidad, Maurras
recorrió su itinerario intelectual desde la crítica
literaria hacia la militancia política y la elaboración
doctrinal. En ese sentido, el romanticismo estético y
literario, cuyo origen se encontraba en Rousseau,
suponía una reacción contra la autocomprensión del
clasicismo francés, sustituyendo el concepto
aristotélico de orden y perfección por el de creación
personal y progreso. De esta forma, los románticos
ponían en cuestión la imitación de los modelos
antiguos con argumentos individualistas y sentimentales,
relativizando los criterios de belleza objetiva
sustraí-da al paso del tiempo, conviertiéndose en
sinónimo de anarquía social y política 6.
Así, pues, la Revolución de 1789 supuso, desde la
óptica maurrasiana, una auténtica insurrección contra
la genuina tradición francesa, representada por el orden
monárquico, católico y clásico; y sus consecuencias
sociales y políticas, económicas y religiosas se
encontraban en la base de la decadencia nacional que
Francia padecía a lo largo del siglo XIX, y que
llegaría a su cénit con la derrota ante Prusia en 1870.
La III República era el catalizador, a través de sus
instituciones, de aquellas ideas destructivas; había
consagrado la hegemonía de los enemigos internos de la
civilización francesa, convirtiéndose en el instrumento
político de los «cuatro estados confederados»: los
protestantes, los judíos, los masones y los «metecos»
-extranjeros-, principales responsables de la decadencia
nacional. La República suponía, además, la democracia,
el régimen electivo, la centralización administrativa
y, en consecuencia, la desintegración de la sociedad y
el debilitamiento de la nación. Dada su naturaleza
desintegradora, la República suponía igualmente la
división nacional y la subordinación del interés
nacional a los intereses de las oligarquías
antinacionales y a los partidos políticos. Y su laicismo
repercutía negativamente en los hábitos y en las
costumbres de la población francesa. Maurras no era
creyente y odiaba profundamente al cristianismo primitivo
en el que veía el principio de la disolución del orden
político romano en una anarquía destructora de todo
valor civil y estatal. De ahí que distinguiera, como
Comte, entre cristianismo y catolicismo, exaltando a este
último como reacción del orden romano a la anarquía
cristiana. El culto católico con su asunción de la
cultura grecolatina y del aristotelismo, su liturgia y su
jerarquía, suponían una saludable sanción del orden
social y un contrapunto esencial a los supuestos
protestantes y liberales. En ese sentido, el catolicismo
era un componente esencial de la tradición nacional
francesa 7.
La República llevaba, en fin, en virtud de sus
principios electivos e igualitarios, a la centralización
administrativa, ya que, al emanar el poder de la
elección, el elegido, para mantenerse en el poder,
necesitaba tener sujeto al elector, para lo cual era
preciso, a su vez, el funcionario, y éste tendía a
extender la consiguiente red burocrática 8.
De esta encuesta histórica, basada en los supuestos del
«empirismo organizador», se desprendía la doctrina del
nacionalismo integral, que conducía necesariamente a la
instauración de la monarquía como régimen de gobierno.
La defensa de la nación exigía la instauración de la
monarquía tradicional y representativa, y de los valores
característicos del catolicismo y del clasicismo. Todas
las reformas necesarias para el fortalecimiento nacional
confluían en el tema de las formas de gobierno. De ahí
el típico lema maurrasiano «politique d'abord». En la
monarquía, el interés personal del gobernante y el
interés público, lejos de oponerse, coinciden
necesariamente. La herencia del poder político hacía su
fuerza y su continuidad paralelas a la fuerza, la
continuidad, y la duración de la nación, al contrario
que en la democracia, cuya base electiva suponía
desorganización, discontinuidad y división 9.
El interés nacional exigía la supresión del
parlamentarismo y de los partidos políticos; y, en
consecuencia, la monarquía tendría que ser, no
parlamentaria, sino representativa, reuniendo el monarca
en su persona la totalidad del poder. La nación estaría
representada en unas cámaras de carácter corporativo.
Libre de la presión parlamentaria y electiva, el Estado
recuperaría sus funciones tradicionales, dejando la vida
económica en mano de los particulares y de las
corporaciones. La monarquía no sólo garantizaría la
descentralización territorial, reconstruyendo las
regiones, sino igualmente la profesional, moral y
religiosa. Se restaurarían los gremios, así como la
influencia de la iglesia católica en la sociedad civil
10.
Las ideas maurrasianas tuvieron su órgano de difusión
en la revista y, desde 1905, diario «L'Action
Française», surgido de las luchas ideológicas y
políticas del Affaire Dreyfus, y en una serie de
entidades y organizaciones paralelas ligadas a ésta,
como el Círculo Fustel de Coulanges, la Cátedra
Syllabus, los Camelots du Roi, que lograron una amplia
influencia en la sociedad francesa de comienzos de siglo
11.
Con frecuencia, se ha presentado a Maurras y «L'Action
Français» como precursores de los movimientos fascistas
de entreguerras 12. Ciertamente, el escritor galo tuvo
palabras de alabanza para los nacionalistas italianos, en
los que ejerció cierta influencia; y para el Fascismo,
al que definió como «un socialismo libre de la
democracia y de la lucha de clases» 13; pero condenó en
todo momento su doctrina totalitaria, a la que calificó
de «falsa», «negativa», «casi delirante». Y su
animadversión con respecto al nacional-socialismo
alemán fue mucho mayor; era un «estatismo nivelador»,
heredero de Rousseau, Kant y los jacobinos 14. No
obstante, «L'Action Française» tuvo alguna influencia
en la gestación ideológica del fascismo, cuando algunos
de sus miembros, como el antiguo sindicalista Valois,
propiciaron un entendimiento con los discípulos de
Georges Sorel, cuya oposición al sistema demoliberal era
común a la de los nacionalistas integrales; y que tuvo
su concreción en la fundación del Círculo Proudhon -a
quien Maurras había interpretado en clave antiliberal y
regionalista-, dando lugar a la síntesis
nacional-sindicalista 15. Sin embargo, la experiencia, al
menos en opinión de Maurras, terminó mal, y acusó a
Sorel de actitudes irreductiblemente revolucionarias, por
su insistencia en la lucha de clases, inasimilable para
la perspectiva organicista y gremialista del nacionalismo
integral 16.
II. MAURRAS Y ESPAÑA
España no estuvo ausente de las preocupaciones de
Maurras, lo que no era ajeno a su concepción de la
europeidad. De hecho, existió por parte de los
ideólogos de «L'Action Française» el intento de
conciliar su nacionalismo integral con una versión
atenuada de Europa. «Europa -diría Maurras- es un
edificio geográfico e histórico que no resulta
temerario considerar un gran bien. Es de interés de la
Humanidad mantenerlo y defenderlo» 17. La conciliación
de ambos conceptos -nacionalismo y europeísmo- venía de
la mano de otro concepto, el de «Latinidad» que
cuadraba perfectamente en la visión maurrasiana de
Francia como heredera y portaestandarte de la
civilización grecolatina. La «Latinidad» era la
expresión intelectualizada de su simpatía por naciones
de tradición católica y régimen político monárquico,
como Italia y España 18.
Como nación latina, España ocupaba un lugar importante
en «L'Action Française». Y en ese sentido Maurras
lamentó la neutralidad española en la Gran Guerra y,
sobre todo, la germanofilia de que hizo gala el grueso de
la derecha española a lo largo de la contienda; pero se
mostraba optimista con respecto a la posibilidad de
superación de las diferencias históricas y políticas
entre ambas naciones, que eran «hermanas de
civilización y de educación» 19.
