Las lenguas de
España
El
texto del proyecto de Constitución hecho por la
Comisión dice: «El castellano es el idioma oficial de
la República, sin perjuicio de los derechos que las
leyes del Estado reconocen a las diferentes provincias o
regiones...» Pero por una porción de razones vinimos a
convenir en la redacción que últimamente se dio a la
enmienda, y es ésta: «El idioma español es el idioma
oficial de la República. Todo ciudadano español tiene
el deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada
región se podrá declarar cooficial la lengua de la
mayoría de sus habitantes. A nadie se podrá imponer,
sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional»... Al
decir «A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de
ninguna Lengua regional», se modifica el texto oficial,
porque eso quiere decir que ninguna región podrá
imponer, no a los de otras regiones, sino a los mismos de
ella, el uso de aquella misma Lengua. Mejor dicho, que si
se encuentra un paisano mío, un gallego o un catalán
que no quiera que se le imponga el uso de su propia
Lengua, tiene derecho a que no se le imponga.
Se está hablando siempre de nuestras diferencias
interiores. Eso es de gente que, o no viaja, o no se
entera de lo que ve. En el aspecto lingüístico,
cualquier nación de Europa, Francia, Italia, tienen
muchas más diferencias que España.
Y ahora me vais a permitir, los que no los entienden, que
alguna vez yo traiga aquí acentos de las Lenguas de la
Península. Primero tengo que ir a mi tierra vasca, a la
que constantemente acudo. Allí no hay este problema tan
vivo, porque hoy el vascuence en el país vasconavarro no
es la Lengua de la mayoría, seguramente que no llegan a
una cuarta parte los que lo hablan y los que lo han
aprendido de mayores, acaso una estadística demostrara
que no es su Lengua verdadera, su Lengua materna... Y
hace cosa de treinta años, allí, en mi nativa tierra,
pronuncié un discurso que produjo una gran conmoción,
un discurso en el que les dije a mis paisanos que el
vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que
recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en
ciencia... es cosa triste, pero el hecho es un hecho.
El vascuence, hay que decirlo, como unidad no existe, es
un conglomerado de dialectos en que no se entienden a las
veces los unos con los otros. Mis cuatro abuelos eran,
como mis padres, vascos; dos de ellos no podían
entenderse en vascuence, porque eran de distintas
regiones: uno de Vizcaya y otro de Guipúzcoa... Y ¿qué
ha ocurrido? Ha ocurrido que por querer hacer una Lengua
artificial como la que ahora están queriendo fabricar
los irlandeses; por querer hacer una Lengua artificial,
se ha hecho una especie de «volapuk» perfectamente
incomprensible. Porque el vascuence no tiene palabras
genéricas, ni abstractas, y todos los nombres
espirituales son de origen latino, ya que los latinos
fueron los que nos civilizaron y los que nos cristianaron
también... Estaba yo en un pueblecito de mi tierra,
donde un cura había sustituido -y esto es una cosa que
no es cómica- el catecismo que todos habían aprendido,
por uno de estos catecismos renovados, y resultaba que
toda aquella gente había aprendido a santiguarse
diciendo: «Aitiaren eta semiaren eta izpirituarem
izenian» (En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo), se les hacía decir: «Aitiaren eta
semiaren eta Crogo dontsuaren izenian», que es: «En el
nombre del Padre, del Hijo y del santo apetito.»... Esto
me recuerda algo que no lo olvido nunca y que pasó en
América: que una Orden religiosa dio a los indios
guaraníes un catecismo queriendo traducir al guaraní
los conceptos más complicados de la Teología, y,
naturalmente, fueron acusados por otra Orden de que les
estaban enseñando herejías; y es que no se puede poner
el Catecismo en guaraní ni en azteca sin que
inmediatamente resulte una herejía.
Y después de todo, lo hondo, lo íntimo de nuestro
espíritu vasco, ¿en qué lo hemos vertido? El hombre
más grande que ha tenido nuestra raza ha sido Iñigo de
Loyola y sus Ejercicios no se escribieron en vascuence.
No hay un alto espíritu vasco, ni en España ni en
Francia, que no se haya expresado o en castellano o en
francés.
Y ahora hay una cosa, el aldeano, el verdadero aldeano,
el que no está perturbado por nacionalismos de señorito
resentido, no tiene interés en conservar el vascuence.
Se habla del anillo que en las escuelas iba pasando de un
niño a otro hasta ir a parar a manos de uno que hablaba
castellano, a quien se le castigaba; pero, ¿es que acaso
no puede llegar otro anillo? ¿Es que no he oído decir
yo: «No enviéis a los niños a la escuela, que allí
aprenden el castellano, y el castellano es el vehículo
del liberalismo»? Eso lo he oído decir yo.
Pasemos a Galicia. Tampoco allí hay problema. No creo
que en una verdadera investigación resultara semejante
mayoría. No me convencen de eso. Rosalía decía aquello
de:
Castellanos de Castilla,
tratade ben os gallegos;
cando van, van como rosas;
cando veñen, como negros.
¿Es qué les trataban mal? No. Eran ellos los que se
trataban mal, para ahorrar los cuartos y luego gastarlos
alegre y rumbosamente en su tierra, porque no hay nada
más rumboso, ni menos avaro, ni más alegre, que un
aldeano gallego. Todas estas morriñas de la gaita son
cosas de los poetas.
