Epílogo
Donosiano
A
Donoso Cortés le han llamado muchas cosas: fideista
ultramontano, teocrático, hipócrita, tradicionalista,
neocatólico, maniqueo, energúmeno, apocalíptico,
pesimista, reaccionario...1 La utilización de epítetos
para calificar a las personas -y con frecuencia, para
descalificarlas- es, quizá, uno de los más eficaces
procedimientos para levantar o hundir a un escritor. A
Donoso lo hundieron de tal manera que, a pesar de las
ediciones de Tejado y de Ortí y Lara (y exceptuando su
mención con Balmes, Vázquez de Mella y Menéndez Pelayo
como lumbreras de la intelectualidad católica, sin
haberlo leído), hasta comienzos de la tercera década de
este siglo, y gracias a Carl Schmitt, no comenzó a ser
valorado. También Menéndez Pelayo sufrió «tras la
muerte un atroz eclipse de la gloria».
La ligereza con que le etiquetaron es patente. No se
puede afirmar que Donoso fuera tradicionalista o
fideísta por alguna expresión, entre otras razones
porque hay otras que las desvirtúan. En todo caso es
cuestión que deberán dilucidar teólogos y
filósofos..., siempre y cuando hayan estudiado
detenidamente sus escritos posteriores a 1848 y tomen en
consideración las notas y juicios de «L'Armonía» y de
«La Civiltà Cattolica».
Lo de pertenecer a la escuela neo-católica lo aclaró
él mismo (Polémica con la prensa, en O. C., II, 331),
de modo que no vale la pena insistir sobre ello. Lo mismo
vale decir de la acusación de maniqueísmo, sobre la
cual se molestó en aclarar las ideas a los redactores de
«El País» y de «El Heraldo» en el escrito citado
(II, 332 y s.). Lo de hipócrita fue un exabrupto de «El
Heraldo» por su demoledora crítica de la escuela
liberal que razonó Donoso en el Ensayo y que hizo buena
la afirmación de Chesterton de que cuando faltan los
argumentos se recurre a los insultos. En cuanto a lo de
energúmeno fue un desahogo que dice muy poco de la
ecuanimidad, y hasta de los modales, de Juan Valera.
Más detenimiento requiere la acusación de teocrático,
una de las que con mayor frecuencia se esgrimieron contra
su pensamiento. En el Diccionario de la Academia
Española tiene dos acepciones: «1. Gobierno ejercido
directamente por Dios, como el de los hebreos antes de
que tuviesen reyes (cfr. I Sam., 8, 6.7). 2. Sociedad en
que la autoridad política, considerada emanada de Dios,
se ejerce por sus ministros». Esta segunda creo que es
la que suelen utilizar la mayoría de los autores, pues
no es fácil que desconozcan la primera acepción. Los
que tildaron a Donoso de teócrata pensaron, sin duda,
que el término «ministros» se refería a
eclesiásticos, fueran Papas, obispos o sacerdotes; pero
cuando San Pablo -que afirmó rotundamente que toda
potestad viene de Dios- escribió con referencia a la
autoridad diciendo que es «ministro de Dios para el
bien» y «ministro de Dios, vengador para castigo del
que obra mal» (Rom., 13, 4 sig.), el tal «ministro de
Dios» era Nerón. Por lo demás, ya el mismo Donoso
explicó lo que entendía por teocracia en sus artículos
sobre Pío IX, así como en la Carta al Director de Deux
Mondes (O.C., II, 766) y en otros pasajes.
Creo que, en cambio, sí merece más atención tratar de
si Donoso fue apocalíptico y pesimista.