Su estadista español favorito fue Cánovas del Castillo,
a quien, con motivo de su asesinato, rindió homenaje,
llamándole «mártir de la autoridad»; y cuya figura
histórica consideraba superior a Bismarck 20. No
obstante, juzgaba que el político malagueño se había
equivocado en su intento de trasplantar las instituciones
británicas a una nación como España cuya contextura
social e histórica era muy distinta a la inglesa 21. De
igual forma, su admiración y sus reproches se extendían
a la figura de Antonio Maura, con quien mantuvo
correspondencia y a quien enviaba sus obras con
efectuosas dedicatorias 22. Maura era «el energico
sucesor de Cánovas», cuyos proyectos de
descentralización administrativa eran muy afines a la
perspectiva regionalista del nacionalismo integral 23. En
definitiva, Maura era «el ilustre campeón del
regionalismo y del autoritarismo español» y «el más
eminente defensor del orden europeo» 24. Pero, como en
el caso de Cánovas, le encontraba excesivamente adherido
al liberalismo y al sistema parlamentario; lo cual
desvirtuaba, en gran medida, su labor de estadista 25. De
hecho, Maurras fue el ideólogo que más influyó en el
movimiento que, a partir de 1913, tras la escisión del
partido conservador, adoptó el nombre de «maurista»
26.
La región española que mayor interés suscitó en
Maurras fue cataluña, cuya situación política y
cultural identificó con la de su Provenza natal; y al
catalanismo felibristas, y el regionalismo provenzal de
que él mismo era portavoz intelectual. En ese sentido,
contempló la solución al problema catalán con su
«federalismo bajo la monarquía» 27. Y vió con
esperanza los proyectos descentralizadores de Maura, al
igual que sus intentos de llegar a acuerdos puntuales con
Cambó 28.
La dictadura primorriverista fue, sin embargo, para
Maurras, una experiencia política fallida en
prácticamente todos los sentidos. Ciertamente, el
primorriverismo había sido beneficioso desde el punto de
vista económico y, sobre todo, por haber prescindido del
parlamento y de los partidos políticos. Pero la
Dictadura no se había visto acompañada por el apoyo de
los intelectuales, ni contó con una base política y
social digna de tenerse en cuenta, sólida. En el fondo,
no fue otra cosa, tal y como lo demostraba su mediocre
final, que «un largo y poderoso gabinete de
funcionarios, llevados al poder por la presión de
circunstancias impersonales» 29. Con todo, su principal
error fue su política centralista y anticatalanista, en
particular su intento de suprimir el empleo del catalán
incluso en la liturgia, o la disolución de la
Mancomunidad 30.
Estas críticas valieron a Maurras una dura réplica del
diario monárquico ABC, quien le acusó de haberse puesto
al lado de los separatistas catalanes 31. En su
contrarréplica, Maurras intentó dejar claro que sus
críticas a la Dictadura estaban motivadas por su
simpatía hacia el régimen español y su sincero deseo
de lograr una solución definitiva al problema suscitado
por las relaciones conflictivas entre Castilla y
Cataluña 32.
Maurras y su grupo recibieron como un desastre de
incalculables consecuencias el advenimiento de la II
República: «Deploramos de todo corazón la catástrofe
que golpea a un pueblo amigo, a una familia ilustre, a un
príncipe amado y respetado, a una institución tutelar,
y es preciso convenir con la verdad: el Te Deum de
Santiago de Compostela acabará en De Profundis» 33.
«L'Action Française» declaró al día de la
proclamación de la República día de luto, simbolizando
al nuevo régimen republicano como un sistema político
de acusados perfiles revolucionarios, «notoriamente no
germanófilo, si no rusófilo» 34. En el caso de
Cataluña, la República no llevaba, ni podía llevar
más que a los dos extremos de separatismo o centralismo
35.
Otro admirador de Cataluña dentro de «L'Action
Française» fue la mano derecha de Maurras, León
Daudet, amigo del escritor y del pintor catalán Santiago
Rusiñol 36; y uno de cuyos autores favoritos era Jaime
Balmes, a quien consideraba un «defensor ilustre y claro
del catolicismo» 37.
De hecho, fue Cataluña la región española pionera en
la recepción de los postulados maurrasianos 38; y en
ello no solamente influyeron los factores de proximidad
geográfica o la tradicional influencia política y
cultural francesa en el Principado, sino igualmente su
afinidad con muchos de los supuestos del nacionalismo
conservador catalán.
III. PRAT DE LA RIBA Y MAURRAS
El movimiento catalanista surgió, en un principio, como
crítica al Estado liberal español. Sus orígenes
ideológicos fueron fundamentalmente
contrarrevolucionarios y antiliberales, aunque tampoco
faltaron catalanistas liberales como Valentí Almirall.
El movimiento de la Renaixença tuvo, en su conjunto, un
carácter católico y conservador muy semejante al que
surgió en Francia y que se apoyaba en la figura de
Mistral, que igualmente influyó en los autores catalanes
39.
Al mismo tiempo, el catalanismo se alimentó del
proteccionismo económico, tan grato a la burguesía del
Principado, e igualmente del foralismo carlista y del
federalismo de Pi i Margall -muy celebrado, por cierto,
en los ambientes felibristas provenzales 40-, que se vió
reforzado por el tradicionalismo de la Iglesia católica,
uno de cuyos miembros, el obispo de Vic, Josep Torras i
Bages, se convirtió con su famosa obra La tradición
catalana en uno de los pilares ideológicos del
catalanismo. Admirador de Maistre, Taine y Menéndez
Pelayo, Torras consideraba al catalanismo como
antitético del liberalismo, la democracia y el
parlamentarismo. Cataluña era una nación esencialmente
católica; y, frente al mundo urbano caracterizado por la
conflictividad, el materialismo y la democracia, exaltaba
el contenido de la vida rural, en cuyo universo
simbólico podían desarrollarse con más vigor las
virtudes propiamente católicas 41.
En ese sentido, no faltaron entre los primeros ideólogos
catalanistas críticas al Estado liberal, críticas en
modo alguno accidentales, sino transcendentes y de
principio. El Estado liberal español era presentado, en
general, por los catalanistas como un ente artificial,
ajeno y sobreañadido a la pluralidad de los pueblos que
coexistían en el marco español. Así, Narciso Verdaguer
i Callís, director de «La Veu de Catalunya», admirador
de Maurras y de Barrès y amigo del maurrasiano provenzal
Marius André, y que tanto influiría en la posterior
trayectoria de Francisco Cambó, establecía una
contraposición nitida entre «la España regional y
particularista y la España centralizadora y
uniformada», localizada la primera en el Norte y la
segunda en el Centro y en el Sur. A ese respecto, el
escritor catalán negaba toda virtualidad regeneradora al
parlamentarismo, que era presentado como la antítesis
del catalanismo: «(
) el parlamentarismo -dijo- no
nos detendrá. Ha aparecido la idea que ha de matarlo, el
regionalismo» 42.
Enrique Prat de la Riba llegaría a ser el sintetizador
de todas estas corrientes ideológicas, que confluirían
en el nacimiento del catalanismo como movimiento
político de envergadura. Existen, de hecho, profundas
afinidades entre los planteamientos e ideas de Maurras y
los de Prat de la Riba. Eran, en el fondo, dos almas
gemelas. Ambos nacionalistas, provincianos, sistemáticos
y adelantados de una renovación clásica; pero el
lirismo, la brillantez, el agnosticismo y la facilidad
estilística del provenzal contrastaban con la
religiosidad, la tenacidad y la laboriosidad del
catalán. Estas analogías no pasaron inadvertidas a los
contemporáneos: «En algunos momentos -dirá Antonio
Rovira i Virgili refiriéndose a Prat -recuerda a los
polemistas franceses de la derecha religiosa y política,
y nos parece estar leyendo a Veuillot o a Maurras» 43.
Desde una óptica más favorable al líder catalanista,
el poeta Jaime Bofill i Mates, en cuya obra es igualmente
perceptible la huella maurrasiana, vió en Prat al
representante de «la concepción integral del
nacionalismo», del «catalanismo integral» 44.
Unía a Prat con Maurras una idéntica formación
cultural y doctrinal 45. El catalán recibió, como el
provenzal, la impronta del tradicionalismo maistriano. Lo
que interesó a Prat de los planteamientos del autor de
Consideraciones sobre Francia fue, aparte de su ferviente
apología del catolicismo, su teoría orgánica de la
sociedad; y, en consecuencia, su severa crítica del
contractualismo roussoniano al que calificaba de
«apriorístico», «mecánico», «abstracto»,
«artificioso» y «puramente aritmético». En el fondo,
Maistre, como también había visto Maurras, preparó la
visión positivista del orden social 46. Al igual que
Maurras, Prat fue admirador de Comte, lo mismo que Taine
y Renan 47. Otros autores comunes a ambos eran Fustel de
Coulanges y Taine, en los que veía a los críticos más
sagaces de la obra revolucionaria, en particular de la
centralización administrativa llevada a cabo por los
jacobinos 48.