Vuestra misma Rosalía de Castro después de todo, cuando
quiso encontrar la mujer universal, que era una alta
mujer, toda una mujer, no la encontró en aquellas coplas
gallegas, la encontró en sus poesías castellanas de
«Las orillas del Sar». ¿Y quiénes han enriquecido
últimamente a la Lengua castellana, tendiendo a que sea
española? Porque hay que tener en cuenta que el
castellano es una Lengua hecha, y el español es una
Lengua que estamos haciendo. ¿Y quiénes han contribuido
más que algunos escritores gallegos -y no quiero
nombrarlos nominativamente, estrictamente-, que han
traído a la Lengua española un acento y una nota
nuevos?
Y ahora vamos a Cataluña... Yo conocí, traté, en
vuestra tierra, a uno de los hombres que me ha dejado
más profunda huella, a un cerebro cordial, a un corazón
cerebral, aquel gran hombre que fue Juan Maragall. Oíd:
«Escolta, Espanya la veu d'un fill
que't parla en llengua no castellana...»
Pero él, Maragall, el hombre que decía esto, habló
siempre, en su trabajo, en su labor periodística; habló
siempres, digo, en un español, por cierto lleno de
enjundia, de vigor, de fuerza. Aquí se nos habla siempre
de uno de los mitos que ahora están más en vigor, y es
el «hecho». Hay el hecho diferencial, el hecho como
tal, el hecho consumado. El catalán, que tuvo una
espléndida florescencia literaria hasta el siglo XV,
enmudeció entonces como Lengua de cultura, y mudo
permaneció los siglos del Renacimiento, de la Reforma y
la Revolución. Volvió a renacer hará cosa de un
siglo... Les había dolido una comparanza -que yo hice,
primero, en mi tierra, y, después, en Cataluña- entre
el mauser y la espingarda, diciendo: yo la espingarda,
con la cual se defendieron mis antepasados, la pondré en
un sitio de honor, pero para defenderme lo haré con un
mauser, que es como se defienden todos, incluso los
moros.
En artículos de la Constitución; al establecer la forma
en que se ha de dar la enseñanza trataremos de cómo el
Estado español tendrá que tener allí (en Cataluña)
quien obligue a saber castellano, y sé que si mañana
hay una Universidad castellana, mejor española, con
superioridad, siempre prevalecerá sobre la otra; es
más, ellos mismos la buscarán. Y tal vez haya quien
sueñe también con la conquista lingüística de
Valencia. Estaba yo en Valencia cuando se anunció que
iba a llegar el Sr. Cambó y afirmé yo, y todos me
dieron la razón, que allí, en aquella ciudad, le
hubieran entendido mejor en castellano que si hablara en
catalán.
El más grande poeta valenciano del siglo pasado, uno de
los más grandes de España, fue Vicente Wenceslao
Querol. Querol quiso escribir en lemosín, que era una
cosa artificial y artificiosa y no era su lengua natal;
el hombre en aquel lenguaje de juegos florales se
dirigía a Valencia y le decía:
«Fill de la joyosa vida que'al sol s'escampa...»
Pero él, Querol, cuando tenía que sacar el alma de su
Valencia no la sacaba en la Lengua de Jaime de Aragón,
sino en la Lengua castellana, en la del Cid de Castilla.
Para convencerse no hay más que leer aquella poesía,
«Ausente», que ningún buen valenciano debe leer sin
que se le empañen los ojos de lágrimas. Cuando yo fui a
mi pueblo, fui a predecirles el imperialismo; que se
pusieran al frente de España; y es lo que vengo a
predicar a cada una de las regiones: que nos conquisten;
que nos conquistemos los unos a los otros; yo sé lo que
de esa conquista mutua puede salir; puede y debe salir la
España para todos.
Y esto es lo que he querido hacer al traer aquí un eco
de todas estas Lenguas; porque yo, que subí a las
montañas costeras de mi tierra a secar mis huesos, los
del cuerpo y los del alma, y en tierra castellana fui a
enseñar castellano a los hijos de Castilla, he dedicado
largas vigilias durante largos años al estudio de las
Lenguas todas de la Patria, y no sólo las he estudiado,
las he enseñado, fuera, naturalmente, del vascuence,
porque todos mis discípulos han salido iniciados en el
conocimiento del castellano, del galaico-portugués y del
catalán. Y es que yo, a mi vez, paladeaba y me regodeaba
en esas Lenguas, y era para hacerme la mía propia, para
rehacer el castellano haciéndolo español, para
rehacerlo y recrearlo en el español recreándome en él.
Y esto es lo que importa. El español, lo mismo me da que
se llame castellano, yo le llamo el español de
España... El castellano es una obra de integración: han
venido elementos leoneses y han venido elementos
aragoneses, y estamos haciendo el español, lo estamos
haciendo todos los que hacemos Lengua o los que hacemos
poesía... España... es renación, renación de
renacimiento y renación de renacer, allí donde se
funden todas diferencias, donde desaparece esa triste y
pobre personalidad diferencial.
Miguel de Unamuno
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