Fernández
Carvajal
Hace
casi medio siglo que conocí en la Universidad
Complutense al nuevo académico. Era un estudiante al que
precedía la fama de serio, caballeroso e inteligente.
Coincidíamos en los corredores y en la biblioteca. No
estaba allí para obtener un título, sino para
satisfacer su afán de saber, que era dilatado. Nos
preocupaba España, aunque no desde perspectivas
idénticas. El tiempo le ha dado más razón a él que a
mí.
Ya postgraduados, leía sus artículos en la revista
«Alférez», caracterizados por una distante serenidad
que contrastaba con el impetuoso talante de otros
colaboradores. Algunos de aquellos textos formaron parte
de su primer libro, Diálogos perdidos (1952), revelador
de una mente fina, en la que apuntaba esa tenue duda
metódica que impregnaría la mayor parte de su obra
académica. Evoco una memoria lejana porque no he vuelto
a leer aquel pequeño volumen que recuerdo como
pulcramente impreso y con una incoada voluntad de estilo.
Muy autocrítico, el autor tardaría diecisiete años en
presentar su segundo libro, un manual de bachillerato, La
sociedad y el Estado (1969). Es una obra sistemática,
transparente y amena; pero en modo alguno simple. Tras el
pedagógico lenguaje laten saberes varios y respuestas
claras a problemas complejos. Es un texto escolar, pero
poco convencional y nada ingenuo. El autor denuncia los
egoísmos económicos particulares y propugna un «fuerte
sector público». Postula la descentralización
administrativa, pero repudia la política, que
«acarrearía más perjuicios que beneficios». En este
libro aparece una breve y lúcida exposición del Estado
de las Leyes Fundamentales que es justamente definido
como un «régimen mixto» de monárquico, aristocrático
y democrático. El autor equipara la solución dinástica
con la regencialista, y subraya que la ley no establecía
preferencia alguna por los posibles príncipes que
eventualmente asumieran la sucesión de Franco. La nota
dominante es la insistencia en la función social de la
propiedad y en la cogestión de la empresa por
capitalistas y trabajadores. Este manual es el más
representativo exponente del modelo político que la
clase dirigente brindaba entonces a los gobernados. Es
evidente que, en esta II Restauración, de tal modelo no
queda nada más que la Corona, aunque reducida, en
anticipada expresión del autor, a «mera agencia
ejecutiva» de lo que se decide en otras instancias.
El tercer libro es un tratado, La Constitución española
(1969), al que dediqué una extensa recensión que tengo
a la vista y que ratifico en su integridad.En esa
importante obra, que es un hito de nuestro
constitucionalismo, el autor caracteriza el Estado nacido
de la guerra civil como «una dictadura constituyente y
de desarrollo» que fue construyendo una coherente trama
institucional mediante «una combinación de métodos
monárquicos y democráticos». El proceso es descrito
como un deliberado autoeclipse «de Franco que se fue
haciendo a sí mismo innecesario». Reitero, treinta y
cinco años después, lo que escribí cuando apareció:
«Este libro es por muchos conceptos excepcional..., es
la primera interpretación global y sistemática del
proceso institucional del Estado nacido el 18 de
julio»1.
En su cuarto libro, El lugar de la ciencia política
(1981), el autor reunió y revisó seis trabajos, el
primero, que ocupa tres cuartas partes del volumen, era
inédito. Aunque escritos entre 1972 y 1980, estos textos
tienen una básica unidad porque se refieren a cuestiones
metodológicas. Para Fernández-Carvajal la ciencia
política es más práctica que teórica y siempre se
dirige a formar a alguien para la convivencia; pero el
científico político ha de reunir tres condiciones: no
ser propiamente un político, no impartir falsa
seguridad, y no romper la unidad de la experiencia
política. La segunda condición ¿implica un cierto
escepticismo? No, el autor parte de un claro orden
metafísico natural que sugiere metas ideales; pero no se
pronuncia rotundamente acerca del contenido de dicho
orden como hicieron, por ejemplo, los iusnaturalistas.