Para lo primero dan pie algunas de sus descripciones,
como por ejemplo, la más expresiva (a mi juicio) escrita
a propósito de lo que supuso el diluvio universal como
castigo de una humanidad pervertida. Se lee en el Ensayo
(Libro II, cap. III): «Tended los ojos por toda la
prolongación de los tiempos, y veréis cuán turbias y
cenagosas vienen las aguas de ese río en que la
humanidad va navegando: allí viene haciendo cabeza de
motín Adán el rebelde, y luego Caín el fratricida, y
tras él muchedumbres de gentes sin Dios y sin ley,
blasfemas, concubinarias, incestuosas, adúlteras; los
pocos magnificadores de Dios y de su gloria olvidan al
cabo su gloria y sus magnificencias, y todos juntos
tumultúan y bajan en tumulto, en el ancho buque que no
tiene capitán, las turbias corrientes del gran río, con
espantoso y airado clamoreo, como de tripulación
sublevada. Y no saben ni adónde van, ni de dónde
vienen, ni cómo se llama el buque que los lleva, ni el
viento que los empuja. Si de vez en cuando se levanta una
voz lúgubremente profética, diciendo: «¡Ay de los
navegantes! ¡Ay del buque!», ni se para el buque ni la
escuchan los navegantes; y los huracanes arrecian, y el
buque comienza a crujir, siguen las danzas lúbricas y
los espléndidos festines, las carcajadas frenéticas y
el insensato clamoreo, hasta que en un momento
solemnísimo todo cesa a la vez: los festines
espléndidos, las carcajadas frenéticas, las danzas
lúbricas, el clamoreo insensato, el crujir del buque y
el bramar de los huracanes; las aguas están sobre todo,
y el silencio sobre las aguas, y la ira de Dios sobre las
aguas silenciosas».
Demos por bueno que el texto sea apocalíptico, aunque
también podría pasar como uno de los grandes castigos
que profetizaron Jeremías o Ezequiel2. Pero contémplese
el panorama que ofrece nuestro siglo XX y difícilmente
se podrá mirar como un progreso porque no tiene par en
la Historia. Si no hay palabras para calificar los
horrores del nazismo (el holocausto de judíos, aunque
fueran católicos, y los experimentos con seres humanos),
tampoco se encuentran para describir el terror comunista,
los millones de muertos que costó el utópico socialismo
real; si son execrables los campos de concentración
nazi, todavía pueden compararse con ellos por su falta
de humanidad los que los soviéticos sembraron por Rusia
y Siberia. Y si no hubo un juicio de Nüremberg que
pusiera al descubierto las maldades de los comunistas,
como pusieron las de los nazis, no han faltado
supervivientes que las sufrieron y dejaron testimonios,
como Solzhenitsin y Eugenia S. Ginzburg. Se condenaron
los procedimientos hitlerianos, pero los hemos imitado:
el aborto voluntario (infanticidio), asesinato de
enfermos o viejos inútiles (eutanasia), las madres de
alquiler, los experimentos con fetos vivos y su
destrucción.
En cuanto a la degradación de la persona humana (dejando
aparte todos los esfuerzos y disposiciones para acabar
con la familia y construir un nuevo «modelo» de
sociedad), basta mencionar la legalización de uniones
entre homosexuales y entre lesbianas, su «derecho» a
adoptar «hijos», y su equiparación en algunos países
a los matrimonios según naturaleza; la consentida
corrupción de menores (y la referencia no es sólo a lo
que se llama en los periódicos «turismo sexual»), la
permisividad (y casi podría llamarse obsesión
desmedida) que se concede a la pornografía, el
envejecimiento de la población, las matanzas de Ruanda y
Burundi, los millones de muertos en las dos guerras, la
europea y la mundial...
Claro que no todo es negativo: la televisión, los
microprocesadores, las xerocopias, la fusión del átomo
y su fisión (uno de los mayores logros de la Física),
el teléfono móvil, aviones que han roto la barrera del
sonido, avances en la Medicina que han permitido no sólo
erradicar enfermedades, sino transplantar órganos, y los
habidos en Química, en Biología, en Astrofísica...
Lo malo es que el hombre con frecuencia utiliza estos
bienes en servicio del mal: la televisión es también un
vehículo para propagar la pornografía y la violencia o
el engaño, y también la chabacanería, sin que los
gobiernos, cuya misión es velar por el bien común, lo
atajen; los ordenadores sirven de medio para que se pueda
acceder tanto a las mayores obscenidades como a la
fabricación de cócteles molotov; la energía nuclear ha
servido para desencadenar, con la bomba atómica, las
hecatombes de Hiroshima y Nagasaski; los avances en la
Medicina, para cambiar el sexo aparente (pero no la
persona); los de la Química, para fabricar productos que
esterilizan a la mujer o, simplemente impiden la
procreación o provocan el aborto. (Y mucho más se
podría decir).
No creo que haya una mejor descripción del tiempo en que
vivimos que el texto transcrito de Donoso; y como
entonces, tampoco faltaron ahora voces de aviso para
prevenir de la catástrofe a esa nave sin rumbo con un
pasaje enloquecido, voces que precisamente vinieron de la
Iglesia: Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI, Paulo VI,
Juan Pablo II. No las quieren oir.