De acuerdo con su perspectiva
tradicionalista-positivista, Prat, como Maurras, asociaba
sociedad con naturaleza. La nación era concebida como
«una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a
la voluntad de los hombres, que no pueden deshacerla ni
mudarla» 49. No deja de ser significativo que Prat
empleara el término «nacionalismo integral» para dar
nombre a su proyecto político 50.
Prat fue siempre antiparlamentario. El sistema
parlamentario era contemplado desde su óptica
organicista como sinónimo de fragmentación, desorden e
incoherencia; y cuyas consecuencias sociales y políticas
más palpables eran «la burocracia, el absolutismo de
las pandillas de políticos profesionales y el
alejamiento de todos los elementos del país que por su
inteligencia, su posición y sus intereses, deberían
ejercer una mayor influencia en la dirección del
Estado» 51. Frente a ello, el líder catalanista
propugnó la representación corporativa «mediante el
sufragio universal de los cabezas de familia, por gremios
y profesiones, a fin de acabar con el parlamentarismo que
entrega el gobierno de los Estados a los charlatanes de
oficio» 52.
La movilización catalanista tenía como fin último la
consecución de un Estado propio; pero Prat no era
separatista. Su solución era el Estado federal en el
interior; y el imperialismo en el exterior, como
expansión cultural, política y económica de Cataluña
«desde Lisboa hasta el Ródano» 53.
En principio, parecía separar a Prat de Maurras el tema
de las formas de gobierno, si bien este último señaló
en más de una ocasión que él propugnaba la monarquía
para Francia, no para el conjunto de las naciones, cada
una de las cuales debía deducir de su experiencia y
circunstancia histórica el régimen político y la forma
de gobierno más adecuados 54. El líder catalanista
defendió, por su parte, el accidentalismo en materia de
formas de gobierno. Monarquía o república eran «temas
secundarios» para el catalanismo 55.
No obstante, es preciso matizar el contenido y el
carácter del accidentalismo pratiano. Prat exaltó «la
monarquía tradicional, la que forma parte de nuestra
constitución política, la Monarquía de Jaime el
Conquistador y Pedro III, la que hacía de los Estados
aragoneses los más libres del mundo, la que hablaba,
sentía y obraba a la catalana» 56. Por otra parte,
resulta obvio que el principio accidentalista, para poder
sostenerse, necesitaba ser mantenido en el plano de la
pura abstracción; y que tan pronto como se pasaba al
campo de la práctica política concreta en modo alguno
era accidental que existiera una u otra forma de
gobierno. En el fondo, la crítica de Prat fue siempre en
contra de los republicanos, a los que frecuentemente
acusó de «falta de actitud constructiva» 57. En
cualquier caso, Prat llegó a ver en Alfonso XIII al
posible catalizador de la consecución de su proyecto
político 58.
La estrategia pratiana consiguió grandes éxitos
políticos. Después del desastre del 98, Prat consiguió
agrupar a varias tendencias dispersas de la derecha
catalanista, formando la Liga Regionalista. Junto con el
Centro Nacionalista y otros grupos menores, la Liga
formó en 1906 la Solidaridad Catalana, unión que, el
año siguiente, obtuvo un notable éxito electoral 59. Y
entretanto, para encauzar el catalanismo dentro de la
Restauración, Antonio Maura recogió las sugerencias de
«mancomunar» a las diputaciones provinciales, a fin de
crear instituciones político-administrativas de
carácter local, proyecto que ni él ni Canalejas, su
sucesor, pudieron aprobar en las Cortes; pero que,
finalmente, el gobierno de Eduardo Dato logró sacar
adelante mediante el Real Decreto de 18 de diciembre de
1913, siendo nombrado Prat de la Riba presidente de la
Mancomunidad catalana, desde cuyas instituciones
llevaría a cabo una importante labor política y
cultural 60.
IV. EUGENIO D'ORS Y EL «NOVECENTISMO»
En el desarrollo de su proyecto político y cultural,
Prat de la Riba encontró en Eugenio D'Ors a un lúcido y
dotado colaborador intelectual 61. A lo largo de su vida,
caracterizó a D'Ors un sesgo fuertemente autoritario y
un ferviente deseo de educar a sus compatriotras y
colocarlos en la senda que él consideraba adecuada. Su
gran ambición fue la de ejercer el liderazgo cultural
primero en Cataluña y, luego, en el resto de España. Y
es, en realidad, a D'Ors y no a Azorín, como
equivocadamente afirma Eugen Weber, a quien corresponde
la prioridad en la introducción de la mayoría de los
temas y postulados del nacionalismo integral maurrasiano
en tierras españolas 62.
En ese sentido, no hizo más que continuar y desarrollar
los supuestos incoados en la obra de Prat, con quien
siempre se sintió muy compenetrado. Para D'Ors, la obra
de Prat, en particular La nacionalidad catalana, era,
ante todo, «una lección de doctrina», «la fórmula
científica del ideal político» 63.
Fruto de aquella compenetración con Prat fue su pronta
colaboración en «La Veu de Catalunya», donde publicó,
con el pseudónimo de Xenius, su célebre Glosario; y su
nombramiento en febrero de 1914 como secretario general
del Instituto de Estudios Catalanes, al que luego
seguirían otros importantes cargos en la Mancomunidad.
Cuando D'Ors llegó a la vida pública, la cultura
catalana estaba aún bajo la hegemonía del
«modernismo», denominación que englobaba una serie de
tendencias ideológicas, literarias y artísticas, que
iban desde las tesis sociológicas en política hasta el
naturalismo en literatura, pasando por el impresionismo
en pintura, el simbolismo en poesía, etc 64.
D'Ors, que sería su mayor crítico, había vivido en
París algunas temporadas como becario; y tuvo ocasión
de leer las obras de Maurras, Barrès, Moréas y Sorel, y
de iniciar sus contactos con miembros de «L'Action
Française». En todo momento, caracterizó al pensador
catalán una profunda devoción por la cultura francesa.
«Ser francés -dirá- ya es una distinción. Entiéndase
francés legítimo, que haya siempre comulgado en la gran
tradición de las adquisiciones nacionales -digno
heredero de una cultura por la que pasaron Racine y Le
Notre-, no francés como los de los crímenes de Le
Journal o de las ideologías de La Dépèche» 65.
De esta experiencia saldrá a la luz el movimiento
denominado «Novecentista», cuyo máximo teorizante
será D'Ors, opuesto al «modernismo» hasta entonces
dominante. Como Maurras, D'Ors fue un pensador de
antítesis; y, en consecuencia, definió al
«novecentismo» frente al «modernismo», como un nuevo
intelectualismo. Novecentismo equivalía a claridad
mediterránea, a clasicismo frente al vitalismo y «las
nieblas germánicas» propias del modernismo. Orden,
claridad, racionalidad, en definitiva, clasicismo en
contraposición a romanticismo; razón contra emotividad
66. El novecentismo llevaba, así, a una nueva
definición de la catalanidad y de la cultura catalana.
D'Ors tachaba al modernismo de irracional y romántico.
Sus máximas representaciones, la poesía de Maragall y
la Sagrada Familia de Gaudí, no pasaban de ser
«sublimes anormalidades», nacidas del individualismo
romántico 67.
A la hora de recusar los fundamentos del individualismo
romántico, D'Ors recurría no sólo a Maurras, sino al
más dotado de sus seguidores en el ámbito de la
crítica literaria, Pierre Lasserre, el célebre autor de
Le romantisme français, a quien exaltaba por su «culto
aristocrático de la medida» 68.
En este sentido, el novecentismo establecería la
distinción entre la vida cósmica y la vida humana,
entre el mundo de la naturaleza y el mundo de la cultura,
entre el romanticismo y el clasicismo. Arte y literatura
eran lo contrario de la naturaleza, unas construcciones
arbitrarias, típicas de la cultura, de la vida humana,
es decir, de los estilos. La naturaleza no produce
estilos, es el caos. Sólo el hombre culto, domesticado
en sistemas canónicos, produce estilos. Así, el arte no
podía ser una mera imitación de la naturaleza, que es
lo que el romanticismo y el modernismo pretendían,
siguiendo la perspectiva naturalista que arranca de
Rousseau: «Rousseau es la ignorancia (
) Renegar de
la civilización, renegar de la Historia, negar la
educación, sistematizar la ineducación» 69.
De este modo, el novecentismo suponía «un clasicismo
esencial», es decir, un arbitrarismo propio del hombre
civilizado y liberado de la servidumbre naturalista de lo
espontáneo, de la imitación de «lo salvaje» 70. Por
ello, D'Ors exaltaba a pintores y escultores como Clará,
Casanovas, Viladomat, Rebull, Sunyer, Torres-García,
etc. La restauración clásica era el primer paso para la
restauración de la tradición catalana, para garantizar
la continuidad del espíritu catalán a lo largo de la
historia.
En ese sentido, la máxima aportación de D'Ors al
proyecto catalanista fue su definición de lo catalán a
través de su célebre obra La Bien Plantada, muy
influida por El Jardín de Berenice de Barrès y por la
Invocación a Minerva de Maurras. D'Ors presentó a su
personaje, Teresa, como el símbolo de la tradición
catalana frente a la castellanidad, tal y como ésta era
presentada, a su juicio, por los autores
noventayochistas, sobre todo por Unamuno y Zuloaga,
defensores, según Xenius, de un estilo «místico,
ardiente, amarillo, áspero». En contra del supuesto
misticismo castellano, D'Ors concibe a Cataluña,
representada por el arquetipo de Teresa, como portavoz de
la razón, del límite, de los «detalles exactos», del
orden y la armonía. Igualmente, el arquetipo se resuelve
contra el modernismo, símbolo de la anarquía
individual, de las «prosas bárbaras y rústicas». El
arquetipo, además, viene a concretarse en un auténtico
proyecto de restauración nacional catalana: «Yo no he
venido -dirá Teresa- a instaurar una nueva ley, sino a
restaurar la ley antigua. No quiero traeros la
revolución, sino la continuación» 71.
Como en Prat de la Riba, el proyecto novecentista orsiano
culmina en la idea de Imperio. El imperialismo orsiano
comportaba, en el fondo, un antiseparatismo que
evidenciaba la voluntad de conseguir la hegemonía
política en el resto de España. Por eso, D'Ors
reclamaba «la Cataluña interventora en los asuntos del
mundo» 72.
En aquellos momentos, D'Ors se mostraba fuertemente
crítico con el liberalismo y la democracia, a los que
consideraba como antítesis del imperialismo. El
liberalismo representaba «el individualismo
atomístico», el localismo, la defensa de los horrores
de la libre concurrencia económica; y la democracia no
pasaba de ser «la ideología revolucionaria de los
instintos de la burguesía» 73. De hecho, D'Ors fue, en
aquellos momentos, un adelantado en la difusión de los
primeros brotes de nacional-sindicalismo, auspiciados en
Francia por los miembros del Círculo Proudhon. D'Ors
-como Maurras, y anteriormente Donoso Cortés e incluso
Menéndez Pelayo- no dudó en alabar ciertos aspectos de
la ideología del anarquista galo: «¡Con Proudhon,
cómo nos hubiéramos entendido enseguida! Nos
hubiéramos pegado, nos hubiéramos matado, quizá; pero,
eso sí, nos hubiéramos entendido» 74.
Igualmente, D'Ors se declaraba «lector ferviente» de
Sorel y «los nuevos profetas de la nueva espiritualidad
obrera», cuyo signo más llamativo era su «sentido
antidemocrático», celebrando su maridaje con Maurras y
su grupo: «Un Georges Sorel, sindicalista, puede
entenderse con Charles Maurras, monárquico, para
combatir unidos a las fuerzas democráticas de Briand y
Jaurès. Igualmente, el pensamiento novecentista ve menos
obstáculos en los hombres de tradición que en los
liberales» 75.
En ese sentido, el imperialismo era presentado por D'Ors
como la antítesis del liberalismo y la democracia. La
idea de Imperio significaba «la socialización, el
Estatismo, el Estado educacional, la Ciudad, la idea de
expansión de los pueblos , la Justicia Social, la lucha
por la Etica y por la Cultura» 76.
Muerto Prat de la Riba en 1917, D'Ors comenzó a caer en
desgracia ante el nuevo director de la Mancomunidad,
Josep Puig i Cadafalch, iniciándose desde entonces una
amplia operación de acoso que, poco después, terminó
con el abandono de Xenius, acusado de irregularidades
administrativas y de simpatías sindicalistas, de sus
cargos en la entidad autónoma y, finalmente, con su
marcha de Cataluña; lo que, a ojos de algunos
catalanistas, significó una traición 77.
Ello no comportó un cambio cualitativo en su perspectiva
ideológica, ni en su admiración por Maurras. Ya en
Madrid, D'Ors comenzó a colaborar en el diario «ABC» y
luego en «El Debate», convirtiéndose en uno de los
más importantes intelectuales de la derecha española.
Significativamente, Teresa, la Bien Plantada, dejó paso
a Isabel La Católica como arquetipo y símbolo de la
nacionalidad española 78.
V. LA LLIGA Y EL NACIONALISMO INTEGRAL
Dos fascistas franceses, muy relacionados por cierto con
Maurras en su juventud, Robert Brasillach -él mismo
catalán- y Maurice Bardèche definieron la Lliga
catalana como «monárquica, casi al estilo
maurrasiano», fiel al ideal del «rey federador» 79. El
aserto es, desde luego, discutible, incluso exagerado,
pues tomado al pie de la letra puede llevar a una
generalización históricamente errónea. No todos los
dirigentes de la Lliga fueron igualmente influidos por
Maurras; y algunos no lo fueron nunca. La obra de Maurras
no está ausente de la lectura del máximo dirigente del
partido catalanista, Francisco Cambó. Como Prat de la
Riba, Cambó se formó en las coordenadas ideológicas
del tradicionalismo positivista francés; y se refirió a
Le Play, Taine, Fustel de Caulanges, Barrès, etc, como
«los maestros de mi juventud» 80. Su contacto con
Versaguer i Callís, de cuyo bufete fue pasante, le
familiarizó con la lectura de Mistral, Barrès y Maurras
81. Como señaló Jesús Pabón, Cambó fue una figura a
caballo entre el tradicionalismo y el liberalismo; vivió
el cruce de ambas corrientes empeñado en conciliarlas
82. Cambó consideró a Maurras un «espíritu penetrante
y sutil», «alma de aristócrata, empapada con las
esencias más puras de la tradición francesa» 83. No
obstante, veía en él a una mente poco práctica, que
había cometido el error de convertir su movimiento
político en un grupo minoritario, elitista, que apenas
actuaba salvo en París y que no daba papel alguno a las
masas en su política 84.
Cambó sintió igualmente admiración por León Daudet, a
quien consideraba el gran panfletario de «L'Action
Française» 85. Ante todo, lo que le fascinaba de Daudet
era su estilo recio, su enemiga del jacobinismo, su
fervor por la cultura grecolatina y los autores clásicos
86.
Cambó nunca ocultó su aversión al liberalismo
iguaitario, cuyo efecto más pernicioso era la
centralización territorial y administrativa. En ese
sentido, juzgaba «fatal» la influencia de la
Revolución francesa, al haber intentado destruir «toda
la vida orgánica de los pueblos», edificando en su
lugar un «Estado omnipotente» 87. Por ello, gustaba
citar a Taine, como Maurras, a la hora de criticar el
orden local español y francés, cuya principal
característica era su desdén por «la realidad de la
vida» 88. Cambó fue igualmente un defensor acérrimo
del voto corporativo, al que, en una precisión muy
próxima a Maurras, juzgaba más progresivo que el
individual: «El sufragio inorgánico es conservador (
)
nunca dá entrada a las minorías que son las que lleva
en sí el germen de las grades transformaciones» 89. A
pesar de sus afirmaciones esporádicas de signo
accidentalista, Cambó, siempre prefirió, de hecho, el
régimen monárquico al republicano; y vió en la
monarquía, muy en la línea maurrasiana, la garantía
más sólida para lograr el vínculo institucional entre
pueblos de origen diverso 90.
Mucha mayor influencia ejerció Maurras en la obra de
otro dirigente de la Lliga, Juan Estelrich. Militante
tradicionalista en su juventud, Estelrich comenzó su
vida intelectual y política en revistas de tendencia
integrista como «Cruz y Espada» y «El Correo
Español» 91. Ya en el catalanismo, fue uno de los
discipulos más aventajados de D'Ors, del que luego se
distanció y al que, tras su marcha de Cataluña, acusó
de casarse con una novia rica, es decir, con el
castellano 92. Estelrich ocupó cargos de importancia en
la Lliga, convirtiéndose en uno de los principales
colaboradores de Cambó. Director de la Fundación Bernat
Metge, conoció a Maurras en 1919, cuando visitó la
Asociación Guillermo Budé -afín a «L'Action
Française»- con el objetivo de hacer una selección
catalana de autores clásicos griegos y latinos 93.
A su entender, fueron Barrès y Maurras los autores
franceses que rompieron con la superficialidad de sus
compatriotas a la hora de tratar los temas de España 94.
En uno de sus primeros ensayos, Estelrich calificó a
Maurras de escritor «recio», «firme» 95. Su
influencia, junto a la de Barrès, es perceptible en su
concepción del hecho nacional. La nación tenía como
punto de referencia el pasado histórico, la tierra y los
muertos; y, en ese sentido, el catalanismo podía ser
definido como «una reacción histórica contra el
antihistoricismo revolucionario» 96. Tanto la
Ilustración como el liberalismo y la democracia eran
calificados por Estelrich de «esencialmente
antihistóricos». «Porque -señalaba- la conciencia
histórica y la democracia antihistórica son dos
realidades antitéticas» 97.
Con claras resonancias del positivismo maurrasiano,
Estelrich consideraba el hecho nacional como una realidad
objetiva, viva, imposible de ser superada en el conjunto
indiferenciado de la humanidad abstracta: «La
nacionalidad es la humanidad concreta o lo concreto
humano» 98. Por eso, una de las consecuencias del
pensamiento nacionalista era «la destrucción de
cualquier vacío intelectualismo, de cualquier concepto
idílico de vida» 99. Ello se enlazaba con la crítica
al modernismo y al romanticismo, que el político
mallorquín recibió de Maurras y de D'Ors: «El
modernismo, retoño del romanticismo, es enfermedad, es
desviación del Renacimiento -desviación que lleva al
aflojamiento, al decaimiento. Renacimiento y clasicismo
coinciden en las finalidades últimas; el vigor
renacentista no puede mantenerse más que con la salud
del arte y la actitud vital clásica» 100. Como Cambó,
Estelrich hizo suyo el modelo de descentralización
propugnado por Maurras para Francia: «unión
federativa», «nacionalista y corporativista», «con un
jefe plenamente responsable dentro de sus limitadas
funciones propias» 101.
Postura ambivalente en relación a Maurras fue la de
Jaime Bofill i Mates 102. Afamado poeta, conocido
también por el pseudónimo de «Guereau de Liost»,
Bofill procedía de una familia de origen carlista,
profundamente católica. estudiante en el seminario de
Vic, se familiarizó con las obras de Prat de la Riba,
D'Ors, Le Play, Taine y Maurras. Dirigente de la Juventud
Nacionalista de la Lliga, fue el portavoz de un
nacionalismo radical. La influencia de Maurras es
evidente en sus concepciones de la nación y de la
sociedad. Para Bofill, el clasicismo era un concepto
integral, bajo cuyo manto podían englobarse la
política, el arte y la sociedad. Su denominador común
era su relación directa con las necesidades y las
características de la naturaleza humana; y, en ese
sentido, podía considerarse como «positivista». El
nacionalismo era, por eso, el movimiento político
clásico por excelencia, que defendía «el encaje de una
organización política en la obra de la naturaleza».
Como realidad natural, la nación era materia bruta que
el hombre debía modelar a partir de los cánones
clásicos. La nación era incompatible con las tendencias
jacobinas, que pretendían convertirla en un ente
uniforme, cuando en realidad sólo podía ser considerada
como síntesis de una serie de comunidades inferiores
previas a su existencia, y que era preciso, por ello
mismo, respetar: comarca, región, municipio, etc.
Además, la existencia de la nación era incompatible con
la existencia en su interior de partidos políticos y
organizaciones sindicales de clase, a los que Bofill
calificaba de portadores del «individualismo social y
del socialismo político» 103.
Posteriormente, Bofill evolucionó hacia posturas
demoliberales, cada vez más decepcionado de los efectos
de la estrategia política de Cambó; y en 1922 fue uno
de los líderes más significativos de la escisión de la
Lliga que daría lugar al partido «Acción Catalana».
La denominación del nuevo partido suscitó las
suspicacias de los radicales lerrouxistas, que vieron en
él un intento de imitación de «L'Action Française»,
un movimiento de «separatistas vergonzantes» y de
imitadores de Daudet y de Maurras 104. Aquellas denuncias
tenían, en realidad, poco que ver con los postulados que
Bofill y algunos de los promotores del partido
propugnaban, y que eran demolibe-rales 105. Sin embargo,
en alguna medida el modelo maurrasiano estaba presente en
el pensamiento de otros militantes, como el poeta José
Vicente Foix para quien «Acción Catalana» debía ser
«una organización de patriotas destinada a despertar el
sentimiento comunitario» 106.
Curiosamente, Bofill, al final de la Dictadura
primorriverista, criticó a Cambó, acusándole de
seguir, por el monarquismo de sus tesis, los postulados
del «máximo oráculo de Acción Francesa» 107.
Otro miembro de la Lliga seducido por la dialéctica
maurrasiana fue Manuel Brunet i Sola, escritor y
editorialista de «La Veu de Catalunya». Marcado en su
juventud por la influencia del marxismo revolucionario,
retornó después, bajo la influencia del escultor Manuel
Hugué, al catolicismo y a un conservadurismo muy marcado
por la impronta de Maurras 108. Para Brunet, las
doctrinas de Maurras eran «un monumento a la
inteligencia». «Ningún otro país ha producido nada
parecido en lo que va de siglo. Todavía no se ha
inventado ningún otro sistema crítico tan veraz sobre
las ideologías y los hechos políticos» 109.
VI. APOLOGISTAS, DETRACTORES Y CONVERSOS
Por otra parte, el nombre de Maurras y su obra no eran
solamente conocidos por la élite política catalana. En
las tertulias y cenáculos intelectuales barceloneses
brillaban con luz propia y eran objeto de controversia.
Así nos lo muestra, al menos, Josep Pla, cuyas opiniones
sobre Maurras variaron con el tiempo. Pla nos hace una
descripción de la tertulia del café Lyon, en la que
llevaba la voz cantante el escultor y poeta Manuel
Hugué, quien sentía gran admiración por el escritor
provenzal. «He leído a Maurras -decía-, lo he
estudiado y meditado; es un lógico implacable,
delirante, y siempre tiene razón en su campo». Hugué
solía ir a la tertulia con un ejemplar de «L'Action
Française» bajo el brazo; mientras que otro de los
asiduos llevaba «L'Humanité». «En el momento del
arroz con pescado -continuaba Pla- el caótico vehículo
de la tertulia se encontraba inmerso en depresiones del
derrotismo. Cuando aparecía el queso, empero, la figura
de Maurras, gigante del chovinismo, era universalmente
admirada por todos» 110.
De igual manera, Maurras era figura estelar en la
tertulia de la Peña del Ateneo, que presidía el doctor
Quin Borralleres, y a la que solían asistir D'Ors, el
doctor Dalí, Joan Creixells, Josep M. Albinyana, Pere
Rahola, Enrich Jardí, Pla y otros. Aparte de D'Ors, los
grandes admiradores de Maurras eran Albinyana y, sobre
todo, Jardí, a quien, según Pla, la lectura de
«L'Action Française» «le había puesto la cabeza como
un bombo» 111.
Enric Jardí i Miquel, novecentista, amigo de D'Ors y
padre, a su vez, de uno de los mayores estudiosos de la
obra orsiana, tuvo oportunidad de exponer, en
conferencias y artículos, los supuestos de la obra de
Maurras y sus relaciones con la de Sorel. A su entender,
ambos doctrinarios eran los hombres que simbolizaban las
nuevas tendencias ideológicas y políticas que se
colocaban radicalmente frente a la «Bastilla
democrática». A pesar de sus grandes diferencias,
Jardí percibía en sus respectivos planteamientos una
serie de afinidades no sólo en su común odio a la
democracia liberal, sino en su vertiente voluntarista,
como lo demostraban las analogías entre la teoría del
golpe de Estado de Maurras y la huelga general de Sorel
112.
Muy semejante era la posición de otro novecentista, el
escritor católico José María López-Picó, quien se
decía asiduo lector y admirador de las obras de Maurras,
Barrès, Sorel y Mo-réas, unidos todos en una común
perspectiva de retorno a los valores clásicos tanto a
nivel estético como político 113. López-Picó
consideraba a Maurras como el modelo de líder
espiritual. Era una «personalidad fulgurante», cuyo
movimiento era mucho más que un partido político; era
«una Escuela» 114.
Cercano a tales planteamientos se hallaba José María
Junoy i Muns. Poeta, periodista, crítico de arte y
dibujante, Junoy era conocido en Barcelona como un
experto en cuestiones artísticas y literarias.
Francófilo durante la Gran Guerra, publicó un caligrama
titulado «Oda a Guynemer» -en homenaje al heroico
aviador francés- 115, que recibió las alabanzas de
Maurras, Barrès, Clémenceau y Apollinaire 116. Junoy
tuvo ocasión de conocer personalmente a Maurras en
París, cuando contemplaba las celebraciones del
aniversario de la muerte de Luis XVI, en enero de 1919,
llamándole la atención sobre todo la «radiactividad»
de sus ojos. Para Junoy, Maurras era, ante todo, «el
Gran Latino», «el pensador actual de la Mediterraneidad
por excelencia» 117. En ese sentido, establecía una
clara primacía del Maurras teórico del clasicismo sobre
el doctrinario político, dado que, a su entender, el
nacionalismo integral no podía ser «un producto de
libre exportación» 118. Sin embargo, juzgaba que era
necesario adaptar a las necesidades de la sociedad
catalana el proyecto nacionalista maurrasiano, en el cual
«la idea, el sentimiento y la voluntad nacionalistas han
sido expresadas con una lógica y un ardor
incomparables» 119 Siguiendo el ejemplo de «L'Action
Française», el catalanismo debía ser consciente de la
necesidad de articular una élite intelectual creadora de
un auténtico proyecto de restauración nacional 120. En
base a las teorías maurrasianas, Junoy atacaba a lo que
él denominaba representantes de «L'Anti-Catalunya» -en
cuya denominación quedaban englobados no solamente los
extranjeros, sino el enemigo interior, es decir, «los
catalanes desnacionalizados» que «renunciaban a su
personalidad natural, en tanto que diferente y libre, y
rechazan, voluntariamente, a pesar de ciertos
subterfugios verbalistas, debilísimos, el nombre digno
de catalanes». Los ataques de Junoy se extendían
igualmente al internacionalismo del movimiento obrero
anarquista, al que calificaba de «negación injusta y
falsa del sentimiento y la idea de Patria»; y, como
Maurras, invocaba el nombre de Proudhon como ejemplo de
líder obrero y, a la vez, auténtico nacionalista 121.
Tras su conversión al catolicismo, Junoy reiteraría,
esta vez con motivo de la condena vaticana de algunas
obras de Maurras y de «L'Action Française», su
preferencia por la vertiente literaria y estética del
escritor francés: «Y el que nos interesa más, por
encima de todo, como escritor, es el meridional, el
comediterráneo» 122. Director de «La Nova Revista»
desde 1927, se esforzó en la defensa del catolicismo y
del clasicismo frente al romanticismo; por ello, no
faltaron en sus páginas las firmas de Francis Jammes,
Lasserre y otros escritores franceses conservadores, así
como recensiones de las obras de autores como Henri
Massis, muy próximos a Maurras 123.
No faltaron, desde luego, detractores catalanes de
Maurras, como tampoco faltaron en el resto de España
124. La condena por parte de la Santa Sede de algunas
obras de Maurras y de la propia «L'Action Française»
tuvo una amplia resonancia en toda la nación. Los
distintos sectores del catolicismo español se vieron
obligados a dar su opinión sobre un tema de tanta
transcendencia política y religiosa. En Cataluña, el
canónigo Carlos Cardó defendió la oportunidad de la
decisión papal, insistiendo en los aspectos
materialistas e inmanentistas del ideario maurrasiano.
Maurras era «el Rousseau de la derecha», cuyo
esteticismo pagano tenía como consecuencia «la
abdicación pura y simple de toda resistencia moral ante
las decisiones arbitrarias e incomprensibles del orden
impersonal de las cosas» 125. La decisión de Pío XI
recibió igualmente el apoyo del capuchino Miguel
d'Espugues, para quien las doctrinas de Maurras eran una
variante del «modernismo» 126.
Desde una postura laica, Maurras recibió las críticas
de Juan Creixells 127. Discípulo de Eugenio D'Ors, de
quien acabó separándose, Creixells fue en todo momento
un liberal. Su contacto con D'Ors le hizo un defensor del
clasicismo en arte y en literatura. Pero se esforzó en
distinguir su clasicismo del defendido por su antiguo
maestro y por Maurras. El clasicismo no implicaba en sí
mismo una perspectiva ideológica conservadora;
significaba el culto a la realidad dada, como el
objetivismo en filosofía 128. Disentía igualmente de
los planteamientos políticos de Maurras, en particular
de su monarquismo, que consideraba una imposibilidad
histórica 129.
Si algo caracterizó a Josep Pla en relación a Maurras
fue su ambivalencia. Pla fue un hombre de cultura
francesa 130. Sentía una especial predilección por
Barrès, a quien consideraba un «estilista
extraordinario, elegantísimo» y cuya doctrina
nacionalista juzgaba «muy ligada a la realidad
plausible» 131. Hombre de la Lliga, fiel en todo momento
a Cambó, conservador y agnóstico, Pla tuvo ocasión de
entrar en contacto con Maurras, cuando fue destinado por
el diario «La Publicidad» a París. En un primer
momento, Pla no dudó en criticar a los intelectuales
que, como Junoy, Foix, López-Picó, etc, se sentían
influidos por Maurras. Con motivo de la aparición de
«Acción Catalana», Pla estimó que la importación del
modelo francés era muy negativa para el nacionalismo
catalán, porque éste se caracterizaba por el unitarismo
estatalista y el orden como valor absoluto, todo lo cual
no convenía al catalanismo, cuyo objetivo debía ser la
lucha contra el sistema jurídico y político a que
Cataluña se hallaba sometida. A todo lo más que llegaba
Maurras en relación a Cataluña era a una idealización
de la Provenza latina, de Mistral, de los felibres y del
provincialismo literario provenzal; y ello dentro de los
límites de la adhesión a España como nación y a la
dinastía borbónica 132.
Esta valoración negativa se veía matizada por una
indisimulada afinidad ideológica y estética con
diversos aspectos del nacionalismo integral. Pla
consideraba a «L'Action Française» no sólo como «el
órgano más decisivo del movimiento monárquico
francés», sino igualmente como «la oposición más
razonada, implacable, cruel e injusta que tuvo la III
República». Era, además, un «auténtico fenómeno
periodístico». En ese sentido, Pla reconocía que la
lectura del diario monárquico fue una de sus actividades
parisinas «menos áridas» 133.
El escritor ampurdanés se sintió especialmente
impresionado por la personalidad de León Daudet, a quien
consideraba «el primer panfletario de su tiempo»; y
cuya actuación en el parlamento francés tuvo ocasión
de contemplar: «Cuando entra produce más efecto que el
presidente (
) Una gran parte del público ha venido
a ver a León Daudet» 134.
Existe en Pla una evidente influencia de Maurras en sus
principios literarios y estéticos. Pla tenía gusto por
lo clásico. El clasicismo se adecuaba mejor que el
romanticismo a la realidad, a los límites del mundo:
«El clásico parte del principio de que, de momento, no
hay más mundo que éste, que el presente» El escritor
clásico utiliza la inteligencia para llegar al realismo,
frente al romanticismo que dá un mayor énfasis al
sentimiento que a la inteligencia, al instinto que a la
prudencia: «El romántico vive en el mundo hecho a su
manera; el clásico navega en el mundo tal como es» 135.
En su biografía de Santiago Rusiñol, Pla interpreta la
trayectoria vital de éste como la de un romántico, cuyo
rasgo más llamativo era su individualismo anárquico, su
inadaptación social: «Temperamentos esencialmente
femeninos (en el sentido que Maurras daba a esa palabra),
desfibradores, nebulosos, no encajan en este pobre mundo
que consideran -quizá con excesivo orgullo- siniestro e
impracticable» 136.
La crítica de la mentalidad romántica sirvió a Pla
igualmente para atacar a sus enemigos políticos de la
izquierda; y no dudó en comparar a Pi i Margall con Prat
de la Riba, señalando que mientras el primero no pasaba
de ser un «anarquista romántico», el segundo venía a
ser un auténtico empirista organizador, cuyo proyecto
político se basaba en un realismo puro que eliminaba
«los elementos mágicos, sobrenaturales y subjetivos»
del campo de la práctica política 137.
Acorde con su sólido conservadurismo, Pla recibió
negativamente la II República, en la que vió el
preludio de un proceso revolucionario de imprevisibles
consecuencias: «En España, país de famélicos, de
onanistas y perturbados, el liberalismo se subirá a la
cabeza de la gente y la pureza utópica de la doctrina
causará estragos». En Cataluña la situación era más
grave, dado el predominio de la Esquerra, en cuyo
programa no veía otra cosa que un compendio de «todos
los tópicos del humanitarismo más insincero y
tronado», por lo que presagiaba «tres años de
anarquía sindical, de predominio de la asociación de
Viajantes y el correspondiente caviar» 138.
Exiliado en Roma durante la guerra civil, Pla trabajó
como espía al servicio de Franco, escribió libros de
encargo para los monárquicos Eduardo Aunós y Felipe
Beltrán Güell, luego publicados tras la contienda con
la firma de sus patrocinadores 139; y sacó a la luz una
Historia de la II República Española, en cuatro tomos,
donde razonó su posición política, con abundantes
alabanzas a Calvo Sotelo, Gil Robles y José Antonio
Primo de Rivera 140.
En esa nueva etapa, Pla no recató alabanzas a Maurras,
cuya doctrina consideraba un buen antídoto «contra el
romanticismo social, literario y estético, contra las
locuras del universalismo impracticable y falso, contra
la dejadez y el abandonismo» 141.
VII. FOIX-CARBONELL O EL CATALANISMO RADICAL
No quedaría completa la panorámica de la influencia
maurrasiana en Cataluña sin hacer mención a dos claros
representantes del nacionalismo catalán radical, José
Vicente Foix y José Carbonell 142. Su formación
cultural era idéntica. Foix fue asiduo de la tertulia de
La Peña, donde conoció a López-Picó y a Junoy.
Carbonell, lo mismo que Foix, era devoto de D'Ors:
«Todos teníamos el Glosario en la mesilla de noche»
143.
La devoción por Maurras era también común: «Maurras
-diría Carbonell, en una entrevista- era un gran
educador y un buen escritor. Y está claro que un
político fantástico (
) Le seguíamos por el rigor
y la seriedad en tratar las cuestiones básicas, por su
pragmatismo» 144.
Fruto de aquella amistad y aquellas preferencias
intelectuales fue su colaboración en la revista
«Monitor», editada entre 1921 y 1923. Tomando como
ejemplo a «L'Action Française», Foix y Carbonell
elaboraron un proyecto político que, en buena medida, no
era sino la renovación, en un sentido radical, de los
planteamientos de Prat de la Riba y D'Ors. Bajo su
dirección, «Monitor» se mostró muy crítica en
relación a la trayectoria política de la Lliga y el
liderazgo de Cambó, acusándoles de españolistas: «El
ideal internacional de Cataluña es el logro del ideal
latino occidental. Es decir, la constitución y la unión
de las repúblicas occidentales latinas para el
mantenimento del criterio latino de Occidente (
) El
iberismo mítico (de Cambó) es el salvamento de la
historia de España que muere». Carbonell acusaba a
Cambó de no haber entendido la novedad del fascismo y de
no plantearse su adaptación a la realidad catalana: «el
ejemplo fascista de Italia, domando la lucha de clases y
superándola con la idea nacional, ¿no le dice nada?» A
ese respecto, no existía la menor duda para ambos de que
el nacionalismo catalán debía tomar buena nota de la
experiencia fascista italiana: «Ante la nación no hay
lucha de clases. Cada ciudadano queda enrolado
jerárquicamente y movilizado bajo la bandera de la
Patria y de la disciplina» 145.
Foix alababa el latinismo de Maurras, pero reprochaba a
éste su incomprensión del hecho nacional catalán; y
rechazaba su programa de monarquía federativa como
vehículo para solucionar el problema planteado por los
catalanistas: «Una Cataluña sujeta a la Monarquía
unitaria española es un desorden permanente para la
causa de la monarquía y para la causa del orden» 146.
Desde su óptica, Cataluña debía ser considerada como
una nación con todas las consecuencias. Ello supondría
el primer paso para la constitución de una
confederación ibérica, en la que Cataluña tendría un
papel hegemónico, sometiendo al resto de las naciones
que formasen parte de ella: «Monitor» admite la
desigualdad de las naciones y la desigualdad de las
lenguas, la preeminencia de una nación y de una lengua
sobre la nación y la lengua en competencia, la
gradación, la jerarquía entre las naciones, la
sumisión de las naciones incompetentes a las más
capaces» 147. Sólo bajo la hegemonía catalana podría
iniciarse la reorganización territorial y política de
la Península Ibérica en áreas de influencia: «El
programa de nuestro movimiento patriótico romano otra
vez fijado sin equívocos: Cataluña nación, Federación
e Imperio» 148. Este proyecto exigía desde el principio
«la sumisión de la Castilla absorbente, unitaria y
primitiva» 149. Cataluña garantizaría el equilibrio
político peninsular mediante una política que respetara
la vocación y la tradición histórica del conjunto de
las naciones peninsulares, lo cual conduciría a un
reparto equitativo de las áreas de influencia exterior:
Cataluña se reservaría el Mediterráneo; Portugal, el
Atlántico; Andalucía, el Norte de Africa; y Castilla,
Hispanoamérica 150.
Cuando en junio de 1922 se materializó la escisión de
la Lliga que condujo a la aparición de «Acción
Catalana», Foix y Carbonell se convirtieron, aunque por
poco tiempo, en miembros significativos del nuevo
partido. Para ambos, «Acción Catalana» debía
constituirse siguiendo el ejemplo de «L'Action
Française». Foix fue uno de los responsables del
boletín del partido. Para el poeta, «Acción Catalana»
era «la garantía del patriotismo íntegro», cuyo
objetivo era «la catalanización del ciudadano en todos
los aspectos»; y, en ese sentido, su táctica no podía
ser posibilista, como la de Cambó, sino intransigente y
maximalista: «Los intereses pactan y transigen. Acción
Catalana, que sólo defiende ideales, ni pacta ni
transige. La política de conciliación no es la suya»
151. Lo cual era consecuencia del carácter integral de
su proyecto político: «Todo nacionalismo es combativo,
extremoso. Un nacionalismo pacífico no es comprensible»
152. El boletín de «Acción Catalana» publicó alguna
alabanza de «L'Action Française», por su defensa de
las lenguas vernáculas; y de Mistral, en el mismo
sentido 153.
Foix no dudó en entrar en polémica con Pla en defensa
de Maurras, cuando éste atacó la posibilidad de un
catalanismo tributario de las doctrinas de «L'Action
Française». Para Foix, el nacionalismo integral era
exportable a Cataluña. Su máxima virtualidad había
sido la de hacer propia la causa de la nación como «la
causa de la propia inteligencia». Ciertamente, Cataluña
no era considerada por Maurras como una nación, pero
aportaba un modelo de acción política y doctrinal de la
que el catalanismo podía nutrirse provechosamente: «La
frecuentación de Maurras acrecienta su patriotismo
catalán, exalta el deseo de grandeza y de esplendor de
su patria» 154.
Sin embargo, la vinculación de Carbonell y Foix a
«Acción Catalana» fue efímera. Ambos abandonaron el
partido cuando éste se convirtió en el ala centrista
del nacionalismo catalán. No obstante, siguieron
colaborando en la elaboración doctrinal del proyecto
nacionalista radical, en el que la aportación
maurrasiana, sobre todo a nivel estético, continuó
siendo esencial 155.
VIII. GUERRA CIVIL Y FRANCO
«L'Action Française» acogió jubilosamente la noticia
del alzamiento del 18 de julio de 1936, considerándolo,
no como un simple pronunciamiento militar contra el
gobierno republicano, sino como una auténtica
contrarrevolución 156.
Por su parte, la inmensa mayoría de los dirigentes de la
Lliga dieron su apoyo a Franco. Era obvio que el
catalanismo conservador no podía identificarse con los
hombres que, despues del 18 de julio, enarbolaron la
bandera de la Cataluña autónoma en el gobierno de la
Generalidad; un gobierno por el que iban a pasar
comunistas, anarquistas, republicanos de izquierdas, etc;
y que iba a perpetrar medidas económicas tan extremas
como la incautación de empresas, de cuentas corrientes ,
de valores y hasta de cajas fuertes, que acarrearon la
impopularidad de la causa republicana en grandes sectores
de las clases medias, de la menestralía y, además, de
la gran burguesía, que fue objeto de una cruel
represión. Cambó razonó su posición política con la
denuncia de la «dictadura de clase» instaurada por el
gobierno del Frente Popular y la afirmación de que una
victoria del bando republicano supondría el
establecimiento en territorio español de «una
República Soviética» 157. A partir de ahí el líder
catalanista interpretó la guerra desde una óptica muy
próxima a la de los intelectuales de «Acción
Española», como una auténtica Cruzada, cuya victoria
llevaría a España a la restauración de su
constitución tradicional, tras un siglo de liberalismo
158.
Juan Estelrich dirigió la propaganda de Franco en los
países europeos no fascistas, con la publicación de la
revista «Occident», en colaboración estrecha con
miembros de «L'Action Française»; y en cuyas páginas
tuvieron audiencia la mayoría de los intelectuales y
políticos españoles y franceses afectos al alzamiento
de julio: Unamuno, Ortega y Gasset, Zuloaga, Menéndez
Pidal, Claudel, Legendre, Maurras, Daudet, Fay, Jammes,
Drieu La Rochelle, etc 159.
Especialmente interesante fue, en ese sentido, la
difusión del Manifiesto a los intelectuales españoles
firmado, entre otros por Georges Guyau, Francis Jammes,
Maurice Denis, León Daudet, Abel Bonnard, Luis Bertrand,
Henri Massis, Paul Claudel, Pierre Drieu La Rochelle,
Maurice Legendre, Robert Brasillach, Bernard Fay, Ramón
Fernández, Luis Madelin, Charles Maurras, René
Benjamin, Igor Strawinsky, etc, en apoyo del general
Franco y su causa 160.
Estelrich se convirtió en uno de los propagandistas más
lúcidos de Franco, con sus obras La persecución
religiosa en España, El drama del País Vasco, La
justicia del Frente Popular en España, publicadas todas
ellas en 1937. Además, Estelrich escribió un prólogo a
la obra de Maurras, Vers l'Espagne de Franco, destinada a
publicarse en 1940, pero que, al coincidir con la derrota
francesa en la guerra mundial, fue prohibida por la
censura alemana; y que posteriormente, aunque censurado,
se permitió salir a la luz, pero el escritor catalán
terminó retirando su prólogo 161.
En mayo de 1938, Charles Maurras, acompañado de un
amplio elenco de colaboradores, visitó la España
nacional, siendo presentado por las autoridades del nuevo
Estado como «el embajador de la auténtica Francia»
162. Conducido por Ramón Serrano Suñer, fue recibido
por Franco, con quien conversó durante media hora 163. Y
luego él y sus acompañantes fueron agasajados con un
almuerzo, al que asistieron, entre otros el general
Kindelán, el Conde de Mayalde, Juan José Pradera, Pedro
Gamero del Castillo, Eugenio D'Ors, Fermín Yzurdiaga y
otros.
Nombrado miembro de la Academia de Ciencias Morales y
Políticas y correspondiente de la de la Lengua 164,
Maurras aconsejó a los dirigentes del nuevo Estado una
política comprensiva en relación a Cataluña: «Lo que
puedo y debo decir es que más allá de la autoridad
superior, o monárquica, lo que tiende a la extensión y
a la firmeza de las autonomías es lo que más interesa a
la vida de España». Como de costumbre, abogó por la
monarquía tradicional y descentralizada, para dar
solución al problema catalán. Sin embargo, llegaría a
mostrarse escéptico ante la posibilidad de que su
alternativa pudiera ser aceptada por el conjunto de las
fuerzas políticas nacionalistas: «Y los consejeros del
general Franco, ¿no tendrán la sabiduría suficiente
para acordarse que si bien la unidad es la unidad, es
preciso, sobre todo en España, sostenerla llenándola de
libertades para que se tenga en pie y dure? »165.
Los acontecimientos posteriores no fueron favorables para
la difusión de las doctrinas maurrasianas en España. Su
acercamiento al mariscal Pétain, tras la derrota de
Francia, quien le nombró consejero. Maurras, sin
embargo, no aceptó nunca la ayuda finaciera del gobierno
de Vichy para su diario, que entonces comenzó a
publicarse en Lyon. Y continuó manifestando su acendrado
antigermanismo, propugnando su consigna de La Seule Frace
166. Lo cual no fue óbice para que, finalizado el
conflicto, fuese encarcelado, expulsado de la Academia,
degradado y condenado a cadena perpetua 167.
Sus amigos catalanes, que en 1943 habían publicado en
castellano su obra sobre Mistral, no le olvidaron en la
hora de la desgracia. Cambó expresó su disgusto por la
expulsión del escritor francés de la Academia, gesto
que calificó de «mancha» para aquella institución
168.
Manuel Brunet, que entonces firmaba sus artículos con el
psudónimo de «Romano» en la revista «Destino»,
reiteró su admiración hacia Maurras y su doctrina:
«Desaparecerá la IV República francesa, desaparecerá
Monsieur Bidault con sus demócratas cristianos, pero el
mecanismo crítico de la Acción Francesa subsistirá
169.
Eugenio D'Ors, convertido en la principal figura
intelectual de la España de Franco, afirmó, en una de
sus glosas, que no dejaba de pensar un sólo instante en
la suerte de su amigo. En aquellos momentos se daban,
dirá D'Ors, dos procesos en Francia; uno contra Maurras,
el otro contra el tribunal que pretendía juzgarlo. De la
decisión del primero dependía la suerte del segundo y,
en definitiva, el porvenir de Francia como nación.
«¿Qué Francia van a conocer las generaciones
venideras? La que salga retratada del proceso de Maurras.
Ante cuyo recuerdo, los franceses de mañana podrán
levantar la frente o deberán bajar la cabeza »170.
Tras aquel patético período de persecuciones, Charles
Maurras moría el 15 de noviembre de 1952. La noticia
tuvo un fuerte impacto en los medios intelectuales
catalanes. D'Ors se mostró «desolado». «A mi
entender, de Maurras era la inteligencia -la función
principal de la inteligencia y, por consiguiente, la
comprensión-, lo que yo más apreciaba. En ese sentido,
es el espíritu más comprensivo posible, sin perjuicio
de que fuera el más apasionado» 171.
Josep Pla rindió homenaje al escritor fallecido en un
extenso artículo, donde expuso una síntesis de su
pensamiento político, reiterando su admiración por el
escritor y el artista 172.
Otros simpatizantes de Maurras, como Foix y Carbonell,
guardaron silencio. Tras la guerra civil, a Foix le fue
ofrecida la dirección de una revista cultural, que
rechazó al no poder ser publicada íntegramente en
catalán 173; mientras que Carbonell, según sus propias
palabras, se sumió en «un total ostracismo
voluntario», dedicándose a escribir estudios sobre la
historia local de su Sitges natal 174.
Pedro Carlos González Cuevas
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