Para explicar la realidad social, el nuevo académico
propone el recurso a seis especies de causalidad: la
eficiente principal o naturaleza humana, la eficiente
instrumental o poder político, la ejemplar o conjunto de
ideales, la final o bien común, la material o relaciones
sociales, y la formal que son los usos. Este método le
lleva a rechazar las explicaciones analógicas de lo
social como las religiosas, cosmológicas, biológicas o
mecanicistas. El autor defiende una concepción casi
artística de la sociedad como algo que la razón y la
prudencia están recreando constantemente.
En este punto aparece lo que, por extrapolación del
«ojo clínico», el autor denomina metafóricamente
«ojo político», fruto del análisis causal de lo
social, de la utilización de los modelos ideales para
comprender la realidad, y del retorno a la dialéctica
aristotélica que permite asimilar toda la experiencia.
Entre los demás trabajos incluidos en el volumen,
destaco el último, escrito a principios de 1974 para
recomendar un análisis crítico y constructivo de las
Leyes Fundamentales. Como es sabido, en 1977 se procedió
a su demolición, según nuestra tendencia contemporánea
que he denominado «manía constitutoria», contrapuesta
al tradicional «sentido constitucional» que caracteriza
a los anglosajones.
El quinto libro es Retorno de la Universidad a su esencia
(1994) que preconiza una vuelta a la formación
humanística que inserte las disciplinas especializadas
en un contexto general: el de la cultura y la sabiduría.
En esa penúltima obra, el nuevo académico insinúa el
tema de la importante lección que acabamos de escuchar.
En su Discurso de ingreso en la Academia,
Fernández-Carvajal se ha declarado inserto en una cepa
múltiple donde se entreveran la filosofía política, la
historia de las instituciones, la sociología y la
ciencia jurídica; y se ha preguntado si los
constitucionalistas deben conservar esta perspectiva
pluridisciplinar o han de ser meros comentaristas de la
Ley Fundamental, de sus normas complementarias y de la
jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Este
reduccionismo al positivismo legalista es lo que se
postula ahora porque los políticos desean que el Derecho
público se constriña a lo que ellos deciden. La
respuesta es que la enseñanza del Derecho político ha
de impartirse en un ámbito «sapiencial» que tienda un
puente entre la filosofía jurídica y las leyes
promulgadas. Pero ¿qué es la sabiduría?
La sabiduría, ¿es un hábito especulativo que tiene por
objeto el puro conocimiento, o es un hábito práctico
que tiene por objeto la acción? Esta alternativa la
dejó planteada Aristóteles con su famosa distinción
entre la «sophía» y la «frónesis»: la primera
sería la «sapiencia» o conocimiento supremo de los
principios, y la segunda sería la «sabiduría» en
sentido estricto o conocimiento de lo que es bueno o malo
para el hombre. Tal dualidad se ha mantenido porque
muchas veces se ha equiparado sabiduría con filosofía y
ésta no es ajena a la ética, que es un saber acerca de
cómo debemos comportarnos. Nuestro Diccionario registra
una básica ambigüedad cuando admite dos significaciones
de la sabiduría, la teoría de un «conocimiento
profundo», y la práctica como sinónimo de la
prudencia. Dos mil quinientos años de reflexiones no han
desembocado en un consenso acerca de la esencial
cuestión semántica: la sabiduría ¿es un puro saber o
es un saber para vivir? Fernández-Carvajal cree que es
lo uno y lo otro: en su discurso la sabiduría tiene la
doble dimensión de conocimiento radical y genérico y,
al mismo tiempo, de comprensión del sentido de la vida.
Por eso hermana al sabio con el santo, y, de pasada,
llega a identificar «philosophia» con sabiduría.