En cuanto al pesimismo, sólo en cierto aspecto se puede
calificar de tal a Donoso si nos atenemos a la segunda
acepción que da al Diccionario de la Lengua:
«Propensión a ver y juzgar las cosas por el lado más
desfavorable». Es cierto que no preveía, ni presentaba,
un porvenir halagüeño a la sociedad europea, pero es
que, dadas las premisas, la conclusión de ningún modo
podía ser optimista. Aquí el realismo de Donoso no le
dejaba contemplar un porvenir esperanzador, y ese
realismo le llevó a especificar la causa de sus
presagios. Permítasenos repetir un texto ya antes
mencionado: «Sí, la sociedad europea se muere; sus
extremidades están frías; su corazón lo estará dentro
de poco. ¿Y sabéis por qué se muere? Se muere porque
está envenenada. Se muere porque la sociedad había sido
hecha por Dios para alimentarse de la sustancia
católica, y médicos empíricos la han dado por alimento
la sustancia racionalista. Se muere porque así como el
hombre no vive solamente de pan. sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios, así también las sociedades no
mueren solamente por el hierro, sino por toda palabra
anticatólica, salida de la boca de los filósofos. Se
muere porque el error mata, y esta sociedad está fundada
en errores. Sabed que todo lo que tenéis por inconcuso
es falso. La fuerza vital de la verdad es tan grande, que
si estuvierais en posesión de una verdad, de una sola,
esa verdad podría salvaros. Pero vuestra caída es tan
honda, vuestra decadencia tan radical, vuestra ceguedad
tan completa, vuestra desnudez tan absoluta, vuestro
infortunio tan sin ejemplo, que esa sola verdad no la
tenéis. Por eso, la catástrofe que ha de venir será la
catástrofe por excelencia de la Historia. Los individuos
pueden salvarse todavía, porque pueden salvarse siempre;
pero la sociedad está perdida. Y eso, no porque tenga
una imposibilidad radical de salvarse, sino porque para
mí está visto que no quiere salvarse. No hay salvación
para la sociedad, porque no queremos hacer cristianos a
nuestros hijos y porque nosotros no somos verdaderos
cristianos. No hay salvación para la sociedad, porque el
espíritu católico, único espíritu de vida, no lo
vivifica todo: la enseñanza, los gobiernos, las
instituciones, las leyes y las costumbres. Torcer el
curso de las cosas, en el estado que hoy tienen, no se me
oculta que sería una empresa de gigantes. No hay poder
en la tierra que por sí solo pueda llevarla a cabo, y
apenas podría ser llevada a término dichoso si obraran
con concierto todos juntos. Yo dejo al cuidado de ustedes
averiguar si este concierto es posible, y hasta qué
punto lo es, y decidir si, aun en el caso que sea
posible, la salvación de la sociedad no sería de todos
modos un verdadero milagro.»
Siempre ha habido errores, y es cierto que el error mata:
un error en un diagnóstico o en un producto
farmacéutico puede causar una muerte; un error de
cálculo en un proyecto puede provocar el hundimiento de
un edificio. Y un error en los cimientos en que descansa
la sociedad da lugar a lo que Juan Pablo II ha llamado
«cultura de muerte», porque verdaderamente el error
mata, y la sociedad de hoy, fundada sobre errores que van
contra el orden de las cosas tal como Dios lo
estableció, está condenada a muerte.
Dijo también Donoso: «Nunca tuve fe ni confianza en la
acción política de los buenos católicos. Todos sus
esfuerzos encaminados a reformar la sociedad por medio de
asambleas y gobiernos serán perpetuamente inútiles. Las
sociedades no son lo que son porque hayan sido
constituidas en el ser y estado que tienen por gobiernos
y asambleas, sino al contrario, las asambleas y los
gobiemos son lo que son porque la sociedad que rigen es
lo que es». Precisamente habría que hacer lo contrario:
reformar la sociedad, y entonces será hasta fácil
reformar las instituciones. Y eso, la reforma de la
sociedad -y esta es la tesis de Donoso- sólo la Iglesia
puede hacerla, porque sólo ella está en posesión de la
verdad. Y no se diga que tal como está el mundo (y ya
antes vimos algunas manifestaciones) es imposible hacerle
torcer su rumbo. No lo es. La Iglesia ya lo hizo en los
primeros siglos de la era cristiana.
Federico Suárez
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