Una concepción sapiencial de las ciencias del hombre
significa, según la escuela aristotélica en la que se
inserta el nuevo académico, que «el orden artificial se
subordina al orden moral». Las leyes positivas dependen,
pues, de la ética. La gran dificultad de este método es
que en las ciencias del hombre «no cabe la acribia
matemática, sino tan solo la probabilidad moral». Hay
que aceptar esa limitación; pero no renunciar a que las
ciencias del hombre sean sapienciales y remitan a la
filosofía. La conclusión de Fernández Carvajal es que
toda ciencia humana es tributaria de un previo ideal de
persona y, por lo tanto, también las ciencias
políticas. Un saber acerca del hombre que no esté
imbuído de sabiduría estará «desmedulado». Esta es
la actual amenaza contra la que se rebela el nuevo
académico en su magistral discurso antipositivista,
arraigado en la tradición clásica.
Fernández-Carvajal es, además, autor de 37 trabajos2,
alguno tan extenso y erudito como El pensamiento español
en el siglo XIX que exige su publicación en forma de
libro, y otros estudios de historia de las ideas
políticas como los consagrados a Donoso Cortés, Marx,
Sempere y Guarinos, Renan, Saavedra Fajardo, Argüelles,
o Federico de Castro.
Entre los estudios de carácter doctrinal destacaría
Razones y límites de la democracia (1965) donde el autor
niega validez doctrinal a la ficción rousseauniana, se
hace eco de la teoría elitista del poder político, y
afirma que la democracia es principalmente un método de
adoptar decisiones públicas, compatible con el
aristocrático y el monárquico. Propugna que se
desarrolle y autentifique la representación a través de
los cuerpos intermedios o democracia orgánica. Y
Fernández-Carvajal reflexiona en 1965, al inaugurar el
curso académico: «Causa melancolía pensar con qué
simplismo, sobre todo entre los jóvenes, se predica la
instauración automática de un régimen democrático
perfecto». Treinta años después, tal consideración
inspira más que la melancolía profesoral, una
frustación colectiva.
Uno de los más recientes trabajos del nuevo académico
es Franco y su España (1993). Allí escribe: «Creo que
casi nadie, sea o no admirador de Franco, niega hoy su
austeridad, su capacidad para discernir en cada momento
lo que es y lo que no es primordial e importante, y su
imperturbabilidad tanto en la guerra como en la paz ante
las situaciones más difíciles». Y subraya como virtud
dominante la «discreción» y como caracter principal
«la racionalidad de su conducta». Y católico «con la
sencilla fe del centurión».
En un breve texto, muy representativo de su talante
intelectual, nuestro autor se enfrenta con los simples
vanguardismos y modas, y declara que el índice de verdad
de una tesis «coincide con el índice de su
intemporalidad». Es casi un desafío dialéctico. Con
coraje denuncia «la aceptación indebida del pluralismo
como único valor social, y el consiguiente encogimiento
ridículo de la filosofía al análisis crítico del
lenguaje...; la democracia moderna se basa ante todo en
el pacto o transacción utilitaria entre partidos y
grupos sociales fundada en un mero cálculo de
conveniencia y no en la búsqueda común de la verdad».
Y, frente al agnosticismo doctrinal que algunos vinculan
a los regímenes democráticos, concluye: «El valor
social supremo no es, ni mucho menos, el pluralismo, sino
la unidad»3. En suma, no a la novedad por la novedad, y
no a la duda y la tolerancia llevadas hasta el
relativismo y el escepticismo. La actitud mental y el
método de Fernández-Carvajal son los de un clásico.
Rodrigo Fernández-Carvajal, intelectual de amplio
espectro, arraigado en la filosofía y en las
humanidades, interesado por los valores estéticos, y
sensible a las posibilidades expresivas de nuestra
magnífica lengua. Por eso, su visión de la cosa
pública no es reduccionista, sino que se presenta en el
noble contexto de la sabiduría.
G. Fernández de la Mora